#HojadeRuta: “Nuevo León ¿Ingobernable?”

La reciente polémica sobre la reforma electoral obliga a una reflexión: pareciera que los cauces democráticos y la división de poderes están comenzando a mostrar disfuncionalidad, al menos en su etapa rutinaria. Toda organización funciona con base en rutinas, y cuando estas sufren disrupción (sobre todo si esta no es planeada) pueden experimentar inestabilidad.

Podría argumentarse que el hecho de que una disputa entre el poder legislativo y el ejecutivo sea resuelta por una instancia del poder judicial es normal, ya que es un mecanismo de control diseñado para tal efecto. Eso es cierto. Sin embargo, estamos observando un comportamiento inusual propio de una situación inusual: es la primera ocasión en nuestro sistema político moderno que un gobernador no tiene un solo diputado en el Congreso. Lo anterior es circunstancia de la reciente adición de la posibilidad de competir por puestos de elección popular por la vía independiente, por lo que el escenario presente era una consecuencia lógica y previsible.

Cuando se elige al máximo representante popular en cualquier sistema democrático, siempre se analiza cómo gobernará el nuevo líder dependiendo de la composición legislativa que le toque. Por ejemplo, el recién electo presidente de Francia, Emmanuel Macron, logró colocar 314 escaños de su partido, La République En Marche!, de un total de 577. Esto le permitirá gobernar con la mayoría absoluta y, en consecuencia, empujar con relativa facilidad su programa de gobierno.

Un gobernante que no tiene representación legislativa alguna, inevitablemente iba a enfrentarse a una situación desventajosa, lo cual exigiría una alta capacidad de negociación, que hasta el momento no ha sido el sello de la actual administración.

Lo importante de analizar es el respeto al orden constitucional, a la división de poderes y al orden republicano. Cuando comienza a abusarse del instrumento del veto, se vuelven práctica común tácticas dilatorias para buscar evitar la publicación de la legislación y hay un sentimiento de imposición de parte del legislativo, el sistema se está tensando.

No es normal que un Ejecutivo se niegue a publicar una legislación, ni que tenga que venir una orden de un tribunal para que se acate. Menos normal es que un Ejecutivo decida abiertamente desacatar la orden de un tribunal. El debate es interesante, pues plantea preguntas fundamentales: ¿El Ejecutivo está en su derecho a defender su postura e intereses ante su indefensión legislativa, usando cuanta herramienta o táctica tenga a la mano (dentro de la ley, por supuesto)? O por el contrario ¿La actitud de negarse a aceptar las decisiones que toma el congreso vulnera la más esencial soberanía, dado que su composición fue producto de un proceso electoral aceptado por todos los actores en cuestión?

Mientras sigue desenvolviéndose la rocosa relación entre el Ejecutivo y Legislativo locales, es evidente que el Gobernador deberá buscar como primera prioridad de 2018 contar con representación legislativa. Solamente conformando una fuerza política propia podría empujar su programa de gobierno, lo cual, para todo fin práctico, constituiría un partido político, aunque no tenga registro ni reciba recursos. Su finalidad sería la misma: un grupo que compite por obtener y conservar el poder con una agenda común. Esto es normal, así le sucedió a En Marche! en Francia y a Podemos en España. De ahí a que nos lleve a cerrar este espacio con otra pregunta que exigirá futura reflexión: Hoy en México ¿Se rechaza al sistema de partidos, o a los partidos y gobernantes que tenemos?

#HojadeRuta: “Entre la República y la pared”

La elección francesa resulta de altísima relevancia para el globo entero. Tras la primera vuelta, el candidato de centro-izquierda Emmanuel Macron y la candidata de extrema derecha Marine Le Pen se medirán en las urnas nuevamente el próximo 7 de mayo.

Dos fenómenos destacan: la creación de un “frente republicano” y la profunda división que dibujan los resultados electorales de la primera vuelta, en un reflejo que sigue en línea con los fenómenos de populismo, xenofobia y nacionalismos de extrema derecha que se han presentado recientemente en casos como Inglaterra y Estados Unidos.

La idea misma del “Frente Republicano” es fundamental: al llegar a una segunda vuelta, las fuerzas derrotadas negocian su apoyo con alguna de las dos opciones en competencia, comprometiendo agendas concretas y formando lo que se conoce como gobierno de coalición, pero es tal la percepción de amenaza que representa Marine Le Pen para el corazón de Francia, que la mayoría de las fuerzas políticas han manifestado su apoyo a Macron, no porque crean en su liderazgo o proyecto, sino porque consideran que es un momento de emergencia, un deber republicano evitar una victoria del Frente Nacional.

Este escenario ya se había presentado en 2002, cuando Jean-Marie Le Pen (padre de Marine) llegó a la segunda vuelta contra el conservador Jacques Chirac. En aquél momento el sistema político en su conjunto se unió creando un frente común que resultó en una victoria de Chirac con 82%. Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces, y así lo revelan los resultados de estas elecciones: por primera vez desde la posguerra, ninguno de los dos partidos principales de Francia (Socialistas y Republicanos) lograron colocar un candidato en la segunda vuelta, lo que habla de una sacudida considerable al establishment y un sentimiento generalizado de decepción y búsqueda de cambio, aunque se exprese de muy distinta manera.




En su análisis, el diario británico The Guardian calificó los resultados electorales como “un golpe de realidad”, al mostrar lo profundamente fracturado que se encuentra el país: el Frente Nacional ganando importantes franjas de las zonas desindustrializadas del norte, el este y el sur; mientras que Macron ganó el oeste.

Tal como sucedió en la elección de Trump, la opción de extrema derecha encontró mayor fortaleza en poblaciones pequeñas y zonas rurales, mientras que Macron tuvo éxito en las ciudades cosmopolitas. Además, apunta el rotativo, Le Pen ganó 9 de los 10 departamentos con las tasas más altas de desempleo, mientras que Macron tuvo gran fortaleza en París.

Preocupante fragilidad no solo para el sistema político francés, sino para los valores que le sustentan. La idea de fuerzas políticas coincidiendo que hay un bien mayor en la idea del salvamento de la República es algo poco común y de enorme valor, aunque también puede verse desde la óptica de las élites salvaguardando la estabilidad del sistema, desde la teoría del gremio.

Preocupante fragilidad, porque los sentimientos de abandono, coraje, racismo y división van creciendo envueltos en el nocivo nacionalismo que enarbola Le Pen.

En el fondo del debate encontramos que el mundo-sistema del capitalismo global deja decepción, desesperación y ultimadamente un sentimiento de abandono, de pérdida de privilegios. La paradoja es que ante la falta de alternativas políticas (que son, a fin de cuentas, visiones del mundo) la extrema derecha se nutra de la precarización y coraje de las clases trabajadoras que sienten el suelo resquebrajarse bajo sus pies, y culpan primero al mísero migrante o la supuesta amenaza a su identidad que a la hiriente concentración de la riqueza y desigualdades que por décadas han venido expandiéndose.




Aunque la lógica indica que Le Pen será derrotada, la realidad es que su movimiento ha ganado terreno, y mucho. Francia es una alarma más para el mundo entero, pues perversas ideas que se creían desterradas, comienzan a abandonar las tinieblas donde por largo tiempo se ocultaron.

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