#HojaDeRuta: “Nuestros Muertos”

Comparte este artículo:

Decenas de niños saludan al cielo, aunque no podemos escucharlos, imaginamos su algarabía. Mientras la toma se aleja de la tierra gracias a las mágicas hélices de un drón, sus cuerpos forman las letras “C” y “R” bajo el brillante sol de Monterrey: Colegio Regiomontano. La imagen forma parte de un video institucional, y cuesta trabajo creer que de la mano de algún estudiante pudo haber ocurrido una horrenda tragedia.

Noticia brutal, noticia vieja: una adolescente de secundaria llevó al colegio un arma de fuego en la mochila. Por suerte, fue detectada antes de que algo sucediera. La noticia tuvo impacto nacional y generó calosfríos al recordar la crudeza del atentado de apenas el pasado enero en el Colegio Americano del Noreste. Relampaguearon en nuestras mentes las imágenes que a través del gélido azul del circuito cerrado mostraban cómo eran abatidos menores inocentes por uno de sus compañeros. Esos disparos también perforaron nuestra frágil y engañosa rutina. Hicieron añicos -momentáneamente- la creencia de que los días de sangre habían quedado detrás. La realidad es que nunca se fueron.

De acuerdo a la SEGOB, durante 2017 han aumentado 23% los homicidios dolosos a nivel nacional (El Universal), mientras que en Nuevo León se registró el octubre más violento en cinco años (Milenio). El lector podría pensar que la enorme mayoría de esos homicidios dolosos están relacionados con el crimen organizado, y estaría en lo correcto. Sin embargo, la pregunta permanece: ¿qué efectos ha tenido en nosotros como país y comunidad estar expuestos a más de una década de violencia extrema? La ejecución como costumbre junto al desayuno nos ha marcado.

Hay una generación de adolescentes que asumen los asesinatos e impiedad como parte natural de su entorno, aunque los perciban a través de la lejanía de las pantallas. Pocas cosas tan riesgosas como la normalización. Casos como el del Colegio Americano del Noreste y el Colegio Regio Contry tienen al menos un par de componentes que los vuelven alarmantes: primero, porque están rompiendo fronteras antes impensables, de niños y jóvenes dispuestos a ejercer violencia o arriesgar a decenas de personas a través de armas de fuego. Segundo, están ocurriendo en clases medias-altas. Gran parte de la supuesta inmunidad a la ejecución de desayuno proviene a que los cuerpos apilados y la sangre derramada son de “los otros”: los pobres, los malandros, los perdidos, los últimos del mundo. Basta leer y escuchar las reacciones que se dan tras los motines mortales en los presidios de la entidad para perder el apetito: “se lo merecían”, “que los maten a todos”, “son basura”. Nadie nunca pregunta sus nombres.

Supongo que de entre todas las versiones posibles, la mayoría opta por suponer que habrán sido escupidos por algún pozo llamante que provenía sin escalas del infierno. Otro camino sería reconocerles como seres humanos, como niños que lloraron al caerse intentando un primer paso o rieron ante el botar de una pelota. Niños que se hartaron de tener hambre o vivir entre el polvo interminable. Personas cuyas vidas se oscurecieron desde temprano en el camino (casi todos mueren jóvenes). Esa violencia también es nuestra, esos muertos son nuestros muertos, aunque por tanto tiempo lo hayamos querido negar.

Mientras no reconozcamos en la violencia el producto de las profundas injusticias y perversiones de nuestro intento de sociedad, seguiremos ciegos, solo iluminados momentáneamente por el estruendo de disparos. Callar la violencia nos hace daño, verla reflejada en nosotros dolerá profundamente, pero será la única manera de comprenderla, y entonces comenzarla a sanar: “ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera me reconozco: vi en tu llamarada lo destruido y lo remoto” – José Emilio Pacheco.

#HojaDeRuta: “¿Hay monstruos personales?”

Comparte este artículo:

Para Guillermo del Toro, todos lo son. En el “Laberinto del Fauno”, en un mundo donde la fantasía se cruza con la realidad, y detrás de lo aparente hay sapos gigantes, un hombre pálido con ojos en las palmas de las manos y un fauno cruel, el verdadero monstruo es el que aplasta los sueños y ahoga libertades: el Capitán Vidal, soldado fascista del ejército de Franco en los estertores de la guerra civil española. En un mundo de monstruos, ninguno peor que el ser humano, parece decirnos el jalisciense.

El genio ha vuelto a la carga de la mejor manera que sabe hacerlo: contando historias fantásticas que resuenan en nuestra realidad, en este caso, responde con la rebeldía propia del amor genuino ante el clima monstruoso generado por Donald Trump. Entra a escena su nuevo largometraje, “La Forma del Agua” (The Shape of Water), que cuenta la historia de una “princesa” muda que se enamora de un hombre-pez (sin duda, un guiño a la criatura de la laguna negra) atrapado en un laboratorio militar en plena guerra fría. Un romance donde el galán es un monstruo (por supuesto que hay un eco a la bella y la bestia) y la heroína, una conserje muda de un gris edificio gubernamental. Personas que no se ven (ella, ignorada; él, escondido en cautiverio), de pronto se encuentran el uno al otro sin prejuicios, barreras o etiquetas.

Con su usual elocuencia, Del Toro explica que, “lo que estoy tratando de decir con la película es que la cosa más deseable es la imperfección y la tolerancia. Los ideologizados entronizan la pureza y la perfección. Son valores inalcanzables. Si te digo que tienes que ser perfecto, no puedes. Pero si te digo que tienes que ser imperfecto…”. Y abunda: “Para mí, lo que tienen en común el cine y el amor es que se tratan de ver. El mayor acto de amor que puedes darle a alguien es verlos exactamente como son. La ideología te ciega a las personas: inmigrante, negro, gay. Lo que sea que vuelva a esa persona invisible y parte de un grupo, es lo que borra el acto de ver ¿y qué es el cine, sino el acto de ver? (Vanity Fair, septiembre 2017).

Del Toro ha confeccionado un romance profundamente anti-fascista, una respuesta amorosa y valiente a un mundo cuya política parece cada vez más centrada en el prejuicio, el miedo, la ira. En una conversación con El País, el director mexicano regala otra perla que devela la esencia de la obra: “Vivimos en un mundo raro, donde odio y cinismo se consideran discursos inteligentes y si hablas de sentimientos suenas como un idiota. La emoción es el antídoto, es el nuevo punk. Por eso quería una película enamorada del amor y del cine, mi obra más esperanzadora”.

Un romance rabiosamente distinto, y por ende, de naturaleza incluyente, parece ser una de las apuestas más arriesgadas para detener con arte los embates de ese odio que hibernó por largos años y hoy nos amenaza de nuevo. La verdadera rebelión ante el fascismo es ver la genuina humanidad en otros seres humanos, asumirlos como únicos en su esencia, pero iguales en su valor, y para eso, quizá necesitamos que un monstruo marino y una mujer muda nos recuerden que ellos, como cualquiera, tienen derecho enamorarse. Y que el amor, como el agua, toma cualquier forma. (The Shape of Water estará en cines este diciembre).

#HojaDeRuta: “2018: pluralidad entre comillas”

Comparte este artículo:

La elección presidencial en puerta probablemente establezca un récord en el número de candidaturas participantes, primordialmente debido a la existencia de la modalidad independiente. En días pasados, el INE recibió 86 manifestaciones de intención de personas que pretenden competir por la presidencia sin partido político, de las cuales ya aprobó 40.

Uno de los primeros elementos que se ha señalado es la titánica cantidad de ciudadanía firmantes para que estas candidaturas llegaran a cristalizarse. Cada ciudadano puede firmar por un solo aspirante independiente, y cada aspirante debe recoger poco más de 866 mil firmas, lo cual indica que poco más de 34 millones de mexicanas y mexicanos tendrían que firmar para hacer viables a las 40 candidaturas. Esto se antoja poco probable -por no decir que absurdo-, sobre todo si consideramos que en la elección federal de 2012 se emitieron 50 millones de votos, es decir, tendrían que firmar casi el equivalente a tres cuartas partes de quienes participaron en ese proceso.

Esto señala de entrada que la gran mayoría de esas candidaturas no se obtendrán, por lo que terminarán por ser testimoniales. En sí mismo, este hecho no puede reprocharse, pues aspirar a una candidatura por esta vía es un derecho que cualquiera puede ejercer. Sin embargo, llama la atención que ante tal avalancha de candidaturas, haya poco refresco a la pluralidad del abanico ideológico y de agendas políticas.

Margarita Zavala, Ríos Piter y Jaime Rodríguez se encuentran entre los que probablemente conseguirán candidaturas, pero todos son personajes formados en los partidos tradicionales. Ferriz de Con no proviene de los partidos, pero representa una visión conservadora ya desgastada.

Hasta ahora, solamente Marichuy Patricio y Marco Ferrara marcan una tendencia distinta. La primera representa no solo al EZLN, sino una agenda de género y a la población indígena, además de ser la única candidatura genuinamente anti-sistema, pues representa una suerte de sátira a un sistema político que consideran caduco y al capitalismo como mundo-sistema imperante. Ferrara, por su parte, abriría un interesante espacio a las minorías sexuales, pues de lograr conjuntar las firmas, sería el primer candidato abiertamente gay en la historia de México, lo cual ya sería simbólico en sí. Emilio Álvarez Icaza también hubiese representado una bocanada de frescura a una opción progresista con alto contenido de derechos humanos, pero decidió no contender debido a que evaluó que hacerlo solamente hubiese beneficiado a fragmentar el voto y beneficiar a los partidos mayoritarios, particularmente al PRI, de acuerdo a su dicho.

Por tanto, habrá que tomar la modalidad independiente con un grano de sal, y esperar a ver cuáles y cuántas candidaturas serán viables. La probabilidad indica que pocas, y de esas pocas, una buena parte la ocuparán personajes de formación y herencia en las fuerzas tradicionales. Pluralidad entre comillas.

#HojaDeRuta: “Rusia y el Estados Unidos Dividió”

Comparte este artículo:

Si un año antes de la elección presidencial 2016 de Estados Unidos alguien hubiera dicho con seguridad que Trump resultaría victorioso, y que la principal polémica a su alrededor sería la intromisión rusa en el proceso, hubiese sido muy difícil de creer. Bien se dice que la realidad suele superar a la ficción, pero vaya maneras que a veces tiene la realidad de superarse a sí misma.

La paradoja resulta por demás difícil de digerir: el que fuera el enemigo mortal de la guerra fría resultó probable aliado de un conservador nacionalista y movió los cimientos de la supuestamente estable democracia norteamericana. Bien decía Marx que todo lo sólido se desvanece en el aire.

Versiones han ido y venido, pedazos del rompecabezas que van siendo develados de a poco, esbozando la probable estrategia que siguió el Kremlin para generar influencia en la elección norteamericana. Cambian las herramientas, avanzan las tecnologías, pero ciertos principios inquebrantables de los juegos de poder permanecen: la manipulación de las pasiones y sembrar división fueron dos de los que fuerzas ligadas a los círculos de poder rusos habrían echado mano.

El New York Times recién publicó un artículo titulado “Cómo Rusia cultivó la ira norteamericana para transformar la política de Estados Unidos”, donde analizan parte del modus operandi que se dio primordialmente a través de las redes sociales. La parte fundamental es el punto de partida: aprovechar la ira existente -y creciente- para alimentar la división de los norteamericanos. Lo impresionante es que quienes hayan estado detrás de la misteriosa campaña no tuvieron que inventar nada, sino seleccionar (con notable habilidad de curaduría) los materiales adecuados, mismos que ya existían en las redes ¿el truco? seleccionar el momento y los públicos ante quienes se promocionaban ciertos contenidos ¿la herramienta? Facebook y Twitter.

Así, videos de brutalidad policiaca o una farsa de supuestos hombres árabes cobrando cheques de ayuda social para múltiples esposas, eran promocionados mediante pautas pagadas en las redes. Lo interesante es que la estrategia incluía curar videos y contenidos para apelar al coraje tanto de liberales como de conservadores, aprovechándose de uno de los principales males de la era de la informática masiva: la desinformación.

La nota cita a Jonathan Albright, director del Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, que da una peculiar definición del fenómeno: “Esto es hacking cultural. Están usando sistemas que ya establecidos por estas plataformas para aumentar el interés. Están alimentando la indignación, y es fácil hacerlo, porque la indignación y la emoción es cómo la gente comparte”. La sofisticación del trabajo no radica en la tecnología, sino en la adaptación de la contra-inteligencia y la propaganda a nuevas circunstancias.

Así, enardecer y alimentar la furia de norteamericanos conservadores que guardan prejuicios contra las personas árabes, o personas afroamericanas a quienes les duele profundamente la violencia policiaca, se volvió parte de un mismo fin: sembrar discordia. La pugna entre conservadores y liberales (ambos con su muy particular visión desde ópticas norteamericanas) no es algo nuevo en ese país, pero el nivel de división e incluso odio han sorprendido a propios y extraños.

Una división que se nutre particularmente de la ignorancia y desinformación. Una dura lección que haríamos bien en aprender cuando estamos a punto de entrar de lleno a una elección presidencial de circunstancias inéditas en México.

#HojaDeRuta: “Los costos de la democracia mexicana”

Comparte este artículo:

Un claro síntoma del estado de la democracia mexicana es que el primer tema que surge al respecto suele ser el dinero: el que se le da a los partidos, el que financia la organización de las elecciones, el que pasa por debajo del agua, el dinero negro que amenaza, el dinero que compra voluntades.

Que la democracia mexicana es onerosa, no hay quien lo niegue. De acuerdo a un estudio reciente de México Evalúa, el costo de las elecciones en México es dieciocho veces mayor al promedio de América Latina. Apenas hace algunos meses atestiguamos el oleaje de dinero en la elección de gobernador del Estado de México, donde el tope de campaña fue equivalente al 86% del tope de gasto de campaña establecido para las presidenciales de 2012. Cada candidato a la gubernatura pudo gastar hasta 4.7 millones de pesos al día.

Sin embargo (o a pesar de) tanto dinero, nos encontramos en una lamentable paradoja: tenemos elecciones carísimas que de todos modos acaban siendo cuestionadas. Esto lleva necesariamente a uno de los problemas raíz: el desencanto y decepción sobre la democracia que existe en México. Latinobarómetro, que mide desde hace poco más de 20 años las opiniones y actitudes en la región respecto a la democracia, en 2016 registró un promedio de 54% de apoyo a la democracia en la población de la región. México se encuentra por debajo del promedio, registrando 48%.

Una segunda variable es qué tan satisfecha se encuentra la gente con la democracia, cifra que ha venido a la baja: apenas el 34% de los latinoamericanos se sienten satisfechos con este sistema de gobierno. Nuestro país tiene una larga historia simulando la democracia, y una muy corta practicándola. ¿Por qué fuimos capaces de organizar y respetar la elección presidencial que dio paso a la alternancia en el 2000, y en las últimas dos hemos tenido avalanchas de irregularidades e impugnaciones?

Hay que echar mano del instrumento de la memoria pública: el IFE (hoy INE) se crea en 1990 tras la polémica caída del sistema en 1988. No solo se trataba de una reacción del oficialismo ante la cuestionada legitimidad del triunfo de Salinas de Gortari, sino de sacar la organización de las elecciones del aparato presidencial, pues hasta entonces dependían de la Secretaría de Gobernación. Después vendrán las reformas electorales de 1996-97 que darán al IFE el carácter ciudadano, expresado en la composición de su consejo, que logrará no solo conducir al país con éxito en la alternancia del 2000, sino poner al Instituto como una de las instituciones públicas que mayor confianza inspiraban en México. Pareciera que aquello es historia antigua, pero realmente ha pasado poco tiempo. Entre otros factores, el Instituto perdió credibilidad ante la clara partidización del Consejo General, que fue borrando la esencia ciudadana que le dio fortaleza en el crepúsculo del Siglo XX.

La indignación ciudadana ante un sistema electoral caro y poco confiable es más que entendible, sin embargo, habrá que tener cuidado en tomar la puerta falsa del financiamiento privado, pues se presta a diversos problemas, desde la presencia del dinero negro hasta el financiamiento de candidatos para empujar agendas particulares de grupos de interés. El dinero público tiene la principal característica de que puede y debe ser vigilado, por tanto el debate debería centrarse en cuánto y por qué es justo y adecuado financiar a los partidos y operación electoral, no en “privatizar” el proceso que, por definición, es el más público de todos: el elegir quienes nos gobiernan.

(P.D. Este espacio estará fuera del aire por algunos días a partir del 7 de septiembre, pero volverá pronto para atormentar a las buenas conciencias) 

#HojaDeRuta: “¿Dónde está la persuasión?”

Comparte este artículo:

Enrique Dussel suele decir que los sistemas democráticos parten de un principio de realismo político: en países con 120 millones de personas o ciudades de 5 millones de habitantes, es irreal creer que todas las personas pueden estar todo el tiempo en todos los asuntos. De ahí que el mecanismo de la democracia representativa sea racional, pues no hay que olvidar que en una República, la soberanía reside en el pueblo, y por tanto éste elige a sus gobernantes. Así, cada proceso electoral no es solo nuestro sagrado derecho democrático, sino que debiera ser un momento de persuasión basada en ideas que siempre tendrán como lugar común la promesa de construir un mejor futuro colectivo, nadie hace campaña predicando el apocalipsis.

Es lugar común entre la clase política y asesores en materia electoral considerar que las elecciones se tratan más de emoción y sentimiento que de ideas y razonamiento. Esta aseveración tiene algo de cierta en el sentido de que se construyen narrativas que pretenden ser inspiradoras (o destructoras, cuando viene la guerra sucia) y no suelen debatirse los temas a profundidad en todos los públicos. A esto hay que sumar el fenómeno de espectacularización de la política, cuyo epicentro ha sido EEUU y ha influido en cómo se entienden las elecciones en las democracias contemporáneas. Imagen sobre sustancia, escándalo sobre propuesta, grito sobre reflexión. No es casualidad que una estrella de Reality TV sea el actual presidente de ese país.

Sin embargo, un fenómeno particular preocupa: la política del coraje y la bravuconería. Apelar al coraje es peligroso, pues hay una delgada línea entre el enojo y despertar sentimientos de odio, que, hay que decirlo, tienen raíces históricas que aguardaron largo tiempo bajo tierra el momento de volver a brotar en contextos como el norteamericano, el británico y el francés.

En el caso mexicano el tema racial no es la raíz del coraje (aunque se ejerce un silencioso y lacerante racismo, pero será tema de otra entrega), sino la indignación ante la rampante corrupción de la clase política, que acumula casos terribles a todos los niveles. Esto en principio pareciese positivo, sin embargo, cuando no hay más sentimiento que el enojo, el espacio para la reflexión se reduce al mínimo. Entramos entonces en una suerte de política del hígado, donde pareciera que el más bravucón (rayando en lo violento) es quien se lleva la atención y las palmas del gran público.

Esto lo había advertido ya hace algunos meses con lucidez Jesús Silva-Herzog Márquez, quien llamaba a tener precaución ante este fenómeno, pues el miedo y el enojo llevan a tomar decisiones de las que podemos arrepentirnos, o peor, conducen a permitir decisiones y excesos que en otras circunstancias hubiese sido inadmisibles.

La bravuconería y la pirotecnia le dan sabor al caldo electoral, pero también conducen a nublar el juicio y acabar dando un balazo en el pie de la democracia. (PD. Este espacio estará fuera del aire por algunos días a partir del 7 de septiembre, pero pronto regresará para atormentar a las buenas conciencias).

#HojaDeRuta: “Momento de que México voltee al Sur”

Comparte este artículo:

“Aquí abajo, cada uno en su escondite. Hay hombres y mujeres, que saben a qué asirse. Aprovechando el sol y también los eclipses. Apartando lo inútil y usando lo que sirve. Con su fe veterana, el Sur también existe”.

El poema de Benedetti resuena en un momento de sacudidas geopolíticas en distintas partes del globo. Para México resulta de particular relevancia en un momento donde la “integración” (habría que analizar y cuestionar el alcance del concepto) del TLCAN, la gran apuesta económica de política exterior de los últimos 25 años, navega en aguas inciertas.

Aunque hoy los reflectores están puestos en la negociación del tratado, no hay que olvidar el contexto que la provoca: la llegada de la ultra derecha a la presidencia de Estados Unidos encarnada en la figura de Donald Trump, personaje que ha ejercido la vejación pública más cruenta hacia México que se recuerde en la historia contemporánea.

Es una negociación que parte no solo de un cambio político que ha provocado un efecto dominó, también parte de la indignidad, pues la autoridad política de México, en particular el presidente EPN, ha sido de una debilidad y tibieza tal que descorazona.

Hace algunos días fui invitado por Alianza Cívica a moderar un diálogo con Sara Tamez, vieja amiga que durante los últimos años se ha dedicado a trabajar en campañas políticas de Sudamérica. En particular, venía a compartir la experiencia de la reciente victoria de Lenín Moreno en la elección presidencial de Ecuador. Dentro de sus vivencias, contaba cómo mucha gente en el cono sur le reprochaba que México no volteaba hacia la región, que vivíamos solo viendo hacia el norte. Recordé de inmediato que me tocó vivir el mismo reclamo hace ya más de una década en Chile. Lo increíble es que México sí es referencia en múltiples aspectos en el hemisferio sur, desde la cultura popular hasta ciertos aspectos de su desarrollo.

Hoy nuestro país concentra poco más del 80% de sus exportaciones a Estados Unidos, menos del 3% a Canadá y 16% al resto del mundo (Reforma, 2017). Por supuesto que el argumento geopolítico, de aprovechar la proximidad con la economía más grande del mundo es racional y una meta deseable, pero eso no debería significar dependencia absoluta ni cortedad de miras, sobre todo en un momento donde el mismo país que pregonó el liberalismo económico a pies juntillas hoy apuesta por la cerrazón y el proteccionismo.

Por ejemplo, en la industria automotriz, que es el sector que mayor participación tiene en las exportaciones mexicanas hacia EEUU, con 23%, un trabajador norteamericano gana en promedio 29.5 dólares la hora, mientras que el mexicano gana 4.51. La diferencia es brutal, e ilustra el por qué México sigue y seguirá siendo atractivo para la maquila, pero también, cómo este modelo que ha hecho crecer sustancialmente las exportaciones no se ha traducido en crecimiento suficiente ni ha podido frenar el crecimiento de la pobreza y la desigualdad.

La renegociación del TLC sin duda es estratégica para nuestro país, pero también una llamada de atención, un grito y un destello que nos obliga a mirar hacia otras latitudes y replantear nuestro rol económico en función del lugar que queramos ocupar en el mundo, las ideas que representemos, el proyecto de nación que comencemos a construir.

Quizá como nunca antes, la visión de política exterior será de primer orden en la agenda de la sucesión presidencial de 2018. Habrá entonces que recordar que el sur también existe, lo mismo que el oriente: pero aquí abajo, cerca de las raíces, es donde la memoria ningún recuerdo omite. Y hay quienes se desmueren, y hay quienes se desviven. Y así entre todos logran, lo que era un imposible: que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.

#HojaDeRuta: “Rius, en la memoria popular”

Comparte este artículo:

Sin pelos en la lengua ni barreras en la tinta, Rius fue parte de mi educación cívico política. Me lo encontré como herencia accidental, aquél mayo de 1999 cuando mi abuelo se murió por segunda vez (la primera, en 1985, como que no le había gustado) y dejó tras de sí pocas cosas y muchos libros. Tras su partida, reclamé sin disputa su limitado pero sustancioso acervo, en el que se encontraban las veces de Sartre, Mao, Rulfo, Usigli y, por supuesto, el pícaro monero. Ahí estaban Filosofía para principiantes, Los panuchos, Lenin para principiantes y algún otro título.

Hace unas cuantas semanas volví a toparme con Rius en “Una historia muy monita”, exposición temporal sobre la historieta nacional de 1930 a 1970, que se exhibe hasta este 20 de agosto en el Museo de Historia Mexicana. Ahí comparte vitrinas y colores con la Familia Burrón de Gabriel Vargas, Los Supersabios de Germán Butze y Kalimán de Modesto Vázquez, pasando por los lances y aventuras del Santo. Las creaciones de Rius son, como todos esos personajes, parte de la cultura pop mexicana. Flotan en ese imaginario compartido (y por tanto, democrático) de las cosas que el pueblo reclama para sí, más allá de licencias o marcas registradas.

Rius era monero de oficio: ocupación habitual, profesión de algún arte mecánica, ministerio (todas definiciones de la palabra “oficio”, todas acciones del monero). Valiente e irrenunciable en su compromiso y claridad ideológica, sus trazos le llevaron a distancias insospechadas, como escribía Elena Poniatowska apenas este último diciembre: “Rius es, sin proponérselo, uno de los grandes educadores que ha dado México en el siglo XX, además de su crítico más lúcido”, al tiempo que recuerda que alguna vez el Subcomandante Marcos también reconocía en el monero a un maestro, pues “en la provincia, la política llegaba por Rius o no llegaba”.

Solía contar que sus monos rebeldes lo pusieron una noche al filo de una tumba cavada en las faldas del Nevado de Toluca y cómo una intervención del General Cárdenas le salvó el pellejo. “Una vez me dijo Renato Leduc: Joven Rius, en esta profesión o le pagan o le pegan, y yo de menso escogí que me pegaran”, rememoró -seguramente sonriendo- en una entrevista para Confabulario de El Universal. El humor era el hilo conductor de una pedagogía politizada aunada a una crítica mordaz.

Hombre sereno y de tersas maneras, hablaba con un dejo de desesperanza en sus últimas entrevistas registradas, sobre la ausencia de opciones políticas con arraigo en las bases populares, sobre la dificultad de influir mediante monitos en las masas al competir con grandes medios y sobre todo, como la mera posibilidad de la crítica al poder no tiene efectos si no es acompañada de una labor de politización y creación de conciencia popular: “El caricaturista, el buen periodista se ha convertido en una especie de Juan el Bautista, que está allá en el desierto pegando de gritos y el gobierno dice: “Mira, hay libertad, pueden gritarnos y mentarnos la madre”.

Pero no nos toman en cuenta, no hacen caso de la crítica”. Monero de oficio, educador político de vocación, el monero ha dejado de existir. Así lo creía, pero lo recibe desde ahora el único cielo que hubiese aceptado: el de vivir en las nubes de la memoria popular.

#HojaDeRuta: “Gobiernos de coalición y la Iniciativa Galileos”

Comparte este artículo:

La foto en sí misma ya es nota: Manlio Fabio Beltrones, Gustavo Madero y Miguel Ángel Mancera se miran sonrientes. Símbolos del PRI, PAN y PRD en creciente cercanía. Hasta hace unos cuantos años, el sistema político mexicano era multipartidista, pero con la clara distinción de tener tres partidos mayoritarios y una serie de partidos pequeños, que podían ir desde la bisagra hasta intentos genuinos de socialdemocracia, pasando por los tradicionales satélites. Las cosas han cambiado.

El PAN falló en su oportunidad histórica de encabezar la alternancia, desmantelar las estructuras añejas, desterrar el autoritarismo y consolidar la transición democrática. Además, se vio terriblemente desgastado por el sexenio calderonista y la violencia desatada, que aún hoy genera intensa polarización.

El PRD se ha venido resquebrajando tras años de fratricidio y escándalos, debilitándose fuertemente en la capital del país -su máximo bastión histórico-, al grado de estar en fuerte riesgo de perder la jefatura de la Ciudad que mantiene desde hace 20 años, cuando en 1997 se realizaron por primera vez elecciones y resultó ganador Cuauhtémoc Cárdenas.

El PRI (al que muchos cometieron el grave error estratégico de dar por muerto tras la derrota del 2000) regresó por sus fueros en 2012, y tras 18 meses de ánimo reformista, cayó en un profundo bache provocado por el regreso de la violencia al proscenio y escándalos de corrupción del presidente y su primer círculo, que han resultado en un rechazo nunca antes visto para un mandatario en México.

Las que fueran las tres principales fuerzas políticas del país hace unos cuantos calendarios, hoy se encuentran en serio predicamento. Obedeciendo a su razón de ser como partidos, que es conseguir y conservar el poder, las circunstancias han encendido su instinto de conservación, llevándoles a construir puntos de encuentro.

La plataforma donde se ha cristalizado el encuentro de los personajes referidos al inicio de estas líneas es la Iniciativa Galileos, misma que desde el año pasado fue impulsada por la corriente perredista que se escindió de “Los Chuchos”, y que encabezan Guadalupe Acosta Naranjo y Fernando Belaunzarán. Es en los Diálogos Galileos donde han coincidido personajes de los tres partidos, junto con intelectuales como José Woldenberg,  y desde donde se han debatido ideas como la segunda vuelta electoral, la fragmentación del voto en México y los gobiernos de coalición.

En este último tema pueden encontrarse claves del acercamiento, pues surgido del Pacto por México, a partir de 2014 se estableció en la constitución la facultad del presidente de establecer un gobierno de coalición con los partidos representados en el congreso. Sería una nueva forma de construir mayorías legislativas, de integrar el gabinete federal y presentar un programa común de gobierno.

En principio se antoja interesante, pues sería un primer paso en transformar el modelo presidencial. Sin embargo, preocupa que la motivación no sean las circunstancias históricas ni un ánimo renovador de las reglas del juego, sino el debilitamiento común y la fortaleza competitiva de AMLO como candidato presidencial mejor posicionado.

“A mí no me preocupa si gana el PRI, el PAN o si gana Andrés Manuel; lo que me preocupa es la gobernabilidad”, dijo Manlio el lunes en el Foro Galileo. Pero omitió que a todos ellos, como fuerzas políticas, lo que primero les interesa, es sobrevivir.

#HojaDeRuta: “Comprar libros es un oscuro placer”

Comparte este artículo:

Aunque dispositivos como el Kindle podría contener entera la biblioteca de Alejandría, carecen de encanto. ¿Son los aparatos más útiles, lógicos, sencillos? Por supuesto, pero también son mucho menos inspiradores. Por eso uno se emociona cuando un pequeño panel de acrílico anuncia que esa mesa del costado tiene 50% de descuento en libros del INAH y el Fondo de Cultura Económica.

Me encontré libros donde menos esperaba: en una vieja prisión potosina construida en tiempos porfiristas, donde hasta el encierro y el castigo tenían ecos franceses. Cavando entre las pilas de títulos, me encuentro con el último título del maestro Monsiváis, y en su contraportada, una frase de William Blake que guió su vida: “espera solo veneno del agua estancada”. En ella, el poeta encontró con minimalista belleza la forma de resumir la esencia del progresismo: el movimiento. Progresar es moverse y hacerlo hacia adelante. El conservadurismo es quietud, y muchas veces, retroceso. Ahí radica uno de los principales motores de la vida pública. Somos un país que casi no lee, y también somos un país que casi no participa en la política, esa niebla tenebrosa a la que no queremos acercarnos.

De acuerdo al Módulo de Lectura (Molec) del INEGI, de cada 100 mexicanos, solo 45 leyeron al menos un libro en el último año. De acuerdo al mismo Instituto, el año pasado en México se leyeron 3.8 libros al año, promedio por debajo de otras naciones latinoamericanas como Chile, que promedia 5.4, y Argentina, que alcanza 4.6. El Molec también revela la obvia correlación que existe entre escolaridad y lectura, pero llama la atención su agudeza: sólo 25% de quienes no tienen enseñanza básica leen libros o algún otro tipo de material (periódicos, revistas, portales de Internet), mientras que el 70% de quienes cuentan con educación superior mantiene un hábito de lectura, por mínimo que sea. Ah, y en promedio, las mujeres leen más que los hombres, lo que no debe extrañar, pues tienen también mejor rendimiento académico (a pesar de vivir en medio de la peste machista).

Leer por sí mismo tiene un valor inconmensurable, pero no es solo la acción lo que importa, sino la comprensión. Más del 20% de la ciudadanía mexicana reconoce entender poco o solo la mitad de lo que lee, lo cual nos habla de la necesidad de formar pensamiento crítico. Letras y números son el herramental más poderoso de la humanidad, pero se requiere la formación que permita desarrollar el potencial de las personas, para que entonces pueda estallar su creatividad.

Lea, que mucho le conviene, ¿Y qué es leer? robémosle otra vez al poeta para intentar describirlo: “Ver el mundo en un grano de arena, y ver el cielo en una flor silvestre, sostener el infinito en la palma de tus manos, y la eternidad en una hora” – William Blake.