#ContraPortada: “Imaginando los cálculos del presidente”

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Con apenas medio año en la presidencia, no hay semana que los posicionamientos y acciones de AMLO no desaten pasiones, a menudo contrarias entre querientes y malquerientes. A esto habría que sumar la sui generis forma de conducir la comunicación del Estado Mexicano. Podría decirse que la estrategia de comunicación es la propia sensibilidad del presidente ¿Se gobierna el país diariamente desde “la mañanera”?

Resulta complejo dilucidar la manera en que se construyen y toman las grandes decisiones públicas, existiendo una evidente tensión entre la política y la técnica, siendo esta última satanizada por ser identificada con regímenes anteriores tildados de “neoliberales”. 

La estridente salida de Carlos Urzúa de la Secretaría de Hacienda -una de las carteras más importantes del aparato federal- precisamente desnudó esa tensión entre tomar decisiones “basadas en evidencia” y las que obedecen al criterio político. 

En este punto es importante salir del maniqueísmo. No todo técnico es “tecnócrata”, en el sentido peyorativo del término, ni la técnica por sí misma resuelve los problemas públicos sin solidez ideológica en el proyecto y el arte del liderazgo político. Balance entre ambas dimensiones es el escenario ideal, para citar a Max Weber: “la política se hace con la cabeza, no con otras partes del cuerpo, ni con el alma”.

¿Qué cálculos políticos está realizando el presidente para tomar sus decisiones? Imposible conocer su fuero interno, pero su discurso y acciones podrían ofrecer alguna guía:

Cálculo 1: La base es sólida y crecerá. AMLO está consciente del poder detrás de una narrativa antagónica. No es casualidad que el término “fifís” se haya vuelto parte del léxico político nacional y que se haga referencia a los “adversarios” y “conservadores”. La rivalidad unifica, pero conlleva sus riesgos. Si por 3 presidenciales en fila se logró más del 30% de la votación nacional, con el control del aparato federal y cada vez más posiciones políticas en los estados, ese número podría crecer.

Cálculo 2: Que griten arriba si los beneficios se sienten abajo. AMLO ha repetido por casi dos décadas, hasta la saciedad, que “por el bien de todos primero los pobres”. Hay una clara estrategia de recortar gasto en prácticamente todos los rubros, para liberarlo en dos vías: programas sociales e inversión en PEMEX. Probablemente el presidente confía en que los percentiles más bajos no solo mejorarán su capacidad adquisitiva, sino que se identificarán con su gobierno. Eso está por verse, pero hay que recordar que como segmento, los principales votantes de AMLO en 2018 no fueron los más pobres, sino personas jóvenes con estudios universitarios e ingresos de medios a altos, un grupo que fácilmente puede migrar a otras opciones políticas de ser decepcionado.

Cálculo 3: Ante una oposición débil, es momento de copar. Ya pasó más de un año de la histórica elección presidencial (el margen de victoria más amplio en la era de la alternancia) y la oposición no logra recomponerse. Ni impulsando una agenda convincente que no sea oponerse al presidente, ni renovando liderazgos. Si Morena tiene la oportunidad de tomar más terreno, lo hará (aunque también lo amenazan tensiones intestinas). 

Cálculo 4: La presidencia no es la de antes, pero vuelve al centro. AMLO ha insistido que su presidencia significa un cambio de régimen, donde uno de los elementos principales es la separación del poder político del poder económico, condición que debería darse en toda democracia real. Solo así pueden explicarse decisiones como la cancelación del NAIM cuando ya había conseguido todo a su favor (polémica, exhibición de posible corrupción, voluntad de la IP de hacerse cargo), que parecen ser primordialmente políticas. Pero al presidente se le puede pasar la mano con gestos como el recorte a los deportistas, y al mismo tiempo, la compra de dos estadios por un billón de pesos para impulsar clínicas de beisbol. No hay manera de poder encuadrar esas decisiones más que como mera voluntad presidencial. Y eso puede acabar por desgastarle ante el respetable.

Por lo pronto, la aprobación del presidente se mantiene alta, y si bien el desempeño económico es magro, el país no se ha ido por el abismo como pronosticaron los heraldos negros. AMLO ni va tan bien como se imagina, ni tan mal como quisieran sus detractores. El punto es que hay al menos un 20% de electorado flotante que votó por él en 2018, pero no hay ninguna garantía de que se quede con Morena. 

#HojaDeRuta: “Los designios de Adrián”

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Adrián de la Garza es el alcalde Monterrey. O cuando menos, eso consta en documentos oficiales, notas de prensa, algunas fotos y afortunados testigos que, aseguran, han llegado a verle. 

El avistamiento público más reciente se reportó en un conocido gimnasio de la zona San Jerónimo, donde el funcionario con alma de policía aprovecha la tranquilidad de la media mañana para tonificar el cuerpo. Quizá se tomó muy en serio ese viejo adagio priísta de que siempre hay que mostrar músculo.

Aunque no se sabe dónde, se presume que el munícipe debe tener uno o varios sitios de reclusión, espacios casi monásticos donde medita sobre las profundidades de la inmortalidad crustácea para encontrar la sabiduría que requiere dirigir la polis. Uno, en su limitada y particular visión, apenas si puede imaginar destellos de ese complejo proceso de pensamiento iluminado, pero habría que intentarlo para tratar de comprender el misterio tras la intención de construir segundos pisos para automóviles en las principales avenidas de la capital.

Aventuremos, irresponsable y humildemente, algunas reflexiones que podrían acercarnos levemente a la luz del pensamiento adrianista, procediendo con calma con Prometeo en la mente, pues robar el fuego de los dioses puede costar caro:

  1. “Cuando se trata de consultas, lo que importa es la intención. El método es vanidad”. La ciudadanía, evolucionada de su forma primitiva de pueblo, no quiere ni necesita consultas reales, solo sentir que se le preguntó. Como decían los antiguos de mecedora: si me invitas a la fiesta, ya sabes que no voy a ir, pero quedas bien.
  2. “La rueda y el metal son la forma más pura del progreso”. Junto al descubrimiento del fuego (que también encuentra un eco sagrado en la chispa de la bujía de cada coche), la rueda es el invento que hizo al hombre un ser civilizado. La edad de hierro nos enseñó que el metal, el mismo del que se forjaron espadas y hoy da forma a los capotes, ha sido fiel acompañante de la historia: como la espada cortó, la bala atravesó, el auto se estrelló: golpes todos de un destino histórico que debe honrarse.
  3. “El embotellamiento es una extensión del desarrollo”. En momentos complejos para la economía del globo entero, una ciudad pujante necesita aumentar y sacar provecho de sus ventajas competitivas. El aumento de horas en el tráfico genera bienestar: se consume más gasolina; se averían más autos, dando trabajo a los talleres mecánicos; se enferman más personas de las vías respiratorias, vigorizando el mercado hospitalario y farmacéutico; se consumen más bebidas plastificadas en tiendas de conveniencia; proliferan los programas de radio y las suscripciones a los servicios de música por Internet. Se llama visión.
  4. “Cada choque es una nueva historia”. Monterrey es la ciudad que más percances viales registra en México, quizá en América Latina, proporcionalmente. Además del impulso a la industria aseguradora y a talleres de enderezado y pintura, imaginen cuántas bellas historias no surgen de perder horas entre claxonazos y refrescadas maternas: quizá alguien encontró al amor de su vida, hizo una nueva amistad o conoció los límites de su ira. Pocas cosas tan poderosas como conocerse a uno mismo. Seguro, algunos cientos de muertes y miles de lesiones habrá por calendario, pero no se fijen.
  5. “El transporte público mata el espíritu individual, alma del emprendimiento”. El egoísmo construye, la desigualdad natural ordena: la lagartija grande siempre habrá de comerse a la pequeña. Por ello siempre los sujetos evolucionados podrán ir a cuatro ruedas, enviando con marca y modelo el claro mensaje del merecimiento: el trabajo duro todo lo puede (aunque si uno hereda, ayuda mucho) ¿Cómo podríamos perder la inspiración que significa ver pasar un auto de lujo para el miserable? Necesitamos verles pasar, brillantes y veloces, para decir: “un día ese seré yo”, aunque ese yo sea uno entre mil, como diría Mijares. Eso de dar a todos oportunidades iguales es truco de perezosos: ¿quién estaría dispuesto a perder la ferocidad del lobo por unas horas menos de tedio y sudor cada día? Hay prioridades. 

Estas aproximaciones son una mera interpretación, como Pythia en el templo de Apolo, buscando traducir los designios superiores, porque de otra manera, los simples mortales no podríamos entender la genialidad que debe esconderse tras ir en contra de las ciudades desarrolladas del mundo, ignorar brutalmente la toxicidad creciente de nuestro aire y perpetuar la desigualdad lacerante que beneficia a los privilegiados. 

¿Quiénes somos para contravenir los designios del alcalde del sol y la luz, el Apolo policía que se ejercita a la hora sagrada de los tacos mañaneros?

#HojaDeRuta: “Apuntes sobre política pública”

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El concepto de política pública se ha vuelto, relativamente, común entre actores que abordan cuestiones gubernamentales, ya sea desde la perspectiva de la administración pública, la prensa, la sociedad civil o la iniciativa privada. Sin embargo, su uso no parece ser del todo preciso.

Como disciplina, la política pública surge en la década de los cincuenta en Estados Unidos, cuando comenzó a estudiarse sistemáticamente el proceso de decisión de políticas, es decir, cómo los gobiernos definían los problemas públicos y decidían vías de acción para atenderlos.

Luis F. Aguilar, renombrado profesor que es reconocido como uno de los principales impulsores del estudio de las políticas públicas en América Latina, define el concepto de la siguiente manera: “Las acciones de gobierno que tienen como propósito realizar objetivos de interés público y que los realizan con eficacia y aun eficiencia”.

Aunque pudiese parecer redundante, remarcar la naturaleza pública de las decisiones de gobierno es uno de los más grandes aportes de la disciplina, pues al conjuntar la dimensión política con la dimensión técnica para resolver un problema público, se busca insistir en que cualquier decisión de la autoridad realmente sirva al interés público.

¿Qué se entiende por interés público? De acuerdo al Profesor Aguilar, implica que la decisión esté en el mejor interés de la ciudadanía, que se tome respetando la ley y que use de forma eficiente los recursos públicos. Aunado a esto, considera que el otro gran aporte de la disciplina es poner énfasis en la eficacia y eficiencia de los gobiernos, es decir, los resultados que se obtienen de estas decisiones públicas y los criterios para medirlos.

Cuando se habla de tomar decisiones basadas en evidencia (concepto que recientemente usó Carlos Urzúa en su carta de renuncia a la Secretaría de Hacienda) justamente se hace referencia a lo que Aguilar define como la doble dimensión de las acciones de gobierno: la política y la técnica, es decir, que se tiene un componente normativo (resolver objetivos de interés colectivo, las leyes que regulan el marco de acción) y otro científico (los datos comprobables y medibles que se toman como insumos para definir un problema y tomar decisiones).

El elemento científico, refiere Aguilar, se sustenta en un razonamiento técnico-causal, de manera que puedan realizarse los objetivos deseados y hacer que las intenciones de los gobernantes se vuelvan hechos sociales. Dicho de otro modo, que las acciones de gobierno transformen positivamente la realidad del problema público que abordan.

De esta manera, plantear con rigor las políticas públicas orienta a los gobiernos a producir el mayor beneficio al mayor número de ciudadanos. Y no solo esto, sino que, señala el Profesor, estamos viviendo un cambio de época donde la nueva gobernanza exige colaboración entre gobierno y ciudadanía, un gobierno con la sociedad.

Esto es consistente con la lógica de los gobiernos abiertos, que plantean que las decisiones públicas no solo deben tomarse en esquemas cada vez más horizontales, sino en una lógica de colaboración que tome en cuenta la diversidad de conocimientos, talento y experiencias que existen en la sociedad, de manera que tanto la definición de los problemas como las acciones que se definan para atenderlos puedan ser mucho mejor definidas, implementadas y medidas.

Más allá de quienes busquen ocupar los puestos de elección popular en el proceso 2021 en Nuevo León, habrá que poner especial atención no solo a su plataforma, sino a la manera en que definen los problemas públicos, su lógica política y el fundamento técnico con el que pretendan llevar a cabo sus acciones de gobierno. Promesas, cualquiera. Método científico y acciones de verdadera naturaleza pública que impacten nuestra realidad para bien, es el reto verdadero.

#HojaDeRuta: “Monstruos entre nosotros”

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Empresa criminal: culpable. Tráfico sexual: culpable. Trabajo forzado: culpable. Robo de identidad: culpable. Pornografía infantil: culpable. Keith Raniere, líder de la secta disfrazada de grupo de autoayuda conocida como NXIVM, escuchó el miércoles en una corte de Brooklyn el veredicto que probablemente le haga pasar el resto de su vida en prisión.

Con un témpano por rostro, dicen los presentes, quien llegó a autoproclamarse el hombre más inteligente del mundo, quedó finalmente expuesto como lo que es: un criminal trastornado.

Aunque las extrañas prácticas de la supuesta empresa dedicada a dar “cursos ejecutivos para el éxito” ya venían siendo reportadas desde 2003, fue el exposé publicado en el New York Times en octubre de 2017 lo que generó un alud imparable. 

La pieza describía una hermandad secreta de mujeres al interior de la organización que se asumían como esclavas de Raniere (“Maestro” o “Vanguardia”, le llamaban), al grado de ser marcadas en su vientre con símbolo supuestamente en latín, que en realidad resultó ser compuesto por las iniciales del gran manipulador (la vanidad como sello del opresor). 

Tras la publicación del Times, comenzó el colapso para Raniere, a quien su magna inteligencia le avisó que era el momento de aplicar el arte de la fuga ¿el destino elegido para guarecerse? Monterrey, México. O para ser precisos, San Pedro Garza García, donde fue recibido y hospedado a unos cuantos metros de los alegres borbollones de la fuente “El Edén”, que adorna el extremo poniente de la Calzada del Valle.

Se publicaron incluso fotos de Raniere paseando por San Pedro, y se supo que tenía particular gusto por la cocina del Taller Vegánico, porque se podrá ser explotador sexual, torturador y defraudador, pero carnívoro, jamás. Las ligas de la secta con personas de Monterrey no se han explorado mucho, pero las hay en demasía.

Para marzo de 2018, el prófugo fue arrestado en una villa de lujo cerca de Puerto Vallarta. El juicio inició el pasado 7 de mayo, concluyendo el 19 de junio. Le demolieron testimonio tras testimonio, relatando atrocidades que erizan la piel. En contraste, durante las siete semanas que duró el juicio, la defensa de Raniere no llamó a un solo testigo. Extrañamente, sus súbditos dejaron solo al hombre más inteligente del mundo.

La perturbadora historia de NXIVM, su líder y prácticas son de esas realidades que superan a la ficción, y que obligan a reflexiones profundas sobre los tiempos que corren, porque líderes carismáticos han existido en todas las épocas, pero la esclavitud conseguida a través de la mercadotecnia, la promesa del éxito profesional, el estatus de exclusividad para ejecutivos pareciera un fenómeno propio del capitalismo tardío. Si el neoliberalismo entiende los actos de mercado como una ética en sí mismos, resulta natural creer que solo merece la felicidad quien pueda pagar 7,000 dólares por un curso de dos semanas.

Muchos de los seguidores de Raniere se convencieron de que el hombre iluminado había desarrollado una fórmula matemática capaz de predecir que el mundo llegaría a su fin en 15 años. Ahora tendrá que imaginárselo y escuchar desde su celda las trompetas del apocalipsis, a menos que le toque una con ventana.

Resuena el diálogo con el que inicia el bello filme “The Shape of Water” de Guillermo del Toro, donde el narrador comparte: “Si hablara de ello, ¿qué te diría? Me pregunto…¿Te diría sobre ella? La princesa sin voz. O tal vez debería advertirte de la verdad de estos hechos, y del cuento de amor y pérdida. Y del monstruo que trató de destruirlo todo”. Sin caer en ningún spoiler, merece la pena precisar: ese monstruo no era el hombre anfibio, sino un rubio que creía ciegamente que el mundo era suyo.

#HojaDeRuta: “Chernobyl: la verdad y sus consecuencias”

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El hubiera no existe, suele decirse cuando se imaginan decisiones o sucesos que pudieron haber sido distintos, y, por ende, cambiado el curso de la historia. Suele ser por nostalgia o lamento, pero, en ocasiones, pensar en lo que pudo haber sido resulta una reflexión necesaria.

Una de estas ocasiones es el máximo desastre nuclear de la historia: la explosión de la planta de Chernobyl en 1986 en la entonces Unión Soviética, para ser precisos, en lo que hoy es Bielorrusia, muy cerca de la frontera ucraniana.

El accidente y la crisis descomunal que le sobrevino son el tema de una nueva miniserie televisiva producida por HBO que se titula simplemente “Chernobyl”. Escrita por Craig Mazin, se desenvuelve por apenas cinco episodios, pero está dejando una marca profunda en el público.

La miniserie ha logrado atrapar la imaginación colectiva (cosa cada vez más compleja en tiempos donde reina el déficit de atención) con base en una estremecedora historia real. Tres grandes ideas, considero, cruzan la obra: las consecuencias de esconder la verdad y la búsqueda de ella; los sacrificios -la heroicidad existe- que hacen las personas comunes en medio de una crisis y, finalmente, el impacto destructivo que la actividad humana está teniendo sobre el planeta.

Como punto de partida se tomó el libro “Voces de Chernobyl: la historia oral de un desastre nuclear”, de Svetlana Alexievich, escritora bielorrusa que ganó el Nobel de literatura en 2015, premio que la academia sueca decidió otorgarle “por su escritura polifónica, un monumento al sufrimiento y coraje de nuestro tiempo”.

Y vaya que sufrimiento y coraje sobran en Chernobyl. No existe consenso sobre la cantidad de muertes generadas por el accidente (el rango va de las 4 mil hasta más de 90 mil), pero las dimensiones pudieron haber sido, cuando menos, continentales, amenazando los medios de subsistencia de millones de personas en Rusia y Europa.

En una escena, el mandatario ruso Mijail Gorvachov reprende a su gabinete por lo ocurrido, enfatizando que el poder de la Unión Soviética proviene de la percepción que desde fuera se tiene precisamente sobre el poder que ese país ostentaba. Lo que se ve no necesariamente es lo que hay, el problema es que se sepa.

Una de los testimonios recuperados por Alexievich en su libro sobre la tragedia, recordaba: “Nos dijeron que teníamos que ganar ¿Contra quién? ¿Al átomo? ¿A la física? ¿Al universo? La victoria no es un evento para nosotros, es un proceso”

Mazin, el creador de la miniserie, la considera un vehículo hacia la verdad, es decir, un recuento que intenta ser fiel, con lapsos dramatizados, de aquél episodio histórico, pero sobre todo, que despierte en la audiencia la intención de saber más sobre lo que sucedió. Y es que la verdad (o los esfuerzos deliberados de ocultarla) juega un rol clave dentro de la historia, cuestionando si la seguridad nacional, los secretos de Estado y la reputación misma de un gobierno, de una nación, justifican ocultar información de interés público.

En todo momento, las personas comunes son quienes sufren la tragedia, pero también quienes surgen para enfrentarla, muchas veces con el conocimiento de arriesgar sus propias vidas: mineros que cavan un túnel bajo lava nuclear; soldados que tienen segundos para palear grafito radioactivo; científicos que buscan respuestas a lo ocurrido.

El paralelismo con el presente es tan inevitable como necesario: vivimos tiempos donde las Naciones Unidas califican al calentamiento global como el mayor desafío que enfrenta la humanidad, mientras que el líder del país más poderoso del mundo niega la evidencia científica y ha hecho de la mentira tal costumbre que ha comenzado a confundirse con la verdad.

Chernobyl es un testimonio escalofriante de lo que nuestra ambición y errores pueden provocar. Es también una prueba de la templanza humana, pero, sobre todo, el recordatorio de lo necesaria que resulta la verdad para la democracia, y eventualmente, para nuestra propia supervivencia como especie.

gilberto@altiusconsultores.com

#HojaDeRuta: “El neoliberalismo y la 4T”

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Neoliberalismo: la doctrina de que la transacción de mercado es una ética en sí misma. Así comienza David Harvey por definir el concepto en su influyente texto “A brief history of Neoliberalism” (2005), una pequeña frase que abre un mar de análisis.

El profesor afirma que el neoliberalismo es “en primera instancia, una teoría de prácticas de economía política que propone que el bienestar humano puede avanzar de mejor manera liberando las libertades y habilidades emprendedoras del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por fuertes derechos de la propiedad privada y libre mercado”.

Desde principio de los ochenta comenzó a aplicarse bajo esta doctrina un conocido arsenal de medidas: privatización de empresas públicas; desregulación; reducción del aparato público; desmantelamiento de estructuras de bienestar y seguridad social; precarización del trabajo; ahorro y disciplina fiscal. Aunado a esto, deliberadamente se ha fortalecido al mundo financiero sobre el de la producción, trasladando este último hacia países con mano de obra barata para reducir costos.

En países como el nuestro, los resultados han sido mediocres, por usar un adjetivo moderado: la pobreza y desigualdad han ido en aumento, mientras que el promedio de crecimiento durante las últimas tres décadas ha sido muy bajo. 

Economistas como Thomas Piketty y Joseph Stiglitz han advertido los riesgos del actual modelo en el que la concentración de la riqueza es cada vez más aguda, mientras crece la desigualdad. En este sentido, señala Piketty, parece darse una regresión hacia un modelo de capitalismo patrimonialista, propio del Siglo XIX, donde la riqueza se da por herencia, de manera que los grandes recursos se mantienen en manos de unos pocos.

Piketty argumenta que la desigualdad no es un accidente y que solo puede aminorarse mediante la intervención del Estado. Afirma también que mientras las tasas de retorno de capital invertido sean mayores que el crecimiento económico, la riqueza se seguirá concentrando.

El presidente López Obrador ha fustigado al neoliberalismo desde hace años, cuando se desempeñaba como el principal líder de la oposición. Lógicamente, ese discurso se ha mantenido en su presidencia, donde el cambio de régimen que ha planteado pasa, precisamente, por superar ese modelo de economía política.

Sin embargo, la carta de renuncia de Germán Martínez al IMSS hace unas semanas dejó en claro que al interior de la cuarta transformación existe un corto circuito: un cuadro de extracción panista y formación ideológica de derecha, criticó precisamente la aplicación a rajatabla de políticas que calificó como neoliberales hacia adentro de la institución de seguridad social más grande de Latinoamérica.

Esa profunda contradicción debería preocupar a propios y extraños dentro de la cuarta transformación, y, por ende, llevarlos a formular preguntas trascendentes: ¿Qué significa la austeridad? ¿Es ahorrar a pies juntillas en todo, o evitar el dispendio y gasto ineficiente? ¿La reducción del aparato federal como medida de ahorro no es más cercana al modelo neoliberal que a la restitución de un Estado de bienestar? ¿Basta con dejar de condonar impuestos a los súper ricos, o es necesaria una política fiscal progresiva donde su aporte sea mayor?

Que este gobierno federal pretende superar el neoliberalismo está claro. Lo que debe reflexionar (y sobre todo, planear) es cómo hacerlo sin acabar replicando sus formas.

#HojaDeRuta: “Por un transporte (realmente) público”

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No soy un experto en transporte ni mucho menos, pero como dice aquella frase hecha: tantas ciudades desarrolladas no pueden estar equivocadas. Prácticamente cualquier urbe que cuenta con un modelo de transporte público exitoso, es precisamente por eso: es realmente público. 

En Nuevo León tenemos un híbrido que ha resultado poco conveniente: jurídicamente, el transporte sigue siendo público, pero operativamente está privatizado (así sea temporalmente) por la figura de la concesión.

Más allá de la polémica que ha desatado el aumento de tarifas, los vaivenes entre las posturas de los distintos actores -que van desde la insensibilidad de los transportistas hasta la improvisación de la autoridad estatal- y el alud mediático alrededor del tema, es preciso reflexionar sobre la esencia del modelo.

¿Qué implica que el transporte sea operado bajo un modelo público y por qué sería conveniente para el bienestar general? Para responderlo, hay que acudir al concepto de bien público.

Desde el aspecto económico, un bien público es aquél que está disponible para todas las personas (por tanto, no es excluyente) y no puede ser divisible (que lo use una persona no impide que lo use otra). Desde el aspecto político, son aquellos vienen que son provistos y/o protegidos por el Estado.

Demos un ejemplo con un tema en boga en Monterrey: el aire. Está disponible para todas las personas de la ciudad sin excepción y el hecho de que unos lo respiren no impide que otros puedan hacerlo. Además, desde el componente político el Estado no provee el aire, pero sí está obligado a protegerlo, es decir, a garantizar su calidad. Ahí tenemos un ejemplo claro de un bien público.

En el caso del transporte, se requiere entenderlo desde el concepto de movilidad: todas las personas deberían poderse mover en la ciudad, sin excepción, y la capacidad de movimiento de unos no debería impedir o afectar la capacidad de moverse de otros. En este caso, el Estado no solo está obligado a proteger esa capacidad de movernos, sino que, en el mejor escenario, debe proveerla.

¿La razón de lo anterior? Un tema de incentivos, y ahí es donde hay que elegir un paradigma: ¿La prioridad el transporte es mover a las personas o hacer negocio? La respuesta a esa pregunta encierra la esencia de por qué un modelo público es buena idea. 

Un modelo estatal debe poner su esfuerzo en la manera más eficiente y justa de mover a las personas; un modelo privado, pone su esfuerzo en maximizar la renta, aunque esto signifique afectar a los usuarios.

Y esa afectación a los usuarios hay que sacarla del mundo de lo abstracto y tocar tierra: significa impactar en los bolsillos de las personas que menos ganan, sobre todo considerando que México es el país de la OCDE donde proporcionalmente se gasta más del ingreso en transporte. 

Significa también una afectación a la salud física y emocional, pues se obliga a las personas a dormir menos, y pasar cantidades inhumanas de tiempo (de 3 a 4 horas diarias en los peores casos) arriba de un camión. Esto implica no solo cansancio, sino un menor tiempo de convivencia familiar o de recreación antes de volver a iniciar la rutina.

En pocas palabras, un transporte público ineficiente como el que tenemos afecta directamente la calidad de vida de las personas. Un mal transporte público que es consecuencia, a su vez, de una mala planeación urbana y los incentivos perversos que la han permitido.

De tal suerte que el debate de las tarifas será una polémica temporal, pero habría que ir al terreno de lo radical: repensar y replantear de manera seria y responsable nuestro modelo de transporte hacia una empresa pública o entidad estatal que tenga por objeto mover a las personas, no explotarlas.

gilberto@altiusconsultores.com

#HojaDeRuta: “¿Qué discute el presidente?”

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Por más que avanza la tecnología, la esencia permanece: es el discurso lo que da forma y sentido a lo político. Es así como se explica que una de las publicaciones con más reacciones en las redes del presidente López Obrador fue la aparecida el pasado 20 de abril, poco después de las 10:20 de la mañana:

“Callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción. No cabe duda de que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. Y perdón, pero son como sepulcros blanqueados.”

El breve párrafo generó 113 mil reacciones y 20 mil comentarios, además de haber sido compartido 20 mil veces en Facebook. AMLO es un experto polemista y un maestro del discurso público, pero eso ya se sabía. Lo interesante es el porqué de las polémicas actuales.

El presidente ha mantenido deliberadamente la retórica de la contraposición: -liberales vs. conservadores; prensa fifí vs. verdad oficial; mentirosos vs. honestos. Cierto, el conflicto es parte de la esencia de lo político, y cierto también que la tensión entre posturas liberales y conservadoras existe hasta nuestros días.

Sin embargo, el Presidente parece empeñado en atizar ciertas tensiones (por ejemplo, con la “prensa fifí”, en la que identifica a Reforma como el principal actor), mientras ignora por completo otras (su negativa constante a cuestionar, o siquiera opinar cada que Donald Trump asesta un dardo contra México o los intereses mexicanos).

¿Realmente está siendo atacado por la prensa? No más de lo que era como líder social o candidato, y ciertamente no menos de lo que se esperaría que se cuestione al titular del ejecutivo ¿Tiene sentido tener gestos como pedir a un medio que revele sus fuentes? Ninguno, y era obvio que sería interpretado como un ataque a la libertad de prensa ¿Está el presidente efectivamente atentando contra la libertad de prensa? No parece. Sería difícil encontrar otro ejemplo a nivel global de un reportero subiendo al estrado de una conferencia de prensa con un titular del ejecutivo a cuestionar datos sobre homicidios dolosos, como lo hizo hace unos días Jorge Ramos.

Si acaso, el episodio con Ramos dejó mal parados a los propios periodistas mexicanos, que quizá no han cuestionado ni presionado con suficiencia al presidente ante decisiones poco justificadas o posturas polémicas.

La polémica publicación de las “momias”, por la naturaleza de su retórica, hace pensar que el presidente mantiene su estilo de siempre: él decide el discurso, él genera el fraseo. No hay visos de que esto sea producto de una estrategia de comunicación, de un grupo profesional dedicado a definir el mensaje. La comunicación del presidente es el presidente.

Esto se vuelve aún más evidente ante una oposición sumamente debilitada (justificadamente, al ser producto de constantes decepciones, escándalos y malos resultados), que no ha podido articular un discurso creíble y se limita a reaccionar a las posturas del presidente y su partido.

Aunque su administración no ha llegado siquiera a su primer semestre, parece existir la sensación de que ha pasado más tiempo. Es cierto que López Obrador tiene un bono político tremendo: aplastó por 30 puntos a su más cercano perseguidor, consiguiendo la primera mayoría real en la era de la alternancia. Todas las encuestas serias ponen sus niveles de aceptación alrededor del 80%. Pero nada es para siempre.

Tres elecciones presidenciales en fila dan idea suficiente de cuál es la base de respaldo del presidente: 35% en 2006; 32% en 2012 y 53% en 2018. Esto indica que la base natural de AMLO oscilaría entre el 30 y 35% del electorado, es decir, más de una tercera parte de los sufragios que le dieron la presidencia vinieron de switchers: votantes que le vieron como la alternativa y/o decidieron en castigo a PAN y PRI. Lo anterior implica que esa porción del electorado podría volver a cambiar de aires si no se encuentra conforme con el desempeño del presidente.

Más que la contraposición entre liberales y conservadores, o de prensa fifí contra prensa libre, es probable que el presidente enfrente sus principales costos políticos por la naturaleza de sus posturas y la lógica de sus posiciones: nombramientos polémicos en la Suprema Corte y la Comisión Reguladora de Energía; polemizar con los conservadores en lugar de concentrarse en la empatía ante la matanza de Minatitlán; hacer de un medio en particular el enemigo de la administración, por dar algunos ejemplos.

Ni la base de votantes ni la aceptación del presidente están garantizadas, y es bien sabido que, inevitablemente, el ejercicio del poder desgasta. Conforme pasen los meses, es probable que la ciudadanía comience a poner menos atención a las confrontaciones, y más a los resultados (o la falta de ellos).

#HojaDeRuta: “Entre redes y realidades”

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“Las redes”: esas nuevas deidades etéreas de la opinión pública. Ante cada nueva polémica, desde espacios informativos y de opinión suele preguntarse: ¿qué dicen las redes? Como si fueran oráculos dando sus designios. 

Se les menciona con toda naturalidad, como si no fueran una masa amorfa, un mar cambiante donde lo mismo pueden encontrarse ideas valiosas que rabia pura, grandes piezas periodísticas que noticias falsas.

Cierto, mediante softwares especializados ya se pueden medir tendencias y “sentimientos”, tomando variables como los temas más repetidos o las palabras más mencionadas. Por ejemplo, la agencia digital Etnoscopía realizó un mapeo de identificación ideológica en México, tomando datos de Facebook Insights y encuestas digitales. Este mapa de tendencias ideológicas considera 5 categorías: extrema izquierda, izquierda, centro, derecha y extrema derecha. 

Algunos resultados parecen lógicos, por ejemplo, la zona del bajío es la más identificada con la derecha, mientras que entidades como Guerrero y Oaxaca lo hacen por la izquierda. Sin embargo, sorprende que entidades como Coahuila y Nuevo León se clasifiquen como centro, lo que sugeriría una disposición a tomar posturas progresistas en ciertos temas.

De acuerdo a la Asociación de Internet MX, en su último estudio de hábitos de los usuarios, el año pasado el 67% de los mexicanos mayores de 6 años eran usuarios de Internet. Si bien esta cifra no deja de subir año con año, es preciso reconocer que una tercera parte de la población aún no está en la red. Este mismo estudio señala que la principal actividad de los usuarios mexicanos es acceder a redes sociales, siendo Facebook la de mayor penetración, cubriendo prácticamente la totalidad de los usuarios (98%).

¿Esto implica que lo que se dice en las redes es un reflejo real del pulso social? No necesariamente. Para empezar, porque no todos están ahí, y segundo, porque de los que están, no todos tienen el mismo nivel de politización ni activismo digital. El New York Times, dentro de la sección The Upshot realizó un análisis que refuerza este punto, titulado: “El electorado demócrata en Twitter no es el electorado demócrata real”.

Los datos marcan un contraste notable. Por ejemplo, el 39% de los demócratas en redes sociales se identifican como activistas progresistas, pero en el electorado abierto, esta cantidad baja a 22%, es decir, sí existe una porción importante de simpatizantes que están empujando la agenda del partido a la izquierda, pero en términos reales es una menor proporción de lo que las redes y la percepción mediática sugieren.

Un dato complementario es aquellos demócratas que se identifican como personas moderadas: en redes son apenas el 13%, pero en la vida real esta cifra casi se duplica, para llegar a 24%. Es decir, al menos 1 de cada 4 votantes demócratas se considera a sí mismo como una persona moderada políticamente.

El análisis sugiere que si bien el movimiento hacia la izquierda que el partido ha experimentado es real, pero que el ánimo y fervor que existe en las redes sociales no coincide con el electorado demócrata en la vida real. Esto debiera generar una reflexión interesante en nuestro contexto: ¿qué tan real es la polarización entre fifís y chairos? ¿Qué tanto del electorado en realidad es moderado? ¿Qué proporción realmente está desinteresada de la política y no se expresa (por tanto, no registra) en redes sociales? 

En general, la lección es la cautela y el análisis frío de la información, pues la realidad política y comunicacional se transforma, pero esto no implica cambios radicales o totales en el electorado como un todo, que si bien puede irse transformando, no necesariamente lo hace en la medida y tono que las redes parecen reflejar.

#HojaDeRuta: “Volver a creer en el periodismo”

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Qué cosa tan frágil es la confianza hoy en día. Lo ha sido siempre, pero ante el asedio de la desinformación y la falta de criterio para discernir incluso lo que se creían verdades sólidas, la situación es particularmente delicada.

Cada año, la agenda estadounidense Edelman publica el “Barómetro de la Confianza”, donde mide este factor en lo que llama las “instituciones principales”: gobiernos, empresas, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil.

Para la medición de 2019 se realizaron más de 30,000 encuestas en 27 países, incluido México. A continuación comentaré algunos de los hallazgos que encuentro de mayor relevancia para reflexionar sobre la confianza (o la falta de ella) y las implicaciones que tiene para el debate y comunicación públicos.

En primera instancia -y quizá lo más destacable, en mi opinión- es que la ciudadanía a nivel global está mostrando una tendencia a consumir más noticias, es decir, tiene mayor interés por informarse. 

El reporte divide a los encuestados en tres categorías respecto al consumo de noticias: los desenganchados, que consumen noticias menos de una vez por semana; los consumidores, que lo hacen una vez o más por semana y finalmente los amplificadores, que son las personas que consumen noticias más de una vez por semana y las publican varias veces al mes en sus redes sociales.

Los consumidores se incrementaron 8% respecto al año pasado, pero lo que más sorprende es que los amplificadores mostraron un notable crecimiento de 14%, es decir, muchas más personas se están involucrando con las noticias y publicándolas en sus redes, denotando mayor interés en la agenda pública y en abrir conversaciones.

A lo anterior se suma un factor más: el principal crecimiento en la categoría de amplificadores se dio en las mujeres, que en población abierta aumentaron en 13% y en el público informado un 23% respecto a la medición publicada en 2018.

Respecto a las fuentes confiables de información, dos empatan en el primer lugar: en el promedio global el 65% de las personas encuestadas confían en los medios tradicionales y en motores de búsqueda como Google. Los medios digitales registran un 55% de confianza, mientras que los medios institucionales (páginas web oficiales, por ejemplo) tienen un 49%. El último lugar de confianza como fuente informativa son las redes sociales, con 43%.

Resulta una buena noticia que los medios tradicionales van recuperando algo de confianza del público, sin embargo, a nivel global siguen siendo la institución más desprestigiada. Pero esto cambia en el caso mexicano.

En nuestro país, el gobierno es la institución en la que menos se confía, con apenas 34%, incluso registrando un aumento de seis puntos en esta edición. De ahí le siguen los medios con 53%. Las empresas son quienes encabezan el listado de confianza a nivel nacional, consiguiendo un 71%. Cabe destacar que México es uno de los cinco países donde más se confía en las empresas.

El instrumento cuenta con más información de relevancia, por ejemplo, que el 73% de los encuestados le preocupa el uso de las noticias falsas como un arma, y un 76% quisiera ver a los líderes empresariales involucrarse más en problemáticas sociales como el cuidado del medio ambiente, la paga igualitaria entre hombres y mujeres y el combate al acoso sexual.

A mi juicio, una de las principales conclusiones que pueden desprenderse del estudio es que la crisis de las noticias falsas y la incertidumbre generada por ellas en las redes sociales, están generando un mayor interés del público de consumir noticias de los medios tradicionales o de buscar información de manera personal a través de motores de búsqueda, probablemente realizando una comparación de fuentes.

Lo anterior significa una buena nueva, pues marca una tendencia por regresar a la certidumbre y por recuperar la idea de la recolección, manejo y publicación profesional de la información, validada por periodistas profesionales y casas de prestigio. Se abre entonces una oportunidad de oro para el periodismo, que implicará retos que van desde la ética en el ejercicio hasta la adaptación a nuevos modelos de negocio. 

Recuperar la confianza del público será complejo, pero es posible. Una prensa sana y profesional en su ejercicio es aliento puro para la democracia, en particular, en contextos como el nuestro donde el autoritarismo echó por largo tiempo raíces. Contribuyamos para que así sea.