#ElTalónDeAquiles: “¡Hasta la vista, baby!”

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El domingo 11 de febrero cerré un ciclo de mi vida, un episodio que al final habrá durado seis años. Algún momento habrá para explicar las razones que me llevaron a hacer maletas y salir de México. Quienes me conocen bien, tanto adentro, pero sobre todo afuera del país, saben por qué Cholula se convirtió en la última página de este capítulo. Por ahora, yo que presuntuosamente me defino como una simbiosis cultural única, focalizo en lo que me llevo de este hermoso país, y que ya forma parte de mi cosmovisión.

Sin duda, la más hermosa idea que integro a mi bagaje cultural, es la celebración del día de los muertos, simbolizada por la famosa Catrina. Esta tradición lo tiene todo, iniciando por sus raíces revolucionarias. Algún día del siglo XIX, dice la historia, empezaron a aflorar en periódicos, caricaturas de calaveras bien “catrineadas”, a pie o a caballo, tomando pulque en fiestas de diversos estratos sociales. Dichas figuras retrataban la miseria y la hipocresía, así como las derivas políticas que ya desde ese entonces aquejaban a la sociedad mexicana, en manos de los gobiernos de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, y Porfirio Díaz. La imagen se fusionó luego con la tradición precolombina mesoamericana de rendir culto a los muertos. Presente en el calendario mexica, pero también, entre otras, en la cultura maya, dicho hábito, dirigido originalmente por la diosa Mictecacíhuatl, o “Dama de la Muerte”, es hoy relacionado con la Catrina. La celebración de la vida de los muertos, que fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2008, va mucho más allá que un desfile capitalino de James Bond. Es la más bella y profunda postura filosófica que injiero de México, y que tiene un impacto cotidiano: a la muerte no se le teme; se baila y se bromea con ella, pues es parte de la vida. Y cuando me lleve, pues con ella me iré, sin dramas.

La segunda tradición que integro a mi bagaje no es exclusiva de México, aunque ahí es donde más se ha desarrollado. Se trata de las posadas decembrinas, también celebradas en Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, y Panamá. En Colombia y Ecuador toman el nombre de la “Novena de Aguinaldos”. Como costarricense, debo aceptar que no solo nunca celebré una posada, sino que la tradición la conocí en México. El aspecto religioso -el fundamental algunos dirán- es para mí insignificante, si bien la actividad recuerda el peregrinaje de María y José entre Nazaret y Belén. En mi opinión, la relevancia de las posadas radica en la muestra de solidaridad, tan necesaria hoy en día, que implica aceptar en su recinto a migrantes desconocidos. De 2012 a 2017, acudieron a mis apartamentos mexicanos personas de todas las edades, de múltiples nacionalidades, y de diversos estratos sociales. Festejamos todos, lejos de poses, estatus, y de posiciones de autoridad. Ese despojo, que nos hace simplemente ver como seres humanos, impregnados de vulnerabilidad, es un auténtico acto de generosidad, el cual es formador. 

Muchos Méxicos existen. Los problemas sociopolíticos que enfrenta el país en el corto y el mediano plazo, sobre todo en este año electoral, son complejos. Pronto me referiré a algunos de ellos. Desde un punto de vista cultural, creo que la simulación, una noción que aprendí este último año de residencia en el país, y que no desaparecerá de la noche a la mañana, es probablemente el problema más grave. También, otro momento habrá para dedicarle una columna al tema. Por el momento, México querido, te digo: me recibiste con los brazos abiertos y me diste oportunidades que ningún otro país me dio. De vos me sorprende tu diversidad y tus contrastes. Puntos negativos tenés, pero gracias por las entrañables amistades con las que me agasajaste, y que con gusto me llevo. ¡Hasta la vista, baby!

Fernando A. Chinchilla

San José (Costa Rica), febrero de 2018

#ElTalónDeAquiles: “Se abre el telón: Alvarado, entre lo “Macron” y lo “Trudeau”… ¿O todo lo contrario?”

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Para las elecciones de 2018, tres son las opciones de izquierda en Costa Rica. La primera, insignificante, está liderada por Rolando Araya, exlíder del Partido Liberación Nacional (PLN), quien es candidato a diputado por el “Partido Todos”. La segunda es moderadamente minoritaria: el “Frente Amplio” (FA), que postula a Edgardo Araya, es una de las cuatro fracciones legislativas más numerosas en el parlamento actual. Y la tercera, ni siquiera es una opción de izquierda, o al menos no lo es en teoría. Concierne al Partido Acción Ciudadana (PAC), el oficial. En esta tercera (y última) entrega de “El Talón de Aquiles” dedicado al proceso electoral costarricense, argumento que el voto racional y sensato debe ir a Carlos Alvarado, candidato del PAC. Explico mi raciocinio a continuación.

La primera opción de izquierda, que ni siquiera presenta candidato a la presidencia, es el grupo minoritario “Partido Todos”, cuya ideología, el “socialismo cuántico”, es confusa. Según su líder, Rolando Araya, de lo se trata es de buscar alejarse del materialismo y del mecanicismo imperantes, para llevar a una nueva ética social caracterizada por la paz, la felicidad, el amor, y la solidaridad. Que alguien me explique cómo aplica esto a la praxis. La segunda opción es el Frente Amplio (FA), heredero de la izquierda radical costarricense y que, como muchos partidos de izquierda, emplean una retórica confrontativa que incomoda a muchos ticos, acostumbrados al “pura vida” de la “Suiza centroamericana”. Además, su desatinada definición de geopolítica – el FA se puso a defender lo indefendible (a Nicolás Maduro y al Sandinismo del siglo XXI) – muestra pobreza de criterio. Nadie, ni siquiera los que nos reivindicamos de la izquierda democrática, entendemos por qué es mejor defender países en vías de subdesarrollo, que rescatar las peculiaridades del radicalismo de izquierda costarricense y adaptarlo al siglo XXI, para formular así contribuciones innovadoras a los debates de la izquierda contemporánea.

Esto nos deja con el PAC, el cual, aunque fue originalmente ideado como partido de centro, ocupa hoy el lugar que el PLN dejó en 1986. Cierto es que su fundador, Ottón Solís, es un tecnócrata neoliberal dispuesto a degollar al Estado en su cruzada contra la corrupción, pero también lo es que el partido fue complementado en 2013 por intelectuales que le confirieron una agenda más progresiva. Por ello, el PAC está a la izquierda de los partidos tradicionales (incluido del PLN), de varios partidos minoritarios, y a la derecha del FA. Por su herencia centrista, Alvarado recuerda en algo a Macron (candidato de centro en Francia), aunque su liberalismo social lo acerca a Justin Trudeau, quien representa el centro-izquierda canadiense. Bueno, eso es guardando las distancias, y para bien o para mal, pues a Macron y Trudeau tampoco les ha ido tan bien.

Por su charlatanería, Otto Guevara, Juan D. Castro (el Trump-Tico), y Rodolfo Hernández, deberían quedar reprobados. Por su definición camaleónica de la política, Álvarez Desanti (PLN) es nocivo para la salud. Quedan entonces Piza (Partido Unidad Socialcristiana, PUSC) y Alvarado: el primero, a pesar de una campaña política infinitamente insípida y superficial, representa un conservadurismo tradicional, mientras que el segundo, a pesar de representar al partido en el gobierno, encarna una opción progresista sofisticada. Pero Alvarado, además, materializaría la llegada al poder de una nueva generación, que está lista para irrumpir en política, y que lo tiene todo para hacerlo mejor que la que nos ha gobernado en los últimos 30 años.

La izquierda costarricense ha sido prolífica, pero como en otros países, la derecha la ha satanizado. En América Latina, lo que no huele a Fidel es igual a Chávez. Soy hijo de la Costa Rica que invierte en educación porque sabe que su gente es lo que importa. Soy el heredero de un país progresista, generoso, inspirador, que fue, y sigue siendo, ejemplo en América Latina. ¿Cuál candidato defiende este legado? Nuestro cálculo puede fallar, pero no nuestra racionalidad. El elector racional debe salir a votar con confianza y tranquilo, pues opciones sensatas hay, y para ello debe hacerlo por quien crea, tiene mayor potencial para rescatar lo mejor de nosotros mismos. Creo que Alvarado, y el PLAC, representa esa opción, pero también creo que, paradójicamente, en su hartazgo ante la incapacidad política real o percibida del actual gobierno, el votante difícilmente considerará votar por la continuidad. Ojalá me equivoque.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), enero de 2018

#ElTalónDeAquiles: “Rom-Pom-Pom-Pom 2017”

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El silencio dignificante siempre ha sido mi arma en la adversidad, incluso cuando recibí oficialmente la noticia que Santa Claus no existía. En aquella fatídica reunión familiar, sólo alcancé a decir: “de todas formas, ya lo sabía”. Nunca me he dejado doblegar por las sorpresas que da la vida. ¿Quién podría seriamente creer que yo me hubiera tragado el cuento de que un viejo regordete, que viaja supersónicamente en un trineo volador jalado por renos, entregaba regalos a los niños que se portaban bien? Sin embargo, debo aceptar que sentí decepción. Esa conversación solo confirmó lo que ya sabía. Santa Claus no existe, y ese hecho provocó despecho.

Muchas navidades he pasado desde ese entonces. Varias las pasé compartiendo con familia y amigos tropicales, tal vez en alguna playa de mi querida Costa Rica; otras las pasé solo o acompañado deambulando por el frío invierno de Canadá. ¿Cómo olvidar a los amigos y amigas que me abrieron sus casas para rodearme de notas de piano y de niños en la nieve? Alguna vez también me perdí en Miraflores, sin saber qué diantres hacía yo inmiscuido en una noche buena peruana. Y aunque despotriqué contra Ciudad de México (CDMX) en 2016 por negarse a darme algo de lo que le pedí, también organicé posadas desde 2013, que fueron llenando mis apartamentos de trayectorias de vida. Poco importa si el epicentro fue Monterrey, CDMX, o Cholula, la consigna siempre fue compartir, celebrar.

Estas remembranzas me llevan al meollo del asunto de este Rom-Pom-Pom-Pom 2017: ¿Qué es el espíritu navideño? En el mundo capitalista en el que nos ha tocado vivir, para muchos la navidad es un momento para mostrar, por medio del consumismo compulsivo, el amor hacia los demás. Mientras más se compra, o mientras más caros sean los regalos, mejor. Para otros, es la excusa perfecta para embarcarse en un maratón de fiestas. Los kilos de más que aparecen en enero y las tarjetas de crédito al rojo vivo, no surgen por arte de magia. Comamos, bebamos, y gastemos sin parar: la navidad es una excusa para romper la dieta corporal y financiera. ¡Qué curioso concepto del espíritu navideño!

Aunque la mayoría piensa que la navidad es tiempo para dar, creo que, en mi caso, lo que ha hecho la diferencia entre las mejores navidades y las que no han sido tan buenas, es lo recibido. Me explico. Cuando hablo de recibir, me refiero a lo inmaterial, aquello destinado a convertirse en recuerdos que terminan adhiriéndose a nuestra historia personal. Además, se requiere de madurez y humildad para recoger. A algunos nos cuesta bajar “las defensas”, parar de buscar justificaciones racionales para los actos del prójimo, y simplemente dejarse llevar por el cariño desinteresado. En fin, y esto es lo más importante, es imposible recibir sin dar. Pero no es en navidad, sino a lo largo del año, que se da. Llámese amistad, solidaridad, humanidad, simplicidad, trasparencia, honestidad… poco importa. Navidad no es más que un momento en donde el común de los mortales decide dar, porque así nos lo mandata nuestras costumbres modernas. Naturalmente, se da más a aquellos de los cuales más se ha recibido.

Esta navidad he podido constatar la fortaleza y diversidad de mis jóvenes redes de nuevas amistades. Pareciera que, sin querer, he sembrado más de lo que supuse, lo cual me hace pensar que algo debo de estar haciendo bien. El cariño llega de todos los lugares y es una fuente de energía que me hace hoy declarar que Santa Claus no es un regordete volador, sino una idea abstracta que nos llama a dar y recibir desinteresadamente a lo largo de nuestra trayectoria de vida. Mientras pueda beber y envolverme en esas vibraciones, tendré suficiente espíritu navideño para acurrucarme en él, y para esparcirlo a mi alrededor. No es más que un acto de agradecimiento, pues, así como hay que dar para recibir, también hay que saber recibir para poder dar. ¡Felices fiestas!

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), diciembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Se abre el telón: el Trump-tico”

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Cuando Hillary Clinton manifestó en 2016 que la mitad de los seguidores de Trump eran “deplorables”, refería a un segmento poblacional “racista, sexista, homofóbico, xenofóbico, y islamofóbico”, que votó más por reacción que por acción. Se trataba de un “voto pre-moderno” contrario a los ideales de tolerancia, internacionalismo y cosmopolitismo tan promovido por el pensamiento progresista contemporáneo. Se trata del mismo voto que pidió sacar a Inglaterra de la Unión Europea, que rechazó el acuerdo de paz en Colombia, que eligió a Trump, y que hoy apoya en Costa Rica a Juan Diego Castro. Es un voto antisistema que muchos ven irracional, motivado por el odio, la ignorancia, y por el hartazgo ante las élites políticas tradicionales.

Además de los tres partidos que han ganado las elecciones en el pasado – Liberación Nacional (PLN), Unidad Social Cristiana (PUSC), y Acción Ciudadana (PAC), se presentan 16 agrupaciones más al proceso electoral costarricense de 2018. Dejo por fuera aquí al Movimiento Libertario (ML) y al partido Republicano Nacional (RN); al ser rezagos de la derecha tradicional, fueron ya estudiados en la primera entrega de esta serie de artículos. Tampoco incluyo al Partido Renovación Costarricense (PRC), que a pesar de tener representación legislativa (2014-18), se disolvió en mayo de 2017. En fin, dejo también por fuera al PAC, al Frente Amplio, y a otros grupos, que, al ser parte de la izquierda, serán abordados en mi última entrega de esta trilogía. 

De los partidos minoritarios que tienen hoy representación legislativa, los partidos Restauración Nacional (PREN), y la Alianza Democrática Cristiana (ADC) forman parte del llamado “Bloque Cristiano”. Basado en un raciocinio puritano, estas agrupaciones defienden posiciones en contra de la fertilización in vitro, de la unión de parejas del mismo sexo (en cualquiera de sus formas), y buscan endurecer la legislación sobre el aborto. Por la flagrante contradicción con los principios del “Estado de Derecho”, nunca he entendido cómo es posible que todavía se acepte en Costa Rica partidos políticos religiosos. El establecimiento de un Estado laico es una de las deudas históricas de los forjadores de la patria. Pero este es tema de otro artículo. Por suerte, el peso electoral de estos partidos es insignificante.

Sin embargo, un nuevo actor, el Partido Integración Nacional (PIN), puede convertir la pesadilla estadounidense en una realidad tica. Su candidato a la presidencia, Juan Diego Castro, un abogado cuyas raíces se sitúan en la oligarquía cafetalera, es conocido por haber roto agujas de peaje (al negarse a detenerse), por haber sido acusado de violencia doméstica en contra de su madre, y por haber sido mencionado en la investigación de los Panama Papers. Con un estilo excéntrico e irreverente, Castro ha logrado crecer de un 6% en las intenciones de voto (agosto) a un 15% (noviembre). Los datos, provenientes de encuestas del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica, lo ubicaban en noviembre de 2017 en empate, a la cabeza, con el candidato del PLN. Cualquier parecido a la disyuntiva entre escoger entre el “payaso Trump” y la “crooked Hillary”, es mera coincidencia. Claro, el PLN no es opción.

Se equivocan aquellos que indican que Juan Diego Castro es una distracción para solapar al “verdadero enemigo”, el PLN. Por su discurso antisistema, su capacidad a capitalizar en la exasperación popular, sus dotes para convertir a la política en un espectáculo de mal gusto, su verborrea sin medida, y su excéntrica irracionalidad con sabor populista, Castro es un peligro para la institucionalidad de Costa Rica. En el amanecer de la larga noche neoliberal, comenzamos apenas a ver las secuelas de la desmejora en los sistemas educativos de las últimas décadas. Castro es reflejo de nuestra sociedad: “¡Démosle un merecido a esos politicuchos que nos han gobernado desde hace años! Luego nos preocupamos por las consecuencias”. ¡Qué grave error es pensar así! En este mundo de redes sociales, en donde la política es espectáculo y lo superficial puede más que lo sustantivo, lo que Clinton llamó despectiva (y erróneamente) “los deplorables”, muchos de los cuales no son más que la gente común, unieron sus voces en contra de un sistema disfuncional que dejó de responder a sus expectativas desde hace tiempo. Se trata, hasta cierto punto, de una versión postmoderna de la dictadura del proletariado.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), diciembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Se abre el telón: un bipartidismo moribundo”

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En este otoño se abrió el telón de la campaña electoral costarricense. El proceso culmina en febrero, con la elección del presidente, dos vicepresidentes, y 57 diputados. Si ninguno de los candidatos alcanza 40% de los votos, una segunda ronda entre los dos más votados tendrá lugar en abril. En esta primera entrega de esta serie de tres artículos sobre las elecciones en Costa Rica, analizo los rezagos del sistema bipartidista en ese país.

El actor político más importante de la Segunda República en Costa Rica (1948-…) es el Partido Liberación Nacional (PLN), que ha electo a 7 presidentes y gobernado 9 periodos, para un total de 37 años de gobierno. La oposición, que ha gobernado durante 28 años, ha electo también a 7 de sus candidatos, pero bajo diferentes partidos, y sin que ninguno haya repetido. La seguridad social -el Código de Trabajo y la emblemática Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS)- es autoría de la oposición, pero el PLN instauró de 1948 a 1978 un Estado benefactor que convirtió a Costa Rica en la excepción.

La oposición cristalizó el bipartidismo en 1983, cuando el Partido Unidad Socialcristiana (PUSC) reagrupó a los partidos Republicano Calderonista, Demócrata Cristiano, Renovación Democrática, y Unión Nacional. El sistema, sin embargo, pronto comenzó a dar señales de agotamiento. En 2002, por primera vez ninguno de los candidatos tradicionales alcanzó el umbral del 40%, forzando a una inédita segunda ronda. Luego, el PUSC, víctima de escándalos de corrupción, desapareció del radar. Mientras tanto, el aun recientemente fundado Partido Acción Ciudadana (PAC) se convirtió en la segunda fuerza política del país. En 2014, no solo se fue de nuevo a una segunda ronda electoral, sino que la misma se dio entre el PLN y este nuevo partido (no tradicional), el cual logró obtener una histórica victoria, al romper con el bipartidismo.

Hoy, el PLN y el PUSC no logran superar, en conjunto, el 30% de los votos. La oposición se presenta dividida. El PUSC empezó a romperse desde 1994, cuando varios de sus miembros crearon el Movimiento Libertario (ML), que propone, por quinta vez, a Otto Guevara como candidato. Además, surgió el Partido Republicano Socialcristiano, que agrupa a partidarios del expresidente Calderón, y que plantea la candidatura de Rodolfo Hernández. En cuanto al remanente del PUSC, este presenta por segunda vez al expresidente ejecutivo de la CCSS y magistrado suplente de la Corte Suprema de Justicia, Rodolfo Piza.

Guevara, un wannabe que ni a populista llega, se confunde hoy con la decoración electoral, mientras que Hernández, cuyo liderazgo es deslucido, parece demasiado pegado al expresidente Calderón como para jugar la carta de “outsider”. Algunos dirán que él y Piza son los mejores candidatos; ambos parecen ser personas honestas, inteligentes y educadas. Pero ambos personajes recuerdan a los padres conservadores y aburridos, y en el mejor de los casos, representan un statu quo que ni inspira, ni integra.

El PLN propone a Antonio Álvarez Desanti, un político con más de 30 años de experiencia, quien se presenta como empresario exitoso y acérrimo negociador. Dicho partido es la maquina electoral más eficaz del país, pero se convirtió desde hace tiempo en un cascarón ideológicamente hueco, corroído por oportunistas cuyo lucro nutre el escepticismo y frustración de la población. Sé, porque tengo amigos ahí (como también los tengo en el PUSC y hasta en el ML), que sobreviven algunos enamorados de la gloria pasada, pero la realidad es que el PLN perdió su alma socialdemócrata desde 1986, cuando el joven Oscar Arias dirigió el primer gobierno neoliberal de Costa Rica.

Pero, además, Álvarez Desanti fue el jefe de una de las campañas más desastrosas del PLN (2014), y sigue sin explicar cómo el haber gastado la totalidad de los fondos de su partido en aquella primera ronda no fue pésima estrategia. Más grave que esta manifiesta negligencia en la administración de fondos electorales, es el hecho que Álvarez tiene una definición de la política que malbarata la ya de por sí depreciada política costarricense. En 2006, cuando salió del PLN para fundar su partido, lo acusó de corrupción, de alejamiento socialdemócrata, e indicó que Arias sofocaba los nuevos liderazgos. En 2008, cuando regresó, simplemente señaló que había una nueva base progresista dentro del PLN, el cual ya no era corrupto. Hoy, bajo la sombra de Arias, afirma que su influencia es benéfica. Es decir, para Álvarez la política consiste en adaptar el discurso al contexto, diciendo hoy una cosa y mañana otra: la contradicción es gaje del oficio. Por el desgaste institucional en el país, y por la exasperación popular, ese oportunismo no debe normalizarse. La política es mucho más que decir lo que conviene al compás de los cambios coyunturales.

Los representantes y herederos del bipartidismo se han pre-candidateado 5 veces en total (Álvarez: 2001, 2006, 2010; Hernández y Piza: 2014) y candidateado en 11 ocasiones más (Álvarez: 2006, 2018; Guevara: 2002, 2006, 2010, 2014, 2018; Hernández y Piza: 2014; 2018). Si pierden en 2018, serán entonces 16 fracasos los que coleccionarán. Deben todos realmente amar profundamente a la Patria para inmolarse de esa forma, interpretando 16 negativas como una invitación a continuar. Si no fuera porque los considero representantes anacrónicos de un moribundo bipartidismo, me preocuparía tan incansable insistencia. Costa Rica necesita inspiración, optimismo, e imaginación.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), noviembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Violencia de Género”

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Pasó lo que se temía: el terremoto que todos en Ciudad de México (CDMX) esperaron por años, aconteció el 19 de septiembre de 2017. El derrumbe de edificios no debe sorprender: se sabía de la precariedad estructural en varios sectores capitalinos y, por el epicentro y tipo de sismo, poco era lo que se podía hacer. Vino después lo de siempre: medios de comunicación reportaron el dolor de CDMX (olvidándose del resto del país); el sensacionalismo hizo de Frida Sofía, una niña inexistente, una heroína precoz; se vaticinó un movimiento telúrico mayor: nada mejor que las redes sociales para anunciar el fin del mundo. Los políticos fueron víctima de la indignación ante el patético intento de escabullirse ante las demandas ciudadanas de donar fondos de la campaña electoral a la reconstrucción. Hubo intentos de fraude de inescrupulosos que trataron de aprovecharse de la desgracia. Y claro, salieron las banderas. Ni siquiera en estos casos me gusta el nacionalismo, pero lo acepto, hubo solidaridad. La historia dirá que los mexicanos se unieron para levantarse, como debe ser, y como todo pueblo lo hace, en estas circunstancias.

¿Pero en dónde estábamos antes del drama? Un día antes del fatídico terremoto, ciudadanos indignados de al menos cinco Estados mexicanos, manifestaban por el asesinato de Mara Fernanda Castilla, una estudiante de Ciencia Política originaria de Xalapa (Veracruz), de 19 años de edad, de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Castilla perdió la vida presumiblemente el 8 de septiembre, al abordar un taxi para regresar a su casa. Estuvo desaparecida durante ocho días.

Para una persona como yo, que siempre ha trabajado con mujeres brillantes y fuertes, colegas de las que he aprendido un mundo, fue toda una revelación el poder ver, por vez primera, con ojos de mujer, a Cholula, ese pueblo masculinamente tranquilo y amigable que me recibió en enero. Claro, desde mi primer día en México (2012), me percaté del fastidioso machismo que aqueja a esta sociedad. Pero ahora comprendí, gracias a los testimonios de mis estudiantes, que el asesinato de una joven universitaria puede tan sólo ser la punta del iceberg, pues el acoso es constante, y la inseguridad creciente, para todas las mujeres. Contrariamente al hombre, las residentes de San Andrés de Cholula se exponen a diario a situaciones que van desde lo desagradable (piropos, vulgaridades) hasta cuadros potencialmente peligrosos para su integridad física.

Aplaudí su indignación e iniciativa, pero les indiqué que el reto no consistía en hacer conciencia sobre la importancia del tema hoy, sino en mantener la violencia de género en un lugar prioritario en la agenda de discusión de problemas nacionales. Al fin y al cabo, entre 2013 y 2015 ocurrió un feminicidio por semana; solo en 2017, el Observatorio de Derechos Sexuales y Reproductivos contó 83, y en el primer semestre de 2017, se contabilizaron, en promedio, 35 denuncias diarias de violación sexual, la gran mayoría de parte de mujeres, para un total de 6,444. Además, entre 2007 y 2014 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) registró 17,274 casos de presunción de homicidios de mujeres. En síntesis, la situación es alarmante.

No estoy ignorando la amplitud de la catástrofe originada por el terremoto del 19 de septiembre, ni la necesidad de ayuda inmediata. Sin embargo, este es un ejemplo de cómo un evento coyuntural, de alto impacto, puede alterar la agenda pública, y sacar del reflector un problema crónico, estructural, y de gran magnitud. El pecado de Mara es salir a divertirse, con tanta libertad como la mía; nuestro pecado, sería olvidarlo. Ante lo coyuntural, no perdamos de vista lo estructural. El reto es re-visibilizar la tragedia de la violencia de género sin parecer insensible ante el drama causado por el movimiento sísmico. Y para ello, un recordatorio de en donde estábamos antes del desastre, puede ser un buen comienzo.

Fernando A. Chinchilla

San Andrés de Cholula, 5 de octubre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Fuga de cerebros”

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Hace poco cumplí veinte años de haber salido de mi país. En mi camino, son muchos los curiosos que se preguntan por qué me fui. La verdad, en aquel agosto de 1997 no tomé la decisión de irme para siempre. De hecho, nunca decidí no regresar; la vida fluye y con ella, decisiones y posiciones. Tampoco imaginé que me convertiría en un cerebro en fuga. La vaina es esta: no me considero un “cerebrazo”, que conste, pero sé que una cosa es aventurarse en el mundo, y otra es no querer volver. Erradamente se cree que no se vuelve porque no se quiere, pero he ido descubriendo, con el paso del tiempo, otros factores a los que me refiero aquí.

Hace poco cumplí veinte años de haber salido de mi país. En mi camino, son muchos los curiosos que se preguntan por qué me fui. La verdad, en aquel agosto de 1997 no tomé la decisión de irme para siempre. De hecho, nunca decidí no regresar; la vida fluye y con ella, decisiones y posiciones. Tampoco imaginé que me convertiría en un cerebro en fuga. La vaina es esta: no me considero un “cerebrazo”, que conste, pero sé que una cosa es aventurarse en el mundo, y otra es no querer volver. Erradamente se cree que no se vuelve porque no se quiere, pero he ido descubriendo, con el paso del tiempo, otros factores a los que me refiero aquí.

A Costa Rica he intentado regresar en dos ocasiones. En 2008, con la pretensiosa seguridad que otorga un flamantemente nuevo título de doctorado de una universidad norteamericana a un todavía joven investigador, decidí presentarme a un concurso en una institución educativa costarricense. Honestamente, lo pensé dos veces antes de hacerlo. Montreal deja respirar mejor que San José y mi curiosidad por el crecimiento multicultural seguía insaciable. Por años pensé que podía contribuir más a mi país desde afuera, pero en ese momento de mi vida, decidí matizar dicha opinión. La realidad me mostró, sin embargo, que para ganar el puesto, debía hacer cola detrás de quienes, tal vez con menos experiencia, habían esperado con fidelidad su turno para solventar una precaria situación laboral. No soy hijo de familia acomodada, y habiendo pagado mis estudios a punta de duro trabajo y aleatorias becas, no quise obviar las angustias y vicisitudes del pasado. De algo tenía que servir todo el sacrificio vivido. Además, tenía deudas, para lo cual se requería de ciertos ingresos.

El sendero de la vida me sorprendió, y aunque México me ofreció en 2012 lo anteriormente inalcanzable, un buen puesto basado en los méritos, llegó la hora de decidir si me conformaba o si buscaba crecer más. En el 2015, tomé un sabático y me declaré dispuesto a considerar un cambio de carrera que podría incluir un regreso a Costa Rica. En ese segundo intento, moderé mis pretensiones: hice saber que podría aceptar asociaciones parciales (ello para pilotear un acercamiento paulatino). Pero las respuestas que obtuve variaron del silencio a la evasiva. Entendí entonces que tras 18 años afuera, la gente ya no me conocía, y los que frecuentaba, ya no estaban en donde estuvieron. Para muchos, regresar después de tantos años equivale a buscar trabajo como en cualquier otro país. Una amiga canadiense no ha logrado integrarse en su lugar de origen porque, a pesar de su extensa experiencia como cooperante internacional en tres países latinoamericanos, vale más su “insuficiente experiencia canadiense”. Otra amistad, alemana, opina que quien deja el sistema nacional, batalla para atestar la idoneidad de su experiencia extranjera.

La cuestión trasciende regiones y culturas. Es el orden de las cosas. América Latina pierde competitividad porque muchos de sus talentos salen a estudiar al extranjero y no regresan. Planes de atracción hay, pero lo cierto es que muchos de estos cerebros no regresan no porque no quieren, sino porque no pueden. Los locales no cederán sus plazas a los extranjeros, que no conocen el meollo del asunto, y que no esperaron “como debe ser”. Y los gestores prefieren contratar conocidos. Si una institución becó, más probable aún es la contratación. No importa que el cerebro en fuga salga gratis. El lujo de la libertad molesta y es riesgo innecesario: es preferible apostar a la fidelidad. Esto no es bueno, tampoco es malo; simplemente, es.

No me quejo de mi vida porque no soy un miope malagradecido en plena auto-negación. Siempre estaré con el mejor de los ánimos, y profundamente agradecido, en donde pueda contribuir, y en donde me permitan hacerlo. Pero mientras estos patrones no cambien, persistirá la fuga de cerebros, y algunos seguirán preguntándose por qué tanto talento se va para no regresar. Esto, creo, es válido para muchos expatriados alemanes, canadienses, costarricenses… y también mexicanos.

 

Fernando A. Chinchilla

San Andrés de Cholula, 9 de septiembre de 2017

#ElTalónDeAquiles: “Opinólogos”

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650 palabras. Eso es lo que hoy la mayor parte de medios de comunicación (impresos y electrónicos) piden a quienes contribuyen a sus publicaciones. En esta entrega del “Talón de Aquiles”, la no. 25, me propongo disertar sobre este tema. Tres aspectos son centrales a considerar aquí: 1) tener una opinión de todo es no tener una opinión de nada; 2) la tentación del puñetazo; 3) el secreto de una contribución significativa.

Al aceptar la invitación para colaborar con Altavoz MX, propuse una frecuencia mensual para mis columnas. Recordaba el comentario de un columnista canadiense, según el cual uno de sus mayores problemas era tener siempre que tener una opinión sobre lo que fuera: los chayotes transgénicos, la destilación del vodka, los calcetines de Trudeau, el carácter “independiente” del (des)gobierno del Bronco, el rol de Arias en la campaña de Álvarez Desanti, los ensayos de misiles intercontinentales de Corea del Norte, y la muerte de las barberías hípster. Lo que es popular hoy no lo será mañana, pero hoy como ayer, el cronista debe tener una opinión. Simplemente, me pareció poco serio pretender tener la posibilidad real para formarme una buena opinión de temas concretos en un lapso de tiempo menor al mes. Siempre he desconfiado de los que tienen una opinión de todo pues, así como existen buenas opiniones, también existen las malas, ante las cuales es preferible no tener ninguna.

Pero hoy lo que importa es lo contrario. Algunos optimistas pensamos que, con la llegada de Internet, caerían los límites de espacio de las publicaciones impresas, por lo que se podría contribuir con textos un poco más extensos a la construcción de una sociedad más analítica. Algunos, además, supusimos que varios de los nuevos medios de comunicación crearían una cultura diferente, en vez de tratar de competir con más de lo mismo. Una educación deficiente (castigo a la innovación; estímulo a la mediocridad), la expansión de redes sociales (que nos acostumbran a no leer frases de más de 150 caracteres), y otros, explican por qué la crítica escasea. Divulguemos opiniones, pero para generar “Likes“, hagámoslo con “puñetazo” (la versión en español de “punch“, es “puñetazo”). Exageremos títulos (lo que la gente lee); deformemos realidades (si eso atrae el interés), y convirtámoslas en hechos alternativos. Y encapsulemos todo eso en 650 palabras, porque la capacidad retentiva del lector, y su paciencia, es limitada.

Tiempo atrás, Umberto Eco declaró: “Las redes sociales le dan el derecho a hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios”. Una de las más perniciosas ideas de los Millennials, es creer que tienen el derecho a opinar simplemente porque existen. No todos los opinólogos son irresponsables, pero muchos ignoran u olvidan que el debate es fértil cuando la ciudadanía está bien preparada para intervenir, cuando existe una representación del bien colectivo, y cuando se recuerda que cada derecho – y esto incluye al de expresión – acarrea una responsabilidad. Opinar no es un fin en sí mismo, debe servir a algo más.

No necesitamos opinólogos, sino analistas que superen las catarsis desarticuladas y la creatividad fragmentada, para edificar perspectivas integrales que mejoren la discusión y la participación. Necesitamos medios que sepan usar y encausar el poder de las redes sociales para educar. Es justamente porque hilvanar análisis en 650 palabras es retador, que se requieren filtros que permitan hacer valer la razón sobre la provocación. El Talón de Aquiles cambia de una columna de análisis a una de opinión. Pero, como siempre contra la corriente, y consciente que es privilegio y responsabilidad el ser leído, trataré de seguir ofreciendo un análisis inteligente, diferente, creativo, y crítico, que en algo ayude a mejorar el entendimiento de las realidades que nos rodean.

#ElTalónDeAquiles: “El Orgullo Gay”

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Durante el mes de junio, fuimos testigos de las “Marchas de la Diversidad” alrededor del mundo. El evento, que originalmente se llamó “Marcha del Orgullo Gay”, ha generado polémica desde su inicio, no solo por la oposición de segmentos reaccionarios de la sociedad, que ven aquí la desinhibida perversión inmoral de “los modernos”, sino también por los cuestionamientos de la propia comunidad LGBT (Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual). El día oficial de celebración es el 28 de junio, pues se conmemoran las manifestaciones espontáneas y violentas contra una redada policial realizada en la madrugada del 28 de junio de 1969 en el bar neoyorquino Stonewall Inn. Otro momento habrá para hurgar en el pasado. Hoy, deseo elaborar sobre el significado de la marcha.

Por un lado, se argumenta que la marcha refuerza estereotipos sociales, pues miembros de la comunidad gay hay para todos los gustos. Los medios de comunicación siempre publican provocativas extravagancias (con lo que se desdibuja la diversidad), pero existen los twinks y los bears, los que parecen, pero no son (o tal vez sí), y los que no parecen, pero sí lo son. Hay almas de mujer en cuerpos de hombre (y viceversa), travestís que revindican su género, y gente que no cabe en moldes. Tanta es la diversidad, que recientemente se acuñó el término queer para incluir a los que no caben en nuestra fábrica de estereotipos. De hecho, debería referir a la comunidad LGBTIQ (Lésbico, Gay, Bisexual, Transgénero, Intersexo, Queer) para ser políticamente correcto. La retórica social nos enseña que la “normalidad” está en la homogeneidad, pero la realidad muestra que la diversidad es lo “normal”.

Por otro lado, se arguye que la comunidad tiene prioridades. La homosexualidad aísla, deprime, discrimina. Por ser gay, se pueden sufrir ataques, incluso ser asesinado, o perder el trabajo y el apoyo familiar. Claro, la situación varía de una región a la otra. En los países del norte (con la notable excepción de Rusia, entre otros), los avances son significativos. Incluso, aquel elemento clandestino, rebelde, y anticonformista característico de la cultura gay anterior a los años 1990s, fue sustituido por la defensa de derechos conservadores. Esto no es necesariamente “malo”: si la mujer tiene el derecho de decidir si usa burka, un gay debe poder decidir si adhiere a hipotecas familiares del estilo Modern Family. Pero, en otras regiones, por ejemplo, en África o en Medio Oriente, la reivindicación es más necesaria que nunca, pues el simple hecho de visibilizarse cuesta caro. Las marchas siguen entonces teniendo una función, social, ya sea para denunciar, para celebrar, o para mostrar solidaridad internacional.

Hay muchas críticas más. Se lamenta, por ejemplo, el énfasis puesto en la “fiesta”, que lleva al consumo excesivo de drogas. Se señala también que la comunidad es víctima del “capitalismo rosa”, de una comercialización excesiva. Esas son, sin embargo, críticas aplicables a la sociedad en general. El alcoholismo y la adición a otros tipos de sustancias, sean estas lícitas o ilícitas, afectan a diversos segmentos sociales. Además, la sociedad actual ya no está constituida por “pacientes”, “estudiantes”, o “feligreses”, sino por “clientes”.

Siempre opiné que no hay por qué sentirse orgulloso de ser gay, así como tampoco se debe estar orgulloso de ser heterosexual. Pero las marchas no existen para eso, sino para recordarnos que nadie debe avergonzarse de ser lo que es. Además, el evento celebra la diversidad. Se trata de una oportunidad para que todos – niños, abuelas, personas con discapacidad, las pocas personas “normales” que por ahí deben existir, y sí, a miembros de la comunidad LGBTIQ – nos congreguemos en un ambiente de fiesta. La marcha será innecesaria cuando, en vez de ver preferencias sexuales o anticonformismos sociales, veamos amor, no del que requiere ser respetado, tolerado, o comprendido, sino del que no requiere ser juzgado. Mientras eso no suceda, la afirmación reivindicativa y la celebración, con orgullo, alegría, y sin remordimientos, seguirá siendo necesaria.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), julio de 2017

 

#ElTalónDeAquiles: “El Paladín del Medio-Ambiente”

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Lo previsible pasó: el presidente Trump anunció el retiro de su país del Acuerdo de París. Hay todavía tela por cortar, pues el proceso de salida toma al menos cuatro años; 2020 es entonces el umbral para hacer el anuncio efectivo. Pero cierto es también que al proclamar su retiro Washington se une a Damasco y Managua, únicas capitales que no lo han adoptado.

El Acuerdo de París es un tratado universal (147 países, el 82% de las emisiones de gas a efecto invernadero, son parte en junio de 2017) mediante el cual los firmantes se obligan a limitar el calentamiento climático futuro. Los Estados Unidos emite alrededor del 14% de gases a efecto invernadero. El acuerdo considera las peculiaridades de cada país y establece mecanismos recurrentes de revisión para evitar los peores efectos de un aumento desmedido de la temperatura. Si se traspasa la barra de los 20C, la seguridad alimentaria peligraría, los eventos climatológicos extremos se multiplicarían, y el aumento en el nivel del agua se convertiría en una amenaza a los litorales. El “norte” acordó además trasferir USD 100 billones por año (hasta el 2020) al “sur” para ayudar a mitigar los efectos del cambio en curso y acelerar la transformación hacia una economía verde.

Las razones con las que Trump justifica el retiro son inverosímiles. El pacto favorecería los intereses extranjeros en menoscabo del contribuyente estadounidense, quien debe asumir costos como la pérdida de empleos, salarios más bajos, pérdidas del PIB, etc. El fondo verde costaría billones, lo cual implicaría la necesidad más impuestos; crece así la pobreza. Finalmente, y esta es la peor de todas las excusas, como Trump es el “paladín” del medio-ambiente, no puede permitir un pacto que penalice al líder mundial en la materia sin castigar a los verdaderos contaminadores. China e India han hecho lo que han querido desde siempre, y no están hoy en el banquillo de los acusados. Como si de eso se tratara…

En el mundo de Trump, su país gana resucitando la industria del carbón. Poco importan los empleos creados por las tecnologías verdes, que empresas estadounidenses como Shell y Exxon Mobil tengan competitividad en la materia, que líderes de empresas como Disney, Goldman Sachs, SpaceX, Tesla, etc., se declaren inquietos por la falta de liderazgo de Washington, y que muchos de ellos renuncien a sus funciones de asesoría en la capital estadounidense. Eso es secundario. Importa aun menos mantener una voz dentro del Acuerdo, que los aliados critiquen la decisión-“error” para Paris, “hecho lamentable” según Berlín, “decepción” en Ottawa-y que contradigan a Trump al aclarar que el pacto no es renegociable. ¿Y qué decir de los gobiernos sub-nacionales estadounidenses, muchos de los cuales ya se declararon rebeldes? Los gobernadores de New York, California, y Washington anunciaron la “Alianza por el clima”, un foro para reforzar los programas de lucha contra el cambio climático. Los alcaldes de New York, Los Ángeles, y Boston anunciaron un boicot a Washington.

El “Occidente” está fracturado. Trump perdió otra oportunidad de enderezar su presidencia, que se enfrasca en una espiral de sinsentidos. Sus defensores dirán que no hace más que cumplir su palabra. Es cierto: en su aislacionismo, el candidato prometió en 2016 retirarse para proteger la soberanía y el interés nacional. Pero los argumentos arcaicos de la Paz de Westfalia se convierten en una burla anacrónica, inconsciente y egoísta. China y Europa, que ven en este aislacionismo la oportunidad para posicionarse mejor en un mundo en donde las tecnologías verdes ya dan la ventaja, se pronunciaron a favor del acuerdo. Un sistema multipolar se erige ante nosotros, con Europa autónoma, Rusia en apogeo, China acelerando hacia la economía verde, y con una hegemonía estadounidense en franco declive. Trump es una tristeza para su país, un peligro para el planeta, y una vergüenza para su generación.

Fernando A. Chinchilla

Cholula (México), junio de 2017