#ElTalónDeAquiles: “México es salvaje”

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Se cumplen este mes dos años de mi salida de México, tiempo durante el cual he tenido la oportunidad de digerir y ordenar una rica experiencia de seis años. Hace unos días, pude compartir con amistades en CDMX durante una escala. Fue el instante de hacer las paces.

La última vez que estuve en México fue en diciembre de 2018, cuando regresé a Cholula a arreglar los últimos detalles relacionados con mi salida de ese país, en febrero de ese mismo año. En aquel momento, la empresa de alquiler de autos me ofreció en internet, como siempre, un modelo de carro que no estaba disponible al momento de llegar a recogerlo. Y como siempre, me facturaron el precio más alto. De regreso de Cholula, quedé atrapado en un embotellamiento en la carretera Puebla-CDMX que me hizo perder el vuelo. Como de costumbre, nadie dio explicaciones. Fue entonces que resonó de nuevo, con o sin razón, en mi mente, aquel: “pásele güerito y que la virgencita lo acompañe, porque si te vi, ni me acuerdo”. Cierto, cuando entregué el carro me hicieron “el favor” de no cobrarme el atraso (a cambio de llenar bien la encuesta de satisfacción al cliente). Sin embargo, cuando se confirmó la pérdida de mi vuelo, en el mostrador se me indicó que, después de comprar un nuevo boleto, debía llamar al servicio al cliente para restituir el peso no utilizado en el pasaje perdido. El rembolso nunca aconteció. El episodio me recordó aquella vieja historia de la tarjeta de crédito que me pidió datos personales tres veces, los cuales fueron perdidos una y otra vez por el servicio de mensajería. Claro, la compañía puso en entredicho la veracidad de mi versión. 

¿Cuál es mi argumento? En México lo que sucede siempre es culpa del cliente, del ciudadano, nunca de las autoridades o de las empresas. Ya sea por estrategia de mercadeo (ofrecer lo que no se tiene), por falta de planificación (“no sabíamos que sucedería”), por costumbres (“yo te ayudo si tu me ayudas”) o por falta de formación (el empleado simplemente no sabe), en ese país el común de los mortales es siempre el perdedor. Y para defenderse, hay que hacer uso de la creatividad (mentir, exagerar, extrapolar), para manipular la realidad como arma de protección de arbitrariedades. El comportamiento es socialmente contraproducente, no solo porque atenúa el capital social, si no además porque, para protegerse de tanta tergiversación, el “sistema” optó por solicitar un papeleo excesivo e irracional para obligar al ciudadano, que debería ser considerado inocente (hasta que se demuestre lo contrario) a mostrar que no es culpable, y que, por lo tanto, es acreedor del servicio solicitado. 

México es salvaje porque, aunque a nivel legal, las normas garantizan derechos a todos y todas, en la realidad es la ley del más fuerte la que prevalece. Ni menciono los derechos laborales de empleados a los que se les asegura que se les renovará contratos, pero que al final, sin explicación y en una total falta de transparencia, son sujetos al tratamiento contrario por autoridades que, además, declaran públicamente estar preocupados por la impunidad estructural que acontece en el país. Los ejemplos son infinitos, aplicables a cada instante, a nivel micro y macrosocial. Escuché hace apenas un par de días a una trabajadora confiar a un colega que no recibió pago doble por su trabajo el 25 de diciembre y el 1 de enero, aunque las autoridades citen la Ley Federal del Trabajo para confirmar el pago doble de los días de descanso obligatorio. “Pues ni modo, así son las cosas”, concluyó la empleada en cuestión, quien tampoco planeaba quejarse. ¿Para qué?

Lo que antes me frustraba lo veo ahora con ojos de observador externo. No argumento que México sea “más salvaje” que otros países y, por supuesto, con el tiempo, considero la arbitrariedad tan solo como un rasgo más de un país complejo, que también tiene muchas cualidades. De hecho, mi escala reciente en CDMX me dio la oportunidad de caminar por la Zona Rosa, lo que me recordó lo extraordinariamente agradable que puede ser esa bella ciudad. Pero, como decía un apreciado colega de antaño, desde un punto de vista cultural, una de las características más sobresalientes del México contemporáneo – y también uno de los principales obstáculos al desarrollo – es la “simulación”. Se trata aquí de un tema muy interesante, el cual, sin embargo, dada su importancia, es preferible abordar en algún otro momento. Sin duda lo haré.  

Fernando A. Chinchilla 

Montreal (Canadá), 10 de febrero de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Cambia, todo cambia”

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En el debate sobre los puntos de partida y llegada de las décadas, sigo la matemática, según la cual el conteo inicia en uno y termina en cero. También me ajusto al calendario gregoriano, que cuenta las décadas de la misma forma.  Así, a pesar de algunos precoces que insisten en celebrar el inicio de los nuevos años veinte, debo insistir sobre el hecho que seguimos en la segunda década del siglo XXI, lo cual no nos impide echar un vistazo a los últimos nueve años de historia, a manera de una preparación antecedente a la celebración.

En 2011, sentíamos todavía la resaca de la crisis económica mundial (2008). Tal vez lo peor de los apuros del Euro había ya pasado, pero las secuelas en la arquitectura europea apenas se gestaban (la novela del Brexit era todavía inimaginable). El precio del barril de petróleo superaba los USD 112: era la época de oro de las nomenklaturas de petro-Estados como el angolano y el venezolano, que pudieron continuar endeudándose para alimentar sus redes corporatistas de distribución de rentas. Hoy, el precio del crudo está en USD 67. A pesar de su reciente aumento, producto, entre otros, del nerviosismo generado por el asesinato del general iraní Qassem Soleimani, es difícil imaginar una tendencia sostenible al alza de los combustibles fósiles en medio de una crisis climática como la actual.

A inicios de la década, Snapchat y Google+ son creados, Facebook y Twitter entran en la bolsa de valores, y Facebook compra Instagram. WhatsApp surge y la transmisión por streaming se extiende. Sin la masificación de internet, la generalización de banda ancha y la popularización de los teléfonos inteligentes, el crecimiento en importancia de las redes sociales habría sido imposible. Cierto es que la primavera árabe generó ilusión ante el rol que estas tecnologías podría jugar en la apertura de nuevas rutas de progreso. El desplome de los regímenes autoritarios en Tunes, Egipto, y Libia nutrieron el optimismo. Pero la democratización electrónica instauró un nuevo reino, el de los opinólogos e influencers, que dio paso a las fake news, uno de los peligros más importantes de nuestra época. Hoy, cualquiera puede decir lo que sea, y su opinión vale lo mismo que la de un experto. No existen árbitros en este juego y nadie sabe quien miente, si es que verdad existe.

Un intento de rebelión en Siria nos hizo imaginar la democracia, pero la aventura terminó en un complejo conflicto armado que perdura hoy en día. La muerte de Osama ben Laden permitió tal vez cerrar el trauma abierto una década atrás con el atentado de las Torres Gemelas en New York (2001), pero el Estado Islámico se expandió. La vuelta al poder de los socialistas franceses, la elección de Dilma Rousseff, de Luis Guillermo Solís, y la reciente llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador, fueron hechos esperanzadores, como también lo fueron la reelección de Barack Obama, de Michelle Bachelet, y de Juan Manuel Santos (a quien Colombia le debe la paz que continúa disfrutando). Pero a la vuelta de la esquina esperaba Jair Bolsonaro, al tiempo que irresponsables y demagógicos líderes pentecostales, como Fabricio Alvarado, surgieron por toda América Latina, convirtiéndose en verdaderas amenazas al modernismo como filosofía política. ¿Y qué decir del primer Papa nacido en el continente americano, jesuita además? Francisco inició su pontificado como una auténtica estrella de rock.

Después de 19 meses de guerra comercial, Washington parece dejar de lado su proteccionismo y se apresta a firmar un acuerdo comercial con Pekin. El Papa rebelde ya no electrifica fans; su cotidianeidad es marcada por la gestión burocrática de múltiples escándalos sexuales que no terminan de deslegitimar la institución que representa. Muchos esperamos el milagro que nos salvará de la segunda presidencia de Trump. Y aunque las Greta Thunberg de este mundo han surgido gracias a las redes sociales, hoy son más las preguntas en materia de desinformación social y de deformación política que estas herramientas generan, que las ilusiones que alimentan. Cambia… ¿todo cambia? Tenemos todavía este año para hacer el balance de lo bueno y malo, y para ver qué nos deja esta segunda década del siglo XXI. ¡Feliz 2020!

Fernando A. Chinchilla

Montreal (Canadá), 15 de enero de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Rom-Pom-Pom-Pom 2019”

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Este año me tocó cultivar el espíritu navideño en Luanda, un reto de talla no solo por las actividades laborales que me han mantenido sumergido en Angola durante la segunda mitad del 2019, sino también porque en este continente, la navidad es otro capricho colonial. Inflemos muñecos de nieve para hacer que surjan de la tierra rojiza característica aquí. El plástico resiste a los 35 grados centígrados mejor que la nieve.

Me he quedado con mi mente adulta y, a falta de tiempo para retomar mis ojos de niño, me permito compartir cinco ideas que pasarán probablemente desapercibidas y que, sin embargo, harán que nuestra vida, la de todos, sea mejor.

1. Comprá regalos intercambiables. Si en tu país esa opción no existe, presioná para que las tiendas empiecen a ofrecerlos. Se trata de una modalidad en donde se ofrece una factura sin precio, por lo que es posible darla, permitiendo al receptor intercambiar el regalo. Se evitan así regalos inútiles.

2. En muchos países, comprar artículos de segunda mano ya no es visto negativamente (¿lo fue alguna vez?). Si hay videojuegos, ropa, libros, y cientos de artículos en perfecto estado y a excelente precio, ¿por qué no darles una segunda vida? Lo normal es reciclar, te dirá cualquier abuela. Es el capitalismo desenfrenado de los últimos 30 años que intentó meternos en la cabeza esa idea que comprar, consumir, y botar, para volver a comprar, es normal. La obsolescencia programada ha convertido nuestro planeta en un basurero espacial.

3. Cuando comprés artículos nuevos, privilegiá aquellos de buena calidad, que durarán y que no necesitarán de remplazo o reparación. Este es especialmente cierto para las decoraciones de navidad, las cuales serán más ecológicas si se iluminan con LED. ¿Sabías que ya existen guirlandas solares? Las mismas pueden funcionar hasta por seis horas seguidas. Claro, tal vez en tu país estén todavía a precio prohibitivo. En ese caso, favorece productos que se pueden cargar con corriente. Evitá las pilas, sobre todo en regalos: no todas tus amistades tienen una consciencia ecológica lo suficientemente madura como para tomarse la molestia de reciclar.

4. Envolvé los regalos con papel periódico. Eso es cool, no solo porque es elegante en los nuevos cánones de distinción de la era post-hípster, sino también porque que es antisistema. Según el Wall Street Journal, en 2010 la venta de papel de regalo fue de USD 9.36 billones, más que el PIB combinado de los nueve países africanos más pobres. Se vendieron en aquel momento 333 millones de pies cuadrados de papel de regalo, con lo cual se habrían podido envolver más de 5500 campos de futbol americano. ¿Y todo para que? Para la sorprender durante cinco segundos, romper durante dos… y botar. Absurdo. Y ni me hablés de los lacitos…  Reutilizar el papel de periódicos no solo evitará que toneladas de papel difícilmente reciclable se encuentren en el basurero, sino que es una clara negativa para seguir financiando un negocio inútil que contamina para nada. Sé un rebelde con causa.

5. Finalmente, si es posible, no compres por internet. La huella ecológica de los artículos comprados en línea es considerable, si bien aun hay debate de si es mayor o no que la de comprar en una tienda tradicional. Es cierto que la huella dependerá de las opciones que elijamos: si escogemos, por ejemplo, un envío rápido, o uno que involucre el avión, contaminamos más que con un envío lento; si decidimos cambiar un artículo, contaminamos al comprar, al reenviar, y al recibir de nuevo. Tampoco es lo mismo ir a un centro comercial en carro o en metro o bicicleta. Ojo: en Internet se devuelve un 25-30% de las compras, un porcentaje que solo llega al 6-10% en las tiendas físicas. Compra local, y así dinamizas las microeconomías.

No me parece que lo aquí indicado sea descabellado ni requiera de mucho esfuerzo. Por eso, disfruta tranquilo, pero con consciencia.

¡Feliz navidad!

Fernando A. Chinchilla

Luanda, 16 de diciembre de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Die Wende”

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El 9 de noviembre de 1989 marcó la conciencia colectiva. De la misma forma en que muchos recuerdan el homicidio de John F. Kennedy o el día en que se desplomaron las Torres Gemelas, hace treinta años el mundo dejó de existir. El nueve de noviembre es uno de esos días: caía hace tres décadas lo que algunos llamaron el “Muro de Protección Antifascista”, otros el “Muro de la Vergüenza”, pero que todos conocemos como el “Muro de Berlín”. En Alemania, esta apertura es conocida como die Wende: “El punto de cambio”.

El terremoto simbólico fue estremecedor. En un abrir y cerrar de ojos, dejaron de existir la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA), terminó la Guerra Fría, y el orden bipolar se vistió de anacronismo: instrumentos de cooperación internacional como el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON) o el Tratado de Amistad, Colaboración, y Asistencia Mutua, conocido como el Pacto de Varsovia entraron en vías de extinción, mientras que entidades como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), iniciaron su confuso peregrinaje en el contexto de la post-Guerra Fría.

En el mundo contemporáneo, en donde se ilusiona a tantos con la idea de construir muros, es importante reflexionar sobre el significado de la caída del Muro de Berlín. Al fin y al cabo, al menos nueve muros siguen dividiendo realidades. El muro en la frontera México-estadounidense, un conjunto de vallas de acero y concreto, reforzada por tecnología de última generación, es uno de ellos. Ceuta y Melilla, enclaves españoles, están “protegidas” de esta forma de una latente invasión africana. En Cisjordania, un muro “protege” a los israelitas de los palestinos. Entre Arabia Saudita e Irak, y entre India y Pakistán, existen también muros, para “proteger” al reino saudí y a India, de grupos terroristas. También hay barreras entre Kuwait e Irak, erigidas originalmente para evitar nuevas invasiones iraquíes. En Sahara Occidental, una barrera busca “proteger” Marruecos de los independentistas del Frente Polisario, mientras que, en Chipre, una muralla separa los grecochipriotas (sur) de los turcochipriotas (norte). En fin, Uzbekistán erigió muros en sus fronteras con Afganistán y Tayikistán para impedir la infiltración de radicales islámicos. La lista no es exhaustiva.

Las razones de la caída del Muro de Berlín son complejas, pero al mismo tiempo, simples. Por un lado, existen relaciones de interdependencia en las colectividades humanas imposibles de suprimir. Partir Berlín en dos fue, en el mejor de los casos, “una solución poco elegante”, como lo expresó Kennedy en su momento. Y, si bien es cierto, durante sus 28 años de existencia, el muro frenó la salida de ciudadanos del este hacia el oeste (entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1961, año de su construcción, alrededor de 3.5 millones de alemanes orientales-20% de la población de la RDA-huyó hacia RFA), desde 1963 la realidad social justificó la firma de acuerdos para permitir a berlineses occidentales visitar sus parientes orientales. Segundo, los muros no impiden desplazamientos porque las razones de la movilidad no tienen que ver con los obstáculos para emigrar, sino con crisis humanas o naturales. Los muros desplazan, multiplican y agudizan riesgos, pero no frenan travesías. Así lo demuestran las 5000 fugas hacia occidente que se contabilizaron desde Berlín oriental, 57 de las cuales acontecieron, por cierto, por un túnel de 145 metros cavado en 1964.

El 9 de noviembre de 1989 cayó un muro de 43 km (adicionados de otros 115 kilómetros) y de 3.6 metros de alto. Construirlo costó poco más de USD 9 millones. Destruirlo no costó nada. Los muros existen porque se cree que es más fácil construir sobre el miedo que sembrar (y cosechar) esperanza. Pero eso es no es cierto. Al contrario, aislar, separar, distanciar, es tan difícil, que es preciso construir barreras físicas, para alejar lo que naturalmente convergió. 

Fernando A. Chinchilla 

Luanda, 9 de noviembre de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Marketing político”

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En 1967, cuando el primer ministro Lester B. Pearson anunció su salida del mundo político, Pierre-Elliott Trudeau no vaciló en convertirse en candidato a la dirección del Partido Liberal de Canadá (PLC). En junio de 1968, la matemática electoral le bastó, según las reglas del parlamentarismo canadiense, para formar un gobierno mayoritario. Cuatro años después, en octubre de 1972, su triunfo electoral fue más modesto: el gobierno, minoritario (en esa ocasión solo eligió 109 diputados), tuvo entonces que negociar con los 31 diputados del Nuevo Partido Democrático (NPD) para alcanzar la mayoría necesaria para gobernar. 

Medio siglo después, su hijo repite la historia. Justin Trudeau perdió este 21 de octubre de 2019 la mayoría que había obtenido en 2015. Los resultados del proceso electoral son los siguientes: 157 diputados para el PLC (en la Cámara de los Comunes, la mayoría se alcanza con 170 curules), 121 del Partido Conservador (PC), 24 del NPD, y 32 del Bloque Quebequense (BQ). Trudeau liderará un gobierno minoritario y deberá acercarse a los 24 diputados del NPD para alcanzar una mayoría que le permita gobernar. 

El debilitamiento del liderazgo de Trudeau se debe al ocaso, desde hace mucho tiempo, de la luna miel con el electorado progresista. Aquel joven de retórica inclusiva y cosmopolita, proaborto, en favor de los derechos de la diversidad, campeón del medio ambiente, y amante de los inmigrantes, tiene hoy 47 años, y ya no provoca ilusión. Trudeau es más bien visto como un sofisticado producto de mercadotecnia, que vende programas progresistas en campaña y habla bonito, pero que gobierna a la derecha y se contradice sin cesar. Clama, por ejemplo, luchar por el medio ambiente, pero apoya la expansión del Oleoducto Trans Mountain, que permite trasladar grandes cantidades de petróleo de un lado del país al otro. Alcanzar la independencia de las energías fósiles, asegura, requiere una transición ordenada. 

La expectativa de mejorar la transparencia de la administración pública (al permitir el acceso al poder de un líder joven), también quedó enterrada, en esta ocasión, bajo el affaire SNC-Lavalin. La empresa, acusada de fraude y corrupción, se expone a ser excluida por diez años de todo contrato público. Trudeau habría hecho presiones para evitar un juicio penal, favoreciendo un arreglo extrajudicial, fruto de la cooperación con las autoridades (conducente a una reparación). Conciliar es legal, pero la interferencia del despacho del primer ministro en un asunto que debe ser tratado imparcialmente, es problemático. Trudeau acepta (aunque no comparte) los resultados de una investigación independiente, cuyas conclusiones le son adversas. Aduciendo que una de sus obligaciones es evitar la pérdida de empleos, se niega a disculparse.

En un marco de urgencia climática como el actual, en donde comienzan a aparecer los primeros casos de eco-ansiedad, estrategias paulatinas como las propuestas por el primer ministro parecen, en el mejor de los casos, insuficientes, como lo son sus promesas de transparentar la toma de decisiones políticas. Hoy, el acto de elegir parece consistir en muchos países en ir a votar por el político que se aborrece para asegurarse que no resulte electo el político que se detesta. Por ello, el reto de Trudeau es no decepcionar de nuevo, mostrar que, en Canadá, eso no es cierto, y que más allá del marketing político, hay substancia para convertir las políticas progresistas a las que tanto refiere, en acciones concretas que la ciudadanía tanto reclama. 

La tarea no será fácil. El oeste canadiense, sobre todo las provincias petroleras (Alberta y Saskatchewan), en donde el PLC no logró elegir ni un solo candidato, está furioso. Son cuatro años más de un gobierno que subestima la contribución provincial financiera a la federación al tiempo que los grava con un impuesto a la contaminación y, además, les da lecciones ecológicas. Una alianza con el NPD puede entonces empujar a Trudeau a ser más osado y creativo, a ser más como él pretende ser, pero la elasticidad de la cuerda es limitada y podría reventar. Dos días después del fin del proceso electoral, 26,000 personas han ya firmado una petición en línea para formar una alianza en el oeste para promover la separación de Alberta de Canadá. Se trata del “Wexit”.  

Fernando A. Chinchilla 

Montreal, 23 de octubre de 2019

#ElTalónDeAquiles: “El precio de la paz”

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El anuncio, en agosto de 2019, de “regreso a la guerra” de “Iván Márquez” (Luciano Marín Arango), “Jesús Santrich” (Seuxis Pausias Hernández Solarte) y de “El Paisa” (Hernán Darío Velásquez Saldarriaga), exlíderes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), es una piedra más en el camino de un proceso de paz que no deja de sortear obstáculos. Pero no es sorpresa. Estas deserciones se inscriben en el repetitivo libreto histórico de la violencia colectiva en Colombia.

Desde su llegada al poder, el presidente Duque (2018-22), para muchos un títere del expresidente Uribe (2002-10), uno de los más ilustres enemigos del proceso de paz, negó la existencia histórica de un conflicto sociopolítico en su país. Pocas cosas molestan más a cualquier oposición armada, colombiana o no, que la negación de su existencia. Todavía en agosto de 2019, declaraba Duque a medios internacionales que lo que ha habido en Colombia es “terrorismo contra el Estado”. Y a pesar de que Emilio Archila, Consejero Presidencial para la Estabilización y Reincorporación, señala que la implementación del acuerdo avanza, también es cierto que más de 500 líderes de movimientos sociales y 150 exguerrilleros han sido asesinados desde 2016, año de la firma de los acuerdos de paz. 

Sin embargo, nada de eso es novedad. Al contrario: ese siempre ha sido el precio de la paz en Colombia. Es el precio que tuvo que pagar la Unión Patriótica (izquierda) de 1984 a 2002, cuando más de 4000 líderes civiles, incluyendo dos candidatos presidenciales, alcaldes, concejales, y otros, fueron asesinados. Es el precio para el M-19 (centroizquierda), entre otras guerrillas “pequeñas”, que decidieron desmovilizarse en el periodo 1990-92, y que vieron cómo sus líderes cayeron muertos. Es también la dinámica de la reproducción de la violencia en Colombia, como sucedió con el surgimiento de “bandas emergentes” o “criminales” (BACRIM) luego de la desaparición de las ultraderechistas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en 2003. 

Para Márquez, negociador de las FARC en el proceso que condujo al acuerdo de 2016, somos testigos de la traición por parte de un Estado oligárquico, excluyente, y corrupto, incapaz de impedir los asesinatos políticos de sus ciudadanos. Para los enemigos del proceso, esta es la antesala de posibles alianzas de los disidentes con oscuros personajes como “Jhon 40”, quien se dice, desde 2012, intenta controlar las minas de oro y de coltán en el Amazonas colombiano, y que estaría traficando cocaína, armas, y lavando dinero. Realidades complejas admiten todo tipo interpretaciones, pero para efectos de este análisis, recuérdese que la teoría en resolución de conflictos identifica “saboteadores” de procesos de paz, es decir actores que deciden salirse de una pacificación, o no participar en ella, por diversas razones, entre ellas la incredulidad, el miedo a morir, o, en efecto, a perder las ganancias económicas provenientes del uso de la violencia. 

El máximo líder de las otras FARC, las Fuerzas Alternativas Revolucionaras del Común (nombre escogido por los exguerrilleros desmovilizados al momento de reintegrar la vida civil) “Timochenko” (Rodrigo Londoño), reafirma el “profundo compromiso” con la paz de la mayoría de los exguerrilleros, tesis confirmada por figuras como el expresidente Santos (2010-18) y Miguel Cevallos, Alto Comisionado para la Paz. Hoy, 84% de los 13,049 exguerrilleros registrados en la Oficina del Alto Comisionado para la paz reciben una “asignación mensual” equivalente al 90% del salario mínimo vigente, y aunque solo 18% está ligado a alguno de los 389 proyectos productivos aprobados por las agencias de reintegración, 98% de ellos sueña con tener su propio emprendimiento. Según Gallup, a pesar de que 67% de los colombianos cree que la implementación de los acuerdos es deficiente, el diálogo sigue siendo la mejor opción para el 64%. 

El estudio de los escenarios de postconflictos implica, como punto de partida, evitar meter en el mismo saco ideología, actividades criminales, e intereses económicos. Esto es cierto en cualquier parte del mundo, y lo es también en Colombia. Siendo las FARC un grupo fraccionado, es posible que diversos raciocinios expliquen la salida de unos y otros. El arte del analista está entonces en identificar la lógica detrás del acto de sabotaje, para elaborar políticas que no solo neutralicen el impacto de las deserciones, sino que eliminen sus causas. Se trata de ir más allá de “blindar” un proceso, y de trabajar para quebrar las lógicas estructurales e históricas de reproducción de la violencia, que hacen que el uso de las armas siga siendo una opción válida hoy. De lo contrario, más que testigos de intereses criminales o de traiciones estatales, presenciaremos como se repite, una y otra vez, la historia de desarme y rearme en Colombia. 

Fernando A. Chinchilla 

Luanda (Angola), 15 de septiembre de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Mezcolanzas incoherentes”

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El siglo XXI inició con los atentados terroristas del World Trade Center de Nueva York. Venía de concluir el periodo presidencial de Clinton, época comparable a los años locos, los de la década 1920, conocidos por la expansión del jazz, del charlestón, del tango, la popularidad de Coco Chanel, y la aparición de las minifaldas. Cierto es, en la década 1990 la humanidad presenció terribles cosas, los genocidios en Bosnia y Ruanda entre ellas, pero también es cierto que en los años 1920s surgió el nazismo y las dictaduras de Mussolini, Salazar, y Primo de Rivera. La última década del siglo XX, que corresponde a lo que politólogo estadounidense, Francis Fukuyama, llamó el fin de la historia, es una época en donde triunfó el liberalismo: cayó el Muro de Berlín, la URSS se desplomó, Mandela pasó de ser reo a asumir la presidencia, y la Unión Europea se robusteció. El libre comercio creció, la “democracia” se expandió y el mundo se globalizó.

Pero llegaron los atentados de las torres gemelas, que justificaron lo injustificable: una guerra arbitraria. Los Estados Unidos le mintieron al mundo, los países occidentales se fracturaron, y la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyas misiones de paz, a pesar de sus límites, habían mostrado potencial años atrás, demostró su incapacidad a temperar la ansiedad de las potencias mundiales. Al-Qaeda siguió golpeando, en Bali (2002), Madrid (2004), Londres (2005), Bombay (2006), y en Irak y Afganistán, mientras que el supuesto paladín de la libertad abrió una cárcel en Guantánamo, en donde torturó a sospechosos que nunca tuvieron derecho a defenderse. Años después, surgió el Estado Islámico. Además, en 2008 la voracidad de Wall Street catapultó al mundo a la peor crisis económica después del colapso de 1929. Diez años después del inicio del siglo XXI, el miedo a la violencia irracional, la guerra antiterrorista, y el pesimismo económico, habían enterrado la euforia liberal generada por el fin de la Guerra Fría. La elección de Obama en algo contribuyó a apaciguar las congojas del progreso.

Pero la elección del premier presidente negro de la historia estadounidense quebró la historia. Por un lado, el pensamiento progresista clamó victoria y continuó su agenda multicultural. Los homosexuales tenemos derecho a casarnos y a adoptar. Las mujeres pueden y deben decidir qué hacer con su cuerpo. El racismo es malo. Cuando está enfermo y sin esperanzas de recuperación, todo ser humano tiene derecho a decidir el momento y las condiciones de su muerte. El cambio climático nos lleva a la extinción como especie. Por el otro, el conservadurismo respondió. Los homosexuales somos perversos. Hay que preservar la vida desde el estado fetal. El concepto tradicional de familia está bajo ataque. Todos tenemos derecho a nuestro entorno sin una amenaza extranjera, por lo que se justifica repeler al inmigrante. Es pecado ir contra la potestad de Dios de decidir hasta cuando vivimos, y el cambio climático es una invención de izquierdistas radicales en su desesperada lucha contra el capitalismo. 

En este siglo XXI, caracterizado por una democratización de los púlpitos, todas las opiniones valen lo mismo. Lo subjetivo se convierte en hecho objetivo en un abrir y cerrar de ojos. Nadia verifica fuentes. Y como una mentira se convierte en realidad si se repite mil veces, ya no existe diferencia entre lo real y la ficción. Trump entendió que lo importante no es decir la verdad, sino generar credibilidad, al menos entre un sector de la población. Así, hay gobiernos de “izquierda” apoyados por grupos religiosos de ultraderecha, sindicalistas que olvidaron como proteger a los trabajadores que manipulan a la ciudadanía con falsedades para beneficiar a élites emergentes, y grupos de derecha que respaldan agendas neo-mercantilistas. Lo que para unos son derechos humanos fundamentales, para otros es una ideología de género perversa y peligrosa. Unos juzgan que enfrente hay pretenciosos cosmopolitas mientras que estos creen que los otros son vulgares ignorantes. Hoy, la izquierda defiende el libre mercado y la derecha aboga por la imposición de barreras arancelarias. Y, como la tecnología lo permite, bloqueamos a todos los que piensen diferente, con lo cual el espacio deliberativo se pierde, y con ello la idea del debate democrático. El miedo, la frustración, y el enojo, valen más que la racionalidad. El siglo XXI no es un siglo de progreso. Es un siglo regresivo. Si seguimos así, esta mezcolanza incoherente pronto nos llevará al siglo XIX.

Fernando A. Chinchilla 

Montreal (Canadá), 8 de agosto de 2019

#ElTalónDeAquiles: “La cuesta de Mora”

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La noticia le dio la vuelta al mundo: The New York Times intituló “Costa Rica Education Minister Resigns Under Evangelical Fire for LGBTQ Policy“. La renuncia del Ministro de Educación (MEP), Edgar Mora, el primero de julio, acontece en una compleja coyuntura en Costa Rica caracterizada, entre otros, por una desaceleración económica, una crisis fiscal y una alta movilización social. En ese marco, se libran manifestaciones sociales en las que sindicatos, estudiantes y grupos evangélicos se presentan unidos, movilizados sobre la base de una sólida estrategia de desinformación y de noticias falsas. 

El detonante fue la entrada en vigencia de una reforma fiscal pospuesta por más de veinte años. El primero de julio entró a regir el impuesto al valor agregado (IVA) y una serie de iniciativas que solucionan problemas por años denunciados por los ticos, como la necesidad de contener el gasto público y de identificar evasores fiscales. Pero pagar más impuestos no es popular en ningún país, y ante la estrategia de comunicación del gobierno, que brilló por su ausencia, la reforma fiscal (aprobada en la Asamblea Legislativa desde diciembre de 2018), se convirtió en el blanco de los manifestantes.

Días antes del primero de julio, el sector pesquero se movilizó en contra de la aplicación del IVA a los productos derivados de este sector. La marcha terminó de forma inusitada para un país estable como Costa Rica, cuando Casa Presidencial recibió piedras y un cabo de dinamita. No hubo heridos, pero en la madrugada siguiente una bomba molotov explotó en el despacho de una diputada. Simultáneamente, conductores de camiones de carga bloquearon vías solicitando ayuda en la solución de aspectos económicos como el cobro de impuestos de entrada a Nicaragua por parte de las autoridades del ese país. Cuando el presidente Carlos Alvarado decidió recibirlos, los mismos se enfocaron en solicitar la renuncia del ministro Mora. Como padres de familia, indicó uno de ellos, hay que oponerse al cambio de la doctrina costarricense, cristiana. Más allá de la absurdidad anecdótica, es legítimo preguntarse: ¿Qué tiene que ver el jerarca del MEP con todo esto? 

Un pequeño porcentaje de colegiales también se movilizó, esta vez contra supuestas políticas educativas.  Se instó a no ir a clase el 28 de junio porque se celebraría el Día Mundial del Orgullo LGBTIQ+ en las escuelas. Se pidió el retiro de un proyecto legislativo de “educación dual”, pues condenaría los estudiantes a trabajar por salarios risibles. Se manifestó contra la creación de baños neutros en centros educativos pues revolverían a hombres y mujeres de todas las edades en el mismo baño (y, supongo, al mismo tiempo). La movilización fue también contra las pruebas FARO (creían que dejaban a los graduados sin título) y contra unos drones que el MEP desea adquirir (los cuales serían utilizados para vigilarlos). Cuando el gobierno corrió a aclarar, ya no pudo con el fuego. La cabeza de Mora era un trofeo. No solo había el ministro sobrevivido, a pesar de la cúpula sindical, a una huelga de 93 días en 2018, sino que desde el inicio de su gestión, desafió a sectores ultraconservadores, cuando lanzó comentarios por Twitter sobre el suicidio y se definió como no creyente en un país en donde ser ateo es pecado. La cuesta se le había empinado al ministro Mora desde tiempo atrás.

El gobierno acusó a los manifestantes de generar desinformación. Aún con razón, la respuesta fue tardía. Se indicó que se podía aprovechar, sin ser forzoso, ciertas fechas (el día LGBTIQ+ incluido) para sensibilizar sobre los efectos del bullying. La educación dual permite a jóvenes desarrollar competencias prácticas a partir de conocimientos teóricos, gracias a becas financiadas en parte por el sector privado. Los baños neutros, los que hay en casas de habitación y en los aviones (con la notable excepción de Interjet) son una sugerencia para integrar mejor a los que lo requieran. En vez de comparar conocimientos teóricos, las pruebas FARO diagnostican las competencias adquiridas para luchar contra la estigmatización derivada de la deserción colegial y para modernizar la educación de adultos. En fin, los drones mejoran los programas de agricultura de precisión.

En un mundo de grises, es irresponsable zanjar entre negro y blanco. El pluralismo es intrínseco a la sociedad. Pero la fabricación de noticias falsas en función de intereses opacos que debilitan la democracia como espacio deliberativo, y la aparición de argumentos puritanos en movimientos sociales, es preocupante, pues desnudan el hecho que, en esta defensa de intereses particulares, algunos están dispuestos a torcer hechos, distorsionar debates, acrecentar silencios derivados de muros de incomprensión, caldear ánimos y fabricar realidades. Todo ello para ganar ante un gobierno con poco apoyo legislativo, de comunicación deficiente, y sujeto, con o sin razón, a críticas provenientes de todos lados, incluyendo de las eternamente insatisfechas fuerzas progresistas y de los ilustres liberales que creen que los clivajes del siglo XX – derecha versus izquierda – siguen permeando las dinámicas políticas del siglo XXI. Algunos apenas empiezan a entender que criticar a la centroizquierda desde la centroderecha es un sinsentido en tiempos de ascendencia de extremismos que ponen en duda el contrato social basado en el consenso democrático.

El 2 de julio, el parlamento, ubicado en lo que en San José se conoce como Cuesta de Moras, aprobó una moratoria de tres meses en las sanciones por el incumplimiento de tributación del IVA. Sin embargo, el sector sindical publicó una lista de peticiones en donde se solicita, entre otros, una revisión de la educación para alinearla “a los valores cristianos como parte esencial de la identidad y la familia costarricense”. Y aunque la Asociación de Profesores de Segunda Enseñanza (APSE) desmienta la tesis de la alianza entre sindicalistas y pentecostales sugerida por uno de los periódicos de mayor circulación en Costa Rica, La Nación (que tampoco es santo en materia de sesgo informativo), no deja de llamar la atención el puritanismo en el discurso social. Se oculta aquí un oportunismo del cual ya fue víctima el otrora socialdemócrata Partido Liberación Nacional (PLN), cuando intentó cooptar los valores religiosos para ganar votos en las elecciones de 2018. 

En esta instrumentalización política, es posible que los manipulados crean que la salida de Mora es, en efecto, para salvaguardar al ethos tico de la degeneración generada por el género y su ideología. Pero, si en río revuelto, ganancia de pescadores, es esencial preguntarse: ¿Quiénes son los pescadores y cuales son los dividendos? Porque dudo que los pescadores que manifestaron a finales de junio sean los “ganadores”, y que los estudiantes sean los principales beneficiados de este episodio de movilización social. 

Fernando A. Chinchilla 

Montreal, 7 de julio de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Cocteles peligrosos”

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Este 28 de junio se celebra el “Día Internacional del Orgullo”. Como lo expliqué en 2017, podemos debatir del sentido político de las marchas de la diversidad, y como lo aduje en 2018, los progresos realizados por la comunidad LGBTIQ+ (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero, Queer, o en cuestionamiento) son innegables. Sin embargo, existen problemas que acrecientan su precariedad, entre ellos un oscuro coctel cuyo resultado puede ser la muerte. Considerado por separado, cada ingrediente no presenta un peligro inmediato, con la notable excepción del tercero. Paso a detallar los componentes de la mezcla.

El primero son las redes sociales y los saunas gais, los cuales pueden crear todo tipo de situaciones, pero rara vez la muerte. Vivimos en un mundo de redes sociales en donde muchos, heterosexuales o no, utilizan aplicaciones para conocer nuevas personas, ya sea para tener sexo inmediato o para establecer relaciones afectivas. Mucho se podrá discutir sobre las consecuencias del hecho, pero nada lleva, salvo excepciones, a la muerte prematura. Vivimos también en un mundo en donde, a pesar de los embates contra la tolerancia, se han logrado proteger espacios subculturales de encuentros sexuales propios a la comunidad LGBTIQ+. De nuevo, se puede discrepar sobre su conveniencia, pero más allá de argumentos fundamentalistas, religiosos, puritanos, moralizadores, y otros, lo cierto es que estos espacios siempre existieron, claro, con distintos grados de permisividad y de represión según las épocas y las culturas.  

El segundo ingrediente del coctel es la profilaxis preexposición (PrEP), uno de los avances científicos recientes más notables, pues logró convertir al VIH, una sentencia de muerte, en enfermedad crónica. Pero la PrEP también mandó el condón al olvido. Subsecuentemente, se registra un aumento de otras enfermedades sexualmente transmisibles. Y aunque la PrEP no protege al 100% del VIH y que nuevas cepas de virus son más resistentes a los antibióticos (ver el caso de la gonorrea), es innegable que, por el momento, los virus contraídos por los usuarios de la PrEP, tienen cura. Ahora bien, si se une el olvido del condón al acceso instantáneo a sexo por medio de aplicaciones, es fácil observar cómo crecen las probabilidades de contagios sexualmente transmisibles. El sexo seguro ya no está a la moda pues el VIH ya no genera miedo.

El tercer elemento del coctel es el Chemsex o PnP (party & play), cuyo principio es tener sexo bajo la influencia de drogas químicas. En este universo, el cual es decididamente mucho más peligroso que los anteriores, las metanfetaminas, mejor conocidas como Crystal Meth, pero que usualmente se mezclan con ácido gramma-hidroxibutírico (GHB), o “droga de la violación”, ocupan un espacio central. Aunque el Crystal, una droga altamente adictiva (puede ser hasta 1000% más fuerte que la cocaína), afecta a todos los grupos y estratos sociales, parece estar particularmente asociada a la comunidad LGBTIQ+. Según el Instituto nacional de salud pública de Quebec (INSPQ), 8,3% de los hombres que tienen sexo con otros hombres que participaron a una encuesta de salud sexual en diciembre de 2018, dijo haber consumido Crystal al menos una vez en los últimos seis meses. La desinhibición y, con ella las conductas sexuales más riesgosas, son el común denominador. 

Súmese la errónea percepción que estas drogas son recreativas, la sensación de invulnerabilidad ante el VIH (proporcionada por la PrEP), y el fácil acceso al sexo por medio de las aplicaciones, y se obtiene un coctel sumamente peligroso con el todos y todas, pero en especial la subcultura LGBTIQ+, debemos lidiar. Acepto que mi análisis es rápido, superficial, y que cada uno de estos elementos merece un espacio amplio para una reflexión profunda y detallada. Mi punto es el siguiente: en este mes del orgullo gay, se celebran las luchas dignas y solidarias de esta comunidad. Hay lugar para la gratitud y la celebración, pero debemos recordar el camino que queda por hacer para preservar ese orgullo tan difícilmente ganado y para asegurar nuestra supervivencia individual. Hoy, miembros de esta comunidad mueren como resultado de este coctel, y por ello, la lucha debe continuar. 

Fernando A. Chinchilla 

Montreal (Canadá), 11 de junio de 2019

#ElTalónDeAquiles: “Alan”

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“Alan”. Así de simple. Ese fue el nombre con el cual Alan Gabriel Ludwig García Pérez, mejor conocido como Alan García, se presentó en las elecciones peruanas de 2006, las cuales terminaron con una victoria que le permitió asumir, por segunda vez (la primera fue de 1985 a 1990), la Presidencia de la República 2006-11. Hoy, Alan se ha convertido en el segundo Jefe de Estado peruano en suicidarse (luego de Gustavo Jiménez, en 1933). 

La primera vez que escuché el nombre “Alan García” fue a mediados de la década 1980, cuando este discípulo de Víctor Raúl Haya de la Torre llevó al poder por primera vez a la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), un partido de centroizquierda fundado en 1924. García había sido diputado constituyente (1978-79) y diputado (1980-85), pero su figura obtuvo alcance latinoamericano cuando su discurso joven, radical, y antiimperialista, le dio, a sus 36 años, la Presidencia de la República. 

Al inicio de su gobierno, los salarios crecieron, las tasas de interés se redujeron, y el tipo de cambio, así como la inflación, se mantuvieron bajo control. Pero la bonanza económica terminó. Las emisiones inorgánicas de moneda, su rebeldía al Fondo Monetario Internacional (FMI), y el hecho de limitar el pago de la deuda externa al 10% de los ingresos obtenidos por las exportaciones, hicieron estallar la crisis económica. En 1989, la hiperinflación llegó al 2775%. Además, en esa época se recrudeció el conflicto armado interno. No solo creció la violencia de grupos armados como Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), sino que también lo hicieron las violaciones a los derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas. Con un legado como ese, era imposible pensar en una segunda oportunidad. 

Y por eso, el segundo Alan, el que asumió en 2006, me sorprendió. Si algo se demostró en esa ocasión es que en América Latina los cadáveres políticos no existen. Bien por Alan. Pero también es cierto que su segundo gobierno se definió por el mismo neoliberalismo implantado a partir de 1990. Los tratados de libre comercio y la política de austeridad fiscal propulsados por este dinosaurio político sepultaron al joven izquierdista de retórica explosiva. Y así, el único denominador común de sus dos gobiernos fue las denuncias de corrupción. En 1991 el parlamento debatió la posibilidad de encausarlo por eventual enriquecimiento ilícito. Y en 2013 se creó una comisión para investigar presuntas irregularidades acontecidas durante su segundo gobierno. Si no fuera porque en 2001 la Corte Suprema declaró prescritos los delitos presuntamente cometidos durante su primer mandato, no hubiera podido resucitar.   

La última vez que escuché mencionar a Alan fue el 17 de abril de 2019, cuando me enteré de su suicidio. A punto de ser arrestado por asuntos relacionados al caso Odebrecht, una empresa constructora brasileña que habría incurrido en actividades ilícitas (cohecho, colusión, y tráfico de influencias) para obtener licitaciones de obra pública, Alan decidió dispararse. Claro, García no es el único político latinoamericano salpicado por el escándalo. Tan solo en Perú, el expresidente Alejandro Toledo (2001-06) se encuentra prófugo, Ollanta Humala (2011-16) estuvo nueve meses en prisión preventiva, y Pedro Pablo Kuczynski (2016-18) purga una pena de 36 meses de detención domiciliaria por supuesto lavado de activos. Si Alan hubiese sido aprendido, y sin tomar en cuenta a Alberto Fujimori (Jefe de Estado 1990-2000 quien fue sentenciado en 2009 a 25 años de presión por delitos de represión) habría sido posible afirmar que todos los presidentes de Perú de los últimos veinte años han tenido problemas legales debido a la corrupción. 

Pero hoy el orador decidió unirse, por razones muy diferentes, a una lista de Jefes de Estado latinoamericanos que han terminado trágicamente sus días, entre ellos Getulio Vargas (Brasil, 1954) y Salvador Allende (Chile, 1973). Alan, quien siempre supo utilizar el poder de las palabras, se quedó mudo. Y esta vez, no resucitará. 

Fernando A. Chinchilla 

Montreal (Canadá), 2 de mayo de 2019