De vuelta al inicio: la inseguridad y AMLO

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En menos de un año de la toma de protesta del presidente, hay cosas que han cambiado y otras que no. Lo que ha cambado, por ejemplo, es que la agenda se dicta todos los días de 7:00am a 9:00am. Ahora, algunos de los ministros clave duran meses y que, cuando Estados Unidos quiere, nos manda llamar directo a Washington para negociar que no nos aumenten los aranceles. Pero hay un tema que parecía que había cambiado, pero no: la inseguridad.

La percepción de inseguridad en el país sigue creciendo y eventos como los de hace unas semanas en Culiacán o el más reciente atentado contra miembros de la familia LeBarón, le ponen la tarea más difícil al presidente para intentar encontrar un argumento que le dé salida o buscar entre sus “otros datos” y resolver el tema desde Palacio Nacional. Mal le salió el tiro a Andrés Manuel cuando dijo que, en aras de proteger la vida y la seguridad de la gente, liberaba a Ovidio Guzmán, pues al poco tiempo le aparecieron, por ejemplo, narcomantas en Monterrey.

La cuestión es que estos son los hechos que trascienden en la prensa nacional (e incluso en la internacional), pero que se sumen a la larga lista de páginas y páginas de periódicos de nota roja que diariamente publican incidentes como estos; portadas que nos recuerdan que, una vez más, la relativa calma y los tiempos de paz que se vivieron hace unos años desgraciadamente se acercan a su fin.

Hay que recordar que desde principios de año los síntomas se veían venir. ¿Hace cuánto fue que Jorge Ramos confrontó al presidente en una de sus mañaneras y le demostró que ambos tenían los mismos datos? Esos números demostraban que el número de homicidios era superior si se comparaba con los inicios de otras administraciones. Hoy más que nunca recordamos con nostalgia que el lema contra la inseguridad era “abrazos, no balazos” y vemos como la estrategia de seguridad se tradujo en la creación de una Guardia Nacional, cuyo actual mando inmediato es de corte militar.

Habrá quien piense (y espero sea producto de la desesperación) que el presidente debería aceptar el apoyo que ofrece Donald Trump desde la Casa Blanca, pero esto sólo confirmaría que se está volviendo al principio. ¿Les suena la operación “Rápido y Furioso”? La intención era la cooperación entre el gobierno de México y EEUU para frenar al crimen organizado en el país y el resultado fue que se empeoró la situación. No es un secreto que el armamento que utilizan los grandes carteles de la droga es de origen estadounidense y que esto fue producto de la negligencia de ambas administraciones.

Es muy fácil hacer críticas contra el gobierno, lo reconozco. Es fácil escribir estas líneas e intentar desahogarse ante la situación de incertidumbre que se vive en el país y que tiene a las familias viviendo con miedo. Más que hacer reclamos, ahora más que nunca deseo que las cosas le salgan bien al presidente. Si su estrategia de seguridad le llegara a funcionar igual de bien que su logro de convertir a un partido recién fundado en la fuerza hegemónica de un país, entonces puede que haya algo de esperanza. 

El poderío del crimen organizado y la incapacidad del Estado en materia de seguridad

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Los hechos ocurridos el 17 de octubre en Culiacán marcan un hito en la guerra contra el crimen organizado. La falta de planeación y de coordinación -un síntoma de este gobierno-, así como la subestimación de la capacidad de respuesta del cártel de Sinaloa, causó la rendición de los elementos de la Guardia Nacional y la liberación del hijo de Joaquín el “Chapo” Guzmán. 

Si bien la culpa la tiene el gobierno federal -el titular de la Secretaría de Seguridad Pública debería renunciar-, la demostración de la debilidad del Estado mexicano es simplemente la manifestación explícita de un problema de antaño. 

No debería sorprendernos la incapacidad de las instituciones militares para hacerle frente al crimen organizado. Desde la década de los setenta el gobierno federal, por corrupción o negligencia, permitió el empoderamiento de estos grupos criminales.

El poderío desplegado por el crimen organizado no fue espontáneo. La creencia que antes del jueves México se encontraba libre de la sumisión del narcotráfico es infundada. La existencia de un Estado fallido surge cuando el gobierno de Felipe Calderón no pudo contener el estrepitoso repunte de la violencia que él mismo desató. 

Ante ello, tampoco debe de sorprender la capacidad de reacción del crimen organizado. En unas horas el cártel de Sinaloa logró rodear a los elementos de la Guardia Nacional cuando estos llevaron a Ovidio a la Fiscalía del estado. En una operación bien organizada lo que contrasta con la empleada por el gobierno-, el cártel bloqueó los canales de acceso a Culiacán, incluso tomaron el aeropuerto para evitar cualquier apoyo. 

De esa manera, la decisión de liberar a Ovidio no fue opcional. Es un hecho que, ante el despliegue de los miembros del cártel, el hijo del “Chapo” Guzmán no iba a salir de Culiacán. Lo único que el gobierno tenía que decidir era si retiraba a los elementos de la Guardia Nacional vivos o muertos, así como en evitar o no muertes colaterales.  

Empero, no se debe confundir la inevitable decisión de dejar libre a Ovidio con una muestra de pragmatismo y humanismo que el presidente quiere hacer entender. El desenlace de la liberación es causa directa de una lamentable planeación por parte del gabinete de seguridad. 

La versión -ha habido seis distintas- basada en que los elementos de la Guardia Nacional actuaron precipitadamente y por cuenta propia no exime a los titulares de la Sedena y la SSP. La falta de coordinación y actuación por cuenta propia del operativo es igual de grave a que si éste recibió ordenes desde la Presidencia y Sedena. 

En cualquiera de los dos casos, este acontecimiento será igual de transcendental que la muerte del agente de la DEA Enrique Camarena o el derribamiento de un helicóptero por parte del Cartel de Jalisco Nueva Generación. Sin embargo, éste puede tener peores consecuencias a largo plazo. Este suceso mandó una señal a otros grupos criminales que es posible chantajear al Estado y obligarlo a liberar a cualquier criminal. 

Por último, preocupa la poca autocrítica del gobierno, así como la terquedad del presidente de afirmar que la estrategia en materia de seguridad no ha fallado y que continuará bajo el mismo esquema. Es lamentable la falta de reconocimiento de las equivocaciones y el desinterés por cambiar lo que no está funcionando. 

López Obrador criticó, con razón, la estrategia de enfrentamiento directo de los sexenios de Calderón y Peña Nieto; sin embargo, la suya no se ha transformado en ese sentido. Como señala el Dr. Edgardo Buscaglia, esta administración debe de construir una estrategia que se oriente a mermar la estructura misma del crimen organizado. Si tomamos al cártel de Sinaloa como una empresa transnacional con presencia en más de ochenta países, vinculado financiera y operativamente a nivel global, buscar cortar sus flujos financieros y el suministro de armas es fundamental para desmantelarla. 

El enfrentamiento directo no va a conseguir resultados positivos, ya se vio en los dos sexenios anteriores, solamente traerá más muerte a un país que vive uno de sus peores momentos en términos de violencia de su historia reciente. 

Primer informe: ¿Y la (in)seguridad?

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El Primer Informe Presidencial (o tercero, como usted guste) fue igual a los de mandatarios anteriores. No hubo algo en particular que destacar. Precisamente esto es lo preocupante, al menos en lo que a seguridad respecta. Los temas sustantivos en esta materia estuvieron prácticamente ausentes. El Presidente se limitó (y volvió) a destacar el despliegue de 58,600 efectivos de la Guardia Nacional en 150 coordinaciones territoriales. Señaló que la meta no está cumplida, y que durante su administración espera lograr el despliegue de 140,000 elementos en 266 coordinaciones. Casi al final de su mensaje, se mostró humilde y aceptó que “no son buenos los resultados en incidencia delictiva”. Prometió que, ante este reto, logrará la pacificación del país. Sin embargo, no hubo algún comentario relevante sobre el avance en otros temas de seguridad y justicia. 

Valdría la pena rescatar que reconoció que la inseguridad “constituye el principal desafío” para su administración, aunque no abundó al respecto. Pudo haber dedicado algunos minutos más en comentar las estrategias de seguridad que se han implementado desde el inicio de su gobierno. Hubiera podido mencionar un par de ejemplos sobre las fallas que explican la insuficiencia de los resultados actuales. Me hubiera gustado que reconociera la necesidad de hacer ajustes a las estrategias de seguridad, que marcaran un rumbo para los próximos años de su gobierno. Esperaba esto y algo más, pero no sucedió. 

Ante dichas ausencias en el Informe, me sigue preocupando varios temas, pero en el corto plazo tres en particular. Primero, el crimen organizado sigue representando una seria amenaza a la seguridad nacional y la paz que el Presidente tanto anhela. Lo sucedido en Coatzacoalcos la semana pasada refleja la necesidad de emprender acciones distintas, pero efectivas. 

En ocasiones anteriores se habían comentado dos posibles alternativas: 1) la pacificación del país mediante la apertura oficial de negociaciones con grupos al margen de la ley, o 2) continuar con ataques frontales a las organizaciones criminales. Parece que la primera opción ha sido desechada por el Presidente. La orden a la Secretaria de Gobernación de suspender los acercamientos con grupos de autodefensas es un claro ejemplo. En cuanto a la segunda alternativa, el Presidente considera al crimen organizado como pueblo, y piensa que no se le debe reprimir. Si bien el golpe frontal al crimen ha probado ser un fracaso, valdría la pena destacar la convicción de la actual administración de emplear una estrategia disuasiva, con golpes focalizados a los cárteles más violentos. 

En segundo lugar, sigue estando ausente el gran debate sobre las policías estatales y municipales. Al ritmo actual no habrá manera de cubrir las necesidades policiales solamente echando mano de la Guardia Nacional. Creo que la actual administración debe comprometerse a una segunda reforma policial enfocada en policías locales, para avanzar hacia un sistema de 32 policías estatales. Solo así será posible contar con suficientes efectivos en todo el país con capacidades suficientes, bajo un sistema homologado. 

El tercer tema que debería preocuparle al Presidente aún más es la impunidad que impera en el país. De acuerdo con la asociación Impunidad Cero, este problema alcanza un 98,86 %, ya que de los delitos cometidos solo se denuncian e inicia una investigación en el 6.4% de los casos. Esto se traduce en que solo haya un 1.14 % de probabilidades de resolver un delito. Por eso es lamentable que en el Informe no se hiciera alguna mención especial a la Fiscalía General, o el estado que guarda el aparato judicial. 

Coincido con el Presidente en que el camino luce retador. Ojalá que pronto realice ajustes a las estrategias actuales. También sería bueno que dichos ajustes tomen en cuenta a los grupos más vulnerables del país. Me refiero a niños, mujeres e indígenas, cuya probabilidad de experimentar violencia es mayor. Por el bien de todos, le deseo éxito. 

El Cuatrimestre más violento del País y el reto de la Seguridad desde lo Local

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En días pasados el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNP) publicó los datos sobre el estado actual que guarda la seguridad pública en nuestro país, los cuales arrojaron datos preocupantes, que obliga al Estado mexicano a reforzar la estrategia de seguridad, pues claramente ésta no ha venido reflejando los resultados esperados. 

Según el semáforo delictivo, los primeros cuatro meses de lo que va del 2019 han sido los más violentos en la historia desde que se mide la violencia en México. Comparándolo únicamente con el año inmediato anterior, en el rubro de los homicidios dolosos, en 2018, de enero a abril se registraron 8,983 casos; este año 2019, de igual forma de enero a abril, se registraron 9,549 casos; es decir, se incrementó la violencia un 6.3%. De seguir esta tendencia 2019 va a ser el año mas violento en la historia de nuestro país. 

Si bien es cierto que se heredó al nuevo gobierno una descomposición fuerte de las instituciones encargadas de impartir justicia, una nueva estrategia tarda en permear, mas aún si se pretende que el centro de esta estrategia sea la Guardia Nacional, pues una institución – y mas si de seguridad pública se trata – le toma mucho tiempo madurar, y la realidad los esta alcanzando, pues en lo que va de este sexenio (Diciembre 2018 a Abril 2019) se han registrado 12,024 homicidios dolosos; lamentable.

Entiendo que un punto importante para este gobierno será – además de la regulación de las drogas – el tema de la inteligencia financiera desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), es decir, seguir la ruta del dinero para desde ese frente descomponer a las células delictivas que operan a lo largo y ancho del país al margen de la ley, pero existen otros problemas estructurales que el gobierno actual no entiende, o no quiere entender, que esto va escalando a la alza; militarizar el país debió ser temporal – llevamos mas de 15 años con ese problema – en lo que se limpian las policías estatales y municipales, lo cual fue muy necesario en su momento, pero nunca permanente, y ciertamente, el Presidente tiene un oído mas atento al diagnóstico que le dan los Generales que al que pudieran darle sus asesores civiles.

Si me preguntan a mí, soy fiel convencido de que la seguridad se ataca de abajo hacia arriba, de lo local hacia lo nacional, empezando por limpiar la corrupción, sustentado en que hay ejemplos locales que en algún momento sus estrategias han funcionado muy bien,  – Mérida, Puebla, San Pedro Garza García, Cd Juárez – las estadísticas hablan por si solas; ejemplos que nos mandan un mensaje muy claro:

La Seguridad Pública señor Presidente, no se debe generalizar, no se ataca de igual forma en Guerrero, Chiapas ó Michoacán, que en Nuevo León, Coahuila ó Tamaulipas, se necesitan estrategias focalizadas, claras, con objetivos contundentes y una estrecha colaboración con los gobiernos subnacionales, pero esto a raíz de un amplio análisis de las condiciones y particularidades sociales, políticas, económicas y criminales de cada estado – ¿cuál es la situación económica de ese estado en particular?, ¿Cuánta gente vive en pobreza?, ¿Qué grupos delictivos operan?, ¿Cuáles son los delitos mas recurrentes?, ¿La ubicación geográfica del estado es tentativa para delinquir?, ¿Quién gobierna y cómo es su relación con la Federación?, ¿Cuánto se le invierte a la Seguridad?, ¿Cuál es la situación actual de las instituciones locales que imparten justicia?, etc -. Ojo aquí, no significa que se debe hacer un análisis por cada uno de los 2500 municipios, si no que se deben identificar regiones – esto lo vienen haciendo bien, el país fue dividido en 270 regiones -, tendencias, mapeo de delitos, etc, que conforme a la marcha la estrategia se vaya moldeando, con eso, podremos evitar los derroches de presupuesto que claramente, no van de acuerdo con los resultados. Un gobernante que se llena de soberbia al decir que conoce perfectamente al país, debería saber esto.

Actualmente no veo algún incentivo que desde el gobierno federal se le este dando a los estados y municipios para el desarrollo de sus policías, no le están apostando a mediano y largo plazo, mientras tanto siguen optando entre lo malo y lo peor.. operativos militares (Guardia Nacional) y/o pactar con grupos delictivos. En fin, al término de su primer año de gobierno podremos evaluar si su estrategia de seguridad va por la dirección correcta, o es una suma de ocurrencias.

Por un México sin miedo

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El tema de inseguridad en México nunca pierde importancia. Día con día la situación no mejora. Acorde a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía entre 2012 a 2018, más de 37,000 personas han desaparecido en el país. La respuesta del Estado a esta crisis ha sido pobre o a veces nula. La maquinaria estatal parece estar averiada, las demandas de la población no son escuchadas y por lo tanto no son respondidas. Un Estado en tensión es aquel que no es capaz de tomar decisiones o al hacerlo, estas resultan no ser eficaces para solucionar el conflicto.

En México se vive un estado de crisis; 171,440 personas han sido víctimas de homicidios en un periodo de 6 años. Estas no son cifras sin sentido, lo que se reporta aquí son vidas de profesionistas, de trabajadores, de padres, de madres, de mujeres y hombres, jóvenes y niños que merecían seguridad brindada por un Estado fuerte, que les asegurará el derecho a vivir en libertad, porque no se puede ser una persona libre teniendo miedo.

El 9 de octubre del 2018 a menos de 60 días de dejar el mandato, el presidente Enrique Peña Nieto creo el Sistema de Búsqueda de Desaparecidos como respuesta a la crisis de inseguridad latente en México. Esta acción llega tarde, a cuatro años de Ayotzinapa, a siete meses del caso de los estudiantes de cine en Guadalajara, después de miles de feminicidios, después de un plan de seguridad fallido y dejando muchas dudas sobre su implementación a nivel federal.

El pasado 15 de noviembre del 2018, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador presentó el Plan Nacional de Paz y Seguridad, en donde expone las medidas de pacificación que serán tomadas por la nueva administración federal a partir del 1 de diciembre. El plan consta de 8 ejes centrales para lograr un México en Paz: la erradicación de la corrupción en la administración pública, la procuración de justicia, la garantía de contar con educación, empleo y salud para los mexicanos, la promoción y respeto de los derechos humanos, la constitución moral, la legalización y combate de las drogas, la amnistía por medio de la implementación de la justicia transicional, la recuperación de las cárceles bajo un marco de derechos humanos y la creación de la Guardia Nacional. Esta última ha causado una gran polémica tanto a nivel nacional como internacional.  

128 organizaciones de la sociedad civil y 523 activistas, ciudadanos y académicos solicitaron al presidente electo no seguir con la propuesta de la Guardia Nacional. Debemos pensar lo que esto significa. El crear una Guardia Nacional, es tomar la decisión de dejar al mando militar una facultad que le corresponde a la guardia civil. 

El presidente electo, en su Plan Nacional de Paz y Seguridad, habla de la institución policiaca como materia perdida, corrompida y acabada. Se habla de una crisis tan profunda que no queda más que transitar al mando militar, claro, bajo un marco de derechos humanos, que se les será impartido por medio capacitaciones en los planteles militares, justificando las acciones antes cometidas por los mismos, con el argumento de la falta de conocimiento que estos tenían sobre qué acciones realizar para proteger a la ciudadanía. 

Esta decisión resulta peligrosa, se traduce en un contrapeso nulo de poder en materia de seguridad pública ya que todo quedará bajo el mando de la Secretaría de la Defensa. Me pregunto, ¿Qué ha pasado con el personaje que decía que el pueblo es sabio y bueno? ¿Por qué no escuchar ahora al pueblo? ¿Por qué no invertir en una verdadera capacitación y reconfiguración de la guardia civil? ¿Dónde quedó el pensamiento de que la militarización no era la solución? 

No queda más que observar con ojo crítico los siguientes pasos a dar y esperar que ese bienestar y justicia que los mexicanos tanto necesitan y demandan sea otorgado a ellos por este Plan Nacional de Paz y Seguridad, todo con el fin de que las próximas generaciones no sepan del riesgo que es hoy, salir a la calle. 

Hasta que la dignidad se haga costumbre

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Se publicó la nota: 127 cadáveres recorrían las calles de Jalisco en un tráiler refrigerado. Una nota que hace una década posiblemente nos hubiera conmocionado, pareciera que hoy no estremeció ni indignó a nadie.

Escurridiza, sutil y rápidamente, la violencia en nuestro país llegó para normalizarse. Día con día, los titulares de los periódicos nos reportan las notas más crudas y los datos más altos. Los niveles de violencia en México han alcanzado máximos históricos, y con ellos nuestros niveles de indiferencia. En México, la violencia, el ultraje y la ignominia ya no nos sorprende, no nos molesta, no nos indigna y no nos toca, hasta que nos toca a nosotros. 

Estas últimas semanas han estado plagadas de noticias aberrantes. La cifra se repitió en noticieros de televisión y radio, y se compartió en portales de medios digitales: “127 cadáveres. 127 cuerpos trasladados en un tráiler”. Como si se reportaran las cifras del ganado que se transporta al rastro, los desaparecidos, los torturados, y las personas que han perdido la vida poco a poco han ido perdiendo su carácter de humano y se han cosificado, datos duros del daño colateral que implica vivir en México. 

Pero no es un tráiler y no son 127, son más de 200 mil personas que han perdido la vida en los últimos 12 años, más 30 mil personas desaparecidas, personas que un día no pudieron regresar a casa, y que muy probablemente sus familias siguen esperando. Personas que hoy encontramos hacinadas, abandonadas en fosas donde se sepultan sin nombre, sin historia, sin recuerdos, sin la oportunidad si quiera de que sus familias los despidan debidamente. El país entero se ha convertido en un cementerio, en una fosa clandestina donde incluso las autoridades incurren en prácticas propias de la delincuencia organizada, un pacto no escrito que dice “yo los mato y tú sepultas”. Un pacto no escrito que alcanza a la sociedad misma, “yo los mato, tú sepultas y tú te callas”.

La descomposición del tejido social de nuestro país no es producto únicamente de los crímenes de estado y de la inmoralidad de la violencia del crimen organizado, sino de nuestra propia indiferencia. Digo esto con decepción por la falta de denuncia y movilización en redes por los cuerpos encontrados en los tráilers, por las imágenes de gente caminando sobre ellos, por el conocimiento de las autoridades del contexto, la situación y los hechos,  por las notas de recientes descubrimientos de fosas clandestinas que pasan por las redes con el mismo silencio sepulcral en el que yacen cada uno de esos cuerpos en tráilers, en fosas, en ácido, y posiblemente en sitios donde la decencia de la imaginación no nos permita vislumbrar. 

Digo esto con decepción por la falta de denuncia y movilización en las mismas redes donde se enciende como pólvora un video “cómico” del Presidente cuya administración ha permitido cada una de esas atrocidades. En las mismas redes donde se critica hasta el cansancio errores ortográficos, de gramática y sintaxis de funcionarios y figuras públicas. En las mismas redes donde se juzga sin cesar y sin piedad la más mínima y ligera equivocación. 

Como mexicanos, nos encontramos en un contexto sociopolítico de coyuntura que puede generar un punto de inflexión en el rumbo del país, pero es momento de redefinir nuestras prioridades como sociedad y como México unido, porque no puede indignarnos y movilizarnos más la ignorancia, que el asesinato y la desaparición de cientos de niños, mujeres y hombres. 

Y si algún día se pierde de vista el motivo de la indignación, recordemos: “127 cadáveres. 127 cuerpos trasladados en un tráiler”. Una frase que no puede repetirse suficientes veces para expresar el horror que debería despertar, y que debería repetirse, como dijera Estela Hernández, “hasta que la dignidad se haga costumbre”. 

#Kleroterion: “El Precio de la Verdad…”

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Durante mi trayectoria como diputado federal defendí y postulé una infinidad de temas, pero sin duda, uno de los que respaldé a cabalidad durante dos años, fue el estar a favor de las fuerzas armadas.

Dentro de mi trinchera como legislador y como presidente de la Comisión Bicamaral, afirmé que no había voluntad política para trabajar por un marco legal que diera certeza sobre el actuar de las fuerzas armadas, por lo que hubiera considerado un fracaso rotundo para la legislatura y para mí en lo personal, ya que esta tema pasó por un trastorno de bipolaridad debido al doble discurso, por lo que no se podía avanzar en ella y darle a las Fuerzas Armadas ese marco jurídico que requerían, por un lado muchos gobernadores del país aplaudían a las Fuerzas Armadas y pedían abiertamente que se realizara, pero en los hechos en la Cámara de Diputados no pasaba nada.

En mi análisis postulé que tendría que pactarse un plazo para que las Fuerzas Armadas regresaran a sus cuarteles y así dejar a un lado tareas que no les corresponden, necesitábamos parámetros para el uso de la fuerza, ya que a once años prácticamente de estar las Fuerzas Armadas trabajando en tareas de seguridad, ya traían un desgaste normal y natural, asimismo, era necesario dotar de un marco legal que diera certeza jurídica no sólo a ellos, sino a la sociedad; también defendí, que era vital el apoyo de las fuerzas armadas en tareas de seguridad, ya que no existía una política profesional que supliera las labores que realizaban, además era indispensable que los gobiernos estatales y municipales apremiaran la capacitación y profesionalización de sus policías.

Cuando fui nombrado presidente de la Comisión Bicamaral de Seguridad Nacional, tenía como función principal el control y evaluación de las políticas públicas y las acciones vinculadas con la viabilidad del Estado, mi trabajo lo realicé sin una línea o compromiso político, sólo bajo la convicción de avanzar en lo que más sirva a la nación mexicana, puesto que tenía muy claro que en esta Comisión debía construirse Patria, por lo que mi prioridad fue trabajar para favorecer un marco legal propicio para que las fuerzas armadas continuaran con su labor al frente de la seguridad nacional, así como promover la cultura de la seguridad identificando en primera instancia la diferencia entre seguridad nacional, seguridad pública y seguridad interior, explicando sus alcances, pros y contras, que muchas veces se confundían por la ciudadanía y hasta por autoridades estatales y municipales, entendiendo a la seguridad pública como aquella que está enfocada a la protección del individuo, mientras que la seguridad nacional atañe a todos los riesgos que afecten o pongan en duda la viabilidad del Estado, reconociendo que hay una línea muy tenue en ambas que a veces se entrelaza, como el tema de la delincuencia organizada, es un tema de seguridad nacional, pero que tiene su origen en la seguridad pública.

Estuve convencido que se tenía que fortalecer la visión que existía sobre las fuerzas armadas y dentro de esta comisión pude generar ámbitos correctos para explicar como estas instituciones actuaban de la mano para el fortalecimiento de la viabilidad del Estado mexicano.

Trabajé de la mano con otras instituciones involucradas en la seguridad nacional, con el Poder Ejecutivo, Secretaría de Gobernación, PGR, la Secretaría Técnica de Seguridad Nacional, así como de la Secretaría de la Defensa Nacional, exponiendo que los temas de seguridad nacional trascienden cualquier interés personal y de partidos políticos, por lo que no se debía lucrar políticamente con ellos, lo cual protegió el diálogo.

Para este tema siempre navegué contra corriente, hasta de mi propia bancada, cuando ellos estaban en contra, me sostuve siempre a favor, anteponiendo el ejemplo de mi estado, Nuevo León, ya que no hubiéramos salido de la problemática en la que estábamos si no hubieran participado las fuerzas armadas, la sociedad civil y el gobierno; participé desde la sociedad civil atendiendo víctimas de secuestro y extorsión, y las historias de las personas que fueron vejadas por la delincuencia organizada son de verdadero terror, entonces tuve como responsabilidad primordial reconocer a las fuerzas armadas y sobre todo por rescatar a mi estado.  

Fue entonces que después de tanto trabajo, finalmente el dictamen fue votado a favor por la Comisión de Gobernación, para después pasar al pleno de la Cámara de Diputados donde también fue aprobado, recuerdo muy bien que el exhorto a todos los partidos políticos a trabajar juntos para sacar esta ley, lo hice público en un programa de televisión en octubre de 2016, era uno de mis objetivos prioritarios desde que tomé el cargo de diputado, en ese sentido con la Ley de Seguridad Interior cumplí mi deber patriótico como legislador, estoy seguro que con esta reforma fortalecimos las instituciones del país.

Es muy importante reiterar que durante estos dos años de activismo a favor de las fuerzas armadas basé siempre mi tesis justo en lo que hoy dice el presidente electo, recordando que incluso cuando voté a favor de la ley, fui agredido públicamente hasta por compañeros de la bancada y del frente, pero siempre sostuve esta tesis de que no podíamos estar sin las fuerzas armadas y hoy el presidente entrante Andrés Manuel López Obrador me da la razón, ya que no hay más opción que dejar al Ejército y a la Marina en las calles haciendo labores de seguridad pública, mientras no se consolide a la Policía Federal, asegurando que sin ellos no podríamos enfrentar el problema de la inseguridad y la violencia que hoy vivimos, por lo anterior estoy convencido que hice muy bien “al casarme con mi congruencia, es el precio de la verdad y no sólo lo digo yo”.

 

LA POLICÍA EN MÉXICO YA NO EXISTE

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¿Quién le cree a los policías? En esta época causan temor a la población en lugar de brindar tranquilidad, son tachados de corruptos y algunos les llaman “los títeres sangrientos” del gobierno federal.

Ya es una cuestión cultural el relacionarlos con moches, el creer que los robos a casa habitación son estratégicamente planeados por ellos y que forman parte no-oficial de las bandas delictivas.

¿Habrá alguien que considerando esto, elija ser policía? Aunque se han realizado esfuerzos para mejorar la calidad de vida profesional de nuestros cuerpos policiacos, la realidad es que reciben un sueldo poco competitivo comparado con un trabajo que en teoría demanda arriesgar la vida cada día.

La sociedad los repudia sin importar quiénes son, si han actuado de buena fe o no en su profesión; la etiqueta de policía esta denigrada en esta época y esto va directamente ligado con la seguridad endeble que existe en México.

En un año caracterizado por la violencia y el descontento social, a los policías les ha tocado combatir buenos y malos. Aparecen portando armas, utilizando escudos y sometiendo a cientos de personas que atentan contra la civilidad y la moral social. En ninguna de ellas se ha mencionado un “gracias policías por proteger nuestra seguridad” o “héroes que salvaguardan la tranquilidad del país” y tampoco digo que todos lo sean. Pero soy de la idea que, como en toda profesión, existen elementos buenos y malos.

No tengo duda que existen policías que efectivamente arriesgan su vida día con día, que protegen a los desfavorecidos, que buscan resguardar la seguridad de niños y mujeres, que aman y ejercen su profesión con pasión. Pero, ¿les respondemos a su esfuerzo? La respuesta es no. Y el problema radica en que nosotros como sociedad tampoco les ayudamos a hacer su trabajo. Nos es más fácil ceder a los moches e incluso tomar la batuta para ofrecerlos, nos parece divertido romper la ley aunque sea “un poquito” y adoptamos malas prácticas bajo el lema “todos lo hacen”.

Los policías combaten lo mal que educamos a nuestros hijos, el vómito social ofreciendo los peores ciudadanos que delinquen, combaten la ignorancia y el repudio de un país que no tiene calidad moral para exigir casi nada.

El problema de la inseguridad, de la corrupción, de los malos gobiernos, de la contaminación y de los miles de problemas que causan una de las peores crisis que hemos vivido en nuestro país es causado por todos nosotros. Policías, gobernantes, delincuentes y maestros: todos somos respuesta a una sociedad que se está destruyendo sola.

¿Quién le cree a los policías? Yo decido comenzar a creerles.

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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”

MÉXICO: UN PAÍS EN LLAMAS

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Es realmente increíble la facilidad que tiene el mexicano para enojarse, indignarse o resignarse cada semana con un sin número de sucesos que marcan la pauta para el ‘decrecimiento’ de las esperanzas en nuestro país.

Desde la mal votada Ley 3 de 3 que sufrió una rasurada importante por los Senadores y Diputados del PRI que decidieron darle la espalda a más de 630 mil ciudadanos (a los cuales deben su sueldo y su carrera) hasta la humillante actuación de la selección mexicana de fútbol en la Copa América, considerando que somos un país fanático de este deporte.

El mexicano promedio tiene verdaderas razones para sentirse decepcionado, enojado y frustrado. Recibe uno de los salarios mínimos más bajos del mundo por lo cual tiene que trabajar prolongadas jornadas laborales; convive con niveles de corrupción e inseguridad realmente altos e incluso vive en una sociedad donde la discriminación y el lenguaje despectivo son el pan de cada día.

El mexicano promedio tiene verdaderas razones para sentirse decepcionado, enojado y frustrado. Recibe uno de los salarios mínimos más bajos del mundo por lo cual tiene que trabajar prolongadas jornadas laborales; convive con niveles de corrupción e inseguridad realmente altos e incluso vive en una sociedad donde la discriminación y el lenguaje despectivo son el pan de cada día.

México es el país de las etiquetas: el gordo, el flaco, el joto, el pobre, la puta, la fea, la mantenida y demás calificativos sin un gramo de sensibilidad. Aunque nuestra constitución lo demande, no hay verdadera libertad de expresión. La comunidad LGBT sufre una de las épocas más difíciles en el mundo con masacres como la de Orlando o los asesinatos en Veracruz, ¿dónde está la libertad?

Somos un país hipócritamente religioso, y digo hipócritamente porque para nuestra cultura la religión sirve para limpiar nuestra mente los domingos de todos los “pecados” que cometemos el resto de la semana, ah, y para castigar y señalar a los impuros que se alejan del camino de Dios.

Mientras mantenemos los peores índices de seguridad los policías a su vez son de los que más tememos; aún con un rezago educativo preocupante y un analfabetismo en crecimiento, nuestros maestros se encuentran en las calles luchando por sus intereses sindicales mientras son reprimidos por el gobierno.

Somos un país hipócritamente religioso, y digo hipócritamente porque para nuestra cultura la religión sirve para limpiar nuestra mente los domingos de todos los “pecados” que cometemos el resto de la semana, ah, y para castigar y señalar a los impuros que se alejan del camino de Dios.

Sin olvidar que hasta hace poco vivimos una de las peores masacres a los normalistas de Ayotzinapa, los coches bomba y el narcotráfico en Tamaulipas, los fraudes millonarios de empresarios y políticos sin olvidar las casas blancas y los contratos multimillonarios a KIA.

Hoy, como ayer y mañana, la única posibilidad de cambiar la realidad de nuestro país es en base al trabajo de los ciudadanos, a las iniciativas sociales, al castigo participando en las urnas y a la transformación de nuestro propio entorno. A México solo lo salvamos los mexicanos de a pie, los que día a día sufrimos y soportamos un país en llamas.

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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”

¿Sociedades violentas?

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Nuestra sociedad está en constante cambio, en muchos aspectos esto es positivo, pero también han sucedido hechos lamentables que nos han alertado y hecho dudar si esta evolución va en detrimento de los valores por los que tanto hemos luchado todas las naciones. El consumo de substancias adictivas, la falta de tolerancia a la diversidad cultural y la lucha por el control de regiones son tan solo algunos de los factores que han elevado los índices de violencia, tanto en nuestro Estado como a nivel internacional.

El consumo de substancias adictivas, la falta de tolerancia a la diversidad cultural y la lucha por el control de regiones son tan solo algunos de los factores que han elevado los índices de violencia, tanto en nuestro Estado como a nivel internacional.

En México hemos pasado por periodos de inestabilidad en los que por momentos hemos perdido la paz de nuestras ciudades. Hay quienes ven a estos lapsos como algo aislado, un momento de violencia que se debe a problemas de orden estructural en el comportamiento del terrorismo o el crimen organizado, pero hay quienes piensan que estamos ante el surgimiento de una sociedad más violenta. Aunque podrían parecer iguales, estos son dos problemas diferentes que tienen que ser tratados de forma distinta. Mientras que en una problemática el enemigo está identificado como un grupo de personas que violentan nuestro país, en la otra problemática el enemigo es cada uno de los integrantes de nuestra sociedad quienes no están dispuestos a respetar los valores que nos hacen convivir en armonía.

Quizá muchas de las acciones que instrumentan las naciones para contener estos brotes de violencia son la pauta que da continuidad a esta condición de inseguridad. Combatir la violencia con más violencia no es la solución, el camino hacia una sociedad pacífica no puede estar construido con aquello que se quiere erradicar. Debemos de ser una sociedad participativa, donde los valores no solo se enseñen, sino también se vivan. Somos parte de una sociedad, el comportamiento de cada uno de nosotros impacta de forma importante en los demás, por eso es importante que nuestro comportamiento sea acorde a nuestro deseo de vivir en un ambiente de armonía y paz.

Combatir la violencia con más violencia no es la solución, el camino hacia una sociedad pacífica no puede estar construido con aquello que se quiere erradicar. Debemos de ser una sociedad participativa, donde los valores no solo se enseñen, sino también se vivan.

La manifestación de nuestra inconformidad hacia ciertas circunstancias no puede ser demostrada de forma violenta. Nuestra diversidad de opinión y la personalidad de cada uno de los que formamos esta sociedad deben de ser expresadas de forma respetuosa, sin transgredir los derechos de los demás. No necesitamos recurrir a conductas agresivas para ser escuchados y tomados en cuenta. Como sociedad, tenemos que cambiar estos patrones de conducta que se han presentado recientemente y que van en perjuicio de la paz de nuestras ciudades.

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