#HojaDeRuta: “La ilusión del desarrollo”

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-La ilusión no se come -dijo ella. -No se come, pero alimenta -replicó el Coronel

-Gabriel García Márquez, El Coronel no tiene quién le escriba

Medirle el pulso a una sociedad nunca es cosa fácil. Sea por vía cualitativa o cuantitativa, los resultados siempre tendrán un cierto grado de subjetividad, y por supuesto, múltiples interpretaciones.

Recién participé en un panel organizado por Cómo Vamos Nuevo León para analizar la más reciente edición de la encuesta de percepción ciudadana Así Vamos, publicada por la plataforma y realizada por la Facultad de Economía de la UANL. 

Al reflexionar sobre la información, llegué a la conclusión de que en Monterrey vivimos una suerte de ilusión del bienestar: estamos mejor en prácticamente cualquier medición respecto a los promedios nacionales, pero eso no significa necesariamente que las personas vivan bien.

Ampliemos: los datos brindan una peculiar fotografía de la Zona Metropolitana de Monterrey dividida en las temáticas de desarrollo social y económico; desarrollo sustentable; seguridad y justicia; gobierno eficiente y confiable, y los principales problemas del gobierno.

De entrada, resulta sorprendente que en un contexto de aumento de la gasolina, encarecimiento de la canasta básica y subida del dólar, la mayoría de la ciudadanía manifieste optimismo respecto a su futuro económico. Sin embargo, el 50% de los hogares encuestados vive con menos de 10,000 pesos al mes.

En un hogar se consideran en promedio cuatro personas y, de acuerdo al costo de la canasta básica calculado por CONEVAL, en zona urbana se requieren poco más de 11,000 pesos por hogar para cubrir lo mínimo indispensable. Este es un promedio nacional, que no considera que el costo de vida cambia por ciudad, y que la nuestra es una de las más caras del país.

Lo anterior es un hallazgo que exige, antes que análisis, concientización: cuando menos la mitad de los habitantes de la ciudad viven al día y ganan menos de lo necesario para adquirir lo esencial. Un dato adicional para darle dimensión es que hace 30 años, la canasta básica costaba cinco horas de trabajo de salario mínimo; actualmente se requieren más de veinticuatro.

Sacuden también los datos de movilidad: en promedio los viajes en auto son de una hora, y en transporte público, de hora y cincuenta minutos. La mitad de las personas en la ciudad se mueven en auto. En ciertos municipios como García y Santa Catarina el tiempo que los usuarios tienen que pasar en el transporte público raya en lo inhumano. En materia de medio ambiente, el principal problema percibido es la mala calidad del aire.

De lo anterior podemos desprender interpretaciones preliminares: Monterrey es una ciudad construida desde la perspectiva de las élites para las necesidades de éstas, con desdén hacia el bienestar colectivo. Naturalmente, las mayorías aspiran a emular la vida de las élites: tener auto, vivir en ciertos lugares, asistir a otros.

¿Cómo culpar a alguien de querer comprar un auto si se reduce a la mitad el tiempo de sus viajes, y el transporte público no es una opción asequible, eficiente y atractiva?

Esto genera un círculo vicioso: una ciudad diseñada para los autos, que son la principal causa de emisiones contaminantes, donde quienes tienen auto no están dispuestos a reconocer su responsabilidad en la mala calidad del aire, con un sistema de transporte público absurdamente controlado por privados a pesar de su evidente ineficiencia.

Lo anterior abre un evidente espacio para la demagogia: evidentemente se requiere reducir el uso del auto, pero las promesas de campaña mataron la tenencia (en todos los países desarrollados tener auto es un privilegio que acarrea un costo por la infraestructura y su huella de carbono). También está el caso de la verificación, que bajo el argumento de añejas corruptelas de anteriores intentos, se rechaza, o se plantea el absurdo de que sea “gratuita”, pero la autoridad tendría que absorber su costo ¿y de dónde salen los recursos de la autoridad?

Muchos de los datos de la encuesta llevan a cuestionar la imagen de bienestar que tiene la entidad y nuestra ciudad. Por supuesto que hay mayor actividad económica, emprendimiento, salarios más altos. Pero eso no se traduce necesariamente en calidad de vida generalizada. Si algo cruza los diversos temas contenidos en la encuesta es la desigualdad y división de clases que impera en nuestra sociedad.

Que Nuevo León sea el mejor en la mayoría de las variables de desarrollo a nivel nacional, no necesariamente significa que la gente esté bien, sino muchas veces que la distancia entre unos y otros es mucha, la desigualdad impera. A veces las élites pueden caer en la ceguera de taller, o como decía un entrañable profesor: “no es que el mundo sea chico, es que la burguesía es poca”.

#HojaDeRuta: “Elegía para J.M.”

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Tenías nombre. Tenías cuerpo. Aunque nadie la oyera, tuviste voz. Rostro de carboncillo: tus ojos tristes a lápiz fueron lo único que alcanzó a llegarnos. Retrato hablado de quien no pudo hablar.

Estuviste siete años en este mundo. Siete. Inimaginable lo largos que fueron hasta que tu débil cuerpecillo terminó seco y débil como la yerba amarilla del árido final.

Cada uno de los golpes que anidaron en tu inocencia me sacude de vergüenza y rabia por el país que somos. Un país que no supo cuidar tu brillo, donde a nadie le importó tu derecho a reír, abrazar, escuchar el mar. Ahora dicen que venías de Tamaulipas ¿alguna vez habrás sentido la arena en tus pies? No sé, pero imagino que aún en medio de tanta sombra, encontraste ratitos de candor, aunque se hayan perdido como las centellas de una fogata que flotan hacia la noche.

Ya pocas cosas que tengan que ver con morirse violentamente llaman la atención, pero tu partida no pasó desapercibida. Fuiste portada de diarios en incontables ciudades, ocupaste largos minutos en la imagen de los televisores, brotabas en las líneas temporales de las redes. Todo para preguntar lo que ya no podías responder: ¿quién eras?

Nadie preguntó si te gustaba la leche con chocolate, si preferías ser portero en las cascaritas de tu barrio o te emocionaban los cuentos. Tampoco si ya soñabas con ser bombero o, cuando menos, escaparte del tormento y tener espacio para hacer de tus sueños lo mínimo que debían ser: las ganas de una vida mejor.

Hoy vi un comercial que promocionaba una nueva serie de un canal de tele inglés. Imagínate: dos hombres y una mujer expertos en arte recorrieron 31 países del mundo para apreciar obras de todo tipo y tiempo, tejidas por un hilo común que nos une: la necesidad humana de crear. Me hubiera encantado que la vieras. Que cuando menos así viajaras entre exquisitos tallados africanos, hermosas geometrías árabes, alegres colores latinoamericanos. Seguro te estoy confundiendo, pero lo que quiero decirte es que tenías derecho a toda esa belleza: sentirla, apreciarla y después crear la propia.

En cambio eres un universo al que de pronto le cerraron la cortina, como la hora de dormir en un rancho cuando uno quería seguir viendo las estrellas ¿se veían muchas desde tu casa? Espero que hayas tenido algunas noches tranquilas donde pudiste disfrutarlas antes de que nos enterásemos de que existías porque un transeúnte miró tu mano pequeña ya sin vida.

Entonces te rodearon sirenas, uniformes, cintas amarillas, cámaras. Llegaron tarde para lo que importaba, que era tu vida, como tantas cosas a las que llegamos tarde últimamente.

Hace ya muchos años, un señor que escribía muy bien puso en un papel: “Según parece ya nos viene de a derecho la de malas. Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto. Nada de eso. Desde que el mundo es mundo hemos andado con el ombligo pegado al espinazo y agarrándonos del viento con las uñas. Se nos regatea hasta la sombra, y a pesar de todo así seguimos: medio aturdidos por el maldecido sol que nos cunde a diario a despedazos, siempre con la misma jeringa, como si quisiera revivir más el rescoldo. Aunque bien sabemos que ni ardiendo en brasas se nos prenderá la suerte”.

Chamaco: lo tuyo es parecido. Tenemos tanta gente pobre que acabamos por volverlos fantasmas. Rencores vivos, diría ese señor del que te contaba. Se llamaba Juan.

No pasará mucho antes que se olvide tu pelo crespo y rostro a blanco y negro. Hoy, J.M.E.T., no encuentro otra cosa que decirte más que pronuncio tu nombre, lo escribo y reconozco que exististe. Que fuiste niño mexicano, que tenías derecho a todo, aunque todo te fuese negado. Que todo daño hecho a tu pequeñez debería rompernos el alma. Ciertamente jode la mía. Que tu tragedia no es tuya nada más, sino que viene de un largo camino de pobres.

Lo escribió mejor el señor Juan, ese que te decía hace rato: “el mundo está inundado de gente como nosotros, de mucha gente como nosotros. Y alguien tiene que oírnos, alguien y algunos más, aunque les revienten o reboten nuestros gritos”.

J.M.: aunque la voz se te apagó, yo te hubiese querido oír.

(Dedicado a la memoria de J.M., niño asesinado que fue encontrado el martes 30 de enero en un baldío de la colonia La Alianza, en Monterrey) 

#HojaDeRuta: “Meade y los pobres”

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México es un país medio pobre, literalmente. Básicamente la mitad de los habitantes viven -o mejor dicho, sobreviven- en esa condición. Revisar las cifras desconsuela: de acuerdo al  Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), entre 1992 y 2014 la tasa de pobreza alimentaria se mantuvo prácticamente igual.

Por más de veinte años, poco más del 20 por ciento de los mexicanos ha padecido hambre. Lo mismo ocurre en términos de pobreza patrimonial, pues durante el periodo mencionado, el 53 por ciento de la ciudadanía la ha padecido. Encontrar exactamente la misma cifra en ese indicador en 1992 y 2014 resulta escalofriante.

Durante 2016 los reportes del INEGI y Coneval anunciaron una leve disminución de la pobreza, que se atribuyó a bajas tasas de inflación y a la homologación del salario mínimo a nivel nacional durante el periodo en que fueron recogidos los datos. A esto hay que sumar la polémica entre INEGI y Coneval que se dio durante 2016 por los cambios en la metodología de medición de la pobreza, que merecieron duras críticas de voces que sospecharon un intento de “borrar” pobres.

La pequeña reducción de la pobreza observada recientemente ha sido tomada con escepticismo por organismos como el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (Ceesp), órgano asesor del Consejo Coordinador Empresarial. Apenas el pasado septiembre, el Ceesp señaló que, de seguir el razonamiento de la reciente mejora, es probable que los niveles de pobreza hayan aumentado en 2017 y probablemente lo hagan en 2018, dado el repunte de la inflación, que llegó a 6.6 por ciento el pasado agosto, la tasa más alta en 16 años. Lógicamente, señalan, esto afectará el poder adquisitivo de las familias.

En el marco de la elección presidencial que se avecina, llama la atención que el precandidato del PRI, José Antonio Meade, ha formado parte del gobierno federal prácticamente durante el mismo periodo en que Coneval tiene disponibles mediciones de pobreza (1992 – 2014).

En este ámbito destacan, naturalmente, sus dos participaciones como Secretario de Hacienda y su periodo al frente de la Secretaría de Desarrollo Social. Aunque sería absurdo cargar todos los males del país a la figura del pre-candidato tricolor, la problemática trasciende su desempeño personal: Meade ha sido parte del elenco principal de un sistema que no ha parado de generar pobres y aumentar desigualdades.

Su figura simboliza una ideología que involucra una concepción particular de la economía, la política pública y el Estado mismo. La continuidad de este sistema no es una condición de su candidatura: es su candidatura.

El escenario no mejorará para el candidato oficial. La Organización Internacional del Trabajo recién anunció que durante 2018 la tasa de desempleo crecerá y habrá más personas con empleo vulnerable en el país. La realidad, necia como es, se impone.

Meade está atrapado en un laberinto cuya salida resulta casi imposible, pues no podrá renegar de un pasado que contribuyó a forjar, ni podría plantear mayores innovaciones, porque las preguntas obvias estallarían: ¿por qué no lo dijo, por qué no lo hizo eso cuando estuvo ahí?

Toda elección parte de la tensión entre continuidad y cambio. El problema del PRI es que esa tensión vive dentro del propio precandidato, y nadie puede escapar de sí mismo.

#HojaDeRuta: “Trump: ¿inmune al escándalo?”

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Al norte de la frontera la presión se acrecienta para la Casa Blanca de Donald Trump. En unas cuantas semanas, el libro “Fire and Fury” se ha vuelto la comidilla política en aquél país; se dio un rompimiento total con Stephen Bannon, quien fuera el artífice de la estrategia de ultraderecha que cimentó la victoria del magnate; el propio Bannon se ha visto obligado a declarar en la investigación sobre la intromisión rusa en las elecciones norteamericanas; el general John Kelly, Jefe de Gabinete de la Casa Blanca y la única figura que ha puesto un poco de orden al aparente manicomio que significa la administración de Trump, acaba de reconocer que México no pagará por el muro fronterizo, agregando que hay posibilidades de que los jóvenes “dreamers” indocumentados permanezcan en EEUU.

En medio del vendaval, un nuevo escándalo aparece: la relación extramarital de Donald con la actriz porno Stormy Daniels durante 2006. El silencio de la actriz habría sido comprado por los abogados de Trump por la friolera de 130,000 dólares.

Un análisis del caso en el Washington Post tiene como encabezado: “La nota de Stormy Daniels es un recordatorio de la inmunidad de Trump ante los escándalos tradicionales”. Ahí se afirma que al menos seis medios (sí, seis) conocían de la relación extra-marital de Trump con la estrella de filmes para adultos desde la campaña presidencial, y ninguno decidió publicarla.

Algunos porque Daniels no estaba dispuesta a salir en público, otros porque no pudieron confirmar la existencia del “Non-disclosure agreement” que le prohibía a la actriz declaraciones públicas. Pero Slate tuvo una razón más pragmática: en las semanas finales de la campaña Trump enfrentaba múltiples acusaciones de abuso sexual, y creyeron que la nota se perdería.

Para los estándares norteamericanos, es casi absurdo el razonamiento, pues los escándalos de índole moral -y particularmente, los maritales- suelen ser de tal impacto que dañan gravemente o incluso aniquilan la carrera de políticos.

Esta “inmunidad” de Trump a los escándalos ha sido una de las principales características de su inusual vida política. Un cambio tan abrupto de estándares obliga al análisis: ¿Se redefinieron los límites de lo permisible? ¿Es Trump, su estilo y lo que representa lo que los está redefiniendo? ¿Aplica solo para su figura o será un fenómeno cada vez más común?

Hace algunas semanas, Carlos Maza propuso en su videocolumna de Vox una explicación: la ventana de Overton. También llamada “La ventana discursiva”, es una teoría de ciencia política que busca explicar el rango de ideas que son toleradas en el discurso público.

La ventana define los grados de aceptación pública de las ideas como: política pública; popular; sensible; aceptable; radical e impensable. En este sentido, la estrategia política en términos discursivos indica que si el discurso público empieza a poblarse con ideas radicales e impensables, la ventana de lo que consideramos “normal” comienza a desplazarse.

Por ejemplo, quizá México no pague por el muro, pero la aberrante idea de su construcción ya se ha repetido hasta el cansancio, de manera que su realización dejó de ser una locura y se ve cada vez más como algo creíble y probable. Lo mismo podría decirse del comportamiento nefasto y sexista de Trump: se conduce con tal desfachatez soportado en la idea de la supremacía racial y el privilegio económico, que su presunción de abusar de mujeres y largo historial de misoginia hagan que un affair con una actriz porno no derrumbe su presidencia, cuando podría haber sido equivalente al caso Lewinsky.

Es innegable que la ventana discursiva se ha desplazado hasta extremos preocupantes, pero esto no significa que Trump sea inmune a todo, ni que pueda mantener un ritmo de escándalo tras escándalo político durante toda su gestión.

“Una cosa es hacer campaña y otra es gobernar. Es muy difícil”, declaró John Kelly en una entrevista reciente, reconociendo tácitamente que aunque su presidente siga en campaña, el desgaste de cada error, desvergüenza y alboroto que sucede alrededor de Trump tienen su costo. Al cabo del tiempo, la gota de agua agujera la piedra. Veremos.

#HojaDeRuta: “El bodrio”

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“O ya no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo” – Carlos Monsiváis.

Es tal la francachela que se trae la clase política que resulta difícil digerirla, ya no digamos explicarla. La mezcolanza de perfiles y colores es tal que si la política nacional fuera un óleo, sería autoría de Jackson Pollock.

Llama la atención que tal cantidad de movimientos y cambios de estandarte no obedezca a nuevas corrientes ideológicas, grandes agendas o rupturas de raíz programática. Todo lo contrario, cual documental de National Geographic o BBC Earth, asistimos al espectáculo que brinda el instinto más primal de todos: la supervivencia.

¿No me quiere melón? Me voy con sandía ¿Sandía se cansó de mí? Me hago fruta independiente. Si no fuera porque vivimos sus estragos a flor de piel, de pronto parecería que sistema político vive y opera desde una realidad alterna a la del resto de los tripulantes del navío mexicano.

Las fuerzas políticas tienen como prioridad máxima la supervivencia, sí, pero no a secas. Lo que se busca es el mantenimiento del control y privilegios por largo tiempo amasados. Es lógico que todo poder establecido busque perpetuarse, pero se supone que en las repúblicas democráticas esto se hace asumiendo que la soberanía popular es la fuente del poder público y que el juego se da con base en leyes y reglas definidas e instituciones funcionales.

El curioso caso mexicano, como lo ha explicado Lorenzo Meyer, amalgama dos conceptos que son por naturaleza contradictorios: vivimos en una democracia autoritaria. Existen leyes, pero reina la impunidad. Existen instituciones, pero obedecen más a los poderes establecidos que al interés público. Existen elecciones, pero carecen de confianza.

Este escenario lleva a una doctrina política -si es que así pudiera llamársele- a imperar sobre el resto: el pragmatismo. O por el contrario, pudiera ser que el pragmatismo al que asistimos significa precisamente el fin de las doctrinas: como lo importante es sobrevivir, sale sobrando cómo se logre.

Cuando el genial Groucho Marx se presentaba decía: “Estos son mis principios, y si no le gustan…pues tengo otros”. Solo así puede entenderse que conservadores lleguen sin mayor reparo a un partido (en el papel) socialdemócrata que supuestamente enarbola las ideas que principio repudian. Solo así puede explicarse que militantes de toda una vida brinquen con soltura a la independencia. Solo así puede concebirse una alianza entre izquierdas y derecha sin un atisbo programático, sin mayor debate de por medio.

Tampoco descubrimos el hilo negro. En la ciencia política se habla desde hace tiempo de la teoría del gremio: en sus horas bajas, la clase política tiene más en común entre sí que con la ciudadanía a la que supuestamente representa.

Contaba Elena Poniatowska que cada que el Monsi terminaba un libro, le decía jugando que le iba a mandar su “bodrio”, a ver qué le parecía. Un bodrio, además de significar una cosa mal hecha, desordenada o de mal gusto, es “un caldo con algunas sobras de sopa, mendrugos, verduras y legumbres que de ordinario se daba a los pobres en las porterías de algunos conventos…un guiso mal aderezado”. Eso explicaría el por qué varios de los recientes sucesos de la vida nacional provocan malestar estomacal.

gilberto@altiusconsultores.com

#HojaDeRuta: “Arquitectura forense: de la verdad a la mentira histórica”

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“Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse, tendrá que pasar al ataque”

-Bertol Brecht.

Acudí al MUAC (Museo Universitario de Arte Contemporáneo) atraído por conocer los misterios del azul de Yves Klein y su propuesta de una estética del vacío. Su azul (IKB o International Klein Blue) no decepciona: una simétrica piscina del pigmento en polvo se convierte automáticamente en una pieza al desplegarse en la sala del museo. Hay placer y misterio al perderse en ese azul.

Sin embargo, el impacto vino por una vía inesperada al pasar a una pequeña sala adyacente: una exposición dedicada a Forensic Architecture (FA): “un colectivo multidisciplinar integrado por arquitectos, artistas, activistas, científicos, abogados y cineastas que reúne archivos probatorios sobre los conflictos contemporáneos a la par de crear nuevas metodologías de análisis en una serie de trabajos sobre las vulneraciones de los derechos humanos”, según la descripción ofrecida en la página oficial del Museo ubicado en la UNAM.

El colectivo trabaja para evidenciar la violencia de Estado confrontando hechos con relatos oficiales. Es un esfuerzo dedicado a desafiar las versiones establecidas desde el poder. La parte innovadora, se afirma, resulta del uso de la arquitectura como disciplina para investigar conflictos armados y la destrucción medioambiental. Para lograrlo, los integrantes utilizan maquetas, análisis de videos, nuevas tecnologías y cartografías interactivas.

La palabra “forense” en sí misma resulta esclarecedora, pues su etimología proviene del latín “forensis”, que la RAE define como lo perteneciente al foro, y por tanto, a lo público. La palabra también se utiliza para referirse a las pruebas y técnicas utilizadas para detectar evidencias de un crimen. En este sentido, la arquitectura forense resulta una herramienta multidisciplinaria para llevar a la luz pública la realidad de crímenes de gran escala cometidos en todo el globo, con la particularidad de expresar la evidencia de diversas formas gráficas.

El grupo ha analizado casos como los ataques de drones norteamericanos en la frontera entre Pakistán y Afganistán; la cárcel de torturas siria de Saydnaya; la batalla de Rafah en la franja de Gaza y, recientemente, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

El ejercicio no es museístico,  sino activista por naturaleza. El trabajo del colectivo Forensic Architecture ha sido tomado en cuenta en cortes internacionales, comisiones de la verdad, medios de comunicación y espacios especializados en derechos humanos en diversas partes del orbe.

En su sitio oficial, se explica que el trabajo “El Caso De Ayotzinapa: Una Cartografía De La Violencia” fue comisionado y llevado a cabo en colaboración con el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh) para las familias de los 43 estudiantes desaparecidos, los heridos y asesinados de Ayotzinapa. A través de un análisis en video y modelos interactivos, FA contrasta las diversas narrativas, reconstruyendo los hechos a través de la evidencia disponible.

Vivimos en un país acostumbrado a ocultar el pasado negro. Rara vez optamos por el reconocimiento y reconciliación. “Verdad y memoria” suele ser la consigna de quienes cuestionan la historia oficial buscando justicia. Cada cual podrá formarse su opinión al enfrentarse al trabajo de Forensic Architecture, baste decir que resulta difícil permanecer indiferente.

Una infografía monumental que detalla los hechos es la pieza central de la exposición. En ella hay múltiples líneas que representan las diversas narrativas y actores. La correspondiente al gobierno federal es de color negro, y lleva estampada una leyenda: “mentira histórica”.

(Puede consultar “El Caso De Ayotzinapa: Una Cartografía De La Violencia” aquí: http://www.plataforma-ayotzinapa.org/)

#HojaDeRuta: “El Balompié se cuece aparte”

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Defenderle no es necesario: existe, arrastra, apasiona. En los últimos días, la pelota se apropió de incontables páginas, pantallas, charlas y deseos. Se haya experimentado gusto, rechazo o indiferencia, nadie pudo escapar de la sombra del evento deportivo más importante en la historia de la ciudad.

En una época donde la cultura es consumo y la maquinaria depende de la insatisfacción permanente, hay momentos sublimes que escapan a cualquier factura: Valencia picando la caprichosa que hizo lenta y bella elipse hasta acariciar la red rival. El ecuatoriano se atrevió a marcar un penal con la máxima humillación posible: cobrar a lo “Panenka”. Galeano escribió que son precisamente los rebeldes y su magia los que desaparecen -así sea por preciosos segundos- los grilletes comerciales y se enmarcan en la estética.

¿Qué es un golazo sino belleza inesperada? El deporte tiene una liga especial con los procesos sociales: desde la victoria de un hombre negro que humilló a la Alemania nazi en su propio terruño, hasta pintar de rosa uniformes y balones para promover la prevención del cáncer de mama.

El deporte es emoción: tenemos el mismo derecho a emocionarnos con una pirueta de Nadia Comaneci que con un batazo de Sammy Sosa o el gancho al hígado de Julio César Chávez. Pero por alguna razón curiosa, el balompié se cuece aparte. Será porque es democrático: cualquier calle o cualquier patio escolar se volvían cancha, piedras o mochilas los largueros, cinta enredada o un envase vacío lleno de basura hacían las veces de balón. La pelota divierte a raudales, pero también roba el corazón. Espectáculo y sentimiento, sentimiento y espectáculo. Decía Benedetti que un estadio vacío es un esqueleto de multitud. Por eso no extraña que medio millón de personas hayan tomado el espacio público para gritar su amor amarillo.

No tiene mucho caso entrar a discutir la usual queja de “ojalá así se manifestaran contra el gobierno”, porque habría que anteponer un importante número de quejas a esa: ojalá todas las personas tuvieran nutrición suficiente, educación formadora, trabajo decente, espacios de convivencia. Centrar los males del mundo en la pelota sería tan injusto como reclamar que se baile cumbia: sería negar el derecho a la alegría.

Este clásico nos dio la oportunidad de disfrutar la pasión deportiva y, al mismo tiempo, demostrarnos que podemos hacerlo sin agresiones de por medio. ¿Qué vale un campeonato? Nada…todo. Es algo que cada cual hace suyo sin tenerlo, es un orgullo masivo, una sonrisa grabada en el tiempo. La U de Nuevo León se ha convertido en un modelo exitoso de gestión deportiva en uno de los ámbitos más cruelmente globalizados que existen. Y al mismo tiempo, una fuente de goce para los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho.

Cualquiera tiene lugar en un grito de gol. Así sea viendo los colores de Monet, escuchando la trompeta de Chet Baker o vibrando con las imágenes de Iñárritu, tenemos derecho a disfrutar de aquello que nos provoca y apasiona. Tenemos derecho a la alegría. Y a mí, a lo largo de la vida, ser de Tigres me ha hecho sentir.

 

#HojaDeRuta: “Lo “vintage” de las ideologías”

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Hablar de ideología suena anticuado, trasnochado, y, en el mejor de los casos: “vintage”, aquello a lo que se tiene aprecio -admiración, incluso- en el presente, pero es intrínsecamente perteneciente al pasado. Yo no estoy tan seguro. El jueves, el congreso de Nuevo León se vanaglorió de aprobar una reforma al Código Civil para prohibir el matrimonio infantil. Más que aplaudir la reforma, habría que reflexionar cómo era posible que tal aberración siguiera existiendo.

Pero hay otro tema relacionado al matrimonio que está pendiente debatir en el estado: el de personas del mismo sexo. Ahí sí, los mariachis callaron. En estos tiempos en que se cree (o se quiere hacer creer) que la ideología es cosa del pasado, pareciera que las fuerzas políticas tradicionales tienen muy presente que prefieren congelar el asunto, a correr el riesgo de “ofender” a los votantes conservadores.

En las relaciones sociales la ideología es similar al viento: aunque no la veamos, está presente, y hay momentos en que se hace sentir. En política, pocas técnicas tan efectivas como el cansancio: dejar que el tiempo pase, que los temas se enfríen ¿de qué otra manera podría explicarse el dilatar un derecho que la Suprema Corte ha reconocido? La lógica es sencilla: esperar hasta que pueda venderse como inevitable mandato judicial para no asumir el costo político, y qué mejor que esto suceda cuando hayan pasado las elecciones. Ahí está la vergonzante respuesta de Margarita Zavala ante una pareja de mujeres lesbianas, con hijos, que le solicitan definir su postura para dar certeza jurídica a la comunidad LGBT.

La precandidata independiente se sobresalta ante la presencia del ojo negro de la cámara de un móvil, y sus reacciones resultan una delicia tragicómica: -“¿Estás grabando eso? No, no, apaga eso, que esto es distinto…Yo creo que el matrimonio es hombre y mujer, lo demás habrá que revisarlo -Nuestras familias ya existen ¿qué vas a revisar? -“¿Alguien quiere tomarse una foto?”.

Otro caso muy distinto, pero que también revela trasfondo ideológico, es el del transporte público. Nos es más fácil pensar que en esta ciudad debe haber 5 millones de coches, generando embotellamientos interminables que recuerden a “La autopista del sur” de Cortázar, a contemplar la posibilidad de tener una empresa pública que lo reordene de fondo ¿Qué otro criterio, sino el axioma de que lo privado es mejor que lo público, permitiría sostener un modelo tan ineficiente y caduco como el existente? ¿Por qué nadie pone el grito en el cielo si es evidente que los empresarios del transporte lucran con la disminución de la calidad de vida de la población con menos recursos? ¿Por qué la negativa a cambiar de paradigma, si prácticamente todos los casos de éxito internacionales en la materia tienen como elemento fundamental ser una empresa pública, donde la prioridad es mover a las personas, no hacer negocio? Aquí hay otro fenómeno interesante: descafeinar la ideología.

¿El transporte público en Nuevo León sigue siendo público? Por supuesto, los privados meramente tienen concesionado prestar al servicio. Ah, vaya, entonces el sagrado principio se mantiene incólume, como momia cuya sangre caliente hace mucho se evaporó. La distracción, la ignorancia y vaciar de contenido son algunas de las tácticas para evitar el conflicto ideológico, pero así como el viento no desaparece por decreto, tampoco lo hace la ideología. Ahora que nos acechan las boletas electorales, bien haríamos en pensar en qué creemos y por qué. Como escribió el poeta francés Paul Valéry: “Se levanta el viento. Debemos tratar de vivir”.

#HojaDeRuta: “Viejo Siglo Nuevo”

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El título del libro publicado por Beatriz Gutiérrez Müller en 2012 acerca de la revolución y el maderismo, me ha parecido la mejor manera de encuadrar lo sucedido durante los últimos días alrededor del “destape” de José Antonio Meade.

“El problema no es aprender historia, sino interpretarla. (En México) no se enseña historia para pensar” dijo la autora durante una de las presentaciones de la obra hace algunos años. Este peculiar proceso político al interior del PRI necesariamente debe verse a la luz de la historia, empezando por la supervivencia de la figura simbólica de “el tapado”.

De entrada, dos observaciones: si hay un tapado, significa que el proceso de decisión está en la punta de la pirámide y es estrictamente personal. Si hay un tapado, hay un tapador: el presidente en turno que asume como prerrogativa la designación de un sucesor (El Maestro Cosío Villegas debe estar sonriendo desde la biblioteca etérea donde habita), lo que por definición extingue cualquier atisbo democrático alrededor del partido más añejo del actual sistema político mexicano.

Segundo, siempre se asume en masculino. Es “El tapado”, nunca hemos escuchado hablar de “La tapada”. El genial Abel Quezada (uno de los monstruos regiomontanos de la cultura, a quien urge rescatar y promover) dibujó al “tapado” como ese paciente ser trajeado con una sábana sobre la cabeza cual fantasma (aludiendo al espiritismo maderista, el ungido no puede materializarse antes de tiempo), que hasta fumaba sus cigarros “Elegantes” mientras aguardaba su gran día.

Si el destape de Meade hubiese sido una película, habría que adjetivarla como formulaica: una baraja de aspirantes (Chong, Nuño, Narro, Meade); la “caja china” para despistar (Hace unas semanas se daba casi como un hecho la llegada de Meade al Banco de México en sustitución de Carstens); el banderazo del Presidente y los rumores cuyo fuego es atizado desde el propio oficialismo; la renuncia y el anuncio formal de los enroques; la ausencia simbólica del rival (Chong ausente en la renuncia de Meade); la declaración formal de intención y la cargada de apoyo; la visita simbólica a las bases tradicionales (CTM, CNC, CNOP); la comida entre el “derrotado” y el ungido que realmente es un photo-op: “Comieron Meade y Chong. Comenzó operación cicatriz”. El pan y la sal como símbolo de unidad: uno para reconocer que ha sido batido, el otro para tenderle la mano al rival caído y sumarlo. Todo está bien en el paraíso.

En 96 horas se acabaron las dudas y se dio una imagen (al menos en la fachada) de orden y unidad. Múltiples voces celebran y reconocen la elección de Meade como (pre)candidato del PRI. Las formas fueron tradicionales, su perfil, un poco menos: será el primer candidato presidencial del partidazo que no milite en él. En otros tiempos, siquiera pensar en esa modalidad hubiese sido herejía política.

Su figura se presta a interesantes dualidades: donde unos ven a un hombre institucional, otros ven a un hombre del sistema y la confirmación de que la creatura mitológica conocida como PRIAN existe. Donde unos ven una señal de estabilidad, otros ven el continuismo de dos sexenios fallidos. Donde unos ven un alto perfil, otros ven frialdad tecnocrática (Salinas y Zedillo también eran preppys de Ivy League).

El PRI tomó la decisión más racional al elegir a su perfil con menos negativos, menos polémico y sin mayores esqueletos en el clóset (hasta ahora). Probablemente sigue fresca en la memoria la lección del 2006, donde el fratricidio resultó en un desastroso tercer lugar en las presidenciales.

Para aquellos que pensamos que la transición a la democracia en México se esbozó, pero nunca se consolidó (Lorenzo Meyer llama “democracia autoritaria” a nuestro disfuncional híbrido), el proceso de destape de José Antonio Meade nos recordó que la lógica y formas del sistema político del siglo XX siguen presentes. “Viejo Siglo Nuevo”, aquí estamos otra vez.

gilberto@altiusconsultores.com

#HojaDeRuta: “Nuestros Muertos”

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Decenas de niños saludan al cielo, aunque no podemos escucharlos, imaginamos su algarabía. Mientras la toma se aleja de la tierra gracias a las mágicas hélices de un drón, sus cuerpos forman las letras “C” y “R” bajo el brillante sol de Monterrey: Colegio Regiomontano. La imagen forma parte de un video institucional, y cuesta trabajo creer que de la mano de algún estudiante pudo haber ocurrido una horrenda tragedia.

Noticia brutal, noticia vieja: una adolescente de secundaria llevó al colegio un arma de fuego en la mochila. Por suerte, fue detectada antes de que algo sucediera. La noticia tuvo impacto nacional y generó calosfríos al recordar la crudeza del atentado de apenas el pasado enero en el Colegio Americano del Noreste. Relampaguearon en nuestras mentes las imágenes que a través del gélido azul del circuito cerrado mostraban cómo eran abatidos menores inocentes por uno de sus compañeros. Esos disparos también perforaron nuestra frágil y engañosa rutina. Hicieron añicos -momentáneamente- la creencia de que los días de sangre habían quedado detrás. La realidad es que nunca se fueron.

De acuerdo a la SEGOB, durante 2017 han aumentado 23% los homicidios dolosos a nivel nacional (El Universal), mientras que en Nuevo León se registró el octubre más violento en cinco años (Milenio). El lector podría pensar que la enorme mayoría de esos homicidios dolosos están relacionados con el crimen organizado, y estaría en lo correcto. Sin embargo, la pregunta permanece: ¿qué efectos ha tenido en nosotros como país y comunidad estar expuestos a más de una década de violencia extrema? La ejecución como costumbre junto al desayuno nos ha marcado.

Hay una generación de adolescentes que asumen los asesinatos e impiedad como parte natural de su entorno, aunque los perciban a través de la lejanía de las pantallas. Pocas cosas tan riesgosas como la normalización. Casos como el del Colegio Americano del Noreste y el Colegio Regio Contry tienen al menos un par de componentes que los vuelven alarmantes: primero, porque están rompiendo fronteras antes impensables, de niños y jóvenes dispuestos a ejercer violencia o arriesgar a decenas de personas a través de armas de fuego. Segundo, están ocurriendo en clases medias-altas. Gran parte de la supuesta inmunidad a la ejecución de desayuno proviene a que los cuerpos apilados y la sangre derramada son de “los otros”: los pobres, los malandros, los perdidos, los últimos del mundo. Basta leer y escuchar las reacciones que se dan tras los motines mortales en los presidios de la entidad para perder el apetito: “se lo merecían”, “que los maten a todos”, “son basura”. Nadie nunca pregunta sus nombres.

Supongo que de entre todas las versiones posibles, la mayoría opta por suponer que habrán sido escupidos por algún pozo llamante que provenía sin escalas del infierno. Otro camino sería reconocerles como seres humanos, como niños que lloraron al caerse intentando un primer paso o rieron ante el botar de una pelota. Niños que se hartaron de tener hambre o vivir entre el polvo interminable. Personas cuyas vidas se oscurecieron desde temprano en el camino (casi todos mueren jóvenes). Esa violencia también es nuestra, esos muertos son nuestros muertos, aunque por tanto tiempo lo hayamos querido negar.

Mientras no reconozcamos en la violencia el producto de las profundas injusticias y perversiones de nuestro intento de sociedad, seguiremos ciegos, solo iluminados momentáneamente por el estruendo de disparos. Callar la violencia nos hace daño, verla reflejada en nosotros dolerá profundamente, pero será la única manera de comprenderla, y entonces comenzarla a sanar: “ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera me reconozco: vi en tu llamarada lo destruido y lo remoto” – José Emilio Pacheco.