#HojaDeRuta: “El imperio ataca y la prensa contraataca”

Comparte este artículo:

“La oportunidad de evitar la derrota está en nuestras manos, pero la oportunidad de derrotar al enemigo la proporciona el enemigo mismo” -Sun Tzu

Que la prensa está perdiendo confianza en el mundo entero, irónicamente, no es noticia. Pero en estos días ¿quién no la está perdiendo? Liderazgos, partidos, gobiernos, empresas, instituciones, caen de sus antiguas torres de marfil. Lo advirtieron las barbas de Marx: lo que antes era sólido hoy se desvanece en el aire.

Vivimos una era de impensables (o cuando menos, improbables): las videollamadas prometidas por la ciencia ficción hoy son cosa de todos los días; los polos empiezan a derretirse; en México ganó un presidente de izquierda; los rusos intervienen en las elecciones norteamericanas, y consecuencia, ese país es gobernado por un ultra conservador en el que laten ideas oscuras y peligrosamente similares a las que pusieron al mundo en guerra hace menos de un siglo.

El país que se preciaba de ser la cuna de la democracia tiene un presidente que no ganó la mayoría de los votos y que echado por tierra el carácter intocable que creían tener sus instituciones. Si algo ha demostrado el trumpismo es que el cinismo y la bravuconería son rentables políticamente, y que pocos catalizadores son tan potentes como el enojo.

La opresión del tirano es terrible, pero por naturaleza genera rebeldía. La resistencia es producto de una circunstancia opresora, o de una circunstancia liberadora que se desea oprimir. Esa tensión se ve reflejada particularmente en la pugna que Donald Trump mantiene con la prensa. Ninguna buena enemistad es casual: si deseas crear tu propia verdad sin el más mínimo fundamento, no basta creer que la luna es de queso, debes atacar a quienes lo niegan. Ellos son los disparatados, no el que cree que los lácteos y los cuerpos celestes son deliciosa combinación.

El Boston Globe, diario con más de 140 años de tradición, ha iniciado una rebelión abierta contra Trump con el arma máxima del periodismo (quizá, de la humanidad misma): el discurso. Su Consejo Editorial ha partido de una potente oración: “Los periodistas no son el enemigo”.

Empiezan su posicionamiento diciendo: “Reemplazar a la prensa libre con una prensa controlada por el Estado siempre ha sido el primer punto en la agenda para cualquier régimen corrupto que se apodera de un país. Hoy en Estados Unidos tenemos un Presidente que ha creado un mantra: los miembros de la prensa que no apoyen abiertamente las políticas de la actual administración son “enemigos del pueblo”. Esta es una de las muchas mentiras que han sido lanzadas por este Presidente, muy parecido a los charlatanes de antaño que arrojaban polvo o agua mágicos sobre una esperanzada multitud”.

Las rebeliones contra la opresión deben ser, por definición, momentos de solidaridad. Por eso el Boston Globe ha llamado a todos los periódicos norteamericanos a publicar editoriales defendiendo la libertad de prensa. El fenómeno toca el corazón: desde el New York Times hasta periódicos de pequeñas ciudades y pueblos se han unido a través de su editorial. Ya suman más de 300 en unos cuantos días.

La batalla no solo es por la verdad, sino por la razón: de acuerdo a una lista compilada por el Washington Post, en los primeros 558 días de su presidencia, Trump hizo 4,229 declaraciones falsas o engañosas. No hay que confundir “verdad” en términos ideológicos, con verdad en términos de evidencia científica y hechos comprobables.

Lo que está sucediendo es una señal de esperanza, no solo al rescate de la esencial labor del periodismo para el aliento democrático, sino porque comienza a pelear contra Trump en el terreno del discurso. “Fake News” no es solo una categoría para noticias falsas, es un grito de guerra, es una identificación del “enemigo”, es señala al “infiel” sin fe, es aquél que se niega a creer en la verdad única del único líder.

Michel Foucault creía que retar al poder se trata de separar al poder de la verdad de las formas de hegemonía social, económica y cultural que operan en el presente. El discurso puede ser un espacio de poder, pero también de resistencia. “El discurso transmite y produce poder, lo refuerza, pero también lo socava y lo expone, lo hace frágil y permite frustrarlo”.

Esta unión de espacios editoriales en defensa de la libertad de prensa nos recuerda que el oficio es hermoso, que los poderosos deben ser puestos al ojo público y llamados a cuentas por sus actos, que el poder de unos cuantos no está por encima de las mayorías, que la justicia, a veces, esas benditas, pocas y dolorosas veces, se alcanza. 

“Hubo un tiempo en que el periodismo no era una carrera, era un llamado”, dice Mackenzie Davis en The Newsroom. Es tiempo de volver a escuchar.

#HojaDeRuta: “7 conclusiones de la elección en Nuevo León”

Comparte este artículo:

La semana pasada abordamos 5 lecciones que dejó la elección presidencial. Esta ocasión la dedicaremos a analizar los efectos que dejó en el panorama sociopolítico de Nuevo León el reciente proceso electoral.

Nuevo León tiene invertidas sus elecciones respecto a lo nacional, es decir, cuando hay elecciones generales en el país y se elige presidente, a nivel local realmente son intermedias, pues tocan justo a la mitad del mandato de quien ostente la gubernatura. Por tanto, en 2021 la entidad vivirá una elección general al cambiar de gobernador, que coincidirá con la elección de medio término de la presidencia de AMLO.

Lo anterior es fundamental, ya que los resultados de esta elección delinean el estado de las fuerzas políticas con miras a la gubernatura que se disputará en 2021. Tomando esto en cuenta, ofrecemos las 7 conclusiones de la elección de 2018 en Nuevo León:

  • El efecto AMLO también fue evidente en el estado. Si bien Nuevo León fue el segundo “peor” estado para López Obrador en margen de triunfo -Guanajuato fue el único que perdió-, la realidad es que el virtual presidente electo subió en alrededor de 70% su votación con respecto a lo obtenido en 2012 en la entidad. La coalición que postuló a AMLO emergió como segunda fuerza en el congreso local, la pregunta es si seguirá unida. Juntos Haremos Historia consiguió la impresionante cantidad de 15 escaños, lo que le dará un enorme poder de negociación, siempre y cuando logre consolidarse como bancada. Existe el escenario de que PT y PES decidan jugar solos o incluso negociar con otras bancadas, sumando a esto el riesgo de divisiones al interior del propio Morena, que aún no ha terminado de madurar en su vida orgánica como partido local y tiene dentro de sí diversos grupos
  • El PAN queda como la fuerza política más fortalecida para enfrentar la elección de 2021. En primera instancia, recuperó Monterrey y Guadalupe, los dos municipios más poblados de la zona metropolitana, y mantuvo San Nicolás y Santa Catarina, aunque perdió San Pedro. Además será la primera fuerza en el congreso local con 16 escaños, apenas uno más que la coalición que encabeza Morena. Nuevo León se mantiene como uno de los estados donde el blanquiazul, a pesar de su guerra intestina, es competitivo, siendo parte del corredor Occidente-Bajío-Noreste que sigue mostrando preferencia por el voto conservador.
  • El PRI local sufrió las consecuencias del rechazo existente tanto hacia la marca como hacia la administración de EPN. Recibió duros golpes en todos los frentes: perdió los dos municipios metropolitanos más poblados; pasó de 15 diputados locales a 6; obtuvo un solo triunfo por mayoría a diputación federal y pasó de tener 3 escaños por Nuevo León en el Senado a ninguno. Tanto a nivel nacional como local, le espera una cirugía mayor de reconstrucción de reputación y estrategia política, pues resulta evidente que la fuerza territorial palidece ante el desprestigio de la institución
  • El Gobierno del Estado iniciará la segunda mitad del mandato aislado políticamente. El grupo político ligado al gobernador Jaime Rodríguez se encuentra debilitado en varios frentes: pagará el costo político de la decisión de contender por la presidencia; no tendrá un solo diputado(a) local para impulsar su agenda; no tendrá un solo diputado(a) federal para bajar recursos, tampoco senadores. Esto significa una notable anomalía a nivel nacional: es el único ejecutivo estatal que no tiene representación legislativa. Además, el gobernador se ha mantenido agresivo hacia AMLO tras la elección, desairando la primera reunión de la CONAGO con el virtual presidente electo y criticando algunas de sus medidas. Ninguna candidatura afín al grupo político del gobernador logró ganar municipios metropolitanos, manteniendo solo García. Lo anterior marca claramente un camino de negociación con alguna de las fuerzas políticas del congreso, o más precisamente, con algunas figuras de esas fuerzas políticas, mientras enfrenta problemáticas como el aumento de la inseguridad y la debilidad financiera de la entidad
  • El triunfo de Miguel Treviño en San Pedro puede significar el inicio de una nueva fuerza política. Este resultado, junto con la victoria de Samuel García al Senado, se convirtió en la novedad de la elección. El triunfo de Treviño resulta simbólico por lo que significa San Pedro a nivel local y nacional, además de ser una amalgama de panistas tradicionales desplazados con diversos liderazgos y organizaciones ciudadanas. El proyecto que se construya en San Pedro podría ser el génesis no solo de ciertas innovaciones en la gestión pública, sino en una fuerza política independiente distinta a la del gobierno estatal
  • La relación del gobierno estatal con la nueva administración federal tendrá un elemento clave en la figura de Judith Díaz, quien ya fue anunciada como “coordinadora” estatal, una suerte de súper-delegada que probablemente se convertirá en el enlace con las secretarías federales y los diputados federales, en particular para el presupuesto de egresos
  • Ya comienzan a perfilarse algunos posibles tiradores por la gubernatura en 2021: Por el PAN, Víctor Fuentes, Felipe de Jesús Cantú y Víctor Pérez. Por Morena, Judith Díaz y Tatiana Clouthier. Por el PRI, Clara Luz Flores, Pedro Pablo Treviño e Ildefoso Guajardo. Por MC, Samuel García. Por el grupo independiente del gobierno estatal, no hay un perfil claro todavía.

#HojaDeRuta: “5 lecciones de la elección”

Comparte este artículo:

La elección presidencial donde resultó ganador Andrés Manuel López Obrador fue histórica: obtuvo la votación más amplia en porcentaje desde 1982, ganó todos los estados a excepción de Guanajuato y tendrá mayoría legislativa por primera vez desde 1994, además de que será el debut de una opción de izquierda al frente del país.

La contundente victoria de AMLO, que además provocó un crecimiento exponencial de Morena, sacudió al sistema político mexicano y abre una nueva etapa histórica e institucional en México. Además de haber rebasado el umbral del 50%, un dato ilustra la dimensión del resultado: en las tres elecciones presidenciales anteriores, la diferencia entre ganador y segundo lugar había sido de 6 puntos (2000), 0.5 puntos (2006) y 6 puntos nuevamente en 2012. AMLO superó a Anaya por 30 puntos. 

En la agencia que dirijo hemos realizado un análisis de lo ocurrido el primero de julio, buscando arrojar luz sobre los factores que generaron el resultado y consecuencias de este, mismo que hemos estado compartiendo con clientes, líderes de opinión y grupos de interés.

De ese documento comparto un extracto en la forma de cinco grandes lecciones que deja la elección presidencial de 2018:

  • La victoria de AMLO fue, principalmente, la combinación de dos factores: el enojo hacia las opciones tradicionales por su falta de resultados en seguridad, economía y combate a la corrupción, junto a la tenacidad de López Obrador de sobrevivir y sobreponerse a sus dos derrotas previas, para convertirse en el momento clave en la única opción de cambio. Fue capaz de mantener su base en su totalidad y convencer a votantes molestos e indecisos.
  • Fue una elección de muchos brincos, donde el suelo siempre estuvo parejo. De acuerdo a los ejercicios de poll of polls o agregados de encuestas que hicieron Oraculus y El País, la tendencia siempre fue la misma: un solo puntero que iba creciendo, con dos perseguidores lejanos peleando por el segundo lugar. A pesar del ruido y polémica que rodearon al proceso, en los hechos fue una elección sin sorpresas.
  • AMLO tendrá una fuerza política inusitada proveniente de tres factores: primero, la legitimidad que le brinda su margen de triunfo que se distribuyó por todo el país. Segundo, que ese triunfo fue construido prácticamente por todos los segmentos de la sociedad en términos de edad, estudios e ingresos, resaltando el hecho de que las personas con escolaridad de universidad o más (65%) y de ingresos altos (64%), fueron quienes más le votaron, de acuerdo a la encuesta de salida de Parametría. Tercero, su partido tendrá la mayoría simple en ambas cámaras federales y en 19 de los 32 congresos locales.
  • La gravedad de la derrota sufrida tanto por el PAN como por el PRI obligará a tensiones y reacomodos al interior de ambas fuerzas políticas. Ricardo Anaya obtuvo la votación más baja para un candidato panista desde 1988, mientras que José Antonio Meade no logró ganar ni una sola de las 300 secciones electorales del país. Anaya resquebrajó al blanquiazul en el proceso de adjudicarse la candidatura, lo que ha dejado como resultado que al menos haya cinco grupos en pugna por el control del partido: el del propio Anaya; el calderonismo; el nuevo frente de gobernadores panistas (GOAN); el grupo Puebla de Moreno Valle y los conservadores. El PRI estrenó líder en la figura de Claudia Ruiz Massieu, quien ha dejado entrever que contempla la posibilidad de un cambio de identidad del partido, en un momento donde el PRI requiere, más que una cirugía estética, una ética.
  • El dinero y estructuras no pueden contra un fenómeno sociopolítico. No se puede comprar la realidad: un país sumido en una crisis de violencia (el sexenio de EPN ya superó al de Calderón en homicidios dolosos); que no crece en términos reales desde hace 25 años; donde los casos de corrupción e impunidad se apilan y donde la movilidad social para los más pobres es tan baja, la existencia de un enojo generalizado resulta una obviedad. Por suerte, los agravios se expresaron a través de las urnas, porque las condiciones para un arrebato social hace tiempo que están dadas.

En la próxima entrega compartiremos algunos puntos del análisis desde la perspectiva de Nuevo León.

#HojaDeRuta: “Una epidemia de violencia”

Comparte este artículo:

Como chispa sobre la yesca, la furia se propaga: ¿cómo es posible que aquí, en la ciudad desarrollada y orgullosa, sea asesinada sin piedad una niña de ocho años? Hierve la sangre, pero como el agua para café, la ebullición cesa cuando se apaga la llama. El vapor se disipa, el coraje deja de burbujear. Todo volverá a la normalidad cuando el calor se haya ido.

Pero ¿qué es la normalidad hoy? Durante los días negros de 2010-2011, cuando ningún abanico bastaba para domar el calor, dormíamos a ventanas abiertas para robarle al aire nocturno un poco de alivio. A lo lejos, cuando menos un par de veces por semana, se escuchaban los estruendos. A los truenos que anunciaban las lluvias de mayo hubo que sumar los que anunciaban las lluvias de plomo.

En este país son asesinadas siete mujeres diarias. Siete. Entre la rutina del despertador, trabajo, cena y serie de Netflix, cayeron más muertas. “Se me fue rapidísimo la semana”, decimos a veces. En ese tiempo, se nos fueron 49 mexicanas cuya vida fue extinguida por el hecho de ser mujeres.

2017 registró 29 mil asesinatos en el país. Más que cualquier otro año en la historia reciente. Tratando de anclarnos a la sensatez, resulta adecuado decir que México vive una epidemia de violencia. Consideré con cuidado la palabra y sus dos significados oficiales: 1. Enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas. 2. Mal o daño que se expande de forma intensa e indiscriminada. La definición encaja.

Al enorme riesgo que implica normalizar la violencia, habría que aunar otro: la justificación para ejercer aún más violencia. Si el hombre es el lobo del hombre (y evidentemente, de la mujer), entonces la respuesta está en la ferocidad: el más brutal habrá de ganar la partida. Así se ha justificado pisotear los derechos humanos “en nombre” de la seguridad. Así se escuchan y leen voces que entienden la justicia como un acto de venganza: “Hay que lincharlo”, “es un animal”, “deberíamos matarlo”, “no merece vivir”, “que lo torturen primero”.

¿Y muerto el perro se acabó la rabia? Por más cuerpos que cubren al país, la rabia no hace más que crecer.

Una sociedad pobre, desigual e injusta que genera desesperados y psicópatas, resuelve que la mejor manera de lidiar con el criminal es la vejación, y ultimadamente, su aniquilación, sin cuestionar las circunstancias que le orillaron a la criminalidad, a la alteración patológica de su conducta social.

¿En qué momento nos hemos detenido a pensar no solo qué hacer con la violencia, sino qué ha hecho la violencia con nosotros? ¿Quiénes somos después de niñas y niños asesinados, otros niños disparando a sus compañeros de clase, mujeres quemadas y apuñaladas, estudiantes acribillados, cuerpos colgados de puentes, cuerpos que ardieron vivos? No somos los mismos, no podríamos serlo.

Martin Luther King decía que “la violencia como vía para lograr justicia racial es tanto impráctica como inmoral. No soy ajeno al hecho de que la violencia a menudo produce resultados momentáneos. Frecuentemente, naciones han ganado su independencia en batalla. Pero a pesar de victorias temporales, la violencia nunca trae consigo paz permanente”.

Vista desde el aire, la violencia se puede disfrazarse de orden e involuntario arte abstracto. Jorge Taboada, arquitecto mexicano, comenzó a retratar fraccionamientos de interés social en sobrevuelos. Las imágenes revelaban una simetría impactante, de pronto parecen una composición digna de Escher o Mondrian. Dibujan una estética casi surreal, una belleza involuntaria.

Pero a ras del suelo la realidad estruja: pequeñísimas casas de 30 metros cuadrados donde se aprietan familias enteras. Caldos de cultivo para más violencia: hacinamiento, calor, lejanía. Una de estas cápsulas fue cateada ayer en búsqueda del presunto asesino de Ana Lizbeth. Era mujer, era niña, era pobre. Todas las piedras del mundo sobre su espalda. 

Los estudios de movilidad social del Centro Espinosa Yglesias son contundentes: en este país, si naciste pobre, lo más probable es que así te mueras. El abominable crimen de Ana Lizbeth no puede quedar impune, pero ella no será la última niña a la que se le apaga la vida si esta epidemia continúa, si no se atacan las causas que la generan, desde una economía que funciona para un puñado de privilegiados y no para las mayorías, hasta las violencias machistas que destruyen.

Sartre escribió que la violencia, sin importar la forma en que se manifieste, es un fracaso. Hasta ahora, en este país y en esta ciudad, el fracaso ha sido rotundo.

#HojaDeRuta: “Sueño de una tarde dominical en la elección presidencial”

Comparte este artículo:

El sol se asoma por la silueta de México. La luz toma su tiempo en chorrearse, y cómo no, si hay que cubrir de arriba abajo la Sierra Madre y dibujar los ritmos de litorales cuyas aguas van cambiando de color. Hay que iluminar los valles del bajío por donde Hidalgo se imaginaba frondosos viñedos mientras leía a Molière y los altos de Chiapas donde entre nubes y niebla nace el café. 

Luz que se tira sin miedo hasta el fondo de las Barrancas del Cobre y encima del Pico de Orizaba. Sol de Monterrey que lleva en sus rayos susurros de Reyes, sol que se mece entre las palmeras de Vallarta. Sol de domingo, sí, pero no de un domingo cualquiera.

Jaranas suenan, acordeones tiemblan, trompetas saltan: la gente amanece con ganas de abrazar su destino. A fin de cuentas, es domingo para todos y hasta la fecha se desconocen planes para privatizar el sol.

Allá van, a tachar papelitos que mucho dirán. Papelitos en cajas de colores que habrá que contar. Papelitos llenos: unos de furia, muchos de ilusiones, otros tantos desilusionados, pero todas las cruces dicen algo. Cruces en la boleta, cruces en un país donde se nos apilaron tantos muertos que a muchos hasta el nombre y los huesos les perdimos.

Allá van las gentes cruzando la Alameda central. La Catrina disfruta un helado de mamey y se le ve manchado el huesudo pulgar. “La flaca llega primero a todo, hasta a votar” piensa Monsiváis a la vanguardia de un contingente gatuno que reclama entre poesía y ronroneos la plaza.

De una ventana chilena se asoma Allende, seguro alegre por su reciente cumpleaños, y le grita a una manada de estudiantes: “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

¿Cómo es que cabe tanta gente en esta plaza?, pregunta con ganas de queja una señora de alta sociedad. -“Así es México. Aquí hasta el cielo se estira: cabe más noche, se inflan las nubes” le contesta Don Gabriel Figueroa, cámara en mano.

¿Por qué en este país de robos y desaparecidos eliges cantar?, insiste la dama sin dejar de fruncir -“Porque soy mexicano”, responde Del Toro sin detenerse a saludar.

En algún lugar de una ciudad interminable, consejeros y personal del INE se derriten de aburrimiento: ningún incidente. Los mapaches regresaron a los bosques (o al menos eso se presume, pues nadie les ha visto durante la jornada). El tamaleo se dio solo en la plaza entre risas y cervezas, los balazos se quedaron enfundados sin relampaguear.

Es domingo, y en Los Pinos, Enrique hace maletas. Pero el pasado no cabe en un veliz. Sabe que la noche será del color que la gente decida, que su voz no deberá sino confirmar lo que la mayoría quiera que se vuelva realidad. Dignidad final, como una buena toma antes que rueden los créditos. Suspira.

Doña Josefa le disputa a la otra Doña una manita de póker en un café que da a la plaza ¡Apúrense, que a las seis cierra la casilla! Se escuchó rogar a Pedrito. “¡Silencio!” ordenó La Félix, “primero gano aquí, luego vamos a que gane el de allá”.

¿De veras se puede un México sin muertos? ¿Sin muertos de plomo ni muertos de hambre? -Le preguntó Doña Rosario a Don Belisario, que con la lengua bien puesta y sonriendo le dice: “por un paso hay que empezar”.

Entonces Diego Rivera despertó en el Mictlán, sus pinceles regados en un óleo a medio pintar: – “Vaya sueño”, le dijo sonriendo a Frida, – “allá es domingo, y dan ganas de unos chilaquiles después de votar”. 

#HojaDeRuta: “El cálculo de Trump hacia noviembre”

Comparte este artículo:

Las elecciones de medio término en noviembre serán definitorias para el equilibrio de poder en Estados Unidos y el futuro político de ese país. Estarán en disputa los 435 escaños de la cámara baja y 35 de los 100 escaños del Senado. También 36 gubernaturas y muchos otros cargos locales.

Por supuesto que la primera lectura del proceso será un referéndum hacia la administración Trump, pero hay mucho más en juego.

En la guía para las elecciones de medio término publicada por Vox bajo la pluma de Andrew Prokop, se sintetiza la relevancia de la elección: “Dependiendo qué tan bien le vaya a los demócratas, el partido podría eliminar la agenda legislativa de los republicanos en el Congreso, obtener nuevos poderes para investigar a la administración Trump, conseguir la potestad de bloquear a nuevos funcionarios propuestos por Trump, aprobar nuevas leyes  con enfoque liberal en varias partes del país y ganar muchos puestos que tendrán poder sobre el proceso de redistritación de 2021″.

Actualmente los republicanos controlan ambas cámaras. Una victoria demócrata en al menos una de ellas pondría un importante freno a Donald Trump y sus políticas, además de que intensificaría el escrutinio desde el Congreso hacia posibles delitos de la actual administración, mismo que hasta ahora ha sido aletargado por los legisladores republicanos. 

Hasta ahora, el escenario de un buen resultado demócrata parece probable: de acuerdo al agregado de encuestas realizado por FiveThirtyEight, el partido opositor encabeza la intención de voto para el Congreso con 47.4%, por 40.6% de los republicanos.

Todo lo que Trump haga o deje de hacer impactará en el camino a noviembre. Por ello el análisis debe versar sobre cuál parece ser la estrategia y cálculo político desde la Casa Blanca y el propio partido republicano, instancias que no siempre parecen estar en la misma sintonía.

De entrada, parece que la estrategia que llevó a Donald Trump a la casa blanca no solo permanece, sino que se ha fortalecido: apelar a una base blanca, conservadora y cristiana con planteamientos extremos apelando a un nacionalismo exacerbado. En otras palabras, Trump ha gobernado casi de manera exclusiva para mantener y solidificar su base. 

Esto explica la mayoría de sus acciones más polémicas: la prohibición a musulmanes de ciertos países a volar hacia EEUU; la cancelación de inversiones norteamericanas en el extranjero y el subsecuente “rescate” simbólico de fuentes de trabajo; la renegociación del TLCAN y el inicio de una guerra comercial con China mediante la escalada de aranceles; la insistencia de obtener presupuesto para construir un muro fronterizo y el ultraje último que significó separar a niños inmigrantes de sus padres e internarlos en centros de detención infantiles.

Todos los caminos llevan a noviembre. La gran pregunta es: ¿A Trump le alcanzará con su base para mantener el control del Congreso y mejorar sus posiciones en gobiernos locales?

El nefasto episodio que ha significado la separación de familias inmigrantes y su detención (cuyas condiciones recuerdan a los campos de concentración de japoneses establecidos en territorio norteamericano, según la propia Laura Bush) fue parte de un cálculo político de Stephen Miller, principal asesor de Donald Trump.

En una pieza para The Atlantic, McKay Coppins señala que Stephen Miller considera la polémica desatada por la política migratoria de Trump parte de la estrategia hacia las elecciones de noviembre: “Tienes un partido que está a favor de fronteras abiertas, y otro que quiere asegurar la frontera. Los norteamericanos se alinearán con el partido que quiere asegurar la frontera, y no por poco margen. Estoy hablando de 90-10%”, declaró Miller en una entrevista el pasado marzo.

Miller considera valioso generar lo que llama “controversias constructivas”, donde el fin no parece ser la persuasión, sino calentar las pasiones. Es a fin de cuentas a través del enojo, la indignación y el miedo como Trump consiguió una victoria que se consideraba impensable.

Bajo la lógica estratégica de mantener y solidificar su base, generando controversias y agudizando la polarización, ser un presidente impopular debe ser parte del cálculo. Sin embargo, la separación de familias y detención de niños en la frontera ha alcanzado niveles históricos de rechazo en la opinión pública norteamericana (los mayores en 30 años, según Chris Warshaw de GWU), además de una condena unánime a nivel global por parte de líderes, organismos internacionales y organizaciones civiles y religiosas.

Aunque la administración Trump trató de defender la nefasta medida con argumentos legaloides (en realidad no hay ninguna ley que obligue a separar familias detenidas por problemas migratorios), culpando a los demócratas e incluso llegando al absurdo de citar pasajes bíblicos para justificarse, finalmente la presión fue demasiada. El presidente norteamericano se vio obligado a ceder y firmó una orden ejecutiva para detener la separación de familiares en la frontera.

Un buen ejemplo es el comunicado recién emitido por American Airlines, donde la compañía se negó a que sus aviones sean usados por el gobierno federal para transportar a niños migrantes separados de sus familias: “No tenemos ningún deseo de ser asociados con la separación de familias, o peor aún, de lucrar con ello”, declaró la aerolínea.

Dos conclusiones: primera, las medidas radicales de Trump que pretenden mantener sólida a su base tienen un límite. Es probable que el escándalo desatado por la separación de familias haya incluso comenzado a causar rechazo entre sus simpatizantes, por lo que se optó por ceder (algo que Trump detesta) para detener el creciente costo político. 

Segunda, el haber detenido la separación de familias y posterior detención de niños no debe ser visto como un triunfo, sino como alarma de cómo se han radicalizado el discurso y las políticas ultra-conservadoras, de manera que este tipo de discusiones, al ser llevadas al extremo, mueven los parámetros de lo que se considera “normal” o “aceptable”.

El camino a noviembre está en marcha, y ahí se determinará si Trump es disminuido, o por el contrario, acrecienta su poder. Esto tendrá enorme impacto para México y la nueva administración federal en la relación bilateral, y para el mundo entero.

#HojaDeRuta: “¿Habrá transición de Estado?”

Comparte este artículo:

¿En qué momento acaba la contienda y comienza la República? A unos cuantos días que termine un proceso electoral al que le han sobrado ataques y le ha faltado sustancia, merece la pena plantearse la pregunta.

Una contienda electoral es parte esencial de una República democrática. Contar con representantes elegidos por la voluntad popular es una condición para su existencia.

Sin embargo, como recién lo explico el profesor Mauricio Merino en la sesión plenaria de Consejo Nuevo León, la democracia tiene dos dimensiones: la primera es contar con representantes elegidos libremente. La segunda, que el poder sea ejercido democráticamente. Dos elementos indivisibles: uno de elección, otro de acción.

Bajo esta lógica, nuestra pregunta de apertura parece contradictoria. En el papel, lo es. En la realidad, no tanto.

Para ilustrar el punto, hace algunas semanas Porfirio Muñoz Ledo compartió en su columna de El Universal un pasaje de la democracia francesa: “después de años de un gobierno de derecha y de una izquierda falsaria, Miterrand ganó las elecciones en 1981 en alianza con el partido comunista. A pesar del gran viraje ideológico que ello representaba, el presidente Giscard d’Estaing promovió una transición de Estado. Miterrand cuenta que días antes de su toma de posesión, recibió a un militar de alta graduación encargado de explicarle los secretos mejor guardados del ejército y el uso de los dispositivos nucleares. El mensaje fue: la soberanía popular decide, pero Francia prevalece”.

En la historia contemporánea de México hay un episodio particular que responde al espíritu de la prevalencia de la República: la noche del 2 de julio del año 2000. El reloj marcaba las 23:02 cuando el presidente Ernesto Zedillo se enlazó en cadena nacional para reconocer el triunfo de Vicente Fox. El imposible se materializaba: por primera vez en siete décadas, el PRI había perdido la presidencia de México.

Zedillo no solamente cortó de tajo con la posibilidad de una “caída del sistema” similar a la de 1988, sino que hizo votos por el éxito de la administración que Fox habría de encabezar a partir de diciembre de aquél año: “Durante el tiempo que resta de mi mandato, seguiré cuidando celosamente la buena marcha del país; he externado al licenciado Fox mi confianza en que su mandato habrá de iniciarse con un México unido, en orden, trabajando y con una base muy sólida para emprender las tareas del desarrollo nacional de los próximos seis años”.

Afirmó también: “Hoy, hemos podido comprobar que la nuestra es ya una democracia madura, con instituciones sólidas y confiables, y especialmente con una ciudadanía de gran conciencia y responsabilidad cívica”. Los adjetivos, aunque frágiles, parecían ir en la dirección correcta: por primera vez se daba la alternancia en la historia moderna, se había conseguido de forma pacífica y con una autoridad electoral de esencia ciudadana a cargo del proceso.

Bien podría argumentarse que la intentona de fraude hubiese podido resultar en un estallido social y eso habría orillado a la decisión. Conjeturas aparte, el hecho es que se el triunfo de Fox se reconoció. Por cierto, la diferencia fue de 6 puntos entre el panista y Francisco Labastida, abanderado del PRI.

Aquella democracia madura y de instituciones sólidas que Zedillo anunciaba durante su mensaje a la nación, habría de sufrir un colapso apenas una elección después durante la siguiente elección presidencial. En aquél enlodado proceso ni siquiera hubo los elementos para definir un ganador, como lo ha documentado José Antonio Crespo en el libro “2006: Hablan las actas”.

Hoy que la tendencia coloca a López Obrador con una ventaja inusitada en las elecciones post-alternancia y que podría incluso ser el primero de esta etapa en alcanzar un gobierno de mayoría, el intento de democracia mexicana tendrá un enorme reto en la actitud que muestren tanto la presidencia de Peña Nieto como las campañas y partidos de Ricardo Anaya y José Antonio Meade.

Aunque las condiciones de fragilidad y disfuncionalidad institucional requieren transformaciones de largo aliento, una actitud de Estado durante la noche del 1 de julio, así como en los meses de transición, abonaría a la idea de que México prevalezca más allá de fuerzas y coyunturas. 

#HojaDeRuta: “Ayotzinapa: el pasado que no pasa”

Comparte este artículo:

El problema del pasado es que no pasa. Así se refirió el sociólogo portugués Boaventura de Sousa a la revolución rusa al reflexionar sobre su centenario en 2017. Lo mismo podría decirse de la desaparición forzada y asesinato de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, ocurrida en septiembre de 2014. Es un pasado que, por más que algunos quieran desterrar, no se irá a ninguna parte.

El crimen ahí ocurrido dejó una marca indeleble no solo en el sexenio de Enrique Peña Nieto, sino en la historia mexicana. A la conmoción nacional e internacional se sumó la burda actuación de la entonces Procuraduría General de la República, cuyo titular era Jesús Murillo Karam, quien calificó como “verdad histórica” la versión oficial de los hechos.

Lo único que pasó a la historia fue la incapacidad del gobierno federal de llevar y facilitar un proceso convincente que permitiera esclarecer el caso y acceder a esa tierra que rara vez está a la vista de los tripulantes del navío mexicano: la justicia.

En días pasados, el caso Ayotzinapa tuvo una importante novedad: un tribunal federal con sede en Tamaulipas ordenó crear una Comisión de la Verdad para reponer la investigación de la PGR, considerando que la indagatoria hecha por la dependencia federal “no fue pronta, efectiva, independiente ni imparcial”.

La reacción internacional no se dejó esperar: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos instó a cumplir la sentencia del tribunal. 

Esta novedad jurídica se da justo en el contexto de las elecciones presidenciales. Hasta ahora, AMLO ha sido el único candidato que ha pisado Iguala, Guerrero. En un mitin celebrado hace un par de semanas, se comprometió frente a los padres de los normalistas a crear una comisión de la verdad. Tras la noticia de la sentencia por el tribunal tamaulipeco, Ricardo Anaya se pronunció a favor de reabrir el caso.

Aunque también hay un debate jurídico respecto a los alcances de la sentencia emitida por el tribunal federal, es un hecho que la narrativa se ha instalado: la versión existente no es confiable, por ende, para saber la verdad se requiere una nueva indagatoria. Pase lo que pase el primero de julio, las condiciones parecen estar dadas para avanzar en el esclarecimiento del crimen.

Además de abrirse un camino a una eventual justicia para las víctimas y sus deudos, una nueva investigación sobre los 43 también rompería con la nociva práctica de pretender enterrar verdades incómodas. Crímenes como Tlatelolco, el Halconazo, Acteal y Aguas Blancas siguen sin ser resueltos de manera convincente.

Contrastan casos como el chileno. Tras la dictadura de Pinochet y el retorno del sistema democrático en 1990, han existido 4 comisiones de la verdad que han buscado conocer con claridad el número de víctimas, las circunstancias de sus decesos, señalar a los responsables y buscar hacer reparaciones. La más reciente dio su informe en 2011.

Además de las obvias razones humanitarias, éticas y legales, hay un argumento político para reabrir el caso: si se pretende retomar una transición democrática, pasando de un sistema autoritario a uno democrático por la vía pacífica e institucional, esto no puede hacerse sin una reconciliación con el pasado, sin el reconocimiento de las víctimas y el señalamiento público a los victimarios. Sin memoria no hay democracia.

En este sentido, una eventual Comisión de la Verdad, el reconocimiento de las víctimas y la limpieza de sus nombres, así como el procesamiento de quienes resulten responsables, sería oxígeno puro para recuperar un poco de credibilidad y legitimidad en las instituciones del Estado Mexicano.

El pasado no pasa. Está entre nosotros, y solo hay un camino para avanzar: verlo a los ojos, hacerle justicia y mantenerlo en la memoria. 

“The past is what you remember, imagine you remember, convince yourself you remember, or pretend you remember.”

#HojaDeRuta: “¿Un Presidente de mayoría?”

Comparte este artículo:

La democracia tiene como una de sus principales funciones la construcción de mayorías. Se construyen mayorías al momento de elegir representantes populares, para tomar decisiones legislativas y para dictar sentencias en el tribunal constitucional.

La recién publicada encuesta de Grupo Reforma da a Andrés Manuel López Obrador una intención de voto de 52%, lo cual significa una holgada ventaja de 26 puntos de su más cercano perseguidor, Ricardo Anaya, cuyos números han permanecido básicamente estancados desde el inicio de la campaña. 

Ante esta posibilidad, merece la pena recordar un dato: desde 1994 ningún presidente ha alcanzado o superado el 50% de la intención de voto. En aquél año, Ernesto Zedillo se proclamó vencedor precisamente con esa cifra. Seis años antes, tras un proceso plagado de irregularidades, Carlos Salinas de Gortari alcanzó la presidencia también con 50% de los sufragios.

Es comúnmente aceptado que las elecciones en México empezaron a ser “reales” a raíz de la reforma política del 95-96 y el subsecuente proceso electoral del 97, donde por primera vez el PRI perdió la mayoría en la cámara de diputados, mientras que la izquierda ganaba la primera elección a la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, en la figura de Cuauhtémoc Cárdenas.

De llegarse a dar un triunfo de AMLO por más de 50%, estaríamos ante el mayor margen de victoria en un cuarto de siglo, y también podría decirse, desde que las elecciones presidenciales con todos sus bemoles son competitivas. Por si esto fuera poco, dado el tamaño actual del padrón, sería el presidente con más votos en toda la historia del país.

Lo importante de la cifra radica en uno de los pilares del sistema democrático: la legitimidad y el capital político que esta conlleva. El histórico triunfo de Vicente Fox en el alba del milenio vino acompañado de lo que en aquél momento se llamó el “bono democrático”, que significó un capital político inusitado al ser el primer presidente de alternancia en siete décadas y representar la posibilidad de consolidar la transición democrática en México. Un capital que, sobra decir, fue desperdiciado.

Merece la pena puntualizar que cuando hablamos de transición democrática, hablamos el paso de un sistema autoritario a uno democrático por la vía pacífica e institucional. Ese proceso en México ha vivido algunos avances y múltiples retrocesos, pero definitivamente permanece inacabado.

Tras casi dos décadas de la alternancia, un triunfo de López Obrador con tal holgura podría abrir un escenario que permitiera retomar el proceso de transición. Esto implicaría un llamado a la reconciliación, tanto política como social, así como el desmantelamiento de instituciones y prácticas autoritarias heredadas del viejo sistema, que siguen vivas como hongos que estrangulan la raíz del árbol.

Idealmente, desde mi óptica, retomar la transición también implicaría una reforma del estado profunda, contemplando la posibilidad de un nuevo constituyente. Este último elemento no está en la agenda de AMLO, incluso ha declarado que no hace falta hacer mayores cambios constitucionales para aplicar su proyecto de gobierno.

Aunque hace algunos meses se veía lejano, hoy se asoma la posibilidad de que una eventual presidencia de López Obrador pudiese contar con mayoría en alguna de las cámaras (Reforma registra 42% de intención de voto para Morena en la Cámara Baja), fenómeno que también se ha vuelto extraño, pues los últimos presidentes han tenido que gobernar con congresos divididos.

Con un mes de campaña por correr, la tendencia se antoja irreversible, pues su comportamiento ha sido constante cuando menos desde fines del año pasado. 

De confirmarse una victoria por encima del 50%, AMLO y su equipo deberán proceder a un cálculo tan fino como veloz para procurar una transición tersa entre julio y diciembre, pero sobre todo, para definir los movimientos de sus primeros dos semestres, sin duda determinantes, porque será ahí donde utilice la reserva de capital político de la histórica victoria, y al mismo tiempo, donde la ola de la expectativa romperá para enfrentarse a las dificultades de gobernar.

Las circunstancias dibujan el sendero hacia la primera presidencia de mayoría del siglo XXI. Las condiciones favorables para la gobernabilidad podrían conducir hacia la consolidación de la transición democrática, etapa histórica que trascendería al proyecto político particular y podría contribuir sustancialmente a la maduración de la endeble democracia mexicana. 

#HojaDeRuta: “Individuales y divididos”

Comparte este artículo:

Cuando alguien comete la imprudencia de invitarme a parlotear sobre comunicación política y la nueva dinámica de la información, suelo hacer una advertencia: la ideología vive (aunque no parezca).

Esto pareciera irónico ante las acrobacias discursivas que se requieren para explicar las bizarras alianzas que se dan en esta carrera presidencial, donde pareciera que la ideología se evapora en favor de la pragmática competitividad.

Sin embargo, México tiene buen rato polarizado. Por supuesto que esto no se expresa con total apertura – en nuestra cultura política, el disenso y la confrontación se consideran de mal gusto -, pero la división existe.

Un buen instrumento para tomar la temperatura es la encuesta nacional de discriminación (ENADIS) levantada en 2010, a la que por cierto ya le vendría bien una nueva edición. El instrumento abre precisamente con una pregunta acerca de lo que divide a los mexicanos.

El aspecto de nuestro país que consideramos más división provoca no es ningún otro que la riqueza: el 60% considera que nos divide mucho, el 26% cree que “algo”. Podría argumentarse que la división es económica, pero limitar la idea al aspecto material se antoja reduccionista, por decir lo menos.

Aquí entra una de las divisiones ideológicas más comunes: en un país donde la mitad de la gente vive en precariedad ¿los pobres son pobres porque quieren? Ahí yace una distinción fundamental que resalta una postura ideológica: ¿Cualquier persona puede salir adelante con base a su esfuerzo, o la estructura y circunstancias la condicionan y condenan?

Si un mito ha construido el capitalismo tardío es que el esfuerzo individual es capaz de superar cualquier obstáculo. Zygmunt Bauman aborda este punto en su obra “La sociedad individualizada” (2001) donde señala que “el problema es que la narrativa de la individualización parece asumir que todo lo que hacemos en nuestra vida se trata de las decisiones que hemos tomado. Esto es, de hecho, una narrativa que solo funciona para la élite que tiene muchas opciones: tiene los recursos y pueden usar la era móvil para su ventaja”.

Vale recordar que el Centro de Estudios Espinoza Yglesias (CEEY) ha realizado diversos estudios de movilidad social, donde la conclusión más contundente resulta incluso escalofriante: en México, si naces rico o naces pobre, lo más probable es que termines tu ciclo vital en la misma condición.

Continúa Bauman: “La narrativa de la individualización funciona para la élite, es ideológica: si todos piensan que todo está abierto a opciones y que su destino es su culpa, esto se vuelve un buen mecanismo de control: no necesitas panópticos cuando la gente siempre está intentando e intentando, eligiendo y eligiendo”. Creyendo que el intento depende solo de ellos, teniendo la ilusión de elegir.

El filósofo polaco argumenta que para reducir el sufrimiento humano es preciso que las personas sientan que pueden constituir una sociedad, pero lo que llama la ideología de la narrativa biográfica (es decir, individual) sirve para prevenir que la gente tome conciencia de la importancia de pensar en colectivo.

La narrativa individual reduce los problemas estrictamente al fuero personal: ¿No pudiste estudiar una carrera? No te esforzaste lo suficiente ¿No te alcanza con lo que ganas? Toma un curso de finanzas personales ¿No eres feliz? Cómprate un libro de autoayuda y aprende a ver las pequeñas cosas de la vida ¿Apenas cabes en tu casa o en tu asfixiante cubículo? Llénalo de colores y plantitas, verás cómo se transforma el espacio.

Por supuesto que la voluntad cuenta y el esfuerzo recompensa, pero el privilegio y oportunidades de los que partimos están separados por abismos.  

La enorme mayoría de los mexicanos nunca ha participado en una actividad público-social. Probablemente porque les contaron que eso no dejaba gran cosa, y más valía darle duro al trabajo. 

Probablemente porque esa misma historia se cuentan y siguen contando, sin advertir que la incapacidad de valorar lo colectivo y generar organización (y por tanto, poder y capacidad de presión) se ve limitada por la narrativa de lo individual. Vaya historia.