#HojaDeRuta: “Chernobyl: la verdad y sus consecuencias”

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El hubiera no existe, suele decirse cuando se imaginan decisiones o sucesos que pudieron haber sido distintos, y, por ende, cambiado el curso de la historia. Suele ser por nostalgia o lamento, pero, en ocasiones, pensar en lo que pudo haber sido resulta una reflexión necesaria.

Una de estas ocasiones es el máximo desastre nuclear de la historia: la explosión de la planta de Chernobyl en 1986 en la entonces Unión Soviética, para ser precisos, en lo que hoy es Bielorrusia, muy cerca de la frontera ucraniana.

El accidente y la crisis descomunal que le sobrevino son el tema de una nueva miniserie televisiva producida por HBO que se titula simplemente “Chernobyl”. Escrita por Craig Mazin, se desenvuelve por apenas cinco episodios, pero está dejando una marca profunda en el público.

La miniserie ha logrado atrapar la imaginación colectiva (cosa cada vez más compleja en tiempos donde reina el déficit de atención) con base en una estremecedora historia real. Tres grandes ideas, considero, cruzan la obra: las consecuencias de esconder la verdad y la búsqueda de ella; los sacrificios -la heroicidad existe- que hacen las personas comunes en medio de una crisis y, finalmente, el impacto destructivo que la actividad humana está teniendo sobre el planeta.

Como punto de partida se tomó el libro “Voces de Chernobyl: la historia oral de un desastre nuclear”, de Svetlana Alexievich, escritora bielorrusa que ganó el Nobel de literatura en 2015, premio que la academia sueca decidió otorgarle “por su escritura polifónica, un monumento al sufrimiento y coraje de nuestro tiempo”.

Y vaya que sufrimiento y coraje sobran en Chernobyl. No existe consenso sobre la cantidad de muertes generadas por el accidente (el rango va de las 4 mil hasta más de 90 mil), pero las dimensiones pudieron haber sido, cuando menos, continentales, amenazando los medios de subsistencia de millones de personas en Rusia y Europa.

En una escena, el mandatario ruso Mijail Gorvachov reprende a su gabinete por lo ocurrido, enfatizando que el poder de la Unión Soviética proviene de la percepción que desde fuera se tiene precisamente sobre el poder que ese país ostentaba. Lo que se ve no necesariamente es lo que hay, el problema es que se sepa.

Una de los testimonios recuperados por Alexievich en su libro sobre la tragedia, recordaba: “Nos dijeron que teníamos que ganar ¿Contra quién? ¿Al átomo? ¿A la física? ¿Al universo? La victoria no es un evento para nosotros, es un proceso”

Mazin, el creador de la miniserie, la considera un vehículo hacia la verdad, es decir, un recuento que intenta ser fiel, con lapsos dramatizados, de aquél episodio histórico, pero sobre todo, que despierte en la audiencia la intención de saber más sobre lo que sucedió. Y es que la verdad (o los esfuerzos deliberados de ocultarla) juega un rol clave dentro de la historia, cuestionando si la seguridad nacional, los secretos de Estado y la reputación misma de un gobierno, de una nación, justifican ocultar información de interés público.

En todo momento, las personas comunes son quienes sufren la tragedia, pero también quienes surgen para enfrentarla, muchas veces con el conocimiento de arriesgar sus propias vidas: mineros que cavan un túnel bajo lava nuclear; soldados que tienen segundos para palear grafito radioactivo; científicos que buscan respuestas a lo ocurrido.

El paralelismo con el presente es tan inevitable como necesario: vivimos tiempos donde las Naciones Unidas califican al calentamiento global como el mayor desafío que enfrenta la humanidad, mientras que el líder del país más poderoso del mundo niega la evidencia científica y ha hecho de la mentira tal costumbre que ha comenzado a confundirse con la verdad.

Chernobyl es un testimonio escalofriante de lo que nuestra ambición y errores pueden provocar. Es también una prueba de la templanza humana, pero, sobre todo, el recordatorio de lo necesaria que resulta la verdad para la democracia, y eventualmente, para nuestra propia supervivencia como especie.

gilberto@altiusconsultores.com

#HojaDeRuta: “El neoliberalismo y la 4T”

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Neoliberalismo: la doctrina de que la transacción de mercado es una ética en sí misma. Así comienza David Harvey por definir el concepto en su influyente texto “A brief history of Neoliberalism” (2005), una pequeña frase que abre un mar de análisis.

El profesor afirma que el neoliberalismo es “en primera instancia, una teoría de prácticas de economía política que propone que el bienestar humano puede avanzar de mejor manera liberando las libertades y habilidades emprendedoras del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por fuertes derechos de la propiedad privada y libre mercado”.

Desde principio de los ochenta comenzó a aplicarse bajo esta doctrina un conocido arsenal de medidas: privatización de empresas públicas; desregulación; reducción del aparato público; desmantelamiento de estructuras de bienestar y seguridad social; precarización del trabajo; ahorro y disciplina fiscal. Aunado a esto, deliberadamente se ha fortalecido al mundo financiero sobre el de la producción, trasladando este último hacia países con mano de obra barata para reducir costos.

En países como el nuestro, los resultados han sido mediocres, por usar un adjetivo moderado: la pobreza y desigualdad han ido en aumento, mientras que el promedio de crecimiento durante las últimas tres décadas ha sido muy bajo. 

Economistas como Thomas Piketty y Joseph Stiglitz han advertido los riesgos del actual modelo en el que la concentración de la riqueza es cada vez más aguda, mientras crece la desigualdad. En este sentido, señala Piketty, parece darse una regresión hacia un modelo de capitalismo patrimonialista, propio del Siglo XIX, donde la riqueza se da por herencia, de manera que los grandes recursos se mantienen en manos de unos pocos.

Piketty argumenta que la desigualdad no es un accidente y que solo puede aminorarse mediante la intervención del Estado. Afirma también que mientras las tasas de retorno de capital invertido sean mayores que el crecimiento económico, la riqueza se seguirá concentrando.

El presidente López Obrador ha fustigado al neoliberalismo desde hace años, cuando se desempeñaba como el principal líder de la oposición. Lógicamente, ese discurso se ha mantenido en su presidencia, donde el cambio de régimen que ha planteado pasa, precisamente, por superar ese modelo de economía política.

Sin embargo, la carta de renuncia de Germán Martínez al IMSS hace unas semanas dejó en claro que al interior de la cuarta transformación existe un corto circuito: un cuadro de extracción panista y formación ideológica de derecha, criticó precisamente la aplicación a rajatabla de políticas que calificó como neoliberales hacia adentro de la institución de seguridad social más grande de Latinoamérica.

Esa profunda contradicción debería preocupar a propios y extraños dentro de la cuarta transformación, y, por ende, llevarlos a formular preguntas trascendentes: ¿Qué significa la austeridad? ¿Es ahorrar a pies juntillas en todo, o evitar el dispendio y gasto ineficiente? ¿La reducción del aparato federal como medida de ahorro no es más cercana al modelo neoliberal que a la restitución de un Estado de bienestar? ¿Basta con dejar de condonar impuestos a los súper ricos, o es necesaria una política fiscal progresiva donde su aporte sea mayor?

Que este gobierno federal pretende superar el neoliberalismo está claro. Lo que debe reflexionar (y sobre todo, planear) es cómo hacerlo sin acabar replicando sus formas.

#HojaDeRuta: “Por un transporte (realmente) público”

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No soy un experto en transporte ni mucho menos, pero como dice aquella frase hecha: tantas ciudades desarrolladas no pueden estar equivocadas. Prácticamente cualquier urbe que cuenta con un modelo de transporte público exitoso, es precisamente por eso: es realmente público. 

En Nuevo León tenemos un híbrido que ha resultado poco conveniente: jurídicamente, el transporte sigue siendo público, pero operativamente está privatizado (así sea temporalmente) por la figura de la concesión.

Más allá de la polémica que ha desatado el aumento de tarifas, los vaivenes entre las posturas de los distintos actores -que van desde la insensibilidad de los transportistas hasta la improvisación de la autoridad estatal- y el alud mediático alrededor del tema, es preciso reflexionar sobre la esencia del modelo.

¿Qué implica que el transporte sea operado bajo un modelo público y por qué sería conveniente para el bienestar general? Para responderlo, hay que acudir al concepto de bien público.

Desde el aspecto económico, un bien público es aquél que está disponible para todas las personas (por tanto, no es excluyente) y no puede ser divisible (que lo use una persona no impide que lo use otra). Desde el aspecto político, son aquellos vienen que son provistos y/o protegidos por el Estado.

Demos un ejemplo con un tema en boga en Monterrey: el aire. Está disponible para todas las personas de la ciudad sin excepción y el hecho de que unos lo respiren no impide que otros puedan hacerlo. Además, desde el componente político el Estado no provee el aire, pero sí está obligado a protegerlo, es decir, a garantizar su calidad. Ahí tenemos un ejemplo claro de un bien público.

En el caso del transporte, se requiere entenderlo desde el concepto de movilidad: todas las personas deberían poderse mover en la ciudad, sin excepción, y la capacidad de movimiento de unos no debería impedir o afectar la capacidad de moverse de otros. En este caso, el Estado no solo está obligado a proteger esa capacidad de movernos, sino que, en el mejor escenario, debe proveerla.

¿La razón de lo anterior? Un tema de incentivos, y ahí es donde hay que elegir un paradigma: ¿La prioridad el transporte es mover a las personas o hacer negocio? La respuesta a esa pregunta encierra la esencia de por qué un modelo público es buena idea. 

Un modelo estatal debe poner su esfuerzo en la manera más eficiente y justa de mover a las personas; un modelo privado, pone su esfuerzo en maximizar la renta, aunque esto signifique afectar a los usuarios.

Y esa afectación a los usuarios hay que sacarla del mundo de lo abstracto y tocar tierra: significa impactar en los bolsillos de las personas que menos ganan, sobre todo considerando que México es el país de la OCDE donde proporcionalmente se gasta más del ingreso en transporte. 

Significa también una afectación a la salud física y emocional, pues se obliga a las personas a dormir menos, y pasar cantidades inhumanas de tiempo (de 3 a 4 horas diarias en los peores casos) arriba de un camión. Esto implica no solo cansancio, sino un menor tiempo de convivencia familiar o de recreación antes de volver a iniciar la rutina.

En pocas palabras, un transporte público ineficiente como el que tenemos afecta directamente la calidad de vida de las personas. Un mal transporte público que es consecuencia, a su vez, de una mala planeación urbana y los incentivos perversos que la han permitido.

De tal suerte que el debate de las tarifas será una polémica temporal, pero habría que ir al terreno de lo radical: repensar y replantear de manera seria y responsable nuestro modelo de transporte hacia una empresa pública o entidad estatal que tenga por objeto mover a las personas, no explotarlas.

gilberto@altiusconsultores.com

#HojaDeRuta: “¿Qué discute el presidente?”

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Por más que avanza la tecnología, la esencia permanece: es el discurso lo que da forma y sentido a lo político. Es así como se explica que una de las publicaciones con más reacciones en las redes del presidente López Obrador fue la aparecida el pasado 20 de abril, poco después de las 10:20 de la mañana:

“Callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción. No cabe duda de que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. Y perdón, pero son como sepulcros blanqueados.”

El breve párrafo generó 113 mil reacciones y 20 mil comentarios, además de haber sido compartido 20 mil veces en Facebook. AMLO es un experto polemista y un maestro del discurso público, pero eso ya se sabía. Lo interesante es el porqué de las polémicas actuales.

El presidente ha mantenido deliberadamente la retórica de la contraposición: -liberales vs. conservadores; prensa fifí vs. verdad oficial; mentirosos vs. honestos. Cierto, el conflicto es parte de la esencia de lo político, y cierto también que la tensión entre posturas liberales y conservadoras existe hasta nuestros días.

Sin embargo, el Presidente parece empeñado en atizar ciertas tensiones (por ejemplo, con la “prensa fifí”, en la que identifica a Reforma como el principal actor), mientras ignora por completo otras (su negativa constante a cuestionar, o siquiera opinar cada que Donald Trump asesta un dardo contra México o los intereses mexicanos).

¿Realmente está siendo atacado por la prensa? No más de lo que era como líder social o candidato, y ciertamente no menos de lo que se esperaría que se cuestione al titular del ejecutivo ¿Tiene sentido tener gestos como pedir a un medio que revele sus fuentes? Ninguno, y era obvio que sería interpretado como un ataque a la libertad de prensa ¿Está el presidente efectivamente atentando contra la libertad de prensa? No parece. Sería difícil encontrar otro ejemplo a nivel global de un reportero subiendo al estrado de una conferencia de prensa con un titular del ejecutivo a cuestionar datos sobre homicidios dolosos, como lo hizo hace unos días Jorge Ramos.

Si acaso, el episodio con Ramos dejó mal parados a los propios periodistas mexicanos, que quizá no han cuestionado ni presionado con suficiencia al presidente ante decisiones poco justificadas o posturas polémicas.

La polémica publicación de las “momias”, por la naturaleza de su retórica, hace pensar que el presidente mantiene su estilo de siempre: él decide el discurso, él genera el fraseo. No hay visos de que esto sea producto de una estrategia de comunicación, de un grupo profesional dedicado a definir el mensaje. La comunicación del presidente es el presidente.

Esto se vuelve aún más evidente ante una oposición sumamente debilitada (justificadamente, al ser producto de constantes decepciones, escándalos y malos resultados), que no ha podido articular un discurso creíble y se limita a reaccionar a las posturas del presidente y su partido.

Aunque su administración no ha llegado siquiera a su primer semestre, parece existir la sensación de que ha pasado más tiempo. Es cierto que López Obrador tiene un bono político tremendo: aplastó por 30 puntos a su más cercano perseguidor, consiguiendo la primera mayoría real en la era de la alternancia. Todas las encuestas serias ponen sus niveles de aceptación alrededor del 80%. Pero nada es para siempre.

Tres elecciones presidenciales en fila dan idea suficiente de cuál es la base de respaldo del presidente: 35% en 2006; 32% en 2012 y 53% en 2018. Esto indica que la base natural de AMLO oscilaría entre el 30 y 35% del electorado, es decir, más de una tercera parte de los sufragios que le dieron la presidencia vinieron de switchers: votantes que le vieron como la alternativa y/o decidieron en castigo a PAN y PRI. Lo anterior implica que esa porción del electorado podría volver a cambiar de aires si no se encuentra conforme con el desempeño del presidente.

Más que la contraposición entre liberales y conservadores, o de prensa fifí contra prensa libre, es probable que el presidente enfrente sus principales costos políticos por la naturaleza de sus posturas y la lógica de sus posiciones: nombramientos polémicos en la Suprema Corte y la Comisión Reguladora de Energía; polemizar con los conservadores en lugar de concentrarse en la empatía ante la matanza de Minatitlán; hacer de un medio en particular el enemigo de la administración, por dar algunos ejemplos.

Ni la base de votantes ni la aceptación del presidente están garantizadas, y es bien sabido que, inevitablemente, el ejercicio del poder desgasta. Conforme pasen los meses, es probable que la ciudadanía comience a poner menos atención a las confrontaciones, y más a los resultados (o la falta de ellos).

#HojaDeRuta: “Entre redes y realidades”

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“Las redes”: esas nuevas deidades etéreas de la opinión pública. Ante cada nueva polémica, desde espacios informativos y de opinión suele preguntarse: ¿qué dicen las redes? Como si fueran oráculos dando sus designios. 

Se les menciona con toda naturalidad, como si no fueran una masa amorfa, un mar cambiante donde lo mismo pueden encontrarse ideas valiosas que rabia pura, grandes piezas periodísticas que noticias falsas.

Cierto, mediante softwares especializados ya se pueden medir tendencias y “sentimientos”, tomando variables como los temas más repetidos o las palabras más mencionadas. Por ejemplo, la agencia digital Etnoscopía realizó un mapeo de identificación ideológica en México, tomando datos de Facebook Insights y encuestas digitales. Este mapa de tendencias ideológicas considera 5 categorías: extrema izquierda, izquierda, centro, derecha y extrema derecha. 

Algunos resultados parecen lógicos, por ejemplo, la zona del bajío es la más identificada con la derecha, mientras que entidades como Guerrero y Oaxaca lo hacen por la izquierda. Sin embargo, sorprende que entidades como Coahuila y Nuevo León se clasifiquen como centro, lo que sugeriría una disposición a tomar posturas progresistas en ciertos temas.

De acuerdo a la Asociación de Internet MX, en su último estudio de hábitos de los usuarios, el año pasado el 67% de los mexicanos mayores de 6 años eran usuarios de Internet. Si bien esta cifra no deja de subir año con año, es preciso reconocer que una tercera parte de la población aún no está en la red. Este mismo estudio señala que la principal actividad de los usuarios mexicanos es acceder a redes sociales, siendo Facebook la de mayor penetración, cubriendo prácticamente la totalidad de los usuarios (98%).

¿Esto implica que lo que se dice en las redes es un reflejo real del pulso social? No necesariamente. Para empezar, porque no todos están ahí, y segundo, porque de los que están, no todos tienen el mismo nivel de politización ni activismo digital. El New York Times, dentro de la sección The Upshot realizó un análisis que refuerza este punto, titulado: “El electorado demócrata en Twitter no es el electorado demócrata real”.

Los datos marcan un contraste notable. Por ejemplo, el 39% de los demócratas en redes sociales se identifican como activistas progresistas, pero en el electorado abierto, esta cantidad baja a 22%, es decir, sí existe una porción importante de simpatizantes que están empujando la agenda del partido a la izquierda, pero en términos reales es una menor proporción de lo que las redes y la percepción mediática sugieren.

Un dato complementario es aquellos demócratas que se identifican como personas moderadas: en redes son apenas el 13%, pero en la vida real esta cifra casi se duplica, para llegar a 24%. Es decir, al menos 1 de cada 4 votantes demócratas se considera a sí mismo como una persona moderada políticamente.

El análisis sugiere que si bien el movimiento hacia la izquierda que el partido ha experimentado es real, pero que el ánimo y fervor que existe en las redes sociales no coincide con el electorado demócrata en la vida real. Esto debiera generar una reflexión interesante en nuestro contexto: ¿qué tan real es la polarización entre fifís y chairos? ¿Qué tanto del electorado en realidad es moderado? ¿Qué proporción realmente está desinteresada de la política y no se expresa (por tanto, no registra) en redes sociales? 

En general, la lección es la cautela y el análisis frío de la información, pues la realidad política y comunicacional se transforma, pero esto no implica cambios radicales o totales en el electorado como un todo, que si bien puede irse transformando, no necesariamente lo hace en la medida y tono que las redes parecen reflejar.

#HojaDeRuta: “Volver a creer en el periodismo”

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Qué cosa tan frágil es la confianza hoy en día. Lo ha sido siempre, pero ante el asedio de la desinformación y la falta de criterio para discernir incluso lo que se creían verdades sólidas, la situación es particularmente delicada.

Cada año, la agenda estadounidense Edelman publica el “Barómetro de la Confianza”, donde mide este factor en lo que llama las “instituciones principales”: gobiernos, empresas, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil.

Para la medición de 2019 se realizaron más de 30,000 encuestas en 27 países, incluido México. A continuación comentaré algunos de los hallazgos que encuentro de mayor relevancia para reflexionar sobre la confianza (o la falta de ella) y las implicaciones que tiene para el debate y comunicación públicos.

En primera instancia -y quizá lo más destacable, en mi opinión- es que la ciudadanía a nivel global está mostrando una tendencia a consumir más noticias, es decir, tiene mayor interés por informarse. 

El reporte divide a los encuestados en tres categorías respecto al consumo de noticias: los desenganchados, que consumen noticias menos de una vez por semana; los consumidores, que lo hacen una vez o más por semana y finalmente los amplificadores, que son las personas que consumen noticias más de una vez por semana y las publican varias veces al mes en sus redes sociales.

Los consumidores se incrementaron 8% respecto al año pasado, pero lo que más sorprende es que los amplificadores mostraron un notable crecimiento de 14%, es decir, muchas más personas se están involucrando con las noticias y publicándolas en sus redes, denotando mayor interés en la agenda pública y en abrir conversaciones.

A lo anterior se suma un factor más: el principal crecimiento en la categoría de amplificadores se dio en las mujeres, que en población abierta aumentaron en 13% y en el público informado un 23% respecto a la medición publicada en 2018.

Respecto a las fuentes confiables de información, dos empatan en el primer lugar: en el promedio global el 65% de las personas encuestadas confían en los medios tradicionales y en motores de búsqueda como Google. Los medios digitales registran un 55% de confianza, mientras que los medios institucionales (páginas web oficiales, por ejemplo) tienen un 49%. El último lugar de confianza como fuente informativa son las redes sociales, con 43%.

Resulta una buena noticia que los medios tradicionales van recuperando algo de confianza del público, sin embargo, a nivel global siguen siendo la institución más desprestigiada. Pero esto cambia en el caso mexicano.

En nuestro país, el gobierno es la institución en la que menos se confía, con apenas 34%, incluso registrando un aumento de seis puntos en esta edición. De ahí le siguen los medios con 53%. Las empresas son quienes encabezan el listado de confianza a nivel nacional, consiguiendo un 71%. Cabe destacar que México es uno de los cinco países donde más se confía en las empresas.

El instrumento cuenta con más información de relevancia, por ejemplo, que el 73% de los encuestados le preocupa el uso de las noticias falsas como un arma, y un 76% quisiera ver a los líderes empresariales involucrarse más en problemáticas sociales como el cuidado del medio ambiente, la paga igualitaria entre hombres y mujeres y el combate al acoso sexual.

A mi juicio, una de las principales conclusiones que pueden desprenderse del estudio es que la crisis de las noticias falsas y la incertidumbre generada por ellas en las redes sociales, están generando un mayor interés del público de consumir noticias de los medios tradicionales o de buscar información de manera personal a través de motores de búsqueda, probablemente realizando una comparación de fuentes.

Lo anterior significa una buena nueva, pues marca una tendencia por regresar a la certidumbre y por recuperar la idea de la recolección, manejo y publicación profesional de la información, validada por periodistas profesionales y casas de prestigio. Se abre entonces una oportunidad de oro para el periodismo, que implicará retos que van desde la ética en el ejercicio hasta la adaptación a nuevos modelos de negocio. 

Recuperar la confianza del público será complejo, pero es posible. Una prensa sana y profesional en su ejercicio es aliento puro para la democracia, en particular, en contextos como el nuestro donde el autoritarismo echó por largo tiempo raíces. Contribuyamos para que así sea.

#HojaDeRuta: “Las historias de Tatiana”

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El auditorio estaba rebosante hasta las galerías. Una sala contigua tuvo que ser abierta porque el público no dejaba de llegar. Viejas amistades, estudiantes, profesores, periodistas y curiosos se daban cita para ver y escuchar la versión de una historia (la campaña victoriosa de López Obrador a la presidencia), y, sobre todo, a su peculiar narradora: Tatiana Clouthier.

Aunque oficialmente es Diputada Federal, su taza favorita tiene impresa la leyenda “Ciudadana de Tiempo Completo”, la misma con la que escuetamente se describe en sus redes sociales, espacio donde, quizá sin proponérselo, se convirtió en un referente. 

El reloj ya se acerca a la verticalidad total: están por dar las seis de la tarde. A ella, que lo mismo ha estado en cadena nacional que en mítines multitudinarios, se le ve nerviosa, pero contenta. Está por arrancar la primera presentación de su libro “Juntos Haremos Historia” en la Universidad de Monterrey.

No es fácil decidirse a hacer público el testimonio de una campaña presidencial, sobre todo si la consigna es ser veraz y brindar al público una mirada a la trastienda de uno de los procesos políticos más intensos que se pueden vivir en la democracia.

Esta tarde me toca “presentar” el libro junto a Azucena Uresti y Javier Risco, ejercicio que quizá tenga más sentido entender como “compartir”, pues un lector no puede ofrecer a otro su propia experiencia, sino el relato de ella, esperando contrastarla y entre las distintas miradas ir ensanchando el paisaje.

Tuve el privilegio de asesorar a Tatiana en manejo de medios durante la campaña presidencial junto a un talentoso grupo de colegas como Bárbara González y Juan Carlos Altamirano. Pero mucho antes que eso, fuimos amigos y compañeros de batallas. Perdimos muchas, ganamos un puñado, pero siempre nos encontramos.

En mi turno compartí algunas ideas que me provocó el texto. En primera instancia, reflexionar sobre la relevancia del texto en sí mismo: una mirada privilegiada de un momento histórico. Creo en eso que el Maestro Eric Hobsbawm llamaba “el pasado público”: aquellos hechos que marcan a una colectividad, y que es necesario conocer, reflexionar y debatir para comprender mejor nuestra realidad. Independientemente de la posición que se tenga, la elección de 2018 ya es uno de esos hechos.

Segundo: el inconmensurable valor de la autenticidad. En un mundo que vive una crisis de confianza hacia instituciones y liderazgos tradicionales, la frescura de decir lo que se piensa y actuar con naturalidad se nota. “La Tía Tatis” no nació en campaña, no es un personaje. Tatiana es la misma en una fiesta, repartiendo volantes en el metro o en el noticiero de Loret. Su forma de ser, que exuda franqueza en cada frase, se alineó a un momento político donde el principal sentimiento electoral era la rabia, y la necesidad de cambio era total.

Tercero: la campaña de AMLO fue la única que pudo hacer uso de la esperanza, el humor e, incluso, la ironía. El “Andrés Manuelovich” para desarmar la trama rusa o puntadas como el famoso “¿A quién propone?” que Tatiana puso en la quijada virtual de Meade a través de Twitter, fueron dando la nota a lo largo del proceso.

Cuarto: la receta de una campaña ha cambiado, pero no han desaparecido los ingredientes tradicionales. Tatiana lo relata con apertura: en tierra, tenían un candidato obsesionado con recorrer los 300 distritos electorales y mantener el contacto directo, además de coordinadores regionales de alta experiencia, como Ricardo Monreal y Marcelo Ebrard. En aire, la consigna fue “ni un solo espacio vacío”, donde Tatiana se asumió como la principal vocera de la campaña, pero también como coordinadora de un equipo de vocerías que replicaba el mensaje del candidato. En redes, autenticidad y frescura para conseguir, más que likes, eso que llaman “engagement” o un público enganchado, con particular énfasis en jóvenes y mujeres. Y en relaciones públicas estratégicas, el gabinete propuesto teniendo reuniones temáticas con organizaciones de influencia por todo el país para explicar el proyecto de forma temática.

Terminamos y el público generó círculos concéntricos alrededor de la autora pidiéndole fotos y firmas del libro. Atendió a todos sonriente. Cuando yo me fui, aún quedaba una fila que cruzaba la mitad del vestíbulo. 

Ayer vi fotos de sus actividades en la Cámara. Llevaba una blusa blanca con la silueta de un corazón humano estampada en carmín en su lado izquierdo, y pensé: “al latir de Tatiana le quedan muchas historias por escribir”.

#HojaDeRuta: “Articular el progresismo”

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Fuera máscaras: bienvenido sea el conflicto. Ante el flagrante atentado a los derechos que ha significado la penalización del aborto y la resistencia al matrimonio igualitario en Nuevo León, es preciso desnudar la postura política de cada cual.

Esta ofensiva oscurantista ha dejado en claro lo desarticulado que se encuentra el progresismo en la entidad: no está el discurso, no están los liderazgos, no están los espacios y, ciertamente, no está la representación política. Sin embargo, hay vitalidad que motiva: más de 3 mil mujeres tomaron el espacio público para defender sus derechos; las parejas homosexuales han conquistado su derecho al matrimonio y celebrado su primera boda con todas las de la ley. A pesar de las adversidades, la máxima de Galileo aparece: “Y sin embargo, se mueve”.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek ha dicho que “la idea liberal de tolerancia es cada vez más un tipo de intolerancia. Tolerancia significa no me acoses. No me acoses significa no te me acerques. Tolerancia significa precisamente no tolero tenerte cerca”. 

En el machismo, racismo y autoritarismo detrás de estas posturas no hay un problema de “tolerancia”, sino un problema de estructuras de poder que ven amenazada su dominación. Es un problema de conservadurismo precisamente porque hay resistencia a perder los privilegios por largo tiempo acumulados. Pero los privilegios de unos son, por naturaleza, la opresión de otros y otras.

Por eso no les creo a quienes dicen que no tienen nada contra las parejas del mismo sexo, pero quieren que el matrimonio sea solo entre hombre y mujer. No les creo a quienes dicen proteger “la vida”, pero esclavizan y privan de derechos a las mujeres. No les creo a quienes dicen tratar a las y los demás como iguales, pero desprecian a quienes son pobres y/o tienen piel oscura. No les creo.

Continúa Zizek: “¿Por qué actualmente muchos de los problemas son percibidos como problemas de intolerancia, no problemas de desigualdad, explotación, injusticia? ¿Por qué el remedio propuesto es la tolerancia, no la emancipación, la lucha política, incluso el conflicto armado? La respuesta inmediata es la operación básica del multiculturalismo liberal: la culturización de la política, es decir, las diferencias políticas condicionadas por desigualdad política o explotación económica son naturalizadas/neutralizadas a diferencias “culturales”, diferentes “formas de vida” que son algo dado, algo que no puede superarse, sino meramente “tolerarse”.

De poco sirve decir que el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación identifica a Monterrey como la ciudad que más discrimina en el país, si los datos (aún siendo metodológicamente obtenidos y validados por un organismo serio) chocan contra una visión moral, muchas veces inconsciente. 

Entonces, como lo afirma George Lakoff, es hora de empezar a poner los hechos y cifras con base a su importancia y dimensión moral desde la perspectiva progresista, acción que necesariamente pasa por la construcción del discurso político o “encuadre”. 

En este sentido, enlisto algunos postulados morales básicos desde una perspectiva progresista: -Todas las personas merecen todos los derechos. -Hombres y mujeres tienen los mismos derechos y merecen el mismo trato y las mismas oportunidades. -Debe respetarse la libertad religiosa, al igual que la libertad de amar a quien se elija. -Todas las personas merecen ser tratadas con dignidad y justicia. -Toda mujer es dueña de su cuerpo y de sus decisiones de vida. -La desigualdad no es natural, sino producto de las relaciones de poder, por tanto, puede revertirse. -La búsqueda de la igualdad no se trata de que todos seamos iguales literalmente, sino que contemos con los mismos derechos, oportunidades y líneas de bienestar mínimas, sin importar nuestro origen, rasgos o preferencias. -La solidaridad hacia las personas oprimidas es un rasgo básico de humanidad. -El bienestar colectivo (lo público) está por encima de intereses de grupos o particulares. 

Si bien la realidad política está generando una situación adversa, también presenta una oportunidad de una activación política progresista que trascienda la superficial noción de tolerancia y comience a ir a la raíz de los problemas: desigualdades económicas; machismo destructivo; racismo; privilegios de elites; intentona de imponer visiones religiosas. 

Para las posturas progresistas la urgencia es articular. Por un lado, articular un discurso bien cimentado en valores y “encuadres” progresistas, que conecte e inspire con las personas que comparten este pensamiento. Por otro, articular espacios de reflexión y acción política desde la visión progresista, capaces de movilizar, presionar, influir la política pública y ganar espacios de representación política. Ahí está el reto.

#HojaDeRuta: “La ciudad que no se mira”

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“Flor de la perversión, noche perfecta, 

tantas veces deseable maravilla y tormenta” 

-Efraín Huerta

Entra narrador omnisciente con voz en off. Si Monterrey se mirase al espejo ¿a quién vería por las mañanas? Si la ciudad tuviese un ángel en un hombro y un diablo en el otro ¿a cuál escucharía? Si se acostara en el diván y tuviera qué definir quién es ¿qué diría?

Quizá estaría atormentada por las salvajes diferencias que la marcan. Quizá prefiere ignorarlas. Dicen que pocas cosas cuestan tanto como ver hacia dentro…

Corte a miércoles. Exterior. La primera tarde medianamente limpia tras semanas de aire plomizo. Conforme el sol baja, se apilan los autos que quieren entrar al hueco de la montaña. Desde la altura de los penthouses deben verse como hormigas desesperadas por entrar a su guarida. 

Una Ford F-150 hace rugir la ancha garganta de su viejo motor y dribla coches con ligereza inesperada, buscando colarse al inicio de la fila. Su caja, cubierta con un camper hechizo, revela el verdadero carpooling: al menos siete albañiles viajan y ríen en su interior. 

En la orilla, junto a la puerta, los dos más jóvenes (no llegan a los 18 años) miran en silencio las relucientes torres: “la línea del cielo”, le llaman a las postales de edificios altos, solo olvidaron aclarar que al cielo -cuando menos a ese. no llegan todos. Son sus manos las que las han levantado, sus manos también las tendrán en pie. Pero siempre serán forasteros. 

La tarde los devuelve a ser tragados por el túnel. La cansada Ford verde llega al límite: se juega su pase contra una SUV de lujo, que en el asiento de atrás lleva a otro adolescente. Por un momento, el trabajador y el privilegiado se cruzan, pero no han de encontrarse nunca. Curioso: llevan el mismo corte de pelo que ambos le han querido copiar a Cristiano Ronaldo. 

La Ford pasa primero -porque si en casi nada se le puede ganar a la miseria, cuando menos se puede acelerar- y se pierde en la oscuridad del túnel mientras la noche cae encima. 

“Noches de no oír nada y ser todo, imperfectos.

Hermosa y santa noche de crueles bestezuelas.”

Corte a jueves. Exterior. Aún no amanece en el comedor de los pobres. Una señora salvadoreña espera con sus dos hijos pequeños (un niño y una niña, ambos duermen todavía) sobre la banqueta. 

Aguardan porque les han dicho que, de lunes a viernes en horario de 9 AM a 5 PM, el milagro ocurre: se multiplican los peces y los panes. Se reparten sin necesidad de pasaporte, porque hasta donde ella sabe, en las orillas del mar de Galilea no había aduanas. 

Lucha por mantenerse despierta cuando la espanta un grito seco, y a los minutos, el lamento de sirenas. Una multitud empieza a reunirse alrededor de una caja blanca con cruzada por lazos azules: ¡una cabeza! grita uno de los curiosos que para entonces son muchedumbre -Como la de Juan el Bautista, susurra ella aterrada, mientras aprieta a sus hijos cerca de ella. 

A unos cuántos kilómetros de ahí, un televisor narra el sombrío hallazgo, pero nadie le escucha. Dos amigos hacen planes para el fin de semana: acuerdan que uno llevará una hielera con cervezas y whisky, el otro con carne. Ambas estarán rebosantes, porque aquí el cuerno de la abundancia es un rectángulo de plástico. 

A veces la sangre de la carne escurre en la hielera, pero no es nada que una lavada no arregle, dice uno al otro compartiendo la sabiduría que solo dan mil parrilladas. Y el Rib-Eye de una pulgada es mejor término medio: solo hay que esperar a que sangre para voltearlo.

“Noche de fango y miel, de alcohol y de belleza,

de sudor como llanto y llanto como espejos.”

#HojaDeRuta: “¿Qué dijo Trump?”

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Donald Trump, la lengua más violenta de la política global, ha dado su mensaje más solemne del año: el State of the Union. El Presidente norteamericano en turno comparece anualmente en una sesión general del Congreso, donde asisten tanto Senadores (Cámara Alta) como congresistas (Cámara Baja).

Históricamente, el State of the Union es el discurso donde el mandatario habla de los logros de su administración, de los retos que se enfrentan, de necesidades presupuestales y de las prioridades de su gobierno, desdoblando su agenda legislativa para el periodo.

La del pasado 5 de febrero no fue una edición ordinaria, pues se da en un clima de alta tensión entre Republicanos y Demócratas por la polémica insistencia de Trump de obtener presupuesto para construir su muro (que ya mutó a reja) en la frontera con México. 

Tal ha sido la obstinación del presidente y la resistencia de la oposición, que se dio el cierre del gobierno (shutdown) más largo en la historia de EEUU, es decir, no había presupuesto para mantener andando el aparato federal. Esta disputa también vio surgir una figura inesperada como líder opositora: la de Nancy Pelosi, veterana demócrata que actualmente ostenta la presidencia de la Cámara Baja.

Durante la medición de fuerzas de las últimas semanas, Pelosi demostró un temple y oficio muy superiores a los del Presidente, con respuestas punzantes y movimientos políticos que en todo momento superaron a un mandatario acostumbrado al terreno de la vociferación y la bravuconería en redes y medios, pero con poca experiencia en el ajedrez político que requiere tanto paciencia como certeza.

Pelosi asestó un duro golpe a la vanidad de Trump al sugerirle no asistir a brindar el mensaje anual al Congreso, pues al estar “cerrado” y sin recursos el gobierno federal, no podía garantizarse su seguridad. Aunque finalmente el evento se llevó a cabo, la sazonada demócrata ganó el juego de las percepciones.

¿Qué dijo Trump relevante para México? Aunque sin alusiones directas al nuevo gobierno ni al pueblo mexicano, nuestro país está en el centro de la actual tensión por el presupuesto para construir el muro (5.7 billones de dólares es lo que Trump ha solicitado) y la negativa demócrata de otorgarlo. 

El Jefe de Estado norteamericano ha amenazado incluso con declarar un estado de emergencia en la frontera con México (hay que recordar que durante pasados meses ya se dio el despliegue de tropas y se estarán enviando más) ¿Por qué no hizo esta amenaza en su principal mensaje del año ante todo el legislativo presente? Todo indica que la razón es que existe división en su partido, y habría republicanos que se opondrían a la medida, lo cual le significaría no solo una derrota legislativa, sino una considerable herida política.

Otra alusión a México -la única abiertamente crítica, en realidad- fue cuando criticó a los países que estaban dejando pasar caravanas migrantes. AMLO, por su parte, se mantuvo en la misma línea de no confrontación, y tras el mensaje agradeció que el norteamericano fue “bastante respetuoso de nuestro gobierno”.

Estamos pues ante un momento extraño, pues Trump ha decidido apostar todo su capital político a su base, de ahí que se explique su insistencia en obtener fondos para el muro, por otra parte, ha sido mesurado en su trato hacia el Presidente López Obrador y se avanzó en la iniciativa de generar proyectos de desarrollo en México y Centroamérica para desincentivar la migración. Sin embargo, más tropas se están desplegando en la frontera, lo cual es un mensaje agresivo, y al mismo tiempo, significa una vía de presión política hacia los demócratas que le permite a Trump dar la percepción de estar actuando por la seguridad fronteriza.

La tensión por el muro está cerca del punto de ebullición, pues en menos de dos semanas expira el acuerdo temporal para abrir el gobierno, y volverá a darse un choque donde, por el momento, los demócratas parecen estar en mejor posición ¿México podrá mantenerse solo como espectador? Veremos.

gilberto@altiusconsultores.com