#HojaDeRuta: “Individuales y divididos”

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Cuando alguien comete la imprudencia de invitarme a parlotear sobre comunicación política y la nueva dinámica de la información, suelo hacer una advertencia: la ideología vive (aunque no parezca).

Esto pareciera irónico ante las acrobacias discursivas que se requieren para explicar las bizarras alianzas que se dan en esta carrera presidencial, donde pareciera que la ideología se evapora en favor de la pragmática competitividad.

Sin embargo, México tiene buen rato polarizado. Por supuesto que esto no se expresa con total apertura – en nuestra cultura política, el disenso y la confrontación se consideran de mal gusto -, pero la división existe.

Un buen instrumento para tomar la temperatura es la encuesta nacional de discriminación (ENADIS) levantada en 2010, a la que por cierto ya le vendría bien una nueva edición. El instrumento abre precisamente con una pregunta acerca de lo que divide a los mexicanos.

El aspecto de nuestro país que consideramos más división provoca no es ningún otro que la riqueza: el 60% considera que nos divide mucho, el 26% cree que “algo”. Podría argumentarse que la división es económica, pero limitar la idea al aspecto material se antoja reduccionista, por decir lo menos.

Aquí entra una de las divisiones ideológicas más comunes: en un país donde la mitad de la gente vive en precariedad ¿los pobres son pobres porque quieren? Ahí yace una distinción fundamental que resalta una postura ideológica: ¿Cualquier persona puede salir adelante con base a su esfuerzo, o la estructura y circunstancias la condicionan y condenan?

Si un mito ha construido el capitalismo tardío es que el esfuerzo individual es capaz de superar cualquier obstáculo. Zygmunt Bauman aborda este punto en su obra “La sociedad individualizada” (2001) donde señala que “el problema es que la narrativa de la individualización parece asumir que todo lo que hacemos en nuestra vida se trata de las decisiones que hemos tomado. Esto es, de hecho, una narrativa que solo funciona para la élite que tiene muchas opciones: tiene los recursos y pueden usar la era móvil para su ventaja”.

Vale recordar que el Centro de Estudios Espinoza Yglesias (CEEY) ha realizado diversos estudios de movilidad social, donde la conclusión más contundente resulta incluso escalofriante: en México, si naces rico o naces pobre, lo más probable es que termines tu ciclo vital en la misma condición.

Continúa Bauman: “La narrativa de la individualización funciona para la élite, es ideológica: si todos piensan que todo está abierto a opciones y que su destino es su culpa, esto se vuelve un buen mecanismo de control: no necesitas panópticos cuando la gente siempre está intentando e intentando, eligiendo y eligiendo”. Creyendo que el intento depende solo de ellos, teniendo la ilusión de elegir.

El filósofo polaco argumenta que para reducir el sufrimiento humano es preciso que las personas sientan que pueden constituir una sociedad, pero lo que llama la ideología de la narrativa biográfica (es decir, individual) sirve para prevenir que la gente tome conciencia de la importancia de pensar en colectivo.

La narrativa individual reduce los problemas estrictamente al fuero personal: ¿No pudiste estudiar una carrera? No te esforzaste lo suficiente ¿No te alcanza con lo que ganas? Toma un curso de finanzas personales ¿No eres feliz? Cómprate un libro de autoayuda y aprende a ver las pequeñas cosas de la vida ¿Apenas cabes en tu casa o en tu asfixiante cubículo? Llénalo de colores y plantitas, verás cómo se transforma el espacio.

Por supuesto que la voluntad cuenta y el esfuerzo recompensa, pero el privilegio y oportunidades de los que partimos están separados por abismos.  

La enorme mayoría de los mexicanos nunca ha participado en una actividad público-social. Probablemente porque les contaron que eso no dejaba gran cosa, y más valía darle duro al trabajo. 

Probablemente porque esa misma historia se cuentan y siguen contando, sin advertir que la incapacidad de valorar lo colectivo y generar organización (y por tanto, poder y capacidad de presión) se ve limitada por la narrativa de lo individual. Vaya historia.

#HojadeRuta: La república de la sospecha

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En corredores y a calle abierta; en las bocinas de los teléfonos y cada letra digital e impresa; entre las mesas y el tintinear de tazas, están los murmullos. “Renunció porque según quería dedicarse a x, pero realmente quiere y”; “se le ve demacrado, dicen que está enfermo y por eso mintieron del motivo de su operación”; “ya sabían dónde estaba. Lo agarraron ahorita porque vienen elecciones y porque ya negoció que no toquen a los suyos”.

Corría septiembre de 2004 cuando el entonces titular de la SEGOB, Santiago Creel, hizo su contribución más duradera a la política nacional al invitar a “dejar atrás la cultura del sospechosismo”. Aunque la academia se ha resistido a abrir los brazos del diccionario al peculiar término, la realidad es que a las y los mexicanos nos hizo perfecto sentido su existencia.

Si la cultura se define como el conjunto de modos de vida y costumbres, por supuesto que en este país existe tal cosa como la cultura del sospechosismo. Quizá sea un sinónimo informal de “desconfianza”, pero que conlleva una carga política muy particular: la idea de que en lo público no puede creerse.

Las traiciones políticas son tan viejas como las dagas que los senadores le clavaron a Julio César, pero en México la cosa va más allá: en un país donde el 70% de la gente dice que no se puede confiar en los demás, la desconfianza se ha vuelto parte del sistema. Y ese es un problema grave.

Ya en otras ocasiones hemos mencionado que el maestro Zygmunt Bauman definió la actual crisis global de la democracia como “el colapso de la confianza”. Desde luego que si existe tal nivel de suspicacia entre nosotros es porque no éramos ariscos, nos volvieron. Años de tradición oral, decepción ante la impunidad y amargas experiencias en carne propia, nos han curtido a ser recelosos. Pero aquí viene lo interesante: la desconfianza debería llevar al cuestionamiento, la reflexión y finalmente, al sentido crítico.

Sucede que el efecto es contrario: hoy, de acuerdo al barómetro de confianza de Edelman, que mide a 28 países (incluido México) confiamos más en “una persona como usted” que en oficiales de gobierno, directores de empresas y representantes de organizaciones civiles. Y ahí tenemos una dificultad seria: si nos creemos lo que dice mi amigo(a) de la primaria que no veo hace 20 años pero que me encontré en Facebook y le doy share a su noticia que relata como el líder norcoreano Kim Jong-un detonó 30 bombas nucleares y se ha declarado nuevo emperador del universo.

La duda, decía Borges, es uno de los nombres de la inteligencia. Y lo es, siempre y cuando esa duda no se quede en mero sospechosismo, pues dudar de todo pero creerse a pies juntillas las oleadas de “fake news” nos pone en el peor de lo mundos: el de los que no saben que no saben, y eso, paradójicamente, no lo sospechan.




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