Abismos (Poética)

Antes de forjar el hierro, sembrar la semilla y adorar a dioses, plasmábamos la tinta. De la pintura rupestre a la poesía; de la poesía a la novela; y de la novela al ensayo, ¡qué  tanto le debemos a las letras! Es irónico: por primera vez en nuestra historia el modo de comunicación predominante es el escrito y, sin embargo, rehusamos a la literatura. Desconfiamos de su poder. Me veo obligado entonces, en lo que parece ser el ocaso de la civilización, a preguntarme: ¿cuál es el lugar de la literatura en nuestro tiempo?

Danza erótica entre el caos y el silencio; alquimia mística del fonema y el pentagrama; palabra y ritmo; comienzo y fin; rito y profanación; la literatura es el vórtice que permite la inmortalidad: reclama nuestra esencia y la regresa en tinta. El verso y la prosa: cárcel de pasiones, escombros del recuerdo. Signos que hablan, pero que callan aún más. La literatura es instante y pausa; resurrección fugaz y sucesión eterna; golpe y caricia. La tinta: bella marea negra que inunda la costa del papel; líquido fértil que da vida, a la sangre, al delirio, a lo que no fue.

Las letras son el trueno del labio; la llamarada de la lengua; la sombra del alma. Álgebra quimérica: construyen, transforman, y derrumban los minutos del tiempo cuando besan a la hoja. Se yerguen en soledad como las dunas doradas del desierto esperando sean lavadas contra el viento;  algunas como rehenes, otras, como fieles soldados del lucero y de la luna.

Voz y suspiro; bocanada y jadeo; la literatura evoca a la resurrección del recuerdo a través de los sentidos. Juego sensual entre la libido y el placer. Es fragancia y aroma. ¿De qué? Del polvo, de la flor, del rocío, de la tierra, pero sobre todo, de lágrimas: azotan al corazón desolado como las olas al puerto. Mar intranquilo; abrazo febril; paraíso del ciego; mestizaje de bondades; lengua de sol; orgasmo solitario y voz colectiva: las letras se prostituyen, se cogen, se inmolan, se someten, se asesinan, pero siempre denuncian. La página es bastión de ellas. Desde ahí, las letras observan, conocen y reconocen. Juzgan y sentencian. Si la historia es la llaga del tiempo; las letras son su bálsamo. Letras, palabras, talismanes: ¿hay acaso diferencia? Todas, incisiones en el universo que producen la distensión del tiempo.

Desde Grecia, hasta Roma, los filósofos fueron los primeros en entenderlo: somos un trance efímero en el universo. ¿Dónde estamos?; o aún con mayor terror debemos preguntarnos: ¿cuándo estamos? Las letras obligan a esas preguntas; y son, al tiempo, respuesta de las mismas. Producto de la infinitud del universo. Siempre aterra más sabernos desconocidos ante el tiempo que ante el espacio. Son, en ese sentido, enigmas sagrados. ¿Quiénes los han podido descifrar? Todos, y a la vez, nadie: Paz, Kafka, Proust, Cervantes, Virgilio, Platón, Dante, Borges, Quevedo, Poe y Whitman estuvieron cerca de lograrlo.

Lo que hoy vemos y leemos, son el espejo de su estética, de su realidad, de su carne. Y lo que ellos vieron y leyeron, son a la vez el espejo y la carne de la realidad de aquellos que los precedieron. Una cadena infinita de transmutaciones. Todos nos enseñaron a vivir; a entender el mundo; a olvidarnos que somos hijos de ese cruel padre que llamamos tiempo. Paradoja de originalidad: escribimos para innovar, pero todo escrito de un modo u otro es una réplica de algún sentimiento; de alguna experiencia; de algún pensamiento, ya propio, ya ajeno. Lo original siempre es un retorno al origen.  En ese sentido, la obra de los autores citados es aún inconclusa. Sigue en constante expansión. ¿No emula la literatura al orden del cosmos? ¿No fue la Ilíada un destello de lo que fue el Big Bang?

Antes dije que en la literatura hay cierto retorno al origen. Es cierto; escribir es volver al centro de toda la creación: al alma humana. En la literatura, encontramos aquello que nos aterra, pero también aquello que nos ata a la creación. El arte de las letras es en sí una estética, y toda estética refleja cierta filosofía.

Nuestra civilización ha abandonado el pensamiento crítico: ha instado en su lugar por devorar la información rápida, mecánica, intrascendente. En el abismo del capitalismo, de las producciones en masas, de la mecanización del hombre; hemos dejado de cuestionarnos lo importante. Me parece entonces que la literatura en nuestro tiempo es el único elixir a tan insulsa existencia. Sólo así detenemos el minutero mortal. Vicisitud del azar, juego caprichoso de los dioses, o sólo transito incidental: seamos lo que seamos, la literatura ilumina hasta los abismos más profundos de la otredad, nos salva y nos redime.

#HojadeRuta: La república de la sospecha




En corredores y a calle abierta; en las bocinas de los teléfonos y cada letra digital e impresa; entre las mesas y el tintinear de tazas, están los murmullos. “Renunció porque según quería dedicarse a x, pero realmente quiere y”; “se le ve demacrado, dicen que está enfermo y por eso mintieron del motivo de su operación”; “ya sabían dónde estaba. Lo agarraron ahorita porque vienen elecciones y porque ya negoció que no toquen a los suyos”.

Corría septiembre de 2004 cuando el entonces titular de la SEGOB, Santiago Creel, hizo su contribución más duradera a la política nacional al invitar a “dejar atrás la cultura del sospechosismo”. Aunque la academia se ha resistido a abrir los brazos del diccionario al peculiar término, la realidad es que a las y los mexicanos nos hizo perfecto sentido su existencia.

Si la cultura se define como el conjunto de modos de vida y costumbres, por supuesto que en este país existe tal cosa como la cultura del sospechosismo. Quizá sea un sinónimo informal de “desconfianza”, pero que conlleva una carga política muy particular: la idea de que en lo público no puede creerse.

Las traiciones políticas son tan viejas como las dagas que los senadores le clavaron a Julio César, pero en México la cosa va más allá: en un país donde el 70% de la gente dice que no se puede confiar en los demás, la desconfianza se ha vuelto parte del sistema. Y ese es un problema grave.

Ya en otras ocasiones hemos mencionado que el maestro Zygmunt Bauman definió la actual crisis global de la democracia como “el colapso de la confianza”. Desde luego que si existe tal nivel de suspicacia entre nosotros es porque no éramos ariscos, nos volvieron. Años de tradición oral, decepción ante la impunidad y amargas experiencias en carne propia, nos han curtido a ser recelosos. Pero aquí viene lo interesante: la desconfianza debería llevar al cuestionamiento, la reflexión y finalmente, al sentido crítico.

Sucede que el efecto es contrario: hoy, de acuerdo al barómetro de confianza de Edelman, que mide a 28 países (incluido México) confiamos más en “una persona como usted” que en oficiales de gobierno, directores de empresas y representantes de organizaciones civiles. Y ahí tenemos una dificultad seria: si nos creemos lo que dice mi amigo(a) de la primaria que no veo hace 20 años pero que me encontré en Facebook y le doy share a su noticia que relata como el líder norcoreano Kim Jong-un detonó 30 bombas nucleares y se ha declarado nuevo emperador del universo.

La duda, decía Borges, es uno de los nombres de la inteligencia. Y lo es, siempre y cuando esa duda no se quede en mero sospechosismo, pues dudar de todo pero creerse a pies juntillas las oleadas de “fake news” nos pone en el peor de lo mundos: el de los que no saben que no saben, y eso, paradójicamente, no lo sospechan.




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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”

La Gran Crisis Política

Pareciera como si el fin estuviera a punto de llegar. La clase política en el país ha perdido tanta credibilidad que da miedo. Miedo de ya no temerla a las apariencias y ya no buscar si quiera una legitimación que parece pérdida. El político de la vieja escuela en México está dando sus últimos respiros, pero al parecer también se ahorca solo.

Presenciamos, quizá, el caos más grande de México en los últimos 30 años. Los ciudadanos- para bien y mal- están tan hartos de sus gobernantes que han decidido salir a las calles a levantar la voz, y en ocasiones, a descargar su desesperación en forma de actos de vandalismo y violencia.

Y ¿cómo no estar hartos de una clase política tan pobre? ¿Cómo defender a una camada de gobernantes tan cínicos y además incapaces?




La realidad es que la corrupción en el país representa ya una fuga de egresos insostenible. En un país donde la economía ya ni si quiera es estable, donde el alza al salario mínimo es prácticamente nula y donde los servicios básicos siguen disparándose hasta los cielos resultado de pésimas gestiones gubernamentales y de una inexistente continuidad de proyectos.

La gran crisis de políticos en México nos está dejando grandes costes. Enrique Peña Nieto, que llegaba a la presidencia bajo dos lemas que pretendían modernizar la baraja política en el país. Desde el “Nuevo PRI” hasta el “Saving México” hoy tiene en sus filas tan solo un 7% de credibilidad entre los ciudadanos de México según algunas casas encuestadoras.




Javier Duarte y una de las gestiones más oscuras de gobernadores, plagado de sangre, violencia, despilfarro, corrupción e impunidad. Borges y Padrés, dos gobernadores que salieron cortados con la misma tijera, pero de diferente color.

Hilario Ramírez mejor conocido como “Layin”, un alcalde que sí robo, pero poquito. Actualmente se perfila para ser un serio candidato a la gubernatura de Nayarit, a pesar de los grandes escándalos por sus fiestas despampanantes, por levantarle la falda a las mujeres en plenos bailes públicos e incluso por regalar coches a personas que se hacen virales por las redes sociales.

Definitivamente vivimos la peor crisis de la clase política en México, en vísperas de los comicios electorales del 2018 no hay esperanza y la realidad es que tampoco hay razones para tenerla.

¿Qué estamos haciendo como sociedad para salir de ésta crisis? O ¿Tenemos a la clase política que merecemos? Lo dejo a su consideración. Por cierto, felices XV años de Rubí y un saludo al “talentoso” Lady Wuuu.

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Tlön, Uqbar, Mexis Tertius

“Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.”,

ha recordado Bioy Casares.

I

Las páginas de la narrativa a la que hace referencia el título aún permanecen vírgenes y frescas en mi mente. Como la flor recién cortada, el aroma que desprenden al acariciar su dorso, vuelve a agradar en nostalgias. Sorprende porque debo haber leído no menos de ocho veces la magnífica ficción de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. De todas las narrativas de Borges (ficciones y no ficciones), ninguna vive tan joven.

Ya por su complejidad en la que es narrada, ya por el idealismo verosímil, resulta una lectura distinta cada vez que paseo entre los arrabales de sus letras. De ahí que permanezcan vírgenes: cada lectura es una nueva aventura. Mas como sucede en la devota entrega del acto carnal del amor, con cada lectura, el sentido de la obra se exalta, se engrandece y se reinventa.




El relato, como es propio de la estética borgeana, funde con parsimonia géneros literarios para ofrecer una visión metafísica sobre el cosmos (y sus fisuras) a partir de la óptica idealista. La ficción gira en torno al descubrimiento que realizan los personajes –el propio Borges y Bioy Casares, debo advertir– de Uqbar, y el mundo ilusorio de Tlön; producto literario y fantástico de los habitantes de aquella región.

Al haber Casares remembrado una sentencia admirable de uno de sus heresiarcas, leída, según le permite su memoria, en una versión apócrifa de la Encyclopaedia Britannica (titulada “The Anglo-American Cyclopaedia”), deciden indagar más acerca de la extraña nación.

Al agotar la pequeña entrada sobre Uqbar, deciden visitar la Biblioteca Nacional y fatigar atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, y memorias de viajeros e historiadores. (El objetivo inevitablemente lo adivinará el lector.) En vano fue su esfuerzo. Salvo el contenido del vigésimo sexto volumen de la Anglo-American Cyclopaedia, no dieron con el menor indicio de Uqbar en otro documento.

Borges decide entonces emprender una odisea: averiguar el misterio que rodea a tan curiosa nación. Su suerte no impera hasta que encuentra un volumen del difunto Herbert Ashe (cuya suerte no relataré porque esta no es su historia, sino la de Tlön y Mictlampa y Uqbar y Mexis Tertius).

El volumen, titulado A First Encyclopedia of Tlön. Vol. XI. Hlaer to Jangr., estaba compuesto por mil y un páginas. La primera, adornada con un papel de seda, contenía estampado un ovalo azul con la inscripción: Orbis Tertius. Conoce el narrador, a través de tales páginas, sobre el ilusorio planeta de Tlön. (Producto de las fábulas fantásticas y literarias de Uqbar).

Un planeta donde la realidad existe sólo en los confines mentales del raciocinio. En Tlön, un absurdo sería hablar de disciplinas que expliquen o interpreten esa realidad. Todas las disciplinas que dominaron sus habitantes partieron de la psicología.

Gracias al Onceno Tomo, se percata Borges que la filosofía, en aquél planeta, es el equivalente a un juego dialectico. Nos dice que “las naciones de ese planeta son –congénitamente– idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje –la religión, las letras, la metafísica– presuponen el idealismo”.

 

II

 

Algo similar aconteció cuando tuve frente a mí L’Univers des Aztèques (traducida falazmente al español como El Universo de los Aztecas). Su lomo dorado, con plumaje de quetzal, e impresiones abstractas, cautivaron mis sentidos de inmediato. La primera página, en tinta náhuatl, desprendía cierto aroma a incienso y adelantaba un prefacio siniestro sobre el fin de la humanidad en una región Norte.

Una firma ilegible, y un sol estampado en cenizas, cuyo orbe leía: Mexis Tertius (el lector sagaz ya conoce el rumbo que tomarán las letras), distraían la mirada de las letras; e invitaban a ignorar dicho prefacio. Mi voluntad siguió el cauce.




Tal volumen consta de ciento ochenta y un páginas donde se resume la historia total de una nación a través de sus fábulas y literaturas fantásticas. Contiene el volumen, además: maravillas cartográficas, descripciones someras sobre su astrología y sus magias de adivinación; arte surrealista sobre su cosmología, sus ritos, y los mitos que forjaron a la nación. Por demás parecido a Uqbar, conocí sobre Méjico.

Sus habitantes parten de la premisa que el ser humano se desvive por alcanzar sueños. No quisiera descalificar tal afirmación en estas letras, pero sí precisaré que toda conjetura que emane de aquella aseveración, es debatible.

La literatura mejicana, al igual que en Uqbar, es rica e inigualable. Laberintos, páramos, murmullos, auras, y un largo etcétera, confabulan para dar vida a una de las prosas con mayor fluidez jamás vista.  Desarrollaron, afirmo así, una prosa excelsa que descree de los adjetivos; forzados ciertas veces por la pluma. Jamás por el sentimiento.

Sus ciencias trascienden hacía los astros, y se han descubierto a sí mismos a través de las estrellas. Su arquitectura fusiona un pasado prehispánico en la modernidad compleja del nuevo milenio. Sus montañas, hechas de tezontle, roca volcánica y adobe; con apenas miles de años, se yerguen hasta la luna y el sol. Como colosos en vigilia.

Sin embargo, el Méjico que describe El Universo de los Aztecas parece ser una nación en constante congoja, atrapada por la propia visión de su mundo ilusorio: Mictlampa.

En Méjico, el alba y el ocaso son indiferentes hacía las calamidades de la humanidad y las vicisitudes del destino rara vez conjuran a su favor. Subordinados a un áspero futuro; a los vendavales del Norte; y a la espera de las calumnias ajenas. Subordinados, al fin, a la región alguna vez hermana. (Básteme precisar que colinda con una nación de eruditos y magos). Dimana entonces, naturalmente, la creación de Mictlampa; cuya  existencia, narrada en fábulas fantásticas, es acaso un rudo recuerdo del Tiempo que no ha sido y que habrá de ser.

Los mictlampistas descreen de la opinión general: las masas no pueden decidir de manera certera el rumbo de la colectividad. Las colectividades, después de todo, son abominables porque multiplican el número de opiniones. Por ende, viven en soledad. (Esa idea falaz de que la opinión general suele ser la atinada ha desgarrado poco a poco a la nación mejicana. Tal vez es ello lo que se plasma.) Mas ello no se traduce en una vida infeliz.




Corrijo: no cabe tal adjetivo en Mictlampa porque han prescindido de las aspiraciones. Y de ideales. Consecuencia ha sido que no haya ciencias exactas. Resulta una nimiedad explicar científicamente un hecho. Una perspectiva puede transmutar en ley, mientras que una ley puede transmutar en opinión.

No hay premisas generales, desde luego. No lo es ni la propia realidad. Corrijo nuevamente: no existe la realidad. Al menos no como contraposición de lo fantástico. Su existencia y la conexión con el cosmos, entendida a través de sus dioses, permite que a cada uno le corresponda la suya.

No se desviven por alcanzar sueños (preciso que no son mis letras las que descalifican la afirmación, sino las de Mictlampa y Tlön y Uqbar y Mexis Tertius), puesto que el sueño es la existencia misma.

He dicho que el prefacio aborda el fin de la humanidad. Es cierto: L’Univers des Aztèques contiene la vida de toda una nación. Pero en sus últimas tres páginas, se narra el fin de toda la humanidad. Curiosa como la magia de los talismanes, esas páginas repiten infinitamente un sólo suceso: el triunfo de un heresiarca en la región hermana del norte.

Acaso al cerrar la última página, se me reveló que aquella nación ha existido, no solo en letras, sino en pensamiento, y que al efecto es lo mismo. Tan real como el vuelo del águila en Méjico.

Tlön precisa los límites de la mente humana y los extiende; Mictlampa coarta la imaginación y sucumbe el gregarismo a un telúrico deseo de vivencia….ya agotado.

“¿Auh ye nelli nemohua? Yehuaya” (¿Pero en verdad se vive?), ha sentenciado el erudito.

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El espejo mexicano

El manto febril de la noche comenzaba a cubrir el horizonte. Las partículas exangües de la luz del día se perdían ante sus ojos. En sintonía, el chisporroteo de la fogata y las cigarras entonaban su última melodía del año. No parecía importarle el cada vez más incómodo respaldo del roble sobre el cual reposaba su cansado cuerpo.

Esperó así hasta que la luna decidió mostrarse a través de un espeso telón de nubes. Un efímero rayo de luna nueva lo atravesó hasta descansar su reflejo en el gran lago adyacente al roble.

Armado de valor, se levantó, y se atrevió a asomarse al lago. Lo que vio le sorprendió: era su rostro, sin embargo, ajeno. El reflejo le mostró todo aquello que reprimía en lo más obscuro de su corazón.

De inmediato se alejó del agua y emprendió su marcha de regreso. Pero ya era muy tarde.

Le afligía el rostro la cicatriz que no lucía. Le azotaban decisiones que aún no había tomado. Le repugnaban las facciones que había adorado. Le asustaba la violencia que había observado.

¿Qué clase de maldición era aquella? ¿Qué clase de dios lo había condenado a observar su reflejo?

Es sólo a través de espejos que el ser humano se descubre a sí mismo. Tienen la capacidad de mostrarnos el más temible de nuestros demonios y de hallar la más sigilosa inseguridad. Así, el reflejo que muestra es, tantas veces, aterrador como lo es complaciente. Después de todo, nos alarman porque nos muestran ese lado que intentamos reprimir. Bien hacía Borges en temerles. La magia de los espejos, paradójicamente, oscila entre lo que muestra y lo que oculta.

Quizá por esa razón regresamos constantemente a ellos: para constatar lo que somos (y lo que aún no somos).

Es sólo a través de espejos que el ser humano se descubre a sí mismo. Tienen la capacidad de mostrarnos el más temible de nuestros demonios y de hallar la más sigilosa inseguridad. Así, el reflejo que muestra es, tantas veces, aterrador como lo es complaciente.

Su maravilla: están presentes en todo momento. No son sólo los cristales de vanidad erguidos en alcobas. Y de ahí el terror constante de Borges. Muestran el reflejo del humano las aguas serenas de un lago; los sueños taciturnos del desamor; la tinta vertida al papel; las letras que sosiegan el alma; al igual que las cosechas de la amistad. ¡Qué dicha (y que terror) el poder observarse a través de tantos espejos!

Pero, ¿tendrá toda una nación la misma fortuna? ¿Podrá observarse a través de espejos tan certeros y mágicos toda una sociedad?
La respuesta es cruel, pues el espejo nacional no reviste las cualidades poéticas y heroicas antes descritas. Muestran el reflejo de una nación su clase política. ¡Con qué terror se postra México frente a su espejo!

Su reflejo es producto de los demonios que lo han consumido durante años: poca participación ciudadana y políticos corruptos. Y así los muestra. Sin máscaras: el orgullo reformador de Peña Nieto; la ira incrédula de Calderón; la ignorancia en el discurso de Fox; la envidia política de Zedillo; la avaricia capitalista de Salinas; la gula electoral de Miguel de la Madrid; y la lujuria monetaria de Portillo.

Hoy lucen ajenos, pero son viva imagen de nuestra cultura. De indignación, pero conformista. Y es que a través de los años, no hemos querido enfrentar el reflejo. No hemos querido cambiar nuestro espejo, a pesar de tener las herramientas para hacerlo: el voto y la participación ciudadana.

Sin máscaras: el orgullo reformador de Peña Nieto; la ira incrédula de Calderón; la ignorancia en el discurso de Fox; la envidia política de Zedillo; la avaricia capitalista de Salinas; la gula electoral de Miguel de la Madrid; y la lujuria monetaria de Portillo. Hoy lucen ajenos, pero son viva imagen de nuestra cultura. De indignación, pero conformista.

El problema del mexicano es que a la hora de enfrentarse al espejo, en ocasiones, huye con cobardía del reflejo, y decide no inmiscuirse en los asuntos políticos; en otras, peca de vanidad y se enamora del reflejo, optando por una continuidad electoral pocas veces racional; y en otras tantas, se ahoga en su propia inseguridad y, con temor, decide una alternancia poco favorable.

Pero el espejo nacional no tiene que ser visto necesariamente como algo negativo. Es, de hecho, una de las herramientas más útiles: nos muestra los rostros de lo que fuimos, de lo que somos, y de esa manera, nos es posible vislumbrar el horizonte de una manera clara.

…el espejo nacional no tiene que ser visto necesariamente como algo negativo. Es, de hecho, una de las herramientas más útiles: nos muestra los rostros de lo que fuimos, de lo que somos, y de esa manera, nos es posible vislumbrar el horizonte de una manera clara.

Ahí están los Gobernantes demagogos. Con tintes de héroes dedicándose a destruir una partidocracia desde una plataforma independiente, nos han indicado el camino a seguir: la reinvención de partidos políticos. Las leyes prohibicionistas, que al reflejar los resultados obsoletos de las posturas retrógradas y conservadoras, han obligado a la tinta legislativa a tomar modelos liberales y con estricto apego a los derechos humanos.

México debe postrarse, sí, con terror frente a su espejo, pero con valentía, para darse cuenta de lo que es y el rumbo que debe tomar. Sólo a través de una participación activa en la vida política del país podrá el espejo mostrarse benigno con México. Es vital entonces que el ciudadano, con valentía, se postre frente al espejo y acaricie las cicatrices del pasado que le muestre, no como recuerdo nostálgico, sino como presagio de un futuro próspero.

México debe postrarse, sí, con terror frente a su espejo, pero con valentía, para darse cuenta de lo que es y el rumbo que debe tomar. Sólo a través de una participación activa en la vida política del país podrá el espejo mostrarse benigno con México.

Regresó al palacio aún con la última Luna de 1514 a sus espaldas. Faltaban horas para el nuevo amanecer, pero a Nezalhualpilli le aterraba aquello que había observado en el lago de Texcoco. No era la primera vez que sus deidades le revelaban sus maquinaciones sin claridad alguna.

Como tlatoani, había gobernado sabiamente, lo que le ganó la reputación de buen gobernante entre los nobles. Su congoja jamás fue la política, sino su espíritu de poeta. Sin lugar a dudas, su fascinación por la adivinación y por los agüeros también había contribuido a sus pesares, pero siempre fue la poesía la que lo acechaba inclusive en sus sueños. Esa noche antes de ir a la cama, no concilió el sueño. Los dioses le habían mostrado un sufrimiento que no le pertenecía.

A un año de morir, ¿qué le habían mostrado los dioses a tan dotado gobernante? Hay quienes aseguran que fue sólo el proemio de su muerte; el epitafio de su sepulcro. Otros afirman que fue la inminente llegada de Cortés a territorio nacional. Pocos otros aseguran que fue su propio reflejo pero sin la vanidad de la belleza que tanto le caracterizó. Y otros más, aseguran que el reflejó que observó aquella última noche de 1514 fue el reflejo de una nación condenada a sufrir durante más de quinientos años.

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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”