#HojaDeRuta: “El cálculo de Trump hacia noviembre”

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Las elecciones de medio término en noviembre serán definitorias para el equilibrio de poder en Estados Unidos y el futuro político de ese país. Estarán en disputa los 435 escaños de la cámara baja y 35 de los 100 escaños del Senado. También 36 gubernaturas y muchos otros cargos locales.

Por supuesto que la primera lectura del proceso será un referéndum hacia la administración Trump, pero hay mucho más en juego.

En la guía para las elecciones de medio término publicada por Vox bajo la pluma de Andrew Prokop, se sintetiza la relevancia de la elección: “Dependiendo qué tan bien le vaya a los demócratas, el partido podría eliminar la agenda legislativa de los republicanos en el Congreso, obtener nuevos poderes para investigar a la administración Trump, conseguir la potestad de bloquear a nuevos funcionarios propuestos por Trump, aprobar nuevas leyes  con enfoque liberal en varias partes del país y ganar muchos puestos que tendrán poder sobre el proceso de redistritación de 2021″.

Actualmente los republicanos controlan ambas cámaras. Una victoria demócrata en al menos una de ellas pondría un importante freno a Donald Trump y sus políticas, además de que intensificaría el escrutinio desde el Congreso hacia posibles delitos de la actual administración, mismo que hasta ahora ha sido aletargado por los legisladores republicanos. 

Hasta ahora, el escenario de un buen resultado demócrata parece probable: de acuerdo al agregado de encuestas realizado por FiveThirtyEight, el partido opositor encabeza la intención de voto para el Congreso con 47.4%, por 40.6% de los republicanos.

Todo lo que Trump haga o deje de hacer impactará en el camino a noviembre. Por ello el análisis debe versar sobre cuál parece ser la estrategia y cálculo político desde la Casa Blanca y el propio partido republicano, instancias que no siempre parecen estar en la misma sintonía.

De entrada, parece que la estrategia que llevó a Donald Trump a la casa blanca no solo permanece, sino que se ha fortalecido: apelar a una base blanca, conservadora y cristiana con planteamientos extremos apelando a un nacionalismo exacerbado. En otras palabras, Trump ha gobernado casi de manera exclusiva para mantener y solidificar su base. 

Esto explica la mayoría de sus acciones más polémicas: la prohibición a musulmanes de ciertos países a volar hacia EEUU; la cancelación de inversiones norteamericanas en el extranjero y el subsecuente “rescate” simbólico de fuentes de trabajo; la renegociación del TLCAN y el inicio de una guerra comercial con China mediante la escalada de aranceles; la insistencia de obtener presupuesto para construir un muro fronterizo y el ultraje último que significó separar a niños inmigrantes de sus padres e internarlos en centros de detención infantiles.

Todos los caminos llevan a noviembre. La gran pregunta es: ¿A Trump le alcanzará con su base para mantener el control del Congreso y mejorar sus posiciones en gobiernos locales?

El nefasto episodio que ha significado la separación de familias inmigrantes y su detención (cuyas condiciones recuerdan a los campos de concentración de japoneses establecidos en territorio norteamericano, según la propia Laura Bush) fue parte de un cálculo político de Stephen Miller, principal asesor de Donald Trump.

En una pieza para The Atlantic, McKay Coppins señala que Stephen Miller considera la polémica desatada por la política migratoria de Trump parte de la estrategia hacia las elecciones de noviembre: “Tienes un partido que está a favor de fronteras abiertas, y otro que quiere asegurar la frontera. Los norteamericanos se alinearán con el partido que quiere asegurar la frontera, y no por poco margen. Estoy hablando de 90-10%”, declaró Miller en una entrevista el pasado marzo.

Miller considera valioso generar lo que llama “controversias constructivas”, donde el fin no parece ser la persuasión, sino calentar las pasiones. Es a fin de cuentas a través del enojo, la indignación y el miedo como Trump consiguió una victoria que se consideraba impensable.

Bajo la lógica estratégica de mantener y solidificar su base, generando controversias y agudizando la polarización, ser un presidente impopular debe ser parte del cálculo. Sin embargo, la separación de familias y detención de niños en la frontera ha alcanzado niveles históricos de rechazo en la opinión pública norteamericana (los mayores en 30 años, según Chris Warshaw de GWU), además de una condena unánime a nivel global por parte de líderes, organismos internacionales y organizaciones civiles y religiosas.

Aunque la administración Trump trató de defender la nefasta medida con argumentos legaloides (en realidad no hay ninguna ley que obligue a separar familias detenidas por problemas migratorios), culpando a los demócratas e incluso llegando al absurdo de citar pasajes bíblicos para justificarse, finalmente la presión fue demasiada. El presidente norteamericano se vio obligado a ceder y firmó una orden ejecutiva para detener la separación de familiares en la frontera.

Un buen ejemplo es el comunicado recién emitido por American Airlines, donde la compañía se negó a que sus aviones sean usados por el gobierno federal para transportar a niños migrantes separados de sus familias: “No tenemos ningún deseo de ser asociados con la separación de familias, o peor aún, de lucrar con ello”, declaró la aerolínea.

Dos conclusiones: primera, las medidas radicales de Trump que pretenden mantener sólida a su base tienen un límite. Es probable que el escándalo desatado por la separación de familias haya incluso comenzado a causar rechazo entre sus simpatizantes, por lo que se optó por ceder (algo que Trump detesta) para detener el creciente costo político. 

Segunda, el haber detenido la separación de familias y posterior detención de niños no debe ser visto como un triunfo, sino como alarma de cómo se han radicalizado el discurso y las políticas ultra-conservadoras, de manera que este tipo de discusiones, al ser llevadas al extremo, mueven los parámetros de lo que se considera “normal” o “aceptable”.

El camino a noviembre está en marcha, y ahí se determinará si Trump es disminuido, o por el contrario, acrecienta su poder. Esto tendrá enorme impacto para México y la nueva administración federal en la relación bilateral, y para el mundo entero.

#HojaDeRuta: “¿Habrá transición de Estado?”

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¿En qué momento acaba la contienda y comienza la República? A unos cuantos días que termine un proceso electoral al que le han sobrado ataques y le ha faltado sustancia, merece la pena plantearse la pregunta.

Una contienda electoral es parte esencial de una República democrática. Contar con representantes elegidos por la voluntad popular es una condición para su existencia.

Sin embargo, como recién lo explico el profesor Mauricio Merino en la sesión plenaria de Consejo Nuevo León, la democracia tiene dos dimensiones: la primera es contar con representantes elegidos libremente. La segunda, que el poder sea ejercido democráticamente. Dos elementos indivisibles: uno de elección, otro de acción.

Bajo esta lógica, nuestra pregunta de apertura parece contradictoria. En el papel, lo es. En la realidad, no tanto.

Para ilustrar el punto, hace algunas semanas Porfirio Muñoz Ledo compartió en su columna de El Universal un pasaje de la democracia francesa: “después de años de un gobierno de derecha y de una izquierda falsaria, Miterrand ganó las elecciones en 1981 en alianza con el partido comunista. A pesar del gran viraje ideológico que ello representaba, el presidente Giscard d’Estaing promovió una transición de Estado. Miterrand cuenta que días antes de su toma de posesión, recibió a un militar de alta graduación encargado de explicarle los secretos mejor guardados del ejército y el uso de los dispositivos nucleares. El mensaje fue: la soberanía popular decide, pero Francia prevalece”.

En la historia contemporánea de México hay un episodio particular que responde al espíritu de la prevalencia de la República: la noche del 2 de julio del año 2000. El reloj marcaba las 23:02 cuando el presidente Ernesto Zedillo se enlazó en cadena nacional para reconocer el triunfo de Vicente Fox. El imposible se materializaba: por primera vez en siete décadas, el PRI había perdido la presidencia de México.

Zedillo no solamente cortó de tajo con la posibilidad de una “caída del sistema” similar a la de 1988, sino que hizo votos por el éxito de la administración que Fox habría de encabezar a partir de diciembre de aquél año: “Durante el tiempo que resta de mi mandato, seguiré cuidando celosamente la buena marcha del país; he externado al licenciado Fox mi confianza en que su mandato habrá de iniciarse con un México unido, en orden, trabajando y con una base muy sólida para emprender las tareas del desarrollo nacional de los próximos seis años”.

Afirmó también: “Hoy, hemos podido comprobar que la nuestra es ya una democracia madura, con instituciones sólidas y confiables, y especialmente con una ciudadanía de gran conciencia y responsabilidad cívica”. Los adjetivos, aunque frágiles, parecían ir en la dirección correcta: por primera vez se daba la alternancia en la historia moderna, se había conseguido de forma pacífica y con una autoridad electoral de esencia ciudadana a cargo del proceso.

Bien podría argumentarse que la intentona de fraude hubiese podido resultar en un estallido social y eso habría orillado a la decisión. Conjeturas aparte, el hecho es que se el triunfo de Fox se reconoció. Por cierto, la diferencia fue de 6 puntos entre el panista y Francisco Labastida, abanderado del PRI.

Aquella democracia madura y de instituciones sólidas que Zedillo anunciaba durante su mensaje a la nación, habría de sufrir un colapso apenas una elección después durante la siguiente elección presidencial. En aquél enlodado proceso ni siquiera hubo los elementos para definir un ganador, como lo ha documentado José Antonio Crespo en el libro “2006: Hablan las actas”.

Hoy que la tendencia coloca a López Obrador con una ventaja inusitada en las elecciones post-alternancia y que podría incluso ser el primero de esta etapa en alcanzar un gobierno de mayoría, el intento de democracia mexicana tendrá un enorme reto en la actitud que muestren tanto la presidencia de Peña Nieto como las campañas y partidos de Ricardo Anaya y José Antonio Meade.

Aunque las condiciones de fragilidad y disfuncionalidad institucional requieren transformaciones de largo aliento, una actitud de Estado durante la noche del 1 de julio, así como en los meses de transición, abonaría a la idea de que México prevalezca más allá de fuerzas y coyunturas. 

#HojaDeRuta: “Ayotzinapa: el pasado que no pasa”

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El problema del pasado es que no pasa. Así se refirió el sociólogo portugués Boaventura de Sousa a la revolución rusa al reflexionar sobre su centenario en 2017. Lo mismo podría decirse de la desaparición forzada y asesinato de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, ocurrida en septiembre de 2014. Es un pasado que, por más que algunos quieran desterrar, no se irá a ninguna parte.

El crimen ahí ocurrido dejó una marca indeleble no solo en el sexenio de Enrique Peña Nieto, sino en la historia mexicana. A la conmoción nacional e internacional se sumó la burda actuación de la entonces Procuraduría General de la República, cuyo titular era Jesús Murillo Karam, quien calificó como “verdad histórica” la versión oficial de los hechos.

Lo único que pasó a la historia fue la incapacidad del gobierno federal de llevar y facilitar un proceso convincente que permitiera esclarecer el caso y acceder a esa tierra que rara vez está a la vista de los tripulantes del navío mexicano: la justicia.

En días pasados, el caso Ayotzinapa tuvo una importante novedad: un tribunal federal con sede en Tamaulipas ordenó crear una Comisión de la Verdad para reponer la investigación de la PGR, considerando que la indagatoria hecha por la dependencia federal “no fue pronta, efectiva, independiente ni imparcial”.

La reacción internacional no se dejó esperar: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos instó a cumplir la sentencia del tribunal. 

Esta novedad jurídica se da justo en el contexto de las elecciones presidenciales. Hasta ahora, AMLO ha sido el único candidato que ha pisado Iguala, Guerrero. En un mitin celebrado hace un par de semanas, se comprometió frente a los padres de los normalistas a crear una comisión de la verdad. Tras la noticia de la sentencia por el tribunal tamaulipeco, Ricardo Anaya se pronunció a favor de reabrir el caso.

Aunque también hay un debate jurídico respecto a los alcances de la sentencia emitida por el tribunal federal, es un hecho que la narrativa se ha instalado: la versión existente no es confiable, por ende, para saber la verdad se requiere una nueva indagatoria. Pase lo que pase el primero de julio, las condiciones parecen estar dadas para avanzar en el esclarecimiento del crimen.

Además de abrirse un camino a una eventual justicia para las víctimas y sus deudos, una nueva investigación sobre los 43 también rompería con la nociva práctica de pretender enterrar verdades incómodas. Crímenes como Tlatelolco, el Halconazo, Acteal y Aguas Blancas siguen sin ser resueltos de manera convincente.

Contrastan casos como el chileno. Tras la dictadura de Pinochet y el retorno del sistema democrático en 1990, han existido 4 comisiones de la verdad que han buscado conocer con claridad el número de víctimas, las circunstancias de sus decesos, señalar a los responsables y buscar hacer reparaciones. La más reciente dio su informe en 2011.

Además de las obvias razones humanitarias, éticas y legales, hay un argumento político para reabrir el caso: si se pretende retomar una transición democrática, pasando de un sistema autoritario a uno democrático por la vía pacífica e institucional, esto no puede hacerse sin una reconciliación con el pasado, sin el reconocimiento de las víctimas y el señalamiento público a los victimarios. Sin memoria no hay democracia.

En este sentido, una eventual Comisión de la Verdad, el reconocimiento de las víctimas y la limpieza de sus nombres, así como el procesamiento de quienes resulten responsables, sería oxígeno puro para recuperar un poco de credibilidad y legitimidad en las instituciones del Estado Mexicano.

El pasado no pasa. Está entre nosotros, y solo hay un camino para avanzar: verlo a los ojos, hacerle justicia y mantenerlo en la memoria. 

“The past is what you remember, imagine you remember, convince yourself you remember, or pretend you remember.”

#HojaDeRuta: “¿Un Presidente de mayoría?”

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La democracia tiene como una de sus principales funciones la construcción de mayorías. Se construyen mayorías al momento de elegir representantes populares, para tomar decisiones legislativas y para dictar sentencias en el tribunal constitucional.

La recién publicada encuesta de Grupo Reforma da a Andrés Manuel López Obrador una intención de voto de 52%, lo cual significa una holgada ventaja de 26 puntos de su más cercano perseguidor, Ricardo Anaya, cuyos números han permanecido básicamente estancados desde el inicio de la campaña. 

Ante esta posibilidad, merece la pena recordar un dato: desde 1994 ningún presidente ha alcanzado o superado el 50% de la intención de voto. En aquél año, Ernesto Zedillo se proclamó vencedor precisamente con esa cifra. Seis años antes, tras un proceso plagado de irregularidades, Carlos Salinas de Gortari alcanzó la presidencia también con 50% de los sufragios.

Es comúnmente aceptado que las elecciones en México empezaron a ser “reales” a raíz de la reforma política del 95-96 y el subsecuente proceso electoral del 97, donde por primera vez el PRI perdió la mayoría en la cámara de diputados, mientras que la izquierda ganaba la primera elección a la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, en la figura de Cuauhtémoc Cárdenas.

De llegarse a dar un triunfo de AMLO por más de 50%, estaríamos ante el mayor margen de victoria en un cuarto de siglo, y también podría decirse, desde que las elecciones presidenciales con todos sus bemoles son competitivas. Por si esto fuera poco, dado el tamaño actual del padrón, sería el presidente con más votos en toda la historia del país.

Lo importante de la cifra radica en uno de los pilares del sistema democrático: la legitimidad y el capital político que esta conlleva. El histórico triunfo de Vicente Fox en el alba del milenio vino acompañado de lo que en aquél momento se llamó el “bono democrático”, que significó un capital político inusitado al ser el primer presidente de alternancia en siete décadas y representar la posibilidad de consolidar la transición democrática en México. Un capital que, sobra decir, fue desperdiciado.

Merece la pena puntualizar que cuando hablamos de transición democrática, hablamos el paso de un sistema autoritario a uno democrático por la vía pacífica e institucional. Ese proceso en México ha vivido algunos avances y múltiples retrocesos, pero definitivamente permanece inacabado.

Tras casi dos décadas de la alternancia, un triunfo de López Obrador con tal holgura podría abrir un escenario que permitiera retomar el proceso de transición. Esto implicaría un llamado a la reconciliación, tanto política como social, así como el desmantelamiento de instituciones y prácticas autoritarias heredadas del viejo sistema, que siguen vivas como hongos que estrangulan la raíz del árbol.

Idealmente, desde mi óptica, retomar la transición también implicaría una reforma del estado profunda, contemplando la posibilidad de un nuevo constituyente. Este último elemento no está en la agenda de AMLO, incluso ha declarado que no hace falta hacer mayores cambios constitucionales para aplicar su proyecto de gobierno.

Aunque hace algunos meses se veía lejano, hoy se asoma la posibilidad de que una eventual presidencia de López Obrador pudiese contar con mayoría en alguna de las cámaras (Reforma registra 42% de intención de voto para Morena en la Cámara Baja), fenómeno que también se ha vuelto extraño, pues los últimos presidentes han tenido que gobernar con congresos divididos.

Con un mes de campaña por correr, la tendencia se antoja irreversible, pues su comportamiento ha sido constante cuando menos desde fines del año pasado. 

De confirmarse una victoria por encima del 50%, AMLO y su equipo deberán proceder a un cálculo tan fino como veloz para procurar una transición tersa entre julio y diciembre, pero sobre todo, para definir los movimientos de sus primeros dos semestres, sin duda determinantes, porque será ahí donde utilice la reserva de capital político de la histórica victoria, y al mismo tiempo, donde la ola de la expectativa romperá para enfrentarse a las dificultades de gobernar.

Las circunstancias dibujan el sendero hacia la primera presidencia de mayoría del siglo XXI. Las condiciones favorables para la gobernabilidad podrían conducir hacia la consolidación de la transición democrática, etapa histórica que trascendería al proyecto político particular y podría contribuir sustancialmente a la maduración de la endeble democracia mexicana. 

#HojaDeRuta: “Individuales y divididos”

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Cuando alguien comete la imprudencia de invitarme a parlotear sobre comunicación política y la nueva dinámica de la información, suelo hacer una advertencia: la ideología vive (aunque no parezca).

Esto pareciera irónico ante las acrobacias discursivas que se requieren para explicar las bizarras alianzas que se dan en esta carrera presidencial, donde pareciera que la ideología se evapora en favor de la pragmática competitividad.

Sin embargo, México tiene buen rato polarizado. Por supuesto que esto no se expresa con total apertura – en nuestra cultura política, el disenso y la confrontación se consideran de mal gusto -, pero la división existe.

Un buen instrumento para tomar la temperatura es la encuesta nacional de discriminación (ENADIS) levantada en 2010, a la que por cierto ya le vendría bien una nueva edición. El instrumento abre precisamente con una pregunta acerca de lo que divide a los mexicanos.

El aspecto de nuestro país que consideramos más división provoca no es ningún otro que la riqueza: el 60% considera que nos divide mucho, el 26% cree que “algo”. Podría argumentarse que la división es económica, pero limitar la idea al aspecto material se antoja reduccionista, por decir lo menos.

Aquí entra una de las divisiones ideológicas más comunes: en un país donde la mitad de la gente vive en precariedad ¿los pobres son pobres porque quieren? Ahí yace una distinción fundamental que resalta una postura ideológica: ¿Cualquier persona puede salir adelante con base a su esfuerzo, o la estructura y circunstancias la condicionan y condenan?

Si un mito ha construido el capitalismo tardío es que el esfuerzo individual es capaz de superar cualquier obstáculo. Zygmunt Bauman aborda este punto en su obra “La sociedad individualizada” (2001) donde señala que “el problema es que la narrativa de la individualización parece asumir que todo lo que hacemos en nuestra vida se trata de las decisiones que hemos tomado. Esto es, de hecho, una narrativa que solo funciona para la élite que tiene muchas opciones: tiene los recursos y pueden usar la era móvil para su ventaja”.

Vale recordar que el Centro de Estudios Espinoza Yglesias (CEEY) ha realizado diversos estudios de movilidad social, donde la conclusión más contundente resulta incluso escalofriante: en México, si naces rico o naces pobre, lo más probable es que termines tu ciclo vital en la misma condición.

Continúa Bauman: “La narrativa de la individualización funciona para la élite, es ideológica: si todos piensan que todo está abierto a opciones y que su destino es su culpa, esto se vuelve un buen mecanismo de control: no necesitas panópticos cuando la gente siempre está intentando e intentando, eligiendo y eligiendo”. Creyendo que el intento depende solo de ellos, teniendo la ilusión de elegir.

El filósofo polaco argumenta que para reducir el sufrimiento humano es preciso que las personas sientan que pueden constituir una sociedad, pero lo que llama la ideología de la narrativa biográfica (es decir, individual) sirve para prevenir que la gente tome conciencia de la importancia de pensar en colectivo.

La narrativa individual reduce los problemas estrictamente al fuero personal: ¿No pudiste estudiar una carrera? No te esforzaste lo suficiente ¿No te alcanza con lo que ganas? Toma un curso de finanzas personales ¿No eres feliz? Cómprate un libro de autoayuda y aprende a ver las pequeñas cosas de la vida ¿Apenas cabes en tu casa o en tu asfixiante cubículo? Llénalo de colores y plantitas, verás cómo se transforma el espacio.

Por supuesto que la voluntad cuenta y el esfuerzo recompensa, pero el privilegio y oportunidades de los que partimos están separados por abismos.  

La enorme mayoría de los mexicanos nunca ha participado en una actividad público-social. Probablemente porque les contaron que eso no dejaba gran cosa, y más valía darle duro al trabajo. 

Probablemente porque esa misma historia se cuentan y siguen contando, sin advertir que la incapacidad de valorar lo colectivo y generar organización (y por tanto, poder y capacidad de presión) se ve limitada por la narrativa de lo individual. Vaya historia.

#HojaDeRuta: “Zavala: la candidatura que nunca fue”

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Los vaivenes de la coyuntura condicionan de vez en vez: el retiro de Margarita Zavala de la carrera presidencial es el tema del momento. La pregunta obvia es de naturaleza redistributiva: ¿A dónde irán los pocos pero preciados puntos (¿3, 4, 5?) que había podido cosechar? Hay ansiedad por conocer la respuesta, pero habría que empezar por decir que la intención de voto nunca es de transferencia automática. 

No hay tal cosa como una aritmética de la renuncia, pues múltiples factores entrarán en juego. En la más reciente encuesta de Reforma ofrece luz para construir una opinión educada: al preguntar a quienes expresaron intención de voto por Zavala, quién sería su segunda opción, el 19% declaró que Ricardo Anaya, seguido por AMLO con 14% y Meade con 13%.

Lo anterior sugiere que la redistribución de quienes declararon que votarían por Zavala sería bastante pareja. Aunado a su baja intención de voto, puede inferirse que su renuncia no afectará gran cosa los escenarios contemplados hasta hoy.

Fracaso. No hay otra forma de calificar la campaña de Zavala, y uno bastante estrepitoso. En los meses previos a su renuncia a Acción Nacional, era quien registraba mejores números bajo esa marca. Tras la ruptura, su proyecto independiente nunca pudo fraguar. 

Nunca pudo salir de la nube negra del sexenio calderonista, porque aparentemente no lo intentó. Muchas veces la tibieza condena. Su evasión a distanciarse de los aspectos negativos de la administración 2006-2012 le impidieron dibujar un proyecto propio. Quizá porque nunca lo tuvo.

A esto habría que sumarle una agenda conservadora que polariza (su bochornoso episodio con las madres lesbianas viene a la mente), además un desempeño poco apasionado y hasta torpe, que tocó su nota más baja en el primer debate.

El cálculo desde su War Room parece haber sido que más valía una salida digna que permita salvar algo de cara, que una derrota humillante que condene un posible futuro político.  

Más allá del intento fallido de Zavala, surgen otras cuestiones importantes: en primera instancia ¿Cómo sopesar el costo político de la ruptura del PAN, tanto para ella como para la institución, con una candidatura que ni siquiera llegó a la línea final? Otro aspecto es el costo para el erario público, desde el proceso de recolección de firmas hasta la impresión de su nombre en la boleta. Todo costó dinero.

Esto nos lleva a un punto que no dejaremos de insistir: la necesidad de una reforma política que considere el ballotage o segunda vuelta. La primera vuelta existe precisamente para que las diversas voces y plataformas puedan competir, poniendo sobre la mesa sus propuestas. Solo las que más convencieron al electorado pasan a la final, dando un espacio para la negociación con quienes se quedaron en el camino. 

En una democracia madura (o cuando menos, funcional) la candidatura de Zavala habría salido del mapa desde hace meses. Irónicamente, la propia Zavala abogó por la segunda vuelta en su mensaje oficial donde explicó su retirada.

En resumen, la salida de Margarita Zavala tendrá mucho más impacto en los medios que en las preferencias electorales. Y en un par de días, la agenda, como la vida, seguirá.

#HojaDeRuta: “El desfogue”

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En su más reciente edición, la revista Bloomberg Business Week publicó un análisis de López Obrador que tituló: “México ama a AMLO ¿Los negocios? No tanto”. 

En particular, llamaron mi atención dos elementos: primero, que Monterrey como símbolo del empresariado y diversas de sus figuras son mencionadas constantemente como el centro de la preocupación por una eventual victoria de López Obrador el próximo julio. 

Segundo, un insight que encontré particularmente esclarecedor. Al referenciar la polémica generada por la propuesta de amnistía del candidato puntero, los autores señalan: “Una perogrullada política parece emerger de todo esto: cuando importantes instituciones gubernamentales están profundamente rotas, la política de la continuidad se vuelve insostenible, y los extremos son atraídos hacia el centro ¿cómo podría ser criticado un candidato por ser muy radical, cuando cambios radicales se necesitan desesperadamente?”. 

Al menos desde dieciocho meses antes de la elección presidencial, sostuve en diversos foros que quien ganase la bandera de la alternativa tendría las mejores posibilidades de triunfo. En ese marco, se abrían dos caminos: o irrumpía con fuerza una candidatura independiente, o el líder de Morena se proclamaba como el receptáculo del rechazo e inconformidad a las opciones tradicionales. 

Aunque aún falta un trecho para el día de la elección, respecto a ese último punto se impuso la lógica: fue el tabasqueño quien pudo emerger como la alternativa, pues las candidaturas independientes (ambas con una carrera política hecha desde los partidos) no solamente fallaron en constituirse como opciones competitivas, sino que incluso la legalidad de su proceso fue severamente cuestionada. Al menos en esta elección, las opciones sin partido quedarán en lo anecdótico. 

En diversas partes del globo ha crecido la tendencia de opciones políticas anti-sistema. Incluso el texto de Bloomberg compara el nacionalismo de Trump y su arenga a los trabajadores de la industria pesada norteamericana lastimados por el TLCAN con la que hoy hace AMLO con los campesinos, naturalmente reconociendo que el líder norteamericano y el candidato tabasqueño contrastan en sus formas de pensar. Sin embargo, en encuestas recientes, por ejemplo la de Grupo Reforma, al desagregar los datos se revela que el segmento que más apoya a Andrés Manuel son las personas con mayor grado de estudios. Abonando otra perogrullada, habrá que decir que en ese segmento difícilmente hay campesinos. 

Hasta ahora, la realidad ha resultado una loza demasiado pesada como para levantar candidaturas presentadas por las dos marcas que han gobernado México en el siglo XXI. Quizá la reflexión no pase por considerar la de AMLO una candidatura anti-sistema (lleva más de una década funcionando como la  principal oposición a las fuerzas tradicionales) sino por el hecho que, de darse, haya tardado tanto en llegar ¿En qué escenario la descomposición política (corrupción), económica (pobreza) y social (violencia) no acabarían por buscar una vía de desfogue y cobrar factura? 

Desfogar significa dar salida al fuego. Si fuéramos otro país, ese fuego de tantos agravios por largo tiempo acumulados ya hubiese estallado las calderas. Aquí, estamos temerosos de lo que suceda en las urnas. 

Sea cual sea el resultado, lo que importa son dos cosas: primera, que la elección sea limpia y la voluntad respetada. Segundo, que quien resulte ganador actúe con estatura de Estado y comience un largo camino de reconstrucción. El aliento mismo de nuestras posibilidades democráticas pasa por entender que la supervivencia de la República está por encima de cualquier interés, pugna, ideología o personaje.

#HojaDeRuta: “El futuro del sistema”

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Más allá del resultado electoral, el 2 de julio alguna versión del país seguirá existiendo. Los pobres amanecerán igual de olvidados, los corruptos igual de impunes, los desaparecidos igual de ausentes. Iniciará entonces un nuevo ciclo de seis años que no solamente enfrentará enormes problemáticas, sino un Estado con un sistema disfuncional.

Quien tome las riendas del aparato federal se encontrará con un andamiaje institucional débil y sobre todo, con apenas unas gotas en el tanque de confianza. Por supuesto, la precaria situación no se limita a la federación. La más reciente muestra de la disfuncionalidad institucional la dio el Tribunal Electoral al permitir un lamentable desaseo en el proceso de firmas de las candidaturas independientes.

Los propios partidos políticos, como sujetos clave del proceso democrático, se encuentran en una grave crisis de credibilidad por la falta de resultados y múltiples escándalos, además de un desvanecimiento de ideologías y programas que los identifiquen y sobre todo, los diferencien. 

A esto hay que sumar la debilidad de las mayorías que se construyen actualmente al no contar con una segunda vuelta electoral. De hecho, si la tendencia actual continúa y AMLO se confirma como el vencedor, igualaría o incluso superaría el umbral del 40%, cifra que no se alcanza desde la victoria de Vicente Fox en el año 2000.

Gobernadores al por mayor perseguidos por corrupción y/o ligas con el crimen organizado, desfalcos gigantescos documentados que no parecen tener mayores consecuencias como el increíble caso de “La Estafa Maestra”, candidatos presidenciales acusados de lavado de dinero, asesinato tras asesinato de candidatos a alcaldías y diputaciones locales por todo el país. Ejemplos de disfuncionalidad sobran.

En un tiempo donde el enojo y la indignación son los mayores movilizadores políticos, suele cubrirse de bilis la visión de lo público y se condena todo lo existente, empezando por los partidos y sus miembros. Ante este tipo de posturas, cabe la pregunta: ¿estamos en contra del sistema de partidos, o de los partidos que tenemos? 

La destrucción por sí misma no garantiza renovación. Al escribir sobre los partidos políticos, Michels acuñó el concepto de “Ley de Hierro de la Oligarquía”, que estipula que tanto en una autocracia como en una democracia el gobierno acaba recayendo en una minoría, incluso después de una revuelta o proceso revolucionario.

Según Michels, los líderes de un proceso revolucionario responden a la masa, pero una vez instalados en el poder, se alejan de ella y acaban por volverse conservadores, pues buscarán retener y fortalecer su posición a cualquier precio.

Es decir, sin un cambio en la cultura política, sin nuevos incentivos, sin contrapesos suficientes, sin vigilancia y presión de medios y grupos de interés, el cambio se antoja lejano, incluso si mañana desapareciese la clase política entera, pues las condiciones que la crearon seguirían ahí.

Para buscar dirección habrá que partir de una realidad: el sistema mexicano no es una democracia que se volvió disfuncional, sino un sistema autoritario que, en su intento aún incompleto y fallido de ser democracia, no ha logrado funcionar. Esta distinción es fundamental, pues obliga a reconocer la precariedad de las instituciones, la cultura autoritaria de las decisiones y la debilidad ciudadana por su falta de reflexión e involucramiento de lo público. 

El sistema político mexicano se encuentra en estado precario. La coyuntura del nuevo sexenio abrirá, como es tradicional nacional, una coyuntura de posible cambio, pero este será insuficiente si la clase política no hace un alto en el camino, pues la estructura que insisten en dinamitar es la misma que los sostiene.

#HojaDeRuta: “Carne y plomo”

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Ayer pasé frente a una carnicería donde ejecutaron a un hombre. Un cajón de estacionamiento sitiado por cintas amarillas rompía su simétrica monotonía con una mancha de sangre: patrón irrepetible, vida encharcada en el concreto. Personajes en trajes blancos que colocaban conos amarillos donde aterrizaron casquillos completaban la escena entre patrullas y mirones. En el restaurant de enfrente, seis señoras bien vestidas charlan sin prisa, y me pregunto: ¿Escucharon los estruendos? ¿Truena el cielo o truena el suelo? ¿Hay alguna diferencia? Joven, más café, por favor.

A unas horas de los disparos, me llegó un meme ofreciendo un chaleco anti-balas en la compra de dos kilos de bistec. Los mexicanos siempre nos hemos reído de la muerte, pero esto es diferente. La barca nacional parece estar tan aguas adentro del río de las almas que estamos ya en pleno naufragio.

Solo en un país donde más de 230,000 personas han sido asesinadas en los últimos once años podría explicarse la irrelevancia de la muerte. Para dimensionar la tragedia humanitaria que México ha normalizado, basta una comparación: el funesto régimen militar de Pinochet en Chile, asesinó y desapareció a poco más de 3,000 personas en 17 años (El País, 2011).

El asesinato de los estudiantes de cine de Guadalajara, ultimados con una brutalidad inconcebible, habría puesto de cabeza a prácticamente cualquier país civilizado. Un solo caso de esta naturaleza debería ser suficiente para derrumbar por completo la credibilidad de un gobierno. Debería ser suficiente para determinar el rumbo de una elección. No parece ser en caso. En México también la capacidad de indignación se va disolviendo en ácido.

La seguridad y la corrupción son los temas centrales de la campaña presidencial, porque aún en la época de las fake news, la realidad es demasiado terca como para borrarla a clicks o pantallazos. La realidad estalla en el estacionamiento de cualquier carnicería.

Debería ser una obviedad hasta absurda de mencionar que la estrategia basada en el uso de la fuerza debe cambiar. Debería ser una idiotez pensar que la criminalidad está separada de la mitad del país viviendo en pobreza, del salario que pierde poder adquisitivo y compra menos leche, de los abismos de desigualdad que se estiran y nos separan.

Esta noche, mientras la carretera se aquieta y se escucha el mecer de los follajes, se quitarán las cintas amarillas, se levantarán los metales que fueron lanzas, se lavará la sangre del pavimento. Va a amanecer, y de nuevo se llenará de tráfico y gentes, seguirá el hambre y ardiendo los carbones de los asadores como arden los calcinados incontables. Seguirán las cosas aparentemente igual. Disculpe, joven: ¿A cuánto tiene el kilo de Rib-Eye? 

#HojaDeRuta: “Del miedo a la furia”

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“La emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo. Y el más antiguo y fuerte tipo de miedo es el miedo a lo desconocido” -H.P. Lovecraft

La velocidad de la información, el peso del presente y la desconexión del pasado público parecen conjugarse para hacernos olvidar que México es un intento de democracia. Un intento que, además, tiene relativamente poco tiempo de serlo.

Tras el estruendo de la revolución mexicana, y un periodo de inestabilidad, el sistema político moderno se fundó con base en el principio de aceptar el autoritarismo a cambio de garantizar la estabilidad, siempre bajo un manto de democracia simulada.

Algo muy extraño sucedió: una suerte de autogamia donde el propio sistema dio a luz al partido que habría de garantizar su permanencia. Carne de mi carne, vida de mi vida. Una simbiosis política que logró mantener el poder por casi siete décadas.

Tan único fue el caso mexicano que mereció una categoría propia en el análisis de Giovani Sartori: la del partido hegemónico, es decir, aquél sistema político donde había diversos partidos, pero solo uno tenía el control, y por tanto, la posibilidad real de ganar elecciones y gobernar.

En el 2000 quizá había más miedo en México a la posibilidad del cambio político que al famoso Y2K o error del milenio que supuestamente provocaría una falla masiva en todo lo eléctrico y digital, enviándonos de golpe a la edad de piedra.

Sin embargo, la alternancia ocurrió, y con ella, la decepción. Aquél México que inició el siglo XXI con la esperanza de volverse una democracia verdadera, alcanzar la justicia y avanzar hacia el desarrollo, enfrenta menos de dos décadas después un desaliento prácticamente en todos los frentes: las garras de la pobreza aprisionan a la mitad de la población; la corrupción goza de cabal salud (México ocupa el lugar 135 de 180 países medidos en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional); la desigualdad crece mientras el salario pierde poder adquisitivo (el peor de América Latina, de acuerdo a la OIT) y, por si fuera poco, una crisis de violencia que ha dejado cientos de miles de muertes y quebranto social.

En entrevista reciente para el diario El País, la historiadora Soledad Loaeza resumió lo que parece ser el espíritu de los tiempos que corren en el país: “En México tenemos más rabia que susto”, y abunda: “Sin instituciones no hay gobierno que funcione, ni de izquierda ni de derecha. Estamos muy fragmentados y en esa fragmentación no hay posibilidad de entenderse”.

El momentum internacional ha probado la confiabilidad de la vieja herramienta del miedo: el Brexit en Reino Unido; Trump en Estados Unidos; LePen en Francia (que afortunadamente no ganó). Sin embargo, en el caso mexicano el miedo viene jugando un rol central desde hace más de una década. La campaña de “El peligro para México” implementada en 2006 fue exitosa en términos de comunicación política, pero sembró odio y discordia, elementos que nunca son sanos para la democracia.

Pero el tiempo pasó, y no perdona. Ante el correr de los calendarios, la mayoría de las ideas, obras y cosas o se desvanecen o se consolidan. Se olvidan o se vuelven clásicos. La emoción del miedo parece estar siendo sustituida por otra igual o más potente: la rabia. Una rabia generada por la diaria crueldad de una realidad que no mejora.

Hoy el miedo a lo desconocido parece verse superado por las ganas de castigo a las opciones tradicionales y la voluntad de tomar una ruta inexplorada. En la más reciente encuesta de Grupo Reforma hay hallazgos que sorprenden además de la ventaja de más de veinte puntos que registra AMLO, en particular, se pregunta qué candidato es un peligro para México, y en este rubro, el principal “peligro” identificado es el candidato del PRI.

Aunque la tendencia electoral está dibujada con claridad, un país que ha transitado del miedo a la rabia en medio de la precariedad institucional, corrupción desatada y crisis de violencia se encontrará en un momento delicado política y socialmente. De consolidarse la tendencia, la rabia de una población que, en lo general está ausente de lo público, tendrá que volverse una energía de reconciliación, reencuentro, recomposición. El miedo y la rabia movilizan, pero no construyen. Ahí estará el reto del futuro inmediato.