El Talón de Aquiles: “Winners and Losers”

Para mi, enero de 2017 marca el regreso a la vida económicamente activa: es el fin de mi primer año sabático. A decir verdad, un sabático, en el sentido tradicional del término, es un periodo de tiempo sufragado por la institución en donde se trabaja, usualmente una universidad, para que un empleado, normalmente un profesor, renueve su conocimiento, publique los resultados de su investigación, y refuerce sus redes.

La definición es genérica, pues ya he escuchado a estudiantes decir que se toman un “sabático” para viajar. En mi caso, por factores que no vienen al caso, la separación de mi institución anterior se convirtió en una solución para obtener el tiempo necesario para invertir en mi carrera y recuperar la competitividad.

El “año sabático autofinanciado” – así es como lo presento – se asemejó más a una situación de desempleo. Y en ese marco, muchos fueron los pensamientos que cruzaron por mi mente durante el año que recién termina. Hoy, que me reintegro al mercado laboral, me permito identificar las tres enseñanzas que guardo de estos meses de incesante crecimiento personal.

  1. La empatía paga

Múltiples son las reacciones ante una renuncia a un “buen trabajo”. La sorpresa es la más común. Tan acostumbrados estamos al trabajo, que muchos no imaginan algo distinto. Las justificaciones abundan: mi patrón es excelente, no podría tener un mejor puesto, el salario es competitivo, estoy integrado a mi círculo de amigos, etc.

Poco importa: una renuncia relativiza ese orden y deja aflorar el disenso dentro del consenso. Algunos muestran admiración, pero otros irradian una imperceptible envidia, pues se convierte uno en el valiente que cumplió lo que para muchos es un sueño. Varios de los que se consideran amigos, te evitarán, no porque no se preocupen por tu situación, sino precisamente porque, al preocuparse, desean ayudarte, por ejemplo ofreciéndote trabajo. Al no llamar, se evita el tener que decir “no”. Y no faltan quienes prometen contactos pero olvidan concretizarlos. También hay quienes imaginan que está uno en un paraíso de libertad, que no hace uno nada.

Ante este universo de reacciones, la empatía, esa capacidad de ponerse en los zapatos del otro, es una actitud ganadora. Muchos amigos y ex-colegas buscan entender las razones de una renuncia, pero en realidad es uno el que debe entender las reacciones del entorno.

Cuando nosotros recibimos solicitudes de ayuda para encontrarle un trabajo a alguien, nuestro margen de maniobra es reducido. No tiene por qué ser diferente en los otros casos. De hecho, probablemente todos tendrían un mejor trabajo si pudieran y los bienintencionados te ofrecerían el empleo de tus sueños si estuviera a su alcance.

Además, los verdaderos amigos, aquellos que nos conocen como estudiante, como pareja, como amigo o amiga de bar, como viajante, seguirán ahí, donde siempre han estado, riendo y llorando de las vueltas que la vida nos hace dar.

  1. La ansiedad es un efecto colateral que no debe ser subestimada

Si bien algunos consideran que renunciar a un trabajo estable, permanente, y bien pagado, es una locura, una prueba de inmadurez, hay dos aspectos que creo yo, indican madurez. Primero, lo que no crece decrece, y para crecer, es esencial salir de la zona de confort.




Visto así, el año sabático es un imperativo ético para quien desee mantener incólumes sus más preciados activos profesionales. En mi caso, se trataba de mis redes de contactos internacionales y de mi reputación. Puede sonar pretencioso, pero no lo es: lo único que tengo es la reputación, que con mucho esmero he logrado construir: es normal tratar de hacer lo necesario para preservarla.

Segundo, es saludable pensar en la carrera, reclamar el derecho a reencausarse y a reinventarse, y para ello, es necesario un lapso de tiempo que nos extraiga de la rutinaria presión de la inmediatez. En Canadá y Europa los universitarios cuentan con un año sabático pagado cada cinco años; los empleados públicos tienen acceso a programas de replanteo profesional. ¿Por qué no podemos nosotros tener los mismos derechos? Cuestionarse y replantearse no es inmadurez; es prueba de madurez.

Pero existen efectos colaterales, como la ansiedad, que no deben ser subestimados. No todo es color de rosa, sobre todo porque parte de nuestra identidad está relacionada al empleo. ¿Si no soy quien era, entonces quién soy? Además, el mercado laboral está duro.

¿Quería salir de la zona de confort? Bien: ahora compita y trate de ganar en este mundo en donde mucho de lo posible depende de contactos, en donde “mafias” controlan el acceso a puestos, en donde las posiciones públicas dependen de consideraciones políticas, etc.

¿Habré hecho lo correcto?¿Qué tan importante es el “qué dirán” si consigo un trabajo “peor”? ¿Habrá valido la pena? ¿Qué sucede si mi nuevo trabajo no me satisface? El punto es que, además de crecer en lo profesional, salirse de la zona de confort lo hace a uno crecer personalmente, si bien el proceso puede ser incierto, doloroso, y angustian.




Es entonces posible que la transición sea detestable en la rutina diaria, si bien a largo plazo puede ser benéfica. En serio, 2016 ha sido uno de mis años más productivos en términos de escritura y, sin embargo, en la cotidianeidad, no sé cuantas horas estuve esperando el correo electrónico con un ofrecimiento laboral.

  1. Lo importante no es preocuparse, sino ocuparse

Ya sea para crecimiento profesional, personal, o ambos, un año sabático se prepara. Pasarla viendo tele y comiendo porquerías por meses no debe ser considerado un año sabático. Viajar sí cuenta: esa es una de las mejores fuentes de crecimiento, sobre todo cuando está uno en los veintes.

Ahora bien, si el sabático llega en los treinta o en los cuarenta, si debe ser autofinanciado (porque ya no se puede o ya no se quiere depender de la beneficencia de los padres), debe uno ser capaz de sobrevivir financieramente el tiempo durante el cual no habrá salario.

Y si es cuestión de invertir a nivel profesional – en el mundo contemporáneo ya no caben los doctores que siguen hablando de su tesis 20 años después de haberla defendido y los profesores que siguen dictando cursos con las amarillentas fichas redactadas décadas atrás – hay que organizar la visita académica, calendarizar la producción de un manuscrito, desarrollar el trabajo de campo, diseñar los proyectos que van a articular el desarrollo futuro de la carrera, etc. Así, cuando esté uno absorto en la rutina y sea imposible ver el conjunto, solo habrá que ejecutar el plan definido.

Es decir, trabajo hay, y mucho, aunque eso no implique un salario. La regla de oro es entonces simple: no hay que preocuparse, hay que ocuparse. Entiendo perfectamente que un año sabático es un lujo que no todos pueden pagarse, pero debo indicar que durante doce meses, reconquisté la libertad estudiantil de trabajar en lo que realmente me apasiona, a mis ritmos, con mis criterios, con una agenda que yo elaboré, y todo ello con la meta de reforzar mi currículum académico.

Si hubiera sido presa de la ansiedad, entonces hubiera hecho poco y los temores de futuros intangibles me habría consumido. El tiempo dirá si tuve o no razón y si gané o no la apuesta. Pero en definitiva, estoy consciente que tomar un año sabático es un privilegio. Se trata de darse a uno mismo el recurso más raro en nuestro mundo contemporáneo: el tiempo. Por eso hay que aprovecharlo, ocupándose, y no preocupándose.

Franca conclusión

No lo negaré: el hecho de sugerir al patrón, así sea de la forma más diplomática y educada, de buscar a alguien que “calce mejor con la cultura institucional”, es tremendamente liberador. Pero mi reflexión va más allá del hedonismo irreflexivo. No puedo terminar esta columna sin hacer referencia a un elemento personal.

La víctima más importante en esta operación, en mi caso, fue mi relación de pareja. Es duro para alguien que no es académico entender el rigor de la escritura y la presión de las metas de productividad que puede uno imponerse durante un año sabático.

Y es duro para alguien que no está preparado para lidiar con la incertidumbre, convertirse en un soporte en este camino. Por lo tanto, al lanzarse en una operación de este tipo, se debe estar claro que si las bases de una relación personal no son sólidas, pueden explotar en cualquier momento.

Para los solteros, la decisión puede parecer más simple. Para los demás, se trata de hacer un cálculo de riesgos personales y profesionales y, en la medida de lo posible, hacer partícipe a la pareja.




Al día de hoy, no sé si soy “winner” o “loser”, pero puedo decir, sin temor a equivocarme, que creo haber hecho lo correcto. Y por el momento, eso es más que suficiente. Se es ganador cuando se es fiel a uno mismo. Feliz año 2017.

Fernando A. Chinchilla

San José (Costa Rica) y Ciudad de México (México), diciembre de 2016

 

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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”

Reflexión: El trabajo ideal

Cuando elegimos la carrera que queremos cursar, antes de entrar a la universidad, muchos no tenemos una idea clara de qué es a lo que nos dedicaremos después de graduarnos. Podemos conocer bien el contenido de la carrera, nos puede encantar y saber bien qué oportunidades laborales existen para los egresados, idealizar algunas de éstas, pero no todos podemos adelantarnos a saber en dónde, ni con quiénes nos gustaría trabajar.

Conforme pasa el tiempo, apruebas las materias y aprendes de algunas experiencias es cuando te vas formando una idea opaca de a lo que quieres enfocar tu vida laboral (depende de la carrera que decidiste la gama y diversidad de oportunidades laborales que existen en el mercado), pero aún es difícil saber en dónde y con quiénes.

Todas esas dudas comienzan por aclararse desde que entramos a nuestro primer o segundo trabajo, en estas primeras andanzas nos vamos haciendo más conscientes de lo que buscamos. Ya sea que busquemos algunas de estas tres premisas: ganar mucho dinero sin importar si te entusiasma lo que haces, que prefieras hacer lo que amas pero sacrificar algo de ingresos, que quieras trabajar pocas horas con solo un salario suficiente o alguna combinación de éstas. A partir de estas primeras experiencias vamos a comenzar a aterrizar lo que sería nuestro trabajo ideal, lo que buscamos dedicarnos y aprender una gran parte de nuestras vidas; y así sabremos mejor en dónde y con quiénes nos gustaría trabajar.

El trabajo ideal —ideal conforme a la definición de “que se acopla perfectamente a una forma o arquetipo”— es aquel en donde nos sintamos que podemos aprender y desarrollarnos mejor, en donde nuestras habilidades se ajusten con las responsabilidades…

El trabajo ideal —ideal conforme a la definición de “que se acopla perfectamente a una forma o arquetipo”— es aquel en donde nos sintamos que podemos aprender y desarrollarnos mejor, en donde nuestras habilidades se ajusten con las responsabilidades a realizar, en donde tengamos la seguridad de que alcanzaremos nuestros objetivos en un futuro, que nos guste y nos motive lo que hagamos, que pague una buena remuneración y/o que nos inspire a salir adelante, depende de la visión que cada uno tengamos a futuro.

A grandes rasgos debemos de buscar un lugar, ya sea sector privado o público, en donde no se nos impida crecer y explotar todas nuestras capacidades, en donde haya suficientes responsabilidades y retos que nos enriquezcan.

La búsqueda de este trabajo ideal puedes ser un calvario y tardado. En dónde y con quiénes varia con cada persona, pero a grandes rasgos debemos de buscar un lugar, ya sea sector privado o público, en donde no se nos impida crecer y explotar todas nuestras capacidades, en donde haya suficientes responsabilidades y retos que nos enriquezcan y que el día a día no sean sólo un proceso fútil, monótono y burocrático que nos haga sentir que todo el trabajo es en vano. Para encontrar este trabajo ideal probablemente debamos sacrificar ciertas características y sopesar lo que más converja con nuestros objetivos: ya sea dinero contra pasión o tiempo contra experiencia.

Debemos de tratar de buscar jefes y compañeros con liderazgo, que incentiven el conocimiento, nos den la confianza de poder expresarnos abiertamente y que nos impulsen a salir adelante y a aprender.

¿Con quiénes debemos de buscarlo? Debemos de tratar de buscar jefes y compañeros con liderazgo, que incentiven el conocimiento, nos den la confianza de poder expresarnos abiertamente y que nos impulsen a salir adelante y a aprender.
Todo lo anterior, claro, poniendo siempre lo mayor de nuestra parte, esforzándonos al máximo, siendo autodidactas, sabiendo aprender de los errores y ser constantes con todo esto.

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“No, no puedes hacer eso porque eres mujer”

Cuando escuchamos que una mujer es ingeniera, constructora o conductora de un camión todavía nos sorprende. Aún en el siglo 21 nos resulta raro ver que una mujer se desempeñe en ciertos trabajos que no son considerados “femeninos” en absoluto. Pero realmente, ¿qué es lo que restringe los tipos de trabajo que las mujeres pueden hacer? ¿Es asunto legal o una cuestión cultural?

De lo global …

Por increíble que parezca hoy en día hay 155 países (Banco Mundial, 2015) que restringen el trabajo que las mujeres pueden desempeñar.

Por increíble que parezca hoy en día hay 155 países (Banco Mundial, 2015) que restringen el trabajo que las mujeres pueden desempeñar; por ejemplo en algunos lugares no pueden trabajar después de que obscurezca, ni operar maquinaria pesada o conducir un tractor agrícola. Desafortunadamente muchos de los trabajos que están restringidos a las mujeres están en industrias o sectores que son muy bien pagados; esto significa que las mujeres ocupan con mayor regularidad empleos de menor estatus y paga a comparación de los hombres. Como resultado, estas mujeres tienen acceso a un ingreso menos significativo que el de los hombres, lo cual afecta la economía de las familias sustentadas por mujeres y sus oportunidades de progreso profesional.

Los países que cuentan con más restricciones legales para el trabajo que pueden desempeñar las mujeres, se encuentran principalmente en las regiones de Medio Oriente y el Norte de África. Las restricciones legales en estas regiones tienen un impacto negativo en las tasas de participación laboral de las mujeres e incluso en el crecimiento económico de estos países.

A lo local…

Pero, ¿qué pasa si no existen diferencias jurídicas entre hombres y mujeres en un país? Si las restricciones legales para trabajar no existen entonces, ¿aumenta la participación femenina en la fuerza de trabajo?

En México la violencia de género, los embarazos precoces, la deserción escolar, los asignación de roles de género y las barreras estructurales desafían la inserción de las mujeres a la fuerza laboral.

No exactamente. Por ejemplo, las mujeres y los hombres en México son reconocidos como iguales en la ley, ambos tienen los mismos derechos laborales y por tanto deben tener acceso a las mismas oportunidades de trabajo. Sin embargo, en México la violencia de género, los embarazos precoces, la deserción escolar, los asignación de roles de género y las barreras estructurales desafían la inserción de las mujeres a la fuerza laboral; esto las hace más vulnerables y económicamente dependientes.

Si revisamos la situación de las mujeres en Monterrey, podemos observar que la brecha educativa entre hombres y mujeres ha sido casi cerrada, pero en la transición de la escuela a trabajo es casi como si las mujeres desaparecieran.

Si revisamos la situación de las mujeres en Monterrey, podemos observar que la brecha educativa entre hombres y mujeres ha sido casi cerrada, pero en la transición de la escuela a trabajo es casi como si las mujeres desaparecieran. En los sectores más importantes de la actividad económica de Monterrey las mujeres están sub-representadas. Además la participación femenina en la fuerza de trabajo en Monterrey es limitada, quizá porque la mayoría de los puestos de trabajo no se espera que sean realizadas por una mujer o porque han tenido que dejar su vida profesional para realizar tareas domésticas y cuidar de la familia, un trabajo que no es del todo reconocido.

Entonces, ¿las restricciones de empleo son un asunto legal o una cuestión cultural? La respuesta es ambas. En los lugares donde las restricciones legales al empleo persisten, a una mujer le resulta más difícil prosperar e integrarse a la fuerza laboral; pero en los países con igualdad jurídica entre hombres y mujeres no es nada sencillo tampoco.

La igualdad de género en la fuerza laboral es esencial para lograr un crecimiento económico sostenido y alcanzar el desarrollo sostenible en un país. Desafortunadamente, ningún país al día de hoy puede asegurar la igualdad de género en la fuerza laboral. Por esto, resulta fundamental cambiar las leyes y las instituciones, pero también las actitudes y mentalidades de los ciudadanos. Empoderar a las mujeres, mediante su inserción a la fuerza laboral, es más que una simple acción de género, es una inversión en el crecimiento y desarrollo de las economías del mundo.

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LA ERA DE LAS MUJERES

En 2014, en México había casi 120 millones de personas: 51.2% mujeres y 48.8% hombres (CONAPO). De las más de 60 millones que son en México el 47% se dedica al trabajo doméstico, esa es la situación en grandes números del papel que juegan las mujeres en la era actual.

Estamos en un país hecho para los hombres, un sistema educativo que instruye para que la mujer tenga la “maravillosa” y única función de cuidar la casa, mantenerla ordenada y dedicar su atención a la familia. Hasta hace poco lograron su derecho al voto, y en los últimos años han demostrado que son igual o más capaces que nosotros de realizar acuerdos políticos, negocios con transnacionales o dirigir cualquier organización.

Las mujeres sufren del lenguaje sexista, de la discriminación de género y del poco equilibrio laboral que se les ha otorgado, y aun así persisten en su derecho a competir.

La era de las mujeres ha llegado, y esto me encanta. Mujeres capaces de construir imperios en los negocios, emprendedoras sociales con el tacto suficiente para solidificar proyectos e incluso tan hábiles para lograr escalar montañas en el sistema político de México. Como hombre me encanta, porque soy un fiel admirador de la inteligencia natural de la mujer, de su capacidad para ser extremamente sensible y de usar esa misma sensibilidad para comandar los sectores más importantes del país, donde se toman decisiones.

En negocios sabemos que la experiencia es sinónimo de obstáculos satisfactoriamente superados, de problemas efectivamente resueltos y sobretodo de la fortaleza para sobreponerse a circunstancias adversas. ¿Hay alguien más calificado entonces para ocupar estos puestos? Las mujeres sufren del lenguaje sexista, de la discriminación de género y del poco equilibrio laboral que se les ha otorgado, y aun así persisten en su derecho a competir.

Como hombre me siento obligado a usar pluma y escribir en favor de su lucha. No por tener beneficios superiores sino porque la arena de lucha tenga igualdad de oportunidades, en las mismas circunstancias y con los mismos recursos.

Como hombre me siento obligado a usar pluma y escribir en favor de su lucha. No por tener beneficios superiores sino porque la arena de lucha tenga igualdad de oportunidades, en las mismas circunstancias y con los mismos recursos. Vaya, también lo hago porque sé lo que pueden, y desde ya aportan al crecimiento de este país que tanto amo.

En México tres de cada cinco pequeñas y medianas empresas que se abren (recordando que esta es la fuente principal de empleo en el país) son lideradas por mujeres. Se ocupan de temas de especial relevancia como el sector educativo y de salud en un 78% de ellas. Son, además, las que tienen un grado superior de preparación que los hombres de este país.

Para que este país crezca deberá entender primero que en nuestro equipo necesitamos, urgentemente, uno de los miembros más capaces del planeta: la mujer. No por hacerles un favor sino por hacernos el favor a nosotros mismos.

Para que este país crezca deberá entender primero que en nuestro equipo necesitamos, urgentemente, uno de los miembros más capaces del planeta: la mujer. No por hacerles un favor sino por hacernos el favor a nosotros mismos.

Con afecto, un hombre que se ha desarrollado gracias a la inteligencia y habilidad de dos mujeres.

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¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?

“Dan las seis y Zutanito desaparece, se nota que no tiene compromiso con el jale”; esta es una frase que se escucha en los escritorios de no pocas organizaciones en Monterrey. En lugares así, donde la cultura de trabajo es motivo de orgullo y uno de los aspectos más importantes de la vida, estas conductas pueden llegar a abundar y alcanzar matices indeseados.

Quedarse a trabajar horas extra, sin esperar remuneración alguna es una demostración de que tenemos “puesta la camiseta”; pedir un pago por ellas es casi un pecado. Con ello se construye un juego de suma cero alrededor de la auto explotación: no trabajar extra es mal visto y en el largo plazo puede costar el empleo u oportunidades de mejora pero, al tener los trabajadores esto en cuenta, los esfuerzos de unos y de otros se anulan, creando un mercado de horas extra cuya única recompensa es que a las 12 de la noche, el tráfico a casa es inexistente.

México es el país de la OCDE donde la gente trabaja más horas al año, el problema es que pocas veces, las horas adicionales son remuneradas.

México es el país de la OCDE donde la gente trabaja más horas al año, el problema es que pocas veces, las horas adicionales son remuneradas. Tenemos la segunda peor calificación en equilibrio entre vida personal y laboral, sólo por detrás de Turquía. Del total de asalariados en el país, 28.8% labora más de 50 horas a la semana y dos tercios de este personal no recibe pago adicional alguno por este trabajo.

La falta de un ingreso por las horas extras no es el único costo derivado de esta práctica, existe también un efecto dominó que se extiende a los aspectos personal, laboral y económico.

Como consecuencia de las largas horas de trabajo, la persona ve su calidad de vida disminuida; pasa menos tiempo con su familia y sus amigos, se estresa y enerva con facilidad, tiene el trabajo constantemente en la cabeza.

Primero, como consecuencia de las largas horas de trabajo, la persona ve su calidad de vida disminuida; pasa menos tiempo con su familia y sus amigos, se estresa y enerva con facilidad, tiene el trabajo constantemente en la cabeza y, como advierte la Organización Internacional del Trabajo, su salud se ve perjudicada, especialmente cuando este abuso laboral cierne la amenaza del despido sobre quienes se niegan a trabajar horas adicionales sin retribución.

Incluso, cuando existe un pago por horas extra, se ha demostrado que este no es suficiente para compensar el desequilibrio en aspectos de salud y tiempo libre. A su vez, como consecuencia de los efectos del trabajo extra sobre la salud y el tiempo de la persona, este verá su productividad y capacidad de innovación decrecer considerablemente.

Haciendo un cálculo prudente, si cada empleado que trabaja horas extra lo hace cuando menos 1 hora y si sólo le pagaran el mínimo, esto significaría más de 60 millones de pesos al día que no se retribuyen.

Finalmente, está el aspecto económico. Al trabajar horas extra sin que sean remuneradas o cuando se abusa de la figura, se crea un costo de oportunidad para la derrama económica. Haciendo un cálculo prudente, si cada empleado que trabaja horas extra lo hace cuando menos 1 hora y si sólo le pagaran el mínimo, esto significaría más de 60 millones de pesos al día que no se retribuyen. Por otro lado, estas horas alcanzarían para generar al menos 1 millón de nuevos empleos de jornadas normales. De igual forma, más tiempo en la oficina es menos tiempo libre disponible para realizar otras actividades que, por lo general, implican un gasto (ir al cine o por un café), lo cual reduce los ingresos de actividades dentro de la economía del ocio.

La presión de empresas y la cultura de (auto) explotación crean un perfil distintivo en la ciudad. Nunca como en Monterrey había encontrado en tantas ocasiones, personas que dijeran que un día antes se habían ido a la una, pero de la mañana. Habría que preguntarnos entonces: ¿vivimos para trabajar o trabajamos para vivir?

Khublai Villafuerte
Prospectivista. Intento desenmarañar la realidad para mejorar nuestro entorno.
Twitter: @Khu_89

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El valor social del trabajo

Mucho tendemos a demeritar nuestra principal actividad cotidiana que es el trabajo; a ver con ojos de alcance inmediato nuestra principal oportunidad de trascendencia; a limitar nuestra visión y nuestros esfuerzos en la lucha de cada día en pensar que nuestro empeño, y el sudor de nuestra frente, conlleva como único resultado y finalidad, el pago de un salario justo y remunerador —en los mejores casos— o de una simple retribución —como sucede en muchos otros—.

El trabajo dignifica y santifica. La satisfacción de darnos cuenta que participamos de algo grande, es igualmente, grande. Desempeñar el trabajo que sea es una oportunidad para formar comunidad; para proveer a la sociedad de nuestra porción de esa ayuda recíproca, a la que idealmente todo contribuimos para alcanzar el bien común como organización colectiva y solidaria. No trabajar —aclaro que trabajar en el hogar es un trabajo— es dejar de tomar parte activa en el sentido de comunidad que debemos individualizar para entender el verdadero significado de servir al prójimo.

La actividad que implica la prestación de un servicio o la elaboración de un producto, no es correctamente conceptualizada si en términos teleológicos —es decir, valorada de acuerdo a su finalidad— se vislumbra como un medio para acrecentar nuestro patrimonio (los bienes materiales no son un fin en sí mismos). El trabajo va mucho más allá. Las actividades laborales deben de tenerse en alta estima. Su correcta valoración, estriba en función de la plusvalía social que encausar correctamente nuestros esfuerzos resolviendo una necesidad de los demás de manera adecuada, genera para la colectividad.

Es una conducta ética, y por lo tanto, una obligación moral poner lo mejor de nuestra preparación, conocimiento y habilidades en favor del mejor resultado que nos sea posible generar en nuestras actividades profesionales de todos los días.

Hay que reconocer, como un deber básico ciudadano, un principio de esmero y esfuerzo en el trabajo. Es una conducta ética, y por lo tanto, una obligación moral poner lo mejor de nuestra preparación, conocimiento y habilidades en favor del mejor resultado que nos sea posible generar en nuestras actividades profesionales de todos los días.

Las formas de organización que ha adoptado el ser humano giran, en términos económicos, en torno a la satisfacción de las crecientes e ilimitadas necesidades del hombre. El desempeño del trabajo, cuando va alineado a los objetivos de la sociedad, debe buscar su utilidad en esta dinámica de consumo, participando con calidad y conciencia de lo que sucede en la comunidad.

Puede concebirse una forma de participación ciudadana efectiva, simple y sencillamente procurando generar valor social a través del trabajo; esto es ayudando con nuestras actividades profesionales a que como comunidad alcancemos, recíprocamente, un mayor nivel de bienestar.

Creo que entendido el contexto anterior, puede concebirse una forma de participación ciudadana efectiva, simple y sencillamente procurando generar valor social a través del trabajo; esto es ayudando con nuestras actividades profesionales a que como comunidad alcancemos, recíprocamente, un mayor nivel de bienestar.

Debemos hacernos partícipes de las causas sociales desempeñando nuestro trabajo, que es la principal actividad del ciudadano, de forma ética y con conciencia de nuestros deberes colectivos. Esa es participación ciudadana auténtica.

Me parece, que en la mente de nuestra sociedad, el activismo en las organizaciones de la sociedad civil se ha difundido y publicitado como participación ciudadana. Esa conceptualización es errónea por inexacta e incompleta. Participar de las causas de la sociedad civil es participación ciudadana en un segundo plano. En primer plano, y con especial prioridad, debemos hacernos partícipes de las causas sociales desempeñando nuestro trabajo, que es la principal actividad del ciudadano, de forma ética y con conciencia de nuestros deberes colectivos. Esa es participación ciudadana auténtica.
Naturalmente, cada individuo dentro de la organización social, ante la imposibilidad de producir todo, asume un rol para proveer un satisfactor a una necesidad de él y de los otros, quienes a la vez proveen al primero de bienes y servicios que sirven para satisfacer necesidades de aquél, de ellos mismos y de los demás. Eventualmente, se determina que deben de haber reglas a fin de salvaguardar el orden en las relaciones humanas y encausar el desarrollo de la sociedad. Entonces se crea el gobierno.

Si así se estructura la sociedad, participación ciudadana, pura y dura, es entendiendo ese propósito, ayudar con nuestro trabajo a generar valor agregado a la sociedad para que esta cumpla su finalidad de alcanzar el bien común.

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