Comunicación, COVID y América Latina

Comparte este artículo:

En todo el mundo, los líderes políticos han tenido que prepararse para comunicar en estos tiempos de crisis y algunos han tenido más éxito que otros. Mensajes emblemáticos como los de Macron y Trudeau han hecho eco a nivel mundial, pero no todos han tenido la misma suerte, como lo es el caso de Boris Johnson o el de Donald Trump. En América Latina, los líderes también se enfrentan al reto. Dentro de todos los casos, podría decirse que existen tres que son muy paradigmáticos: Bukele, AMLO y Bolsonaro.

Bukele, el outsider que vino a romper la política de El Savador, fue tendencia en redes por el video donde anuncia las de suspensión de pagos de servicios básicos. Es importante notar que lo hace mirando a mirando a cámara y asumiendo de manera contundente el rol de la autoridad. En un país que en 2015 se situaba entre el top 10 a nivel mundial en la escala de mayor impunidad, se entiende perfectamente que discursos donde un hombre amaga con él personalmente encarcelar a cualquiera que toque los recursos, se aplaudan.

Aunque el video es un éxito comunicativo y la estrategia del miedo siempre es muy útil, al presidente no le interesa que su imagen a nivel mundial sea la de un dictador. ¿Cómo contrarrestarla? Sencillo: haciendo uso de su faceta como joven y suavizando su imagen a través de una entrevista vía Instagram Live con Residente, el artista emblema del antiimperialismo y voz en contra del neocolonialismo estadounidense.

Continuando con los casos, ahora viene le turno de México. En este caso, lo que acontece es la mala implementación de una buena estrategia. En tiempos de crisis siempre es recomendable que los expertos sean quienes comuniquen, pues se entiende que la legitimidad de la información que presentan viene desde el ámbito científico (y no hay nada más preciso que eso). La mala implementación está, para mala fortuna del propio presidente, en él mismo.

Primero, al intentar minimizar los potenciales efectos de la crisis. Ante un escenario global de alerta, las declaraciones que iban en dirección contraria a esta instrucción trascendieron más que nunca: México era visto como el único país que tomaba a la ligera la crisis (a pesar de que los hay otros peores, como más delante abordaré).

En segunda instancia, porque AMLO es político sobreexpuesto, con gusto por los reflectores y que siempre echa mano de su liderazgo carismático para responder ante cuestionamientos. Después de llevar meses consecutivos siendo el protagonista de las portadas, estaba claro que buscaría mantenerse como el protagonista. Esto fue evidente el día que, ante un juicio directo que Obrador, la contestación del ahora afamado epidemiólogo López-Gatell fue un nervioso “más o menos”; respuesta nociva en tiempos de crisis.

No obstante, una vez la crisis se agravó, fue curioso ver que el discurso cambió, pero el principal portavoz de este mensaje no fue el presidente, sino el Subsecretario. Esto, aunque el tiempo se encargará de determinarlo, seguramente le traerá buenos réditos a largo plazo a la 4T. Pasamos del “síganse abrazando” al decreto de alerta durante todo abril. Bien por corregir la plana.

Finalmente se encuentra el modelo “Bolsonaro”: renuente, agresivo, combativo, incrédulo y egocéntrico. Los medios brasileños no paran de hacerle críticas. Su figura encarna al populismo de derecha en América Latina. Mientras el conteo no sea significativo, lo más seguro es que se mantenga así.De aumentar, muy seguramente la actitud del presidente tendrá que virar tal como sucedió en EEUU con Trump donde, lejos de admitir que hubo un mal manejo de la crisis, buscará que el culpable sea alguien ajeno al pueblo brasileño.

No debería descartarse que se replicara la frase del estilo del “virus chino” acuñada por Trump para referirse al “coronavirus”. Además, este mal manejo tampoco es nuevo en él: basta con recordar la mala gestión durante la crisis del Amazonas para entender que muy difícilmente cambiará el método.

Sea lo que sea, lo más importante es entender que cuando la gente está expectante de lo que el líder va a decir, el mensaje debe transmitir seguridad, confianza y esperanza.

El confinamiento desde Barcelona

Comparte este artículo:

El 28 de enero se detectó el primer caso de coronavirus en Barcelona. Se trataba de alguien que fue con síntomas al Hospital Clínic, que está a unos 15 minutos caminando desde mi trabajo. Todo mundo lo minimizamos y bromeábamos al respecto.

La gente se quejaba de las personas que salían con tapabocas y provocaban la histeria colectiva. En el Mercadona (principal cadena de supermercados) se empezaban a hacer las primeras compras de pánico. En redes, muchos videos y fotos de gente con carritos llenos. Todos los comentarios iban en dos líneas: o riéndose de lo que veían, o pidiendo que por favor sólo se comprara lo necesario.

Yo voy al súper los sábados por la mañana. Este último sábado coincidió con que fue el día después de la declaración de la alerta nacional. Había mucha gente haciendo fila, desesperada y peleándose por las cosas. Efectivamente, ya no había papel de baño. Ya no había pasta, casi no había arroz y las panaderías estaban a reventar. Los cajeros no se daban abasto y nos pedían, con poco éxito, que mantuviéramos la distancia los unos de los otros.

Al momento de redactar este texto, se registran más de 13 mil casos en todo el país y un total 623 fallecimientos (según datos del periódico La Vanguardia a 18 marzo). La basta mayoría de los casos se registra en la Comunidad de Madrid y, en segundo lugar, en donde vivo: Catalunya. Eso sí, la diferencia es muy grande: mientras que allá hay más de 5600 casos confirmados y casi 400 muertos, acá hay menos de 2000 infectados y 41 muertes (según los datos de El País a 18 marzo)

Las calles están prácticamente vacías y todos los restaurantes y bares están cerrados. Sigue habiendo servicios básicos: hay autobuses, hay metro y los supermercados están abiertos, pero con restricción de aforo. Algunas personas aprovechan para sacar a pasear a sus perros. Yo sólo salgo a tirar la basura y a comprar algo cuando me hace falta. Me levanto todos los días en la mañana y hago home office, porque soy de los que tienen la oportunidad y los medios para hacerlo.

La última vez que fui a la oficina fue como de película. En el camino se veían muchos agentes de los mossos (policía catalana) y algunos de la Policía Nacional. Éramos muy poca gente en la calle y preferíamos ir lo más separados posible. Si alguien estornudaba o tosía, rápido volteábamos para tratar de ver quién había sido. “Somos la Policía Nacional. Por favor, regresen a sus casas. Es por su salud. Muchas gracias”, me tocó escuchar desde el altavoz de una patrulla. Afortunadamente no nos multaron.

La situación de alerta es crítica y es real. Afortunadamente, el ánimo no decae. Hoy desde la sala de mi casa pude escuchar a unos vecinos alegrándonos la mañana con un poco de música. Todas las noches en punto de las 8:00pm se oyen los aplausos, las palabras de ánimo y de agradecimiento para todo el personal de salud y de seguridad que sigue en la calle. En ese momento cuando los vecinos sacamos la cabeza por la ventana y nos vemos desde nuestras casas, de verdad se respira mucha alegría. Se siente mucho entusiasmo y hay un espíritu de solidaridad en el ambiente.

En México la cosa apenas comienza. Cuento mi experiencia para que mis familiares y amigos se cuiden. Pidan a las autoridades que tomen las medidas necesarias para frenar el esparcimiento del virus y, sobre todo, respetémoslas. Que la historia no se repita. Por favor, #QuedateEnCasa

Biden y Sanders: hacia la recta final

Comparte este artículo:

La jornada de antier con el Super Tuesday representa un parteaguas en la evolución de la carrera interna de los demócrata. Biden y Sanders fueron los grandes ganadores, mientras que Warren y Bloomberg (ya fuera de la contienda), los perdedores. El Partido Demócrata se reconfigura y dos candidatos despuntan frente al resto.

Entendiendo que dentro del partido hay dos claras posturas (una más hacia la izquierda y la otra más moderada), para Sanders la carrera había sido relativamente más sencilla: un discurso disruptivo, una candidatura diferente y un buen arranque tanto en las encuestas como en los debates. No hace mucho Sanders obtuvo resultados que lo catapultaron por encima del resto y se veía que despuntaba lo suficiente en comparación con el resto.

Para él, Warren representa la única amenaza en el espacio donde compite. La senadora había demostrado que podía mantenerse vigente explorando el tema del enfoque de género, pero desafortunadamente los resultados no la acompañaron. Cualquier candidato o candidata que quede en tercer puesto en uno de sus propios bastiones se enfrenta a una derrota segura.

Más que pensar en un regreso, en los medios y en las redes la pregunta más bien es cuándo finalmente abandonará la contienda. Sin lugar a dudas será una baja muy sensible, pues no solo define el resto del camino para Sanders, sino que significa que una vez más la ilusión de que una mujer pueda presidir los Estados Unidos se queda en el tintero.

En el ala moderada, la pluralidad de candidaturas parecía que nublaba las posibilidades de Biden. Aunque hoy resulta muy fácil decir que él siempre fue favorito, hay que recordar que Buttigieg fue el gran ganador en Iowa y que Biden tuvo un fuerte tropiezo tanto al inicio como en varios debates. Su candidatura no ha sido tan fluida como esperaba, pero gracias a la retirada del propio Pete y los recientes apoyos expresos de Klobuchar y Bloomberg (acumulando un gasto de más de $400 millones en tan solo unos meses), el camino le queda más sencillo y es, virtualmente, el único que aglutina el voto moderado.

“Comeback grandpa” (Biden) parece ser que tiene grandes posibilidades de conseguir el resultado final. Aunque todavía estamos a medio camino, el hecho de llevar la delantera y recuperarse después de un revés le da un impulso que da pie a que siga cosechando buenos resultados. Sanders sigue haciéndole frente y, una vez más, el ala moderada y la izquierda demócrata se miden para, como hace cuatro años, luchar contra Donald Trump. En aquél entonces, Biden poco podía hacer para abollarle el camino y Sanders, quien finalmente perdió ante Hillary, ahora busca una revancha directa contra el actual presidente.

Ahora que hay dos claros favoritos, la campaña dará un respiro y se concentrará en el verdadero rival. En lugar de desgastarse y quererse diferenciar entre ellos, los mensajes ahora tienen claves distintas. “La política tradicional vs. la política moderna” (Sanders) y “Sólo un verdadero demócrata sacará a Trump de la Casa Blanca” (Biden) son las claves de lo que viene.

La moneda está en el aire, pero ya viene de bajada. Cara o cruz. Biden o Sanders

Nada cuesta ser solidario

Comparte este artículo:

Cuando un tema que apela a la ira acapara la totalidad de la discusión en todos los canales de información, las probabilidades de que se sustituya por otro en el corto plazo son mínimas. El tema tendría que encontrar una salida por si propio cauce o bien ser opacado por otro aún más complejo. Tristemente, de la indignación y confusión por el avión presidencial, el país habla de feminicidios.

Un país donde mueren once mujeres cada día difícilmente es un país feliz. Un país en el que existe un miedo latente por saber si en cualquier momento un agresor podría intentar hacer de las suyas gracias a que está solapado por la impunidad, no es un país feliz. Un México manchado de sangre, por el motivo que sea, no puede ser un país feliz.

Es fácil lanzar críticas al aire sin ningún tipo de objetivo más que generar conversación. Es muy sencillo indignarse desde el teléfono, en redes sociales o sentir frustración y luego olvidarse cuando algo interrumpe nuestra reflexión. Lo que verdaderamente resulta complicado es hacer denuncia: el altísimo índice de impunidad no motiva en lo más mínimo en preocuparse. Dejarse llevar por la presión social y callar cuando en un grupo uno tiene una opinión diferente ya es la regla. Vergüenza.

Una sociedad educada en el machismo no puede cambiar de un día para otro, pero lo que siempre se puede hacer es, al menos, comenzar el cambio. Ayudar a nuestras madres, amigas, primas, hermanas; a todas las mujeres que están en nuestro entorno, realmente no cuesta nada. Si cooperamos entre todos y nos detenemos un momento ante una situación de riesgo e intervenimos, ahí está haciéndose el cambio.

Uno podrá no sentirse identificado con los grupos de mujeres que pintan las paredes de Palacio Nacional o con las que hicieron lo mismo en el Ángel de la Independiente (hace algunos meses), pero lo que no se puede negar es que el conflicto existe y hasta que no haya una solución que al menos disminuya significativamente el número de feminicidios en México, el tema seguirá en la agenda. Los símbolos son importantes y ahora cubiertos de pintura reflejan que la historia de nuestro país está cambiando y el relato ya no es compatible con la actualidad. Reflejan que quienes nos deberían representar están se preocupan más por el pasado que por el presente.

Intentar opacar una situación de tal coyuntura pidiendo “creatividad” en las formas de hacer protesta (como apuntó Polevnsky), más que contribuir al diálogo, enfurece e indigna. La ira es como la olla de presión: si se reprime, explota. Empatía, cordura y congruencia. Rendición de cuentas, alternativas y acción.

Ayudar es sencillo. Nada cuesta ser solidario

El gran ganador: Trump

Comparte este artículo:

Las elecciones 2020 por la presidencia de Estados Unidos, aunque todavía están a meses de distancia, se sienten más cerca que nunca. El arranque del lunes, con los dos caucus en Iowa, marca el inicio de una nueva etapa en la contienda; un inicio donde el caballo ganador salió, o al menos eso se percibe, con más ventaja de la esperada.

Al momento de la redacción de este artículo, el escrutinio del caucus Demócrata continúa en un 71% y tiene, en una especie de empate técnico, a Buttigieg (26.8%) y Sanders (25.2%), dejando a Warren (18.4%) en tercer puesto y con un doloroso resultado para Biden (15.4%); un resultado que contrasta mucho con lo vivido en el último debate demócrata, donde Warren y Sanders acapararon los reflectores pero terminaron por desgastarse entre ellos.

En cambio, en el patio de enfrente y sin salirse de la línea, los Republicanos están seguros de que Trump es el candidato: el 97.1% fue para Trump y el restante dividido entre Bill Weld y Joe Walsh; las últimas dos candidaturas entendidas netamente en clave protocolaria sin ningún tipo de propósito más allá de justificar las dinámicas de voto.

Para los Demócratas, lo que representaba un nuevo aire y la conexión con su espíritu y raíz más democratizadora se convierte en parte de la pesadilla del recorrido. Los fallos con la aplicación, la demora en los resultados oficiales (y los extraoficiales que algunos sacaron) y las dudas sobre si el método es mejor, seguramente son ya parte del argumentario de los del GOP para que el presidente lo utilice en uno de sus próximos tuits. “Si ni siquiera son capaces de organizar un caucus, ¿cómo podemos esperar que lideren nuestro bello país?”

Es cierto que hay que esperar a que sucedan el resto de los encuentros y que puede que tan sólo se trate de un tropiezo, pero lo que es innegable es que el daño mediático ya está hecho. La percepción de desorganización hacia el interior del Partido Demócrata contrasta fuertemente con la solidez de los Republicanos que, para poner un poco más las cosas en perspectiva, claramente la tienen mucho más fácil: es Trump, o nadie. La falta de claridad entre la decantación por un único candidato y el desgaste en los hasta ahora siete debates internos contrasta con una figura que se convierte cada vez más en una barrera impenetrable; en alguien capaz de sobrevivir hasta a un impeachment sin apenas tambalearse.

Eso sí, el golpe certero en el State of the Union de Pelosi mantiene a flote a los Demócratas. La frialdad de romper el discurso del presidente justo en el momento en que termina el acto es sin lugar a duda un elemento comunicativo muy poderoso, tanto que prácticamente se llevó las portadas a nivel mundial. Seguramente desde la retórica republicana se pondrá énfasis en los momentos en los que, tanto azules como rojos, aplaudieron al presidente.

El reloj de arena ya se volteó y la carrera se intensifica cada vez más. Cada detalle, cada palabra y cada error se vuelven más decisivos. Esta semana, el gran ganador es Trump. “Divide y vencerás”, dicen por ahí.

La última oportunidad: Evo Morales

Comparte este artículo:

Este fin de semana el expresidente Evo Morales, actualmente con asilo político en Argentina, anunció que su partido político, el Movimiento al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP), finalmente cuenta ya con un binomio de cara a las elecciones del próximo mes de mayo: se trata del exministro de Economía Luis Arce (para presidente) y el exministro de asuntos exteriores, David Choquehuanca (para la vicepresidencia).

Para quienes no los conocen, Arce estuvo en su cargo desde 2006 y prácticamente hasta el la reciente salida del expresidente. Durante los primeros años, y por encargo de Morales, estuvo altamente involucrado en las empresas estatizadas desde el gobierno y a él se le atribuye el “milagro boliviano”: desde 2006 y hasta la fecha, la economía boliviana ha crecido ha ido siempre en crecimiento y tan sólo en 2015 tuvo un pequeño revés en términos de PIB per cápita. Por su parte, Choquehuanca acompañó desde 2006 y hasta 2017 y fue Secretario General de la ALBA, organismo internacional de entre cuyos miembros destacan Cuba, Nicaragua y Venezuela; países con fuerte sentimiento antiimperialista y con gobiernos de izquierda originarios de la revolución.

Otros nombres como el de Andrónico Rodríguez, considerado como el hijo político de Morales, también fueron propuestos por grupos al interior del partido. A pesar de su cercanía con el expresidente, no fue tomado en cuenta. En cambio, tanto Arce como Choquehuanca fueron de los miembros que más tiempo permanecieron dentro de los distintos gabinetes de Evo.

La clave de su designación podría tener una triple vertiente. En primer lugar, y la más sencilla, por la cercanía con Morales. Después de que el mandatario ocupó la presidencia por más de una década -y tomando en cuenta la manera en la que se produjo su salida- el designar a este binomio podría, hasta cierto punto, garantizarle condiciones para su regreso al país.

En segunda instancia, por las áreas en las que anteriormente operaban. Un país como Bolivia que es altamente dependiente de sus recursos naturales (más del 80% de las reservas mundiales de litio se encuentran en territorio boliviano) y con un gasto público “alto” (debido a la nacionalización de empresas y servicios), requiere de un buen administrador. Además, y de manera tradicional, una de las áreas que siempre es prioritaria para un gobierno es la relación que tiene con sus similares. El reconocimiento de las soberanías entre estados siempre es una prioridad. Si no, que les pregunten a los escoceses, los québecois, los catalanes o a Guaidó y Maduro.

Y, finalmente, por la necesidad de una apuesta moderada en tiempos convulsos. Si bien el objetivo de Morales es que su partido se mantenga en el poder, sabe que existe un riesgo de que no sea así. Por lo cual, y en caso de que la derecha se mantuviera en el gobierno (y da muestras de ello al Jeanine Áñez haber ampliado su mandato recientemente), la única alternativa que tendría el MAS sería negociar con el nuevo gobierno y así buscar la manera de, desde la oposición, mantenerse relativamente vigente y no perder todo su poder político, particularmente Arce, quien es conocido por ser de un ala menos radical dentro del partido.

El panorama para el más MAS es complicado de cara a la cita electoral de mayo y se enfrenta a una prueba importante. Es la última oportunidad para Morales de conservar algo de poder. “El hombre propone y Dios dispone”, o más bien “Evo propone y Jeanine dispone” porque, así como hay mecanismos en contra de Morales, ¿por qué no pensar que también podrían ser activados en contra de Arce y Choquehuanca? Habrá que esperar.

La COP25: más política que acuerdos

Comparte este artículo:

Terminó la COP25 y Greta ya está en su casa. El mundo protestó en favor de la lucha contra el cambio climático y los líderes políticos sólo acordaron que lanzar iniciativas “más ambiciosas” para revertir los efectos causados por la emisión de gases de efecto invernadero. Millones salieron a las calles, pero los gobiernos de Estados Unidos, China, India y Brasil (que son algunos de los más contaminantes del mundo), se rehusaron a diseñar nuevas estrategias para revertir la crisis climática. Y ahora, ¿qué sigue?

Utilizada más bien como mecanismo de promoción política que como un foro para llegar acuerdos, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático dejó mucho que desear. Es cierto que es complicado determinar en qué medida fueron las ediciones anteriores más o menos exitosas, pero lo que es imposible de negar es que la expectativa en torno a esta 25° edición difícilmente puede equipararse con la de las anteriores.

La atmósfera estaba preparada y la esperanza en que los cambios sucedieran estaba ahí, pero parece ser que sólo se quedó en el eslogan “Es tiempo de actuar”. La meta de conseguir un acuerdo para transitar más rápido hacia un mercado orientado en el desarrollo sostenible o que al menos cien países asumieran compromisos cruciales para reducir sus emisiones, desafortunadamente no pudo materializarse. Los objetivos se van a ir acumulando junto con los otros compromisos que vienen del Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París.

La frustración en las declaraciones de la propia presidenta de la cumbre, la chilena Carolina Schmidt, confirman lo que todo mundo piensa de la cumbre: “no estamos satisfechos con el resultado”. Todo indica que la enorme distancia entre los intereses cortoplacistas de los gobiernos en turno y las demandas de la gente sigue existiendo. A juzgar por los compromisos adquiridos, la voluntad de un cambio verdadero y las acciones para hacerlo posible siguen transitando por caminos muy distintos.

Triste es ver cómo el rédito político que se quiere obtener con este tipo de eventos es lo que termina por primar. Basta con el ejemplo del propio Martínez-Almeida, el alcalde de la ciudad de Madrid, quien meses atrás respondió en televisión a una niña que él, en lugar de destinar recursos para proteger el Amazonas, preferiría destinarlo a la reconstrucción de la Catedral de Notre Dame por tratarse de un símbolo de Europa. O peor aún, cuando salió a defender el proyecto de zona de baja emisión “Madrid Central” que, en campaña, aseguró eliminaría una vez fuera nombrado alcalde.

Aunque el nivel de compromiso de la ciudadanía del mundo sea mucho mayor, la realidad es que poco será posible si a nivel institucional no existen compromisos firmes en cuanto al tema. Casos como la eliminación de las bolsas de plástico desechables en la CDMX a partir del próximo año, o bien la prohibición del uso del popote plástico en Nuevo León también en 2020 son la esperanza que tenemos para que, al menos en el plano local, cuando menos sí haya algún tipo de cambio.

No hay “planeta B”. Así de sencillo.

La palabra del año

Comparte este artículo:

Cada año, el portal Dictionary.com selecciona una palabra y la bautiza como “la palabra del año”, buscando encontrar un vocablo que encierre lo que el este tiempo ha significado en general para la humanidad. La elección de este año ha causado algo de polémica por tratarse de un concepto que no es netamente palpable y, por el contrario, apela a algo mucho más profundo en su significado. Para el portal, la palabra del año es “existencial”.

Con poco temor a equivocarme, estoy seguro de que hay muchos que asocian esta palabra con otra que, podríamos decir, describe mejor la situación actual de la humanidad: crisis. Si tomamos en cuenta que las palabras de años anteriores han sido “desinformación”, “cómplice” y “xenofobia”, al lado de éstas, “existencial” no parece continuar con el patrón de las anteriores, pero si agregamos el factor “crisis”, entonces hace todo el sentido del mundo.

¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos? Tres preguntas que son parte de la base del existencialismo y cuyas respuestas siempre han sido una incógnita para la humanidad, por lo que, si en ellas surgen dudas o cambios, es normal que todo lo que está a su alrededor tambaleé. Basta con observar los últimos dos grandes temas de la agenda mediática internacional para rectificar esta posición: las movilizaciones tanto por la protección del medio ambiente como por la causa feminista.

Este año, hablar de cambio climático es pensar en Greta Thunberg y en Fridays for Future, pero también en el incendio en el Amazonas y en la salida de EEUU del Acuerdo de París. La importancia de la protección del medio ambiente ya se encuentra instalada en la mayoría de las discusiones de las administraciones locales y varios frutos se pueden observar. Por ejemplo, es cada vez más común que en nuestros espacios de trabajo y estudio las personas se preocupen más por estos temas y, si bien es algo muy primario, la clave está en que es algo que ya no vemos como un capricho, sino como una preocupación real.

Otro de los importantes cambios existenciales que ha tenido la humanidad es el enfoque sobre el feminismo y la violencia de género. Mudar de movimientos como “He for She”; duramente criticado en sus inicios por indirectamente fomentar el estereotipo de que los hombres deben de estar para las mujeres, a iniciativas centradas en temas mucho más puntuales y urgentes como “Time’s Up” o la consigna equal pay promovida desde el ámbito artístico fueron clave para visibilizar la necesidad de tratar ambos temas.

Naturalmente, y lo que se convirtió en estos últimos días (me atrevería a decir, con la ignorancia por delante) en la reivindicación más importante de los últimos tiempos en materia de género es el performance colectivo “Un violador en tu camino”. La potencia de su mensaje y la propia atmósfera que lo rodea cada vez que aparece en una manifestación lo convierten sin dudas en un claro desafío al statu quo; un desafío a lo existencial y un cuestionamiento crítico sobre los peligros que viven las mujeres por el simple hecho de serlo.

Profundos cuestionamientos vienen cuando tenemos una crisis existencial y 2019, la antesala de una nueva década, así lo fue. ¿Qué sigue para nosotros? Habrá que vivirlo para saberlo.

Evo Morales: entre el poder y el fuego

Comparte este artículo:

El caso boliviano, sin lugar a duda, está claramente trazado en el estilo latinoamericano. Procesos democráticos con opacidad y fallidos, ideologías opuestas se disputan el poder y, como si en verdad fuera una solución proporcional, el ejército interviene y declara un estado de excepción para, por la fuerza, desbloquear la afrenta política.

Es posible que hace unas semanas muchos ignoraran por completo la actualidad política del país. Y es perfectamente normal: cuando un país tiene más de una década siendo gobernado de una única forma, se asume que lo que sucede es parte del statu quo. Justo por eso mismo hoy día no se puede entender una Bolivia sin Evo. Y ese es precisamente el origen del problema.

Cuando un único individuo se convierte en el referente del poder político de un país, la garantía de que ello no se convierta en un régimen autoritario radica en la fortaleza del andamiaje institucional y en los contrapesos naturales al líder. Es decir, mientras exista un congreso que ponga un techo al poder del mandatario o haya carta magna cuyos mecanismos de modificación sean complejos (como es en el caso mexicano), entonces la oposición aún tiene posibilidades de acceder al poder y revertir la situación.

La nueva constitución de Bolivia de 2009 validó el reconocimiento de los derechos indígenas, los servicios básicos universales para la población y la nueva gestión territorial nacional en uno de los países más desiguales de América Latina, pero también avaló el mecanismo para que Evo contendiera nuevamente por la presidencia en dos ocasiones. Esta estrategia no es nueva. Permitió a Castro en 1976 mantenerse en el poder y fue una de las principales garantías con las que contaba el ecuatoriano Rafael Correa tras la aprobación de una nueva constitución en 2008.

Bolivia está en riesgo. Hoy los militares están exentos de cualquier responsabilidad penal gracias a un decreto del gobierno que, en la práctica, podría justificar asesinatos en nombre de la estabilidad institucional. Bolivia tiene una presidenta que hace años se refirió a las tradiciones indígenas como “ritos satánicos” y que, a su entrada en el gobierno, lo único que pudo hacer es levantar una Biblia al más puro estilo de los conquistadores del siglo XVI.

Se puede estar en desacuerdo con los bolivarianos y su modelo político-económico. Se puede estar en contra de los conservadores y su visión del mundo. Se puede disentir en general de los políticos, pero no se puede negar que en Bolivia hubo un golpe de Estado. Cuando el Estado utiliza su propia fuerza para quitarse la cabeza, no hay manera de decir que aquello no es un golpe de Estado. Le pese a quien le pese.

El poder para los dirigentes como el fuego del refrán: ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre.

De vuelta al inicio: la inseguridad y AMLO

Comparte este artículo:

En menos de un año de la toma de protesta del presidente, hay cosas que han cambiado y otras que no. Lo que ha cambado, por ejemplo, es que la agenda se dicta todos los días de 7:00am a 9:00am. Ahora, algunos de los ministros clave duran meses y que, cuando Estados Unidos quiere, nos manda llamar directo a Washington para negociar que no nos aumenten los aranceles. Pero hay un tema que parecía que había cambiado, pero no: la inseguridad.

La percepción de inseguridad en el país sigue creciendo y eventos como los de hace unas semanas en Culiacán o el más reciente atentado contra miembros de la familia LeBarón, le ponen la tarea más difícil al presidente para intentar encontrar un argumento que le dé salida o buscar entre sus “otros datos” y resolver el tema desde Palacio Nacional. Mal le salió el tiro a Andrés Manuel cuando dijo que, en aras de proteger la vida y la seguridad de la gente, liberaba a Ovidio Guzmán, pues al poco tiempo le aparecieron, por ejemplo, narcomantas en Monterrey.

La cuestión es que estos son los hechos que trascienden en la prensa nacional (e incluso en la internacional), pero que se sumen a la larga lista de páginas y páginas de periódicos de nota roja que diariamente publican incidentes como estos; portadas que nos recuerdan que, una vez más, la relativa calma y los tiempos de paz que se vivieron hace unos años desgraciadamente se acercan a su fin.

Hay que recordar que desde principios de año los síntomas se veían venir. ¿Hace cuánto fue que Jorge Ramos confrontó al presidente en una de sus mañaneras y le demostró que ambos tenían los mismos datos? Esos números demostraban que el número de homicidios era superior si se comparaba con los inicios de otras administraciones. Hoy más que nunca recordamos con nostalgia que el lema contra la inseguridad era “abrazos, no balazos” y vemos como la estrategia de seguridad se tradujo en la creación de una Guardia Nacional, cuyo actual mando inmediato es de corte militar.

Habrá quien piense (y espero sea producto de la desesperación) que el presidente debería aceptar el apoyo que ofrece Donald Trump desde la Casa Blanca, pero esto sólo confirmaría que se está volviendo al principio. ¿Les suena la operación “Rápido y Furioso”? La intención era la cooperación entre el gobierno de México y EEUU para frenar al crimen organizado en el país y el resultado fue que se empeoró la situación. No es un secreto que el armamento que utilizan los grandes carteles de la droga es de origen estadounidense y que esto fue producto de la negligencia de ambas administraciones.

Es muy fácil hacer críticas contra el gobierno, lo reconozco. Es fácil escribir estas líneas e intentar desahogarse ante la situación de incertidumbre que se vive en el país y que tiene a las familias viviendo con miedo. Más que hacer reclamos, ahora más que nunca deseo que las cosas le salgan bien al presidente. Si su estrategia de seguridad le llegara a funcionar igual de bien que su logro de convertir a un partido recién fundado en la fuerza hegemónica de un país, entonces puede que haya algo de esperanza.