La Ley Bonilla (y algo más)

Comparte este artículo:

Baja California, además de tener una posición geopolítica de sumo interés para el país, siempre ha sido una especie de laboratorio de la política nacional. Fue el primer estado no gobernado por el PRI en toda la historia y ahora, gracias a la decisión del congreso local (cuya composición es mayormente de legisladores sin partido), se convirtió de manera oficial en la primera entidad cuyo edil gobernará por un periodo mayor del que había sido electo. Para entender este asunto, es indispensable analizar un par de cosas primero.

Antes -a nivel nacional- los ciclos electorales estaban desfazados y ahora la elección de los nuevos gobernantes se acomodó de tal manera que cada tres años coincidan ya sea con las elecciones presidenciales o con las elecciones intermedias, esto segundo siendo el actual caso de Nuevo León, por poner un ejemplo. Para el INE, esto representa un alivio tanto en términos administrativos como estructurales, pues esta medida mantiene los puntos álgidos cada tres años, pero ya sin los esfuerzos extras que suponían elecciones, por ejemplo, un año después de las presidenciales (como en el caso de Baja California). Incluso, si nos emocionamos un poquito, la medida permite la adecuada profesionalización y capacitación del personal del Instituto y eventualmente podría permitirles concentrarse en temas relacionados con la investigación y actualización del sistema en general para hacerlo cada vez más eficiente.

No obstante, la llamada “Ley Bonilla” tiene sus trucos. En Baja California, en lugar de promover que su mandato durara los cinco años que actualmente va a durar -claro, después de que prácticamente se están brincando la Constitución- inicialmente se planteó que fuera por dos años. ¿Que por qué dos años? Porque hay intermedias en 2021 y, dependiendo de cómo nos la venda el presidente (ya sea como consulta, referéndum, votación, plebiscito, encuesta o rifa), cabe la posibilidad de tener una boleta más en la intermedia. “Entre más elecciones puedan coincidir, mejor para Morena”: esa era la consigna. Pero claro, si un candidato se queda por tan sólo dos años, entonces “hay muy poco tiempo para hacer que las cosas cambien”, ¿verdad? Pues, señor Bonilla, le recuerdo que los diputados están tres años en el Congreso y sin derecho a periodos inmediatos, tal como a usted le tocó, así que no hay excusas.

En varias ocasiones lo he comentado tanto en este espacio y me repito: este tipo de jugadas siguen siendo parte de la fase experimental en la que se encuentra Morena para probar cuánto crédito tienen con la gente. No hay mejor indicador para saber si un partido seguirá en el poder que el número de personas que le siguen aprobando. Los treinta millones bastan y sobran para continuar con la racha de triunfos en el país; y a eso hay que sumarle que las participaciones en elecciones locales apenas rozan el 30% del padrón.

De esta no se salieron tan bien librados como con el tema del aeropuerto, o el del combate al huachicol, o la refinería, o el Tren Maya, está claro. Ya no sólo la opinión pública y las redes están en contra de la medida, sino que personalidades como Ricardo Monreal o el propio Andrés Manuel han tenido que desmarcarse del acontecimiento, a diferencia de Yeidckol Polevnsky, quien defiende a capa y espada la ampliación del mandato. Eso sí, dentro de todo este embrollo que pareciera desgastar a Morena, la movida le está abriendo horizontes donde hay margen de crecimiento. En concreto, la relación de Tatiana Clouthier con Morena y su distanciamiento estratégico son claves para la construcción del relato de cara a 2021, pues es bien sabido que la plataforma de Obrador, en general, no es del agrado de los neoleoneses.

“Sí, Morena me da su apoyo, pero yo no me dejo mangonear por los intereses de ningún partido político como tantas veces ya quedó demostrado”. ¿A poco no les suena?

“Si no te gusta, te puedes ir”: Trump

Comparte este artículo:

Niños, mujeres y hombres que llevan semanas en jaulas, sin colchones para dormir, sin agua, sin poder siquiera sentarse en el suelo para descansar ni poder lavarse los dientes. Encerrados, soportando los maltratos y el hambre, esperando a ser enviados de regreso a sus países y con la incertidumbre de que dejan a familiares desamparados o en situación de dificultad. Ni las denuncias, ni las fotos, ni la carta redactada por Joshua Dawsey, quien viajó con Mike Pence (vicepresidente de EEUU) al centro de detención en McAllen -sí, en McAllen- son suficientes para moderar el discurso respecto a la migración del presidente Donald Trump.

Tras la celebración de la tercera edición del “Made in America” Product Showcase en la Casa Blanca -evento para impulsar la producción de bienes 100% manufacturados en el país- el presidente lanzó varias declaraciones en contra de congresistas demócratas aludiendo a que, si el país no les gusta, pues que se vayan. ¿Un error del presidente? Según la óptica con la que se vea: para aquellos del ala progresista, las declaraciones representan el supremacismo blanco en su máxima expresión. En cambio, para quienes forman parte del grupo más conservador de EEUU, el reclamo hecho por el presidente es claro y congruente con lo que desean para el país.

Cuando Alexandria Ocasio-Cortez, una de las aludidas por los comentarios de Trump, dice que el presidente las insulta con el único objetivo de distraer, tiene toda la razón: lo que él está tratando de hacer es tocar las fibras más profundas de los nacionalistas blancos, de aquellos que viven fuera de las grandes ciudades y que son sus principales votantes. No hace falta más que mirar el mapa por distrito de las elecciones de 2016 para darse cuenta de que, con excepción de las metrópolis, el resto del país se pintó completamente de rojo, especialmente en entidades asociadas con la cultura rural y conservadora que defiende los valores más tradicionales del país.

La obsesión del presidente con el tema de los orígenes es el reflejo del racismo endémico de los Estados Unidos. Es común que un ciudadano estadounidense opte por primero identificarse a sí mismo según el estado al que pertenece, o bien mencione su origen étnico o el de sus familiares. Es común ver en programas de televisión y cine discusiones al respecto: no importa que los personajes hayan nacido en el país y tampoco importa la cantidad o el tipo de logros que tengan. Lo importante -y lo que siempre sale a relucir- es el origen de los antepasados y cómo esto puede distinguir a priori las cualidades de unos respecto a las de los otros.

“Juro solemnemente que apoyaré y defenderé la constitución de los Estados Unidos de todos los enemigos, extranjeros o domésticos […] y que obedeceré las órdenes del presidente y de mis oficiales superiores”, declaran todos los que se enlistan en las fuerzas armadas. Para Trump, el enemigo es el migrante; el migrante que cosecha los alimentos, el que trabaja en las maquiladoras y el que se encarga de que muchos de los servicios del país funcionen. Ve como potenciales enemigos a los migrantes que se asentaron en el país porque, según sus palabras, ellos son la puerta de entrada a drogas, crimen y violadores, como alguna vez lo dijo de nosotros los mexicanos. El enemigo es aquél que duda de su autoridad como presidente y que desafía el statu quo.

No importa si el migrante toma un arma y representa los intereses de una nación que se niega a reconocerle como hijo suyo. Lo que importa -tal como lo dijo el presidente- es que sepa que, si no es feliz, se puede ir. Que sepa que está bien si nunca vuelve y que nadie lo va a extrañar

Concuerdo con Ocasio: “usted tiene una mente racista en su cabeza y un corazón racista en su pecho”, señor Trump.

El claroscuro europeo: la derecha

Comparte este artículo:

El resurgimiento de la derecha y el retorno de los partidos de extrema derecha a la palestra sigue extendiéndose por Europa. En Grecia, el pasado fin de semana, Nueva Democracia, logró quitar del cargo al progresista Alexis Tsipras y hacerse del gobierno, lo que para el país podría supone tener una relación mucho más cómoda con el FMI, el Eurogrupo o la Alemania de Merkel. Sin embargo, tener como líder al conservador Kyriakos Mitsotakis implica tener un ministro cuyos familiares y allegados son famosos porque han vivido de la política por muchos años y siempre están rodeados de empresarios.

La confianza que dieron los europeos a las formaciones de izquierda parece ser que no cumplieron con las expectativas, pues poco a poco el electorado acude cada vez más a las urnas para castigarlos o de plano no van a votar. Sí, hay casos donde la izquierda sigue liderando el gobierno (España) y otros donde la alternativa al neofascismo apenas se impone (Francia), pero eso no quita que haya otros donde la presencia de partidos de derecha sea endémica (Alemania, Países Bajos, Polonia).

¿Por qué los europeos están regresando a las formaciones de derecha y quitan el voto de confianza a la izquierda? Porque encuentran en los conservadores y nacionalistas la esperanza de volver “al modelo de antes”; el deseo de vivir como en tiempo previo a la crisis y sentir como si no hubiera pasado nada. En términos económicos (que es por lo que realmente se mueven muchos asuntos políticos), tradicionalmente se asocia a la derecha con crecimiento. Pero claro, lo importante es leer las letras chiquitas y darse cuenta de que la macroeconomía no significa que la riqueza siga siendo acumulada entre algunos. De hecho, es completamente al revés.

Aunque en el horizonte se ve una época de vacas (muy) flacas para la izquierda, hay tres temas que, de ser utilizados de manera estratégica, pueden mantenerla vigente y quitar el foco del tropiezo en la gestión de la crisis: la reivindicación de los derechos de la mujer, el movimiento LGBT y la preocupación por el cambio climático. Los tres son cada vez más visibles y, por más obvio que parezca, la afinidad entre los seguidores de estos movimientos y las formaciones de izquierda tiene un origen en particular: todos ellos han compartido la trinchera ir en contra del statu quo y, por ende, se encuentran muy alejados de las formaciones políticas que defienden los valores tradicionales. ¿Les parecería congruente que, por ejemplo, el PAN aquí en México hablara de impuestos al carbón o al uso de combustibles fósiles? Pongo este ejemplo porque del tema de la familia, la mujer y la diversidad sexual no hace falta hablar para establecer mi punto.

Pero ¿es posible que las formaciones políticas puedan hacer suyas estas causas? A pesar de que siempre han existido partidos animalistas o verdes (no, el que tenemos en México no cuenta, de verdad), las otras dos causas mencionadas no suelen estar encasilladas en una única formación política. Un ejemplo podría ser el del partido progresista español “Podemos”. El más que guiño de hacerse con el electorado feminista en las pasadas elecciones -renombrando a su partido como “Unidas Podemos”- no es que le haya salido bien que digamos: el voto de la izquierda se concentró en el socialismo español (PSOE) y están prácticamente fuera de los cargos importantes del gobierno.

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, decía Antonio Gramsci, filósofo marxista, cuando hablaba sobre los cambios y la crisis. Y sí, los viejos monstruos de la intolerancia y la represión están resurgiendo, pero quienes son los primeros en combatirlos no pudieron ganar la batalla y ven en sus raíces el único refugio a los problemas. Vaya, en español, “más vale malo conocido que bueno por conocer”. ¿Será? Ojalá que no.

El taxi vs Uber: ¿cuánto cuesta resolver el problema?

Comparte este artículo:

La cacería de brujas que comenzó en estos días contra los choferes de Uber, Didi y Cabify en Monterrey ha puesto a gran parte de la ciudadanía en contra del gobierno del estado. La premisa es que los conductores de las plataformas no siguen los mismos parámetros que los taxistas convencionales ni pagan la misma cantidad de impuestos por prestar un servicio que -en esencia- es básicamente el mismo y, por lo tanto, los pone en el terreno de la ilegalidad. ¿Es esto del todo cierto? ¿Cuál es el verdadero problema?

Por un lado, se encuentran los taxistas; los de toda la vida. En el mejor de los casos, un taxista tiene que hacer una inversión inicial de varios cientos de miles de pesos para comprar un carro y las placas de taxi que, por cierto, a estas alturas las dos cosas cuestan casi lo mismo. Podría decirse que en total se necesitan unos $300,000 para empezar, dependiendo del año y modelo del vehículo. Los problemas vienen cuando los conductores no pueden invertir dicha cantidad y trabajan para alguien más; alguien que puede pagar y que, cual señor o señora que tienen una casita aparte, lo que quieren es “vivir de sus rentas”. Es decir, el negocio está en tener taxis rentarlos. En Monterrey, un chofer paga unos $400 o $450 diarios al dueño del taxi.

El taxi “verde” tuvo el monopolio durante mucho tiempo y logró sobrevivir a pesar de las circunstancias: la inseguridad (tanto por parte de conductores como de usuarios), las bases y taxis “pirata”, el pésimo servicio, los taxímetros alterados. Los taxis “de base” o “de sitio” (los blancos, pues) luego fueron la alternativa: los pedías por teléfono y hasta los podías agendar para que te recogieran en un día y hora específicos; todo ello a cambio de pagar más. ¿Y cuál fue el problema? Pues que, por ejemplo, algunos de los “taxis ejecutivos” cobraban según tarifas sin sentido y a veces con un criterio completamente subjetivo: dependiendo la hora, el lugar, el destino e incluso dependiendo del cliente, cobraban lo que querían. ¿Cuánto vale una carrera al aeropuerto? Lo que el chofer o la compañía quieran (te veo a ti, Totsa).

Luego está Uber, la tecnología; el que abrió la brecha para los demás. Hay una tarifa fija (o no), que garantiza la seguridad de los pasajeros (o no), en la que los pagos se realizan a través de transferencias para evitar robos (o no) y que permite al usuario en todo momento saber la ruta que el conductor seguirá (o no). Uber le arrebató el negocio a los taxis sencillamente porque su servicio es de mayor calidad (o no), aunque ello implique un costo adicional (¿o no?). ¿Has oído hablar de la tarifa dinámica? ¿Te acuerdas del caso de María Fernanda Castilla y Cabify? ¿Qué pasa si mi conductor no trae cambio? ¿Y si no cancela el viaje, aunque ya me haya bajado? ¿O si se va por una ruta por la que yo no le dije? Estoy plenamente consciente de que la proporción es mucho menor (afortunadamente), pero una cosa no quita la otra.

¿Y entonces? ¿Por qué preferimos Uber? Fácil: porque en México desconfiamos de todo aquello que es propiedad del gobierno. ¿Y por qué? Porque nos suena a corrupción, malos manejos, pésima calidad y mal servicio. ¿Por qué pagamos seguros de gastos médicos mayores? Para no ir al IMSS. ¿Por qué pagamos cable o servicios de streaming? Porque no hay nada bueno en la tele abierta (y menos en los canales del gobierno). La gente espera que la administración funcione como un buen intermediario y no como el propietario, pero esto es otro problema.

En Monterrey estamos tan acostumbrados a pagar de más por todo que si alguien nos dijera que con una cantidad se resuelve el tema de Uber, ya estaríamos juntando. Pero bueno, mejor no doy ideas.

Un G20 sin ganso, pero con canciller

Comparte este artículo:

Desde hace unas semanas el presidente de México había anunciado su negativa a asistir a la reunión del G-20 donde se reunirán las naciones -en términos económicos- más poderosas del mundo, lo que constituye un escaparate lo suficientemente importante como para demandar la presencia de los mandatarios de cada uno de ellos. Por nuestra parte, asistirá Marcelo Ebrard, nuestro Secretario de Relaciones Exteriores y quien es de todas las confianzas de Andrés Manuel.

La importancia de la reunión que comienza el día de hoy en Osaka recae, en primera instancia, en los asistentes que la reúnen: ser parte del G20 implica que somos una economía lo suficientemente potente como para competir con aquellos países que, muy malamente, llamamos “del primer mundo”. Este tipo de reuniones refrenda la confiabilidad de nuestro país para con el resto de los miembros de la comunidad internacional y nos constituye como una nación atractiva para la inversión, si no pregúntenle a Rusia cómo le fue -en términos de credibilidad- después de que lo expulsaron del G8. En términos macro, la cumbre es una oportunidad más para conseguir acuerdos de inversión a y cooperación económica a nivel gobierno.

Que nuestro presidente no vaya tiene implicaciones políticas que, de ser malinterpretadas, podrían cobrarnos facturas muy importantes en el futuro, sobre todo en lo que tiene que ver con la exploración de nuevos mercados, sobre todo si tomamos en cuenta que nuestro vecino del norte ya encontró la manera de movilizar a nuestra Guardia Nacional desde su país y hacer que las comitivas tengan que desplazarse de emergencia hasta Washington. Además, representar una amenaza al statu quo del orden internacional y, por ende, generar incertidumbre respecto a la actitud de nuestro país conforme a los compromisos adquiridos en dicha reunión.

No obstante -y como bien lo dijo el presidente- nuestro país para nada va mal representado, pues nuestro canciller goza de mucho prestigio a nivel internacional pues fue el presidente de la Red Global para Ciudades Más Seguras de ONU-Habitat, cargo que asumió luego de ser Jefe de Gobierno de la CDMX y al cual renunció en 2014 para volver a la política de nuestro país. De hecho, parte de la regularización de la relación con EEUU tras la crisis del intento de subida de impuestos de Trump fue gracias a la comitiva encabezada por el propio Ebrard.

Pero también, como dicen por ahí, “piensa mal y acertarás”. La negativa de Andrés Manuel, por qué no, puede tener otro tipo de connotación. Más allá de su postura de decir que “a esas reuniones no hace falta ir” porque los temas de pobreza y desigualdad se resuelven de manera interna (lo cual, hasta cierto punto, es perfectamente válido), podría tratarse de un tema evitar desgaste político al estar con otros líderes.

AMLO, de manera personal, no está a gusto cerca de otro tipo de líderes políticos. De hecho, con el único con quien ha tenido acercamientos en alguna ocasión fue con Pedro Sánchez, el presidente de gobierno de España, y todo ello en vías de buscar la disculpa de la corona para el año 2021 que le otorgaría un crédito político inagotable. El otro fue Nicolás Maduro, quien estuvo presente en la semana de su toma de protesta y de quien, después de las fuertes críticas por no haber apoyado el levantamiento encabezado por Juan Guaidó, ya no habla más. De ahí en fuera, los contactos de nuestro presidente con otros líderes del mundo se han limitado a comunicados o cartas enviadas desde la oficina del gobierno.

Así, el G-20 se quedó sin ganso, pero con canciller. De todas formas, hizo muy bien en mandar a Ebrard (acompañado de Urzúa) a la reunión: total, al canciller le viene estupendo para irse familiarizando de cara a la campaña de 2024… ¡Perdón! ¿Lo dije muy fuerte? ¿O nomás lo pensé?

La política es virtud y fortuna: la revocación de mandato

Comparte este artículo:

La revocación de mandato ha sido un tema que el presidente de la República ha mencionado constantemente desde hace un tiempo, pero que el día de ayer volvió a causar revuelo. Andrés Manuel hizo una propuesta que sorprendió a muchos al señalar que ante el debate que ha suscitado dada la coincidencia entre la consulta ciudadana y las elecciones intermedias, ésta podría “adelantarse” y llevarse a cabo el domingo 21 de marzo, argumentando que así no podría decirse que se trata de una maniobra político-electoral. Pero ojo porque, como solía decir a mis alumnos, todo en política está planeado.

El lunes, el coordinador de Morena en el Senado, Ricardo Monreal, comentó sobre la falta de condiciones para que el mecanismo sea aprobado, pues la suma de los apoyos de los partidos de oposición -por si a alguien se le había olvidado que todavía existen- no permiten que la mayoría calificada sea alcanzada dentro en el Senado. Al momento de consultarse, la propuesta sería rechazada aún y cuando ya fue aprobada desde la Cámara de Diputados. No obstante, la meta no está tan lejos: Morena podría obtener hasta 81 de los 85 requeridos si cuenta con los apoyos del PRD. Eso sí, el umbral de la mayoría se calcula basándose en un máximo de 128 senadores y en que ninguno se abstenga, pero si alguno falta o no vota, entonces se necesitan menos votos para la mayoría por dos terceras partes. 

El presidente calificó como “suerte” el hecho de que pudiera presentarse la consulta para el día 21 de marzo, pero esto es más bien resultado del excelente trabajo que están haciendo sus asesores. En caso de que se adelantara la fecha, hay varios elementos a tomar en cuenta. Primero, que la fecha es nada más y nada menos que la del 215° aniversario del natalicio del Benemérito de las Américas, Benito Juárez, quien sabemos es la principal figura de respaldo histórico e ideológico de AMLO, lo que nuevamente se traduce en un uso de la historia como un recurso político, un tema que, por cierto, comenté anteriormente en este mismo espacio.

El segundo elemento tiene que ver con el impacto directo que tendría el resultado de la consulta en la planificación de la campaña para la elección intermedia. Si AMLO ganara la consulta, lo normal sería que el respaldo obtenido fuera utilizado como herramienta de campaña por el resto de los candidatos morenistas, lo que nuevamente pone en desventaja a los opositores. En cambio, si pierde, seguramente la estrategia giraría en torno a aprovechar la confusión para intentar blindar la Cámara de Diputados y así, incluso de cara a una nueva elección presidencial, contarían con el poder legislativo a su favor: no hay que olvidar que los senadores permanecen seis años en el cargo y que Morena tiene mayoría.

Siguiendo la línea anterior (y dependiendo de cómo quede estipulado en la reforma), la elección intermedia podría coincidir con la eventual elección extraordinaria para la Presidencia. Esto provocaría que los morenistas movilizaran a sus votantes y hace dos semanas nos demostraron que lo saben hacer muy bien. Además, podría venir acompañado de un retraso en la fecha para ganar más tiempo y rediseñar la estrategia, lo que pone el tablero a favor de los de Andrés Manuel.

Pero, a todo esto, hay un elemento muy importante que se está quedando fuera: la popularidad del presidente es de alrededor del 70%. ¿Entonces no hay un momento idóneo para que la revocación de mandato sea aprobada? En 2012, cuando AMLO hablaba del tema, sugería que la consulta debía realizarse cada dos años y no cada tres, por lo que virtualmente en 2020 podría llevarse a cabo y así la actual controversia no tendría lugar, pero ello compromete el nivel de participación en las futuras elecciones.

“La política es virtud y fortuna”, dijo el presidente citando a Maquiavelo. ¿Será? Ahí se las dejo.

Lo que no te contaron de José María Aznar

Comparte este artículo:

El pasado 11 de junio, el expresidente del gobierno español José María Aznar, formó parte de la ceremonia del Commencement de la Universidad de Monterrey. Fue invitado como orador para dar un mensaje a los graduados en el cual, además de oscilar entre muchísimos temas relacionados el desarrollo tecnológico y la importancia de la economía, habló de lo preocupante que es el surgimiento de figuras y gobiernos neoautoritarios y populistas, además de los efectos que podrían tener en el orden global las tensiones entre China y EEUU.

Seguramente algunos de los presentes ya tenían conocimiento de la trayectoria del invitado (te hablo a ti, Escuela de Derecho y Ciencias Sociales) y otros no, pero lo realmente importante no es cuántas personas habían escuchado por primera vez su nombre, sino conocer lo que hace que este personaje sea especialmente relevante en la historia política de España. Te cuento un poco de lo que seguramente no te quisieron decir.

Aznar es todavía uno de los mayores referentes -aunque él mismo dice que ya está fuera de la política- del llamado Partido Popular (PP), cuyo nombre originalmente fue Alianza Popular (AP), el partido heredero del franquismo tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975. Fue uno de los principales impulsores de la reforma de AP a finales de los ochenta, pues por aquél entonces (entre 1982 y 1996) el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) gobernaba con amplio margen en la mayoría de las comunidades del país y mantenía la presidencia del gobierno. De cara a la renovación, la figura de Aznar era más bien concebida como un puente que uniría al franquismo y los valores tradicionales españoles con aquellos que apostaban por la modernidad y el libre mercado.

Durante sus dos administraciones (1996-2000 y 2000-2004), la economía fue una de sus principales preocupaciones. Fue el presidente que recibió al euro y que, de la mano de privatizaciones, buscó la estabilizar la economía española. Fue muy contundente en sus esfuerzos por frenar los avances de ETA (organización terrorista pro-nacionalista vasca) y cooperó junto con Estados Unidos para invadir Irak en 2003, alegando que la decisión correspondía a los objetivos de su membresía en la OTAN; permanencia que había sido sometida a referéndum ya en los años ochenta.

Secundar la invasión le llevó a cometer uno de los errores más importantes de la historia contemporánea de la política española. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (11M) (a pocos días de las elecciones, por cierto) en lugar de admitir públicamente que los ataques habían sido perpetuados por miembros Al Qaeda, Aznar y el PP se empeñaron en mantener la tesis de que se trataba de un ataque más de los terroristas vascos, aún y cuando ya habían circulado pruebas contundentes que indicaban lo contrario. ¿Por qué mantener una mentira? Porque de esta manera el ataque no parecía ser una represalia por el apoyo a la invasión estadounidense de 2003, sino una acción más de los etarras, lo cual justificaría la necesidad de que el PP continuara presidiendo el gobierno.

El partido que Aznar ayudó a construir hoy atraviesa una de las peores crisis de su historia. A nivel nacional, el PP ha perdido aproximadamente la mitad de los apoyos con los que tradicionalmente contaba y le surgieron dos competidores que curiosamente defienden aquello que Aznar logró unir en un único partido: el ultranacionalismo español y la apuesta por el libre mercado (Vox y Ciudadanos, respectivamente). Hoy, lejos de representar apuesta de futuro y modernidad, Aznar representa la cara más dura del conservadurismo tradicional. “A mí nadie me dice a la cara ‘derechita cobarde'”, fue una de las frases que pronunció en un acto de campaña para las elecciones generales del pasado mes de abril.

¿Fue esta la mejor elección para una ceremonia como el Commencement? Para no desentonar con la realidad actual nacional, respondo: “soy dueño de mi silencio”.

Democracia insípida

Comparte este artículo:

El pasado domingo se llevó a cabo una jornada electoral en varios puntos del país, destacando el cambio de gobernadores en Baja California y en Puebla, esta última siendo controvertida por la situación en la que se tuvo que producir. El saldo, a nivel marco, fue favorable para Morena: de las dos gubernaturas a disputar, se quedaron con las dos. En cambio, en el resto de los cargos por elegir no irrumpieron con la misma fuerza.

Baja California siempre ha sido un laboratorio importante para el país en todo sentido. Es una de las entidades con importantes ingresos provenientes de EEUU (Tijuana y Mexicali), a nivel social es el referente de una subcultura fronteriza (al igual que Matamoros, Juárez y otros) y es una entidad que es histórica en el terreno político en nuestro país. En 1989 se convirtió en el primer estado de la República en no ser gobernado por el PRI gracias a la candidatura de Ernesto Ruffo Appel por el PAN.

Desde entonces y hasta ayer, sólo panistas habían sido electos gobernadores en el estado y ahora, treinta años después, volvió a cambiar. Jaime Bonilla Valdez, consiguiendo un importante 50.36% a favor de la coalición liderada por Morena para hacerse del estado. La ventaja con el PAN es de más o menos treinta puntos de diferencia y el PRI, siguiendo la espiral descendiente en la que se encuentra a nivel nacional, no logró sumar ni siquiera un 5% del total de votos.

El caso de Puebla, como ya se los había adelantado por aquí, Miguel Barbosa se llevó la contienda y obtuvo un 44.68% del resultado, poco más de once puntos por encima del exrector Enrique Cárdenas y muy por encima del priísta Jiménez Merino quien no llegó ni al 20% del resultado. Un triunfo que permite a los morenistas sacarse la espinita luego de haber perdido la elección el año pasado y que para Barbosa representa una segunda oportunidad más que inmejorable para mantenerse vivo políticamente.

En una jornada electoral ordenada, con triunfos anunciados de manera un tanto anticipada y donde hasta ahora no se reportan irregularidades, hay un dato que es estremecedor: sólo en Durango, donde se renovaron todas las cabeceras municipales, la participación alcanzó poco menos del 45%, mientras que en Baja California y Puebla atendieron el 29% y el 33% de la lista, respectivamente. En las otras entidades la historia se repite y la cifra más alarmante es la de Quintana Roo: sólo el 22% del padrón acudió a ejercer su derecho.

El abstencionismo suele favorecer a los partidos que están en el poder y a las derechas políticas, pero en nuestro país la ola morenista tiene la fuerza suficiente para seguir creciendo. Si bien el mapa político de gobernaturas en curso favorece al PRI (13) y al PAN (10), los resultados de este fin de semana demuestran que ambos partidos se encuentran profundamente debilitados y todo ese terreno podrá ser capitalizado por la izquierda y por AMLO quien, a pesar de estar registrando bajas en la aprobación a nivel nacional, sigue teniendo niveles que ya otros mandatarios desearían, colocándose en alrededor de un 70%.

Aunque lo más sencillo es traducir la poca participación en apatía o desinterés, en este caso podría representar conformismo ante la inminente fuerza de Morena. “Como quiera va a ganar”, fue una de las frases que escuché en 2018 y que muy seguramente en Puebla fue el pan de cada día hasta ayer. El enfoque no debe ser en si es bueno o malo que los resultados favorezcan a Morena, sino en que la poca participación va a tener muchas repercusiones a la larga, sobre todo cuando las cosas no les salgan bien a los nuevos gobernadores, y ello podría convertirse en un dolor de cabeza en el futuro.

Como dicen por ahí: “no hacer nada, también es hacer algo”.

Superman vs el crimen organizado

Comparte este artículo:

Ayer, el Secretario de Seguridad del Estado de Nuevo León, Aldo Fasci, afirmaba que ni con Superman como secretario se podría resolver el problema de inseguridad que tiene tintes de estar resurgiendo en el estado. “No son enchiladas, son balazos”, declaraba. La primera reacción natural después de leer una declaración tan simplista, llena de resignación y con un toque de desprecio por la pregunta, es de coraje y reclamo. Si nos detenemos un poco y meditamos la declaración, encontramos tristeza e impotencia. Lo más peligroso sería permanecer en la indignación y contaminarse de la resignación.

¿De dónde proviene el tema de seguridad? Para un servidor, la estratificación y la inmovilidad en la escala social son algunos de los principales elementos. Amartya Sen, cuando hablaba de “pobreza de capacidades” se refiere a que las condiciones preexistentes de una persona pueden determinar su desarrollo futuro. Básicamente, si no hay acceso a educación, sanidad, empleo, vivienda digna; si no se cumplen cierto tipo de necesidades básicas, es poco probable que uno pueda alcanzar la autorrealización como persona. Permanecer en un entorno con estas características obligará a la persona a subsistir y, como es común en todos los países del mundo, existen actividades fuera de la ley que permiten acceder a ciertas comodidades.

En un estudio elaborado por el INEGI en 2016, Nuevo León fue clasificado como la entidad federativa con más desigualdad económica del país, indicando que la población ubicada en el decil más alto tenía 33.5 veces más recursos que los del decil más bajo, situándose muy por encima del promedio nacional (20.7 veces). En ese mismo año, Nuevo León figuró dentro de los diez estados peor evaluados en tema de percepción de inseguridad según el Estudio de Seguridad Pública del INEGI con una calificación de 73.5, siendo cien el valor máximo.

Si bien el dato no se compara con el de 2012, cuando la entidad fue la peor evaluada en todo el territorio nacional (86.7), los indicadores reflejan que las cosas no han cambiado mucho. Por cierto, el año pasado nos sacamos un 75.1 y nos ubicamos “a media tabla”, pero estamos muy lejos de estar en la situación de Yucatán, cuyo indicador nunca ha rebasado los 34 puntos entre 2011 y hoy, o como Campeche, donde la medición nunca ha rebasado los 60 puntos en el mismo periodo.

La inseguridad es uno de los principales temas de dolor de cabeza en América Latina en general, pero no por ello significa que deba ser permisible que la tasa de homicidios incremente. Hace algunas semanas vivimos la memorable discusión entre Jorge Ramos y López Obrador cuando en una de las tan famosas “mañaneras”, el periodista contrastó los datos del mandatario, exponiendo con claridad que, efectivamente, la situación de inseguridad en el país no iba de bajada, sino todo lo contrario: el primer trimestre del sexenio de AMLO fue más sangriento que el primer de Peña entre 2011-2012, en uno de los momentos más álgidos de la crisis de seguridad a nivel nacional, pero con particular énfasis en Nuevo León, como ya mencionado.

Puedo estar de acuerdo con Fasci en decir que ni con Superman es posible acabar con el tema, pero el enemigo que tenemos enfrente tampoco es Lex Luthor. No pienso que estamos pidiendo “peras al olmo” cuando al Secretario de Seguridad se le cuestiona sobre el incremento en el número de asesinatos en la entidad. Que la primera  “mañanera”, del Presidente, fuera de Palacio Nacional, haya sido en Monterrey y que el tema general a tratar era el de la Guardia Nacional y la crisis de seguridad no es coincidencia: la voluntad existe y esperemos que sea más pronto que tarde cuando la ciudadanía pueda gozar de los beneficios.

Por lo pronto, a comer cochinita pibil: capaz que va por un tema de dieta y nosotros sin saber.

Cine político: la nueva tendencia

Comparte este artículo:

Si antes decían que a las personas no les interesaba la política o que se les hacía aburrida, hoy podríamos decir que es todo lo contrario. La política, además de tratarse de todo lo relativo a la actividad entre individuos, la gestión de los recursos y la administración de los servicios y bienes públicos, ahora cada vez más se está convirtiendo en un producto. Y vende mucho y gusta y entretiene y la gente sigue pidiendo más.

Hace unas semanas se estrenó en Netflix el documental Knock Down the House cuya principal protagonista es Alexandria Ocasio-Cortez. En él se exhiben fragmentos del recorrido que atravesó la demócrata para vencer en las primarias de 2018 a Joseph Crowley, uno de los candidatos con más peso dentro del partido. En él también se muestran las historias de Amy Vilela, Cori Bush, y Paula Jean Swearengin, quienes de igual manera son del ala más progresista de los azules.

Otro de los más recientes es el documental The Brink (Steve Bannon, el Gran Manipulador) que hace un recorrido por la reciente carrera política del asesor y ha causado muchísima controversia, pues hoy día Bannon es considerado uno de los principales artífices del resurgimiento de la extrema derecha tanto en Estados Unidos como en Europa, donde incluso ha asesorado proyectos y partidos políticos con bases neofascistas.

Y así como éstas existen muchas otras que seguramente nos son familiares (Vice, Brexit: The Uncivil War, House of Cards, Game Change, The West Wing, No). Todas estas películas, documentales y series nos hacen sentir como si estuviéramos ahí y nos enseñan una realidad que poco a poco nos estamos atreviendo a conocer: la política detrás de los discursos, de las reuniones, de la prensa; las formas que construyen a la política misma. ¿Y por qué es que nos llama tanto la atención?

Considero que parte importante de que las grandes productoras sigan apostando por mostrar este tipo de contenido sobre política tiene que ver con la facilidad de acceso a la información. A través de Internet tenemos acceso a todos los conocimientos básicos (fechas, lugares, etc.) y ello nos ha hecho evolucionar e interesarnos en los procesos: nos preguntamos cada vez más los porqués de las cosas y estamos dispuestos a indagar un poco más, ya sea por conocimiento propio o por tener un tema de conversación en alguna reunión. A la gente ya no le interesa sólo conocer los hechos, sino que quiere saber hasta el más mínimo detalle de las personas que estuvieron involucradas en todos estos acontecimientos.

La presencia de temas políticos en el cine no es para nada un fenómeno reciente, pero la estrategia para comunicarla es distinta a la de antes. En nuestro país, películas como La Ley de Herodes o El Infierno retrataban una realidad política adaptada a manera de sátira y con el propósito de generar incomodidad en la audiencia. En cambio, series como Historia de un Crimen: Colosio presentan a los individuos como si fueran personas comunes que también sufren las consecuencias de la vorágine de eventos alrededor suyo y que, sin saberlo, se convierten en protagonistas de la historia misma.

Siempre encontrando como positivo que el cine no sea visto sólo como un medio más de entretenimiento, me complace saber que hay interés en general por cuando menos conocer sobre este otro lado de la política del que usualmente no se conoce tanto. Pienso que, dentro de unos años, no nos debería sorprender si en el cine llegara a salir un documental protagonizado por Andrés Manuel, Tatiana Clouthier, Ricardo Monreal y compañía sobre la campaña de 2018. Más allá de si simpatizan o no con el Presidente, ¿a poco no les suena que después en Netflix les salga como sugerencia de contenido? ¿O anunciada en el cine a nivel nacional? Cuando salga, no se olviden de invitar a su servidor a verla.