#HojaDeRuta: “Volver a creer en el periodismo”

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Qué cosa tan frágil es la confianza hoy en día. Lo ha sido siempre, pero ante el asedio de la desinformación y la falta de criterio para discernir incluso lo que se creían verdades sólidas, la situación es particularmente delicada.

Cada año, la agenda estadounidense Edelman publica el “Barómetro de la Confianza”, donde mide este factor en lo que llama las “instituciones principales”: gobiernos, empresas, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil.

Para la medición de 2019 se realizaron más de 30,000 encuestas en 27 países, incluido México. A continuación comentaré algunos de los hallazgos que encuentro de mayor relevancia para reflexionar sobre la confianza (o la falta de ella) y las implicaciones que tiene para el debate y comunicación públicos.

En primera instancia -y quizá lo más destacable, en mi opinión- es que la ciudadanía a nivel global está mostrando una tendencia a consumir más noticias, es decir, tiene mayor interés por informarse. 

El reporte divide a los encuestados en tres categorías respecto al consumo de noticias: los desenganchados, que consumen noticias menos de una vez por semana; los consumidores, que lo hacen una vez o más por semana y finalmente los amplificadores, que son las personas que consumen noticias más de una vez por semana y las publican varias veces al mes en sus redes sociales.

Los consumidores se incrementaron 8% respecto al año pasado, pero lo que más sorprende es que los amplificadores mostraron un notable crecimiento de 14%, es decir, muchas más personas se están involucrando con las noticias y publicándolas en sus redes, denotando mayor interés en la agenda pública y en abrir conversaciones.

A lo anterior se suma un factor más: el principal crecimiento en la categoría de amplificadores se dio en las mujeres, que en población abierta aumentaron en 13% y en el público informado un 23% respecto a la medición publicada en 2018.

Respecto a las fuentes confiables de información, dos empatan en el primer lugar: en el promedio global el 65% de las personas encuestadas confían en los medios tradicionales y en motores de búsqueda como Google. Los medios digitales registran un 55% de confianza, mientras que los medios institucionales (páginas web oficiales, por ejemplo) tienen un 49%. El último lugar de confianza como fuente informativa son las redes sociales, con 43%.

Resulta una buena noticia que los medios tradicionales van recuperando algo de confianza del público, sin embargo, a nivel global siguen siendo la institución más desprestigiada. Pero esto cambia en el caso mexicano.

En nuestro país, el gobierno es la institución en la que menos se confía, con apenas 34%, incluso registrando un aumento de seis puntos en esta edición. De ahí le siguen los medios con 53%. Las empresas son quienes encabezan el listado de confianza a nivel nacional, consiguiendo un 71%. Cabe destacar que México es uno de los cinco países donde más se confía en las empresas.

El instrumento cuenta con más información de relevancia, por ejemplo, que el 73% de los encuestados le preocupa el uso de las noticias falsas como un arma, y un 76% quisiera ver a los líderes empresariales involucrarse más en problemáticas sociales como el cuidado del medio ambiente, la paga igualitaria entre hombres y mujeres y el combate al acoso sexual.

A mi juicio, una de las principales conclusiones que pueden desprenderse del estudio es que la crisis de las noticias falsas y la incertidumbre generada por ellas en las redes sociales, están generando un mayor interés del público de consumir noticias de los medios tradicionales o de buscar información de manera personal a través de motores de búsqueda, probablemente realizando una comparación de fuentes.

Lo anterior significa una buena nueva, pues marca una tendencia por regresar a la certidumbre y por recuperar la idea de la recolección, manejo y publicación profesional de la información, validada por periodistas profesionales y casas de prestigio. Se abre entonces una oportunidad de oro para el periodismo, que implicará retos que van desde la ética en el ejercicio hasta la adaptación a nuevos modelos de negocio. 

Recuperar la confianza del público será complejo, pero es posible. Una prensa sana y profesional en su ejercicio es aliento puro para la democracia, en particular, en contextos como el nuestro donde el autoritarismo echó por largo tiempo raíces. Contribuyamos para que así sea.

#HojadeRuta: La república de la sospecha

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En corredores y a calle abierta; en las bocinas de los teléfonos y cada letra digital e impresa; entre las mesas y el tintinear de tazas, están los murmullos. “Renunció porque según quería dedicarse a x, pero realmente quiere y”; “se le ve demacrado, dicen que está enfermo y por eso mintieron del motivo de su operación”; “ya sabían dónde estaba. Lo agarraron ahorita porque vienen elecciones y porque ya negoció que no toquen a los suyos”.

Corría septiembre de 2004 cuando el entonces titular de la SEGOB, Santiago Creel, hizo su contribución más duradera a la política nacional al invitar a “dejar atrás la cultura del sospechosismo”. Aunque la academia se ha resistido a abrir los brazos del diccionario al peculiar término, la realidad es que a las y los mexicanos nos hizo perfecto sentido su existencia.

Si la cultura se define como el conjunto de modos de vida y costumbres, por supuesto que en este país existe tal cosa como la cultura del sospechosismo. Quizá sea un sinónimo informal de “desconfianza”, pero que conlleva una carga política muy particular: la idea de que en lo público no puede creerse.

Las traiciones políticas son tan viejas como las dagas que los senadores le clavaron a Julio César, pero en México la cosa va más allá: en un país donde el 70% de la gente dice que no se puede confiar en los demás, la desconfianza se ha vuelto parte del sistema. Y ese es un problema grave.

Ya en otras ocasiones hemos mencionado que el maestro Zygmunt Bauman definió la actual crisis global de la democracia como “el colapso de la confianza”. Desde luego que si existe tal nivel de suspicacia entre nosotros es porque no éramos ariscos, nos volvieron. Años de tradición oral, decepción ante la impunidad y amargas experiencias en carne propia, nos han curtido a ser recelosos. Pero aquí viene lo interesante: la desconfianza debería llevar al cuestionamiento, la reflexión y finalmente, al sentido crítico.

Sucede que el efecto es contrario: hoy, de acuerdo al barómetro de confianza de Edelman, que mide a 28 países (incluido México) confiamos más en “una persona como usted” que en oficiales de gobierno, directores de empresas y representantes de organizaciones civiles. Y ahí tenemos una dificultad seria: si nos creemos lo que dice mi amigo(a) de la primaria que no veo hace 20 años pero que me encontré en Facebook y le doy share a su noticia que relata como el líder norcoreano Kim Jong-un detonó 30 bombas nucleares y se ha declarado nuevo emperador del universo.

La duda, decía Borges, es uno de los nombres de la inteligencia. Y lo es, siempre y cuando esa duda no se quede en mero sospechosismo, pues dudar de todo pero creerse a pies juntillas las oleadas de “fake news” nos pone en el peor de lo mundos: el de los que no saben que no saben, y eso, paradójicamente, no lo sospechan.




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