#ElTalónDeAquiles: “Parteaguas electorales”

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Durante años, se han analizado las olas de cambio político que dibujaron y redibujaron América Latina. Al populismo de primera parte del siglo XX, el de Perón (Argentina) y Vargas (Brasil), siguieron líderes autoritaros: Pinochet (Chile), Stroessner (Paraguay), y Videla (Argentina), entre otros. La década 1980, sin embargo, trajo cambios. Por un lado, una ola de democratización barrió la región. Por el otro, la izquierda radical, sobre todo la centroamericana, se organizó en frentes guerrilleros. Ambos bandos prometieron justicia y bienestar, pero ambos quedaron debiendo. En el primer caso, el neoliberalismo, que nos habrá tal vez sacado de la crisis económica, disipó los beneficios que eventualmente podían resultar del nuevo marco democrático. De hecho, la centro-izquierda de Duarte (El Salvador), Alwyin, Frei, y Lagos (Chile), terminó siendo también victima del neoliberalismo, confundiénsose con la centro-derecha de Menem (Argentina), Arias, Calderón, Figueres, Rodríguez, Pacheco, y Chinchilla (Costa Rica), y Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, y Peña-Nieto. En el segundo caso, mucha de la izquierda radical impulsó luego el llamado “socialismo del siglo XXI”, que llevó al poder a Chavez (Venezuela), Morales (Bolivia), Correa (Ecuador), los Kishner (Argentina), Lula (Brasil), Lugo (Paraguay) y Zelaya (Honduras), pero cuyos resultados en materia de calidad de vida de las poblaciones, siguen siendo, con la plausible excepción de Brasil y de Ecuador, debatibles.

Estudiar el cambio en el mapa político latinoamericano que acontece en 2018 amputado de este marco histórico es incapacitante pues sin él, es imposible identificar las diferencias entre las elecciones en donde hay procesos de inercia, de aquellas con potencial de convertirse en parteaguas. Por ejemplo, fuimos testigos en abril de la asención al poder de Miguel Díaz Canel en Cuba. Es refrescante ver, por primera vez desde 1959, a un no-Castro al frente de la isla. Pero más allá del simbolismo, el nuevo presidente ha multiplicado sus declaraciones a favor del sistema de partido único. Además, Raúl Castro sigue siendo jefe del Partido Comunista. También en abril, en Paraguay, el Partido Colorado, bajo el liderazgo de Mario Abdo (hijo del exsecretario privado de Stroessner), triunfó sobre la alianza de centroizquierda GANAR (Gran Alianza Nacional Renovada) de Efraín Alegre. Abdo se declaró contra el matrimonio homosexual y el aborto. Hoy, en Brasil, Lula está en la cárcel, y Jair Bolsonaro, un exmilitar, homofóbico, favorable a la tortura, puede ganar. ¿Y qué decir de las elecciones en Venezuela? En este caso, quien vaticine el triunfo opositor, demuestra las virtudes y excesos de la imaginación. 

Ahora, otros procesos electorales, que también acontecen actualmente en la región, sí tienen potencial de inyectar nuevas formas de hacer política. En Costa Rica, el oficialismo consolidó una ruptura casi milagrosa con el bipartidismo tradicional. Con una minoría parlamentaria y un sistema multipartidista que no termina de consolidarse, el nuevo presidente debió formar un gabinete multipartidista llamado a generar gobernabilidad. El cambio es vulnerable, pero prometedor. En Colombia, de los resultados de la elección de mayo depende el futuro del proceso de paz, el cual está a medias en la tarea de acabar con un conflicto armado que duró más de medio siglo, y que a duras penas avanza con el Ejército de Liberacion Nacional (ELN). Le toca a Gustavo Petro, exmilitante del M-19 y líder de la coalición “Colombia Humana”, la misión de derrotar a Ivan Duque, candidato uribista, quien dirige la alianza “Gran consulta por Colombia”, y que defiende esa forma de ver y de hacer la política que eternizó el conflicto en ese país por décadas. El legado de Juan Manuel Santos es frágil. En fin, México está poniendo término al gobierno de Enrique Peña Nieto. Si el candidato de la “Coalición Juntos haremos Historia”, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), logra llegar a Los Pinos, existe potencial, por lo menos más que si llega Anaya (PAN) o Maede (PRI), de que suceda algo diferente a lo que ha sido la historia de ese país desde 1982. De lo contrario, para bien o para mal, será más de lo mismo. 

Hoy, América Latina se debate entre regresar al pasado o aventurarse en el siglo XXI. No hay más olas: la región se parte en trayectorias diversas. El regreso al pasado, o la defensa de lo existente, es propuesto en algunos países con fuerza, sin complejos. Y en aquellos casos en donde progreso hay, el mismo es endeble, no solo porque la derecha es experta en recordar las catástrofes de la izquierda radical y en matizar los éxitos de la izquierda democrática, sino también porque a pocos les gusta salirse de su zona de confort. Y sin embargo, la aspiración por justicia social, el desencanto con élites políticas poco creativas, a menudo corruptas, e insensiblemente tecnocráticas, nutren un voto que penaliza más de lo mismo ante un pasado en el cual todos quedaron debiendo. 

La lucha ya no es hoy ni entre izquierda y derecha, ni entre populismo y tecnocracia, sino entre conservadurismo y progresismo. Conservador es quien objeta el cambio, sea este de izquierda o de derecha; progresista es quien cree que el cambio tiene el potencial de ser positivo, sobre todo cuando las recetas probadas y reprobadas del pasado, han dado suficientes muestras de no satisfacer las expectativas sociales. Y entonces yo me pregunto: ¿Si insatisfacción hay, cómo esperar resultados diferentes eligiendo siempre a los mismos?

Fernando A. Chinchilla

Montreal (Canadá), mayo de 2018

#ElTalónDeAquiles: “Alvarado Vs. Alvarado: lo bueno, lo malo, y lo feo”

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En vista que el primero de abril se realiza en Costa Rica la segunda vuelta electoral , me tomo la libertad de adelantar mi columna de este mes, para tratar, por cuarta vez, este tema. Para este momento, muchos saben que dos Alvarado, Fabricio y Carlos, se pelean la silla presidencial. Las encuestas señalan que el primero, un pastor evangélico, cantante, y experiodista, sin títulos universitarios, quien fue catapultado como ganador de la primera ronda electoral a raíz de la respuesta a una consulta del gobierno costarricense a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), podría ser electo. El candidato oficialista logró, sin embargo, colarse en la segunda ronda. Defensor de las ideas progresistas, Carlos representa la filosofía moderna (cosmopolitismo, defensa de los derechos humanos, etc.), pero también la continuidad de un gobierno que muchos sienten, quedó debiendo en términos del cambio prometido, la eficiencia, y la transparencia en el manejo de los asuntos políticos.

La opinión consultiva de la CIDH recomendó a varios países de las Américas garantizar a las parejas del mismo sexo todos los derechos existentes. Se levantaron entonces en Costa Rica las voces en contra de la mal llamada, y por cierto inexistente, “ideología de género”.  Lo bueno es que por fin quedó expuesta la intolerancia de muchos ticos, la cual había perennemente sido camuflada bajo el chauvinismo. ¿No me cree? Pregúntele a la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales, Intersexuales), víctima de la doble moral y homofobia reinante desde tiempos inmemorables, o a los afrodescendientes, los indígenas, y otras víctimas de racismo. Los miles de nicaragüenses, que ya se acostumbraron a la xenofobia, pueden también atestiguar al respecto. Costa Rica tiene la oportunidad de verse al espejo y corregir un problema que ahora luce evidente.

Lo malo de la presente situación es que, en vez de iniciar la transformación del ethos colectivo, se legitime el racismo y la discriminación. Malo es que se normalice el contubernio religión-política, que se olvide que la democracia sólo funciona cuando el centro ideológico tiene más vigor que los extremos, y pretender que los medios de comunicación privados no tienen responsabilidad social. Malo es que las élites que se recetaron pensiones de lujo cuya inmoralidad mal se disimula en el artilugio legal de los “derechos adquiridos”, sigan viendo cómo sacar provecho. También es malo que flotemos en el caldo de cultivo de otro desencanto colectivo. Porque no tardará la desilusión de quienes voten por Fabricio ante las contradicciones de un “líder” errático desde ahora. Y quienes votaron por Carlos para empoderar la agenda progresista, verán cómo esta se diluye en el pragmatismo de un (necesario) gobierno de unidad. Pactar con 46 diputados de derecha o centro-derecha para generar consensos inevitables amarrará al eventual segundo gobierno del Partido Acción Ciudadana (PAC).

Lo feo es que el Partido Restauración Nacional (PRN) ponga en duda la integridad del Tribunal Supremo de Elecciones, que se instruya, ilegalmente, a pastores evangélicos para mentir y manipular a sus feligreses para llevar votos a sus arcas, y que Fabricio anule sistemáticamente las invitaciones a debatir públicamente. Vergüenza da sus rechazos a las entrevistas nacionales e internacionales. Feo es darse cuenta que el candidato del PRN puede no ser la causa, sino el producto, de algo muy grave, algo que está profundamente mal, en la sociedad costarricense.

Cada momento de cambio abre espacio para lo mejor y lo peor. No seamos ingenuos: feo es entender que gane quien gane, el país quedó partido, y los puentes del diálogo fueron destruidos por la estruendosa sordera del fanatismo. Mi deber como ciudadano es reconstruir esos puentes, escuchar, y entender. Esa es nuestra responsabilidad colectiva. Porque aunque nos salvemos por ahora, y ojalá que así sea, habrá siempre otra elección, y los desencantos del pasado, podrán siempre hipotecar las esperanzas del futuro.

Fernando A. Chinchilla

Montreal (Canadá), marzo de 2018

#ElTalónDeAquiles: “Algoritmos traicioneros”

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El día en que cliqué sobre aquella irrelevante publicación referente a María Carey -algún frívolo chisme habrá llamado mi atención -mis redes sociales y páginas internet empezaron a mostrar reiteradas noticias de susodicho personaje. Entendí entonces lo que es un algoritmo: cada clic es información para firmas que luego envían, basados en nuestro comportamiento virtual, sólo aquello que determinan, corresponde a nuestros gustos.

La anécdota sería banal si no fuera porque, desde 2016, los algoritmos han demostrado afectar el funcionamiento del sistema democrático. Las famosas “realidades alternativas” popularizadas por Kellyanne Conway, asesora de Trump, constituyen un punto de inflexión en el tema. En aquel momento, la mayoría de los medios se burlaron de la idea. Adujeron que era imposible, al menos deshonesto, cambiar hechos por otras realidades. Formular interpretaciones tan alejadas de la “realidad” no podía ser entendido como otra cosa que no fuera una manipulación. Desde entonces, sin embargo, han emergido en otros países microcosmos paralelos, realidades alternativas, similares a la estadounidense. Quienes en ellas se encuentran, terminan reforzando sus ideas y preconcepciones sobre los más diversos temas.

Obama es un peligroso musulmán nigeriano, piensa un seguidor de Fox News; Trump es un vanidoso y fantasioso populista misógino, cree un lector del New York Times. Poco importa qué tan cierto es; cada uno refuerza involuntaria y automáticamente, por medio de sus clics en internet, su respectiva posición, leyendo fuentes que validan las ideas preconcebidas. Costa Rica está terminando uno de los peores gobiernos de su historia, según algunos; y también, Costa Rica está a punto de caer al barranco, de la mano de un pastor de retórica cantinflesca. En Colombia, el expresidente Uribe vuelve a sacar la vieja carta de la amenaza castro-chavista para desacreditar a la izquierda democrática de Gustavo Petro. De más está decirlo, esa izquierda define el uribismo como el apocalipsis de la obscena y escandalosa manipulación de los ignorantes e iletrados. Ya viene la campaña electoral en México: ¿Quién apuesta a que se repetirán estas mismas dinámicas identificadas en Colombia, Costa Rica, y Estados Unidos? 

En una reciente entrevista con David Letterman, el expresidente Barack Obama indicaba que el problema de estas burbujas no solo es que inhiben el debate democrático al romper puentes, sino que quienes en ellas se encuentran, creen que tienen razón: el universo a su alrededor así lo indica. Yo, por ejemplo, que me jacto de tener amistades de todos los horizontes ideológicos, cada vez me cuesta más cultivar la diversidad en el pensamiento, pues mis redes sociales se llenan de perspectivas similares a mi modo de pensar. Con gusto pagaría para analizar el Facebook de un puritano para ver cuál es su realidad. Otro problema, asociado al anterior, es que es imposible evitar que circulen por redes sociales información falsa, mal intencionada, destinada a deformar el debate. A pesar de la reflexión que desde 2017 se realiza para disminuir la información falsa y del esfuerzo de medios de comunicación para diferenciarla de la verdadera, cada vez existen más ciudadanos desinformados o mal informados.

Gracias a los algoritmos, basta con buscar el itinerario de un vuelo una semana antes de comprarlo, para comenzar a recibir ofertas de itinerarios hacia el lugar de destino. Así es como funciona nuestro mundo, y que bien que así sea, pues protege nuestros intereses privados al darnos acceso a más información. Pero no solo lo privado importa: también cuentan el debate público y el interés colectivo, sobre todo si es de ellos de quienes depende el sistema democrático. Si burbujas de (des)información refuerzan estereotipos y preconcepciones, sin importar si los mismos son verdaderos o falsos, entonces dejamos de aprender, y quien no aprende, no progresa. Los algoritmos traicionan el progreso y la democracia. ¿Qué es verdad y mentira? Debemos iniciar una reflexión para ver de qué forma podemos proteger las instituciones que permiten nuestra convivencia colectiva.

Fernando A. Chinchilla

Miami (Estados Unidos), marzo de 2018

#ElTalónDeAquiles: “¡Hasta la vista, baby!”

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El domingo 11 de febrero cerré un ciclo de mi vida, un episodio que al final habrá durado seis años. Algún momento habrá para explicar las razones que me llevaron a hacer maletas y salir de México. Quienes me conocen bien, tanto adentro, pero sobre todo afuera del país, saben por qué Cholula se convirtió en la última página de este capítulo. Por ahora, yo que presuntuosamente me defino como una simbiosis cultural única, focalizo en lo que me llevo de este hermoso país, y que ya forma parte de mi cosmovisión.

Sin duda, la más hermosa idea que integro a mi bagaje cultural, es la celebración del día de los muertos, simbolizada por la famosa Catrina. Esta tradición lo tiene todo, iniciando por sus raíces revolucionarias. Algún día del siglo XIX, dice la historia, empezaron a aflorar en periódicos, caricaturas de calaveras bien “catrineadas”, a pie o a caballo, tomando pulque en fiestas de diversos estratos sociales. Dichas figuras retrataban la miseria y la hipocresía, así como las derivas políticas que ya desde ese entonces aquejaban a la sociedad mexicana, en manos de los gobiernos de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, y Porfirio Díaz. La imagen se fusionó luego con la tradición precolombina mesoamericana de rendir culto a los muertos. Presente en el calendario mexica, pero también, entre otras, en la cultura maya, dicho hábito, dirigido originalmente por la diosa Mictecacíhuatl, o “Dama de la Muerte”, es hoy relacionado con la Catrina. La celebración de la vida de los muertos, que fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2008, va mucho más allá que un desfile capitalino de James Bond. Es la más bella y profunda postura filosófica que injiero de México, y que tiene un impacto cotidiano: a la muerte no se le teme; se baila y se bromea con ella, pues es parte de la vida. Y cuando me lleve, pues con ella me iré, sin dramas.

La segunda tradición que integro a mi bagaje no es exclusiva de México, aunque ahí es donde más se ha desarrollado. Se trata de las posadas decembrinas, también celebradas en Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, y Panamá. En Colombia y Ecuador toman el nombre de la “Novena de Aguinaldos”. Como costarricense, debo aceptar que no solo nunca celebré una posada, sino que la tradición la conocí en México. El aspecto religioso -el fundamental algunos dirán- es para mí insignificante, si bien la actividad recuerda el peregrinaje de María y José entre Nazaret y Belén. En mi opinión, la relevancia de las posadas radica en la muestra de solidaridad, tan necesaria hoy en día, que implica aceptar en su recinto a migrantes desconocidos. De 2012 a 2017, acudieron a mis apartamentos mexicanos personas de todas las edades, de múltiples nacionalidades, y de diversos estratos sociales. Festejamos todos, lejos de poses, estatus, y de posiciones de autoridad. Ese despojo, que nos hace simplemente ver como seres humanos, impregnados de vulnerabilidad, es un auténtico acto de generosidad, el cual es formador. 

Muchos Méxicos existen. Los problemas sociopolíticos que enfrenta el país en el corto y el mediano plazo, sobre todo en este año electoral, son complejos. Pronto me referiré a algunos de ellos. Desde un punto de vista cultural, creo que la simulación, una noción que aprendí este último año de residencia en el país, y que no desaparecerá de la noche a la mañana, es probablemente el problema más grave. También, otro momento habrá para dedicarle una columna al tema. Por el momento, México querido, te digo: me recibiste con los brazos abiertos y me diste oportunidades que ningún otro país me dio. De vos me sorprende tu diversidad y tus contrastes. Puntos negativos tenés, pero gracias por las entrañables amistades con las que me agasajaste, y que con gusto me llevo. ¡Hasta la vista, baby!

Fernando A. Chinchilla

San José (Costa Rica), febrero de 2018

#ElTalónDeAquiles: “Se abre el telón: Alvarado, entre lo “Macron” y lo “Trudeau”… ¿O todo lo contrario?”

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Para las elecciones de 2018, tres son las opciones de izquierda en Costa Rica. La primera, insignificante, está liderada por Rolando Araya, exlíder del Partido Liberación Nacional (PLN), quien es candidato a diputado por el “Partido Todos”. La segunda es moderadamente minoritaria: el “Frente Amplio” (FA), que postula a Edgardo Araya, es una de las cuatro fracciones legislativas más numerosas en el parlamento actual. Y la tercera, ni siquiera es una opción de izquierda, o al menos no lo es en teoría. Concierne al Partido Acción Ciudadana (PAC), el oficial. En esta tercera (y última) entrega de “El Talón de Aquiles” dedicado al proceso electoral costarricense, argumento que el voto racional y sensato debe ir a Carlos Alvarado, candidato del PAC. Explico mi raciocinio a continuación.

La primera opción de izquierda, que ni siquiera presenta candidato a la presidencia, es el grupo minoritario “Partido Todos”, cuya ideología, el “socialismo cuántico”, es confusa. Según su líder, Rolando Araya, de lo se trata es de buscar alejarse del materialismo y del mecanicismo imperantes, para llevar a una nueva ética social caracterizada por la paz, la felicidad, el amor, y la solidaridad. Que alguien me explique cómo aplica esto a la praxis. La segunda opción es el Frente Amplio (FA), heredero de la izquierda radical costarricense y que, como muchos partidos de izquierda, emplean una retórica confrontativa que incomoda a muchos ticos, acostumbrados al “pura vida” de la “Suiza centroamericana”. Además, su desatinada definición de geopolítica – el FA se puso a defender lo indefendible (a Nicolás Maduro y al Sandinismo del siglo XXI) – muestra pobreza de criterio. Nadie, ni siquiera los que nos reivindicamos de la izquierda democrática, entendemos por qué es mejor defender países en vías de subdesarrollo, que rescatar las peculiaridades del radicalismo de izquierda costarricense y adaptarlo al siglo XXI, para formular así contribuciones innovadoras a los debates de la izquierda contemporánea.

Esto nos deja con el PAC, el cual, aunque fue originalmente ideado como partido de centro, ocupa hoy el lugar que el PLN dejó en 1986. Cierto es que su fundador, Ottón Solís, es un tecnócrata neoliberal dispuesto a degollar al Estado en su cruzada contra la corrupción, pero también lo es que el partido fue complementado en 2013 por intelectuales que le confirieron una agenda más progresiva. Por ello, el PAC está a la izquierda de los partidos tradicionales (incluido del PLN), de varios partidos minoritarios, y a la derecha del FA. Por su herencia centrista, Alvarado recuerda en algo a Macron (candidato de centro en Francia), aunque su liberalismo social lo acerca a Justin Trudeau, quien representa el centro-izquierda canadiense. Bueno, eso es guardando las distancias, y para bien o para mal, pues a Macron y Trudeau tampoco les ha ido tan bien.

Por su charlatanería, Otto Guevara, Juan D. Castro (el Trump-Tico), y Rodolfo Hernández, deberían quedar reprobados. Por su definición camaleónica de la política, Álvarez Desanti (PLN) es nocivo para la salud. Quedan entonces Piza (Partido Unidad Socialcristiana, PUSC) y Alvarado: el primero, a pesar de una campaña política infinitamente insípida y superficial, representa un conservadurismo tradicional, mientras que el segundo, a pesar de representar al partido en el gobierno, encarna una opción progresista sofisticada. Pero Alvarado, además, materializaría la llegada al poder de una nueva generación, que está lista para irrumpir en política, y que lo tiene todo para hacerlo mejor que la que nos ha gobernado en los últimos 30 años.

La izquierda costarricense ha sido prolífica, pero como en otros países, la derecha la ha satanizado. En América Latina, lo que no huele a Fidel es igual a Chávez. Soy hijo de la Costa Rica que invierte en educación porque sabe que su gente es lo que importa. Soy el heredero de un país progresista, generoso, inspirador, que fue, y sigue siendo, ejemplo en América Latina. ¿Cuál candidato defiende este legado? Nuestro cálculo puede fallar, pero no nuestra racionalidad. El elector racional debe salir a votar con confianza y tranquilo, pues opciones sensatas hay, y para ello debe hacerlo por quien crea, tiene mayor potencial para rescatar lo mejor de nosotros mismos. Creo que Alvarado, y el PLAC, representa esa opción, pero también creo que, paradójicamente, en su hartazgo ante la incapacidad política real o percibida del actual gobierno, el votante difícilmente considerará votar por la continuidad. Ojalá me equivoque.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), enero de 2018

#ElTalónDeAquiles: “Rom-Pom-Pom-Pom 2017”

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El silencio dignificante siempre ha sido mi arma en la adversidad, incluso cuando recibí oficialmente la noticia que Santa Claus no existía. En aquella fatídica reunión familiar, sólo alcancé a decir: “de todas formas, ya lo sabía”. Nunca me he dejado doblegar por las sorpresas que da la vida. ¿Quién podría seriamente creer que yo me hubiera tragado el cuento de que un viejo regordete, que viaja supersónicamente en un trineo volador jalado por renos, entregaba regalos a los niños que se portaban bien? Sin embargo, debo aceptar que sentí decepción. Esa conversación solo confirmó lo que ya sabía. Santa Claus no existe, y ese hecho provocó despecho.

Muchas navidades he pasado desde ese entonces. Varias las pasé compartiendo con familia y amigos tropicales, tal vez en alguna playa de mi querida Costa Rica; otras las pasé solo o acompañado deambulando por el frío invierno de Canadá. ¿Cómo olvidar a los amigos y amigas que me abrieron sus casas para rodearme de notas de piano y de niños en la nieve? Alguna vez también me perdí en Miraflores, sin saber qué diantres hacía yo inmiscuido en una noche buena peruana. Y aunque despotriqué contra Ciudad de México (CDMX) en 2016 por negarse a darme algo de lo que le pedí, también organicé posadas desde 2013, que fueron llenando mis apartamentos de trayectorias de vida. Poco importa si el epicentro fue Monterrey, CDMX, o Cholula, la consigna siempre fue compartir, celebrar.

Estas remembranzas me llevan al meollo del asunto de este Rom-Pom-Pom-Pom 2017: ¿Qué es el espíritu navideño? En el mundo capitalista en el que nos ha tocado vivir, para muchos la navidad es un momento para mostrar, por medio del consumismo compulsivo, el amor hacia los demás. Mientras más se compra, o mientras más caros sean los regalos, mejor. Para otros, es la excusa perfecta para embarcarse en un maratón de fiestas. Los kilos de más que aparecen en enero y las tarjetas de crédito al rojo vivo, no surgen por arte de magia. Comamos, bebamos, y gastemos sin parar: la navidad es una excusa para romper la dieta corporal y financiera. ¡Qué curioso concepto del espíritu navideño!

Aunque la mayoría piensa que la navidad es tiempo para dar, creo que, en mi caso, lo que ha hecho la diferencia entre las mejores navidades y las que no han sido tan buenas, es lo recibido. Me explico. Cuando hablo de recibir, me refiero a lo inmaterial, aquello destinado a convertirse en recuerdos que terminan adhiriéndose a nuestra historia personal. Además, se requiere de madurez y humildad para recoger. A algunos nos cuesta bajar “las defensas”, parar de buscar justificaciones racionales para los actos del prójimo, y simplemente dejarse llevar por el cariño desinteresado. En fin, y esto es lo más importante, es imposible recibir sin dar. Pero no es en navidad, sino a lo largo del año, que se da. Llámese amistad, solidaridad, humanidad, simplicidad, trasparencia, honestidad… poco importa. Navidad no es más que un momento en donde el común de los mortales decide dar, porque así nos lo mandata nuestras costumbres modernas. Naturalmente, se da más a aquellos de los cuales más se ha recibido.

Esta navidad he podido constatar la fortaleza y diversidad de mis jóvenes redes de nuevas amistades. Pareciera que, sin querer, he sembrado más de lo que supuse, lo cual me hace pensar que algo debo de estar haciendo bien. El cariño llega de todos los lugares y es una fuente de energía que me hace hoy declarar que Santa Claus no es un regordete volador, sino una idea abstracta que nos llama a dar y recibir desinteresadamente a lo largo de nuestra trayectoria de vida. Mientras pueda beber y envolverme en esas vibraciones, tendré suficiente espíritu navideño para acurrucarme en él, y para esparcirlo a mi alrededor. No es más que un acto de agradecimiento, pues, así como hay que dar para recibir, también hay que saber recibir para poder dar. ¡Felices fiestas!

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), diciembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Se abre el telón: el Trump-tico”

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Cuando Hillary Clinton manifestó en 2016 que la mitad de los seguidores de Trump eran “deplorables”, refería a un segmento poblacional “racista, sexista, homofóbico, xenofóbico, y islamofóbico”, que votó más por reacción que por acción. Se trataba de un “voto pre-moderno” contrario a los ideales de tolerancia, internacionalismo y cosmopolitismo tan promovido por el pensamiento progresista contemporáneo. Se trata del mismo voto que pidió sacar a Inglaterra de la Unión Europea, que rechazó el acuerdo de paz en Colombia, que eligió a Trump, y que hoy apoya en Costa Rica a Juan Diego Castro. Es un voto antisistema que muchos ven irracional, motivado por el odio, la ignorancia, y por el hartazgo ante las élites políticas tradicionales.

Además de los tres partidos que han ganado las elecciones en el pasado – Liberación Nacional (PLN), Unidad Social Cristiana (PUSC), y Acción Ciudadana (PAC), se presentan 16 agrupaciones más al proceso electoral costarricense de 2018. Dejo por fuera aquí al Movimiento Libertario (ML) y al partido Republicano Nacional (RN); al ser rezagos de la derecha tradicional, fueron ya estudiados en la primera entrega de esta serie de artículos. Tampoco incluyo al Partido Renovación Costarricense (PRC), que a pesar de tener representación legislativa (2014-18), se disolvió en mayo de 2017. En fin, dejo también por fuera al PAC, al Frente Amplio, y a otros grupos, que, al ser parte de la izquierda, serán abordados en mi última entrega de esta trilogía. 

De los partidos minoritarios que tienen hoy representación legislativa, los partidos Restauración Nacional (PREN), y la Alianza Democrática Cristiana (ADC) forman parte del llamado “Bloque Cristiano”. Basado en un raciocinio puritano, estas agrupaciones defienden posiciones en contra de la fertilización in vitro, de la unión de parejas del mismo sexo (en cualquiera de sus formas), y buscan endurecer la legislación sobre el aborto. Por la flagrante contradicción con los principios del “Estado de Derecho”, nunca he entendido cómo es posible que todavía se acepte en Costa Rica partidos políticos religiosos. El establecimiento de un Estado laico es una de las deudas históricas de los forjadores de la patria. Pero este es tema de otro artículo. Por suerte, el peso electoral de estos partidos es insignificante.

Sin embargo, un nuevo actor, el Partido Integración Nacional (PIN), puede convertir la pesadilla estadounidense en una realidad tica. Su candidato a la presidencia, Juan Diego Castro, un abogado cuyas raíces se sitúan en la oligarquía cafetalera, es conocido por haber roto agujas de peaje (al negarse a detenerse), por haber sido acusado de violencia doméstica en contra de su madre, y por haber sido mencionado en la investigación de los Panama Papers. Con un estilo excéntrico e irreverente, Castro ha logrado crecer de un 6% en las intenciones de voto (agosto) a un 15% (noviembre). Los datos, provenientes de encuestas del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica, lo ubicaban en noviembre de 2017 en empate, a la cabeza, con el candidato del PLN. Cualquier parecido a la disyuntiva entre escoger entre el “payaso Trump” y la “crooked Hillary”, es mera coincidencia. Claro, el PLN no es opción.

Se equivocan aquellos que indican que Juan Diego Castro es una distracción para solapar al “verdadero enemigo”, el PLN. Por su discurso antisistema, su capacidad a capitalizar en la exasperación popular, sus dotes para convertir a la política en un espectáculo de mal gusto, su verborrea sin medida, y su excéntrica irracionalidad con sabor populista, Castro es un peligro para la institucionalidad de Costa Rica. En el amanecer de la larga noche neoliberal, comenzamos apenas a ver las secuelas de la desmejora en los sistemas educativos de las últimas décadas. Castro es reflejo de nuestra sociedad: “¡Démosle un merecido a esos politicuchos que nos han gobernado desde hace años! Luego nos preocupamos por las consecuencias”. ¡Qué grave error es pensar así! En este mundo de redes sociales, en donde la política es espectáculo y lo superficial puede más que lo sustantivo, lo que Clinton llamó despectiva (y erróneamente) “los deplorables”, muchos de los cuales no son más que la gente común, unieron sus voces en contra de un sistema disfuncional que dejó de responder a sus expectativas desde hace tiempo. Se trata, hasta cierto punto, de una versión postmoderna de la dictadura del proletariado.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), diciembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Se abre el telón: un bipartidismo moribundo”

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En este otoño se abrió el telón de la campaña electoral costarricense. El proceso culmina en febrero, con la elección del presidente, dos vicepresidentes, y 57 diputados. Si ninguno de los candidatos alcanza 40% de los votos, una segunda ronda entre los dos más votados tendrá lugar en abril. En esta primera entrega de esta serie de tres artículos sobre las elecciones en Costa Rica, analizo los rezagos del sistema bipartidista en ese país.

El actor político más importante de la Segunda República en Costa Rica (1948-…) es el Partido Liberación Nacional (PLN), que ha electo a 7 presidentes y gobernado 9 periodos, para un total de 37 años de gobierno. La oposición, que ha gobernado durante 28 años, ha electo también a 7 de sus candidatos, pero bajo diferentes partidos, y sin que ninguno haya repetido. La seguridad social -el Código de Trabajo y la emblemática Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS)- es autoría de la oposición, pero el PLN instauró de 1948 a 1978 un Estado benefactor que convirtió a Costa Rica en la excepción.

La oposición cristalizó el bipartidismo en 1983, cuando el Partido Unidad Socialcristiana (PUSC) reagrupó a los partidos Republicano Calderonista, Demócrata Cristiano, Renovación Democrática, y Unión Nacional. El sistema, sin embargo, pronto comenzó a dar señales de agotamiento. En 2002, por primera vez ninguno de los candidatos tradicionales alcanzó el umbral del 40%, forzando a una inédita segunda ronda. Luego, el PUSC, víctima de escándalos de corrupción, desapareció del radar. Mientras tanto, el aun recientemente fundado Partido Acción Ciudadana (PAC) se convirtió en la segunda fuerza política del país. En 2014, no solo se fue de nuevo a una segunda ronda electoral, sino que la misma se dio entre el PLN y este nuevo partido (no tradicional), el cual logró obtener una histórica victoria, al romper con el bipartidismo.

Hoy, el PLN y el PUSC no logran superar, en conjunto, el 30% de los votos. La oposición se presenta dividida. El PUSC empezó a romperse desde 1994, cuando varios de sus miembros crearon el Movimiento Libertario (ML), que propone, por quinta vez, a Otto Guevara como candidato. Además, surgió el Partido Republicano Socialcristiano, que agrupa a partidarios del expresidente Calderón, y que plantea la candidatura de Rodolfo Hernández. En cuanto al remanente del PUSC, este presenta por segunda vez al expresidente ejecutivo de la CCSS y magistrado suplente de la Corte Suprema de Justicia, Rodolfo Piza.

Guevara, un wannabe que ni a populista llega, se confunde hoy con la decoración electoral, mientras que Hernández, cuyo liderazgo es deslucido, parece demasiado pegado al expresidente Calderón como para jugar la carta de “outsider”. Algunos dirán que él y Piza son los mejores candidatos; ambos parecen ser personas honestas, inteligentes y educadas. Pero ambos personajes recuerdan a los padres conservadores y aburridos, y en el mejor de los casos, representan un statu quo que ni inspira, ni integra.

El PLN propone a Antonio Álvarez Desanti, un político con más de 30 años de experiencia, quien se presenta como empresario exitoso y acérrimo negociador. Dicho partido es la maquina electoral más eficaz del país, pero se convirtió desde hace tiempo en un cascarón ideológicamente hueco, corroído por oportunistas cuyo lucro nutre el escepticismo y frustración de la población. Sé, porque tengo amigos ahí (como también los tengo en el PUSC y hasta en el ML), que sobreviven algunos enamorados de la gloria pasada, pero la realidad es que el PLN perdió su alma socialdemócrata desde 1986, cuando el joven Oscar Arias dirigió el primer gobierno neoliberal de Costa Rica.

Pero, además, Álvarez Desanti fue el jefe de una de las campañas más desastrosas del PLN (2014), y sigue sin explicar cómo el haber gastado la totalidad de los fondos de su partido en aquella primera ronda no fue pésima estrategia. Más grave que esta manifiesta negligencia en la administración de fondos electorales, es el hecho que Álvarez tiene una definición de la política que malbarata la ya de por sí depreciada política costarricense. En 2006, cuando salió del PLN para fundar su partido, lo acusó de corrupción, de alejamiento socialdemócrata, e indicó que Arias sofocaba los nuevos liderazgos. En 2008, cuando regresó, simplemente señaló que había una nueva base progresista dentro del PLN, el cual ya no era corrupto. Hoy, bajo la sombra de Arias, afirma que su influencia es benéfica. Es decir, para Álvarez la política consiste en adaptar el discurso al contexto, diciendo hoy una cosa y mañana otra: la contradicción es gaje del oficio. Por el desgaste institucional en el país, y por la exasperación popular, ese oportunismo no debe normalizarse. La política es mucho más que decir lo que conviene al compás de los cambios coyunturales.

Los representantes y herederos del bipartidismo se han pre-candidateado 5 veces en total (Álvarez: 2001, 2006, 2010; Hernández y Piza: 2014) y candidateado en 11 ocasiones más (Álvarez: 2006, 2018; Guevara: 2002, 2006, 2010, 2014, 2018; Hernández y Piza: 2014; 2018). Si pierden en 2018, serán entonces 16 fracasos los que coleccionarán. Deben todos realmente amar profundamente a la Patria para inmolarse de esa forma, interpretando 16 negativas como una invitación a continuar. Si no fuera porque los considero representantes anacrónicos de un moribundo bipartidismo, me preocuparía tan incansable insistencia. Costa Rica necesita inspiración, optimismo, e imaginación.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), noviembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Violencia de Género”

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Pasó lo que se temía: el terremoto que todos en Ciudad de México (CDMX) esperaron por años, aconteció el 19 de septiembre de 2017. El derrumbe de edificios no debe sorprender: se sabía de la precariedad estructural en varios sectores capitalinos y, por el epicentro y tipo de sismo, poco era lo que se podía hacer. Vino después lo de siempre: medios de comunicación reportaron el dolor de CDMX (olvidándose del resto del país); el sensacionalismo hizo de Frida Sofía, una niña inexistente, una heroína precoz; se vaticinó un movimiento telúrico mayor: nada mejor que las redes sociales para anunciar el fin del mundo. Los políticos fueron víctima de la indignación ante el patético intento de escabullirse ante las demandas ciudadanas de donar fondos de la campaña electoral a la reconstrucción. Hubo intentos de fraude de inescrupulosos que trataron de aprovecharse de la desgracia. Y claro, salieron las banderas. Ni siquiera en estos casos me gusta el nacionalismo, pero lo acepto, hubo solidaridad. La historia dirá que los mexicanos se unieron para levantarse, como debe ser, y como todo pueblo lo hace, en estas circunstancias.

¿Pero en dónde estábamos antes del drama? Un día antes del fatídico terremoto, ciudadanos indignados de al menos cinco Estados mexicanos, manifestaban por el asesinato de Mara Fernanda Castilla, una estudiante de Ciencia Política originaria de Xalapa (Veracruz), de 19 años de edad, de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Castilla perdió la vida presumiblemente el 8 de septiembre, al abordar un taxi para regresar a su casa. Estuvo desaparecida durante ocho días.

Para una persona como yo, que siempre ha trabajado con mujeres brillantes y fuertes, colegas de las que he aprendido un mundo, fue toda una revelación el poder ver, por vez primera, con ojos de mujer, a Cholula, ese pueblo masculinamente tranquilo y amigable que me recibió en enero. Claro, desde mi primer día en México (2012), me percaté del fastidioso machismo que aqueja a esta sociedad. Pero ahora comprendí, gracias a los testimonios de mis estudiantes, que el asesinato de una joven universitaria puede tan sólo ser la punta del iceberg, pues el acoso es constante, y la inseguridad creciente, para todas las mujeres. Contrariamente al hombre, las residentes de San Andrés de Cholula se exponen a diario a situaciones que van desde lo desagradable (piropos, vulgaridades) hasta cuadros potencialmente peligrosos para su integridad física.

Aplaudí su indignación e iniciativa, pero les indiqué que el reto no consistía en hacer conciencia sobre la importancia del tema hoy, sino en mantener la violencia de género en un lugar prioritario en la agenda de discusión de problemas nacionales. Al fin y al cabo, entre 2013 y 2015 ocurrió un feminicidio por semana; solo en 2017, el Observatorio de Derechos Sexuales y Reproductivos contó 83, y en el primer semestre de 2017, se contabilizaron, en promedio, 35 denuncias diarias de violación sexual, la gran mayoría de parte de mujeres, para un total de 6,444. Además, entre 2007 y 2014 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) registró 17,274 casos de presunción de homicidios de mujeres. En síntesis, la situación es alarmante.

No estoy ignorando la amplitud de la catástrofe originada por el terremoto del 19 de septiembre, ni la necesidad de ayuda inmediata. Sin embargo, este es un ejemplo de cómo un evento coyuntural, de alto impacto, puede alterar la agenda pública, y sacar del reflector un problema crónico, estructural, y de gran magnitud. El pecado de Mara es salir a divertirse, con tanta libertad como la mía; nuestro pecado, sería olvidarlo. Ante lo coyuntural, no perdamos de vista lo estructural. El reto es re-visibilizar la tragedia de la violencia de género sin parecer insensible ante el drama causado por el movimiento sísmico. Y para ello, un recordatorio de en donde estábamos antes del desastre, puede ser un buen comienzo.

Fernando A. Chinchilla

San Andrés de Cholula, 5 de octubre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Fuga de cerebros”

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Hace poco cumplí veinte años de haber salido de mi país. En mi camino, son muchos los curiosos que se preguntan por qué me fui. La verdad, en aquel agosto de 1997 no tomé la decisión de irme para siempre. De hecho, nunca decidí no regresar; la vida fluye y con ella, decisiones y posiciones. Tampoco imaginé que me convertiría en un cerebro en fuga. La vaina es esta: no me considero un “cerebrazo”, que conste, pero sé que una cosa es aventurarse en el mundo, y otra es no querer volver. Erradamente se cree que no se vuelve porque no se quiere, pero he ido descubriendo, con el paso del tiempo, otros factores a los que me refiero aquí.

Hace poco cumplí veinte años de haber salido de mi país. En mi camino, son muchos los curiosos que se preguntan por qué me fui. La verdad, en aquel agosto de 1997 no tomé la decisión de irme para siempre. De hecho, nunca decidí no regresar; la vida fluye y con ella, decisiones y posiciones. Tampoco imaginé que me convertiría en un cerebro en fuga. La vaina es esta: no me considero un “cerebrazo”, que conste, pero sé que una cosa es aventurarse en el mundo, y otra es no querer volver. Erradamente se cree que no se vuelve porque no se quiere, pero he ido descubriendo, con el paso del tiempo, otros factores a los que me refiero aquí.

A Costa Rica he intentado regresar en dos ocasiones. En 2008, con la pretensiosa seguridad que otorga un flamantemente nuevo título de doctorado de una universidad norteamericana a un todavía joven investigador, decidí presentarme a un concurso en una institución educativa costarricense. Honestamente, lo pensé dos veces antes de hacerlo. Montreal deja respirar mejor que San José y mi curiosidad por el crecimiento multicultural seguía insaciable. Por años pensé que podía contribuir más a mi país desde afuera, pero en ese momento de mi vida, decidí matizar dicha opinión. La realidad me mostró, sin embargo, que para ganar el puesto, debía hacer cola detrás de quienes, tal vez con menos experiencia, habían esperado con fidelidad su turno para solventar una precaria situación laboral. No soy hijo de familia acomodada, y habiendo pagado mis estudios a punta de duro trabajo y aleatorias becas, no quise obviar las angustias y vicisitudes del pasado. De algo tenía que servir todo el sacrificio vivido. Además, tenía deudas, para lo cual se requería de ciertos ingresos.

El sendero de la vida me sorprendió, y aunque México me ofreció en 2012 lo anteriormente inalcanzable, un buen puesto basado en los méritos, llegó la hora de decidir si me conformaba o si buscaba crecer más. En el 2015, tomé un sabático y me declaré dispuesto a considerar un cambio de carrera que podría incluir un regreso a Costa Rica. En ese segundo intento, moderé mis pretensiones: hice saber que podría aceptar asociaciones parciales (ello para pilotear un acercamiento paulatino). Pero las respuestas que obtuve variaron del silencio a la evasiva. Entendí entonces que tras 18 años afuera, la gente ya no me conocía, y los que frecuentaba, ya no estaban en donde estuvieron. Para muchos, regresar después de tantos años equivale a buscar trabajo como en cualquier otro país. Una amiga canadiense no ha logrado integrarse en su lugar de origen porque, a pesar de su extensa experiencia como cooperante internacional en tres países latinoamericanos, vale más su “insuficiente experiencia canadiense”. Otra amistad, alemana, opina que quien deja el sistema nacional, batalla para atestar la idoneidad de su experiencia extranjera.

La cuestión trasciende regiones y culturas. Es el orden de las cosas. América Latina pierde competitividad porque muchos de sus talentos salen a estudiar al extranjero y no regresan. Planes de atracción hay, pero lo cierto es que muchos de estos cerebros no regresan no porque no quieren, sino porque no pueden. Los locales no cederán sus plazas a los extranjeros, que no conocen el meollo del asunto, y que no esperaron “como debe ser”. Y los gestores prefieren contratar conocidos. Si una institución becó, más probable aún es la contratación. No importa que el cerebro en fuga salga gratis. El lujo de la libertad molesta y es riesgo innecesario: es preferible apostar a la fidelidad. Esto no es bueno, tampoco es malo; simplemente, es.

No me quejo de mi vida porque no soy un miope malagradecido en plena auto-negación. Siempre estaré con el mejor de los ánimos, y profundamente agradecido, en donde pueda contribuir, y en donde me permitan hacerlo. Pero mientras estos patrones no cambien, persistirá la fuga de cerebros, y algunos seguirán preguntándose por qué tanto talento se va para no regresar. Esto, creo, es válido para muchos expatriados alemanes, canadienses, costarricenses… y también mexicanos.

 

Fernando A. Chinchilla

San Andrés de Cholula, 9 de septiembre de 2017