Impeachment: EEUU, Trump y el Nuevo Orden Mundial

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Estados Unidos es el país más poderoso del mundo, militar y económicamente, por eso resultó sorpresivo cuando Trump ganó la presidencia en 2016. Siendo alguien totalmente ajeno a la política destacó por sus comentarios sin filtros, frases pegajosas e ideas sencillas para “arreglar” la política de ese país. A más de dos años de presidencia de Donald Trump vemos un listado sin fin de escándalos y conflictos sin precedente.

Para entender la trascendencia de Trump es necesario conocer la historia de EEUU para convertirse en la superpotencia que es. Fue el primer país en independizarse en 1783. Después vivió 150 años de conquistas y compras de islas y territorios en el Caribe, Pacífico y América en los que destacan Alaska, Guam, Puerto Rico, Filipinas, Panamá, Hawai, entre otros. Al terminar la I GM en 1919 tiene una primera oportunidad de liderazgo, con la Liga de las Naciones, que desecha por un aislacionismo en los 20s y 30s. Posteriormente se involucra y gana la II GM pero ahora no deja pasar la oportunidad y toma un liderazgo como la nueva potencia global, siendo el único país de los Aliados que no terminó en ruinas.

La consolidación económica y política se da en 1945 con la creación de la ONU y el tratado de Bretton Woods, estableciendo el sistema económico global con el FMI y el BM además del Plan Marshall haciendo al dólar la divisa de mayor importancia global. Esto llevó al inevitable enfrentamiento con la URSS en la Guerra Fría. La lucha ideológica entre capitalismo y socialismo llevó a intervenciones directas e indirectas en todo el mundo (Corea 50, Cuba 61, Vietnam 60s, Iraq 90, América Latina 60s), todo con el fin de limitar el “socialismo”, siempre defendiendo sus intereses políticos y económicos. Al final EEUU sería el vencedor en 1991 y consolidaría su poderío global, autoproclamandose como “hacedores de paz” y policía internacional sin tener contrapeso alguno en el ámbito internacional.

Hasta el 2016 ningún actor político de EEUU había siquiera mencionado dejar ese lugar de superpotencia, hasta Donald Trump. El nuevo e inexperto presidente, con una mentalidad “mercantilista” muy simplista, no encuentra beneficio alguno en tener balanzas comerciales negativas y gastar tanto dinero en la protección de aliados si no pagan lo suficiente para merecerla. Así empieza un nuevo periodo de aislamiento internacional retirándose de tratados comerciales, políticos y militares que deja un vacío de poder al que China y Rusia se abalanzan inmediatamente.

Hoy China busca consolidar su poderío económico y político. Mediante proyectos de vital importancia está realizando una conquista económica territorial, como la de EEUU hace 150 años. Por un lado reviviendo la Ruta de Seda, ruta comercial de más de 1,500 años que conectaba Europa con el país asiático, ahora con trenes, carreteras y proyectos de infraestructura innovadores a través de todo Asia. Así como una ruta marítima-portuaria que conectará Europa, África y Asia hasta el Mar del Sur de China, donde el gigante asiático está construyendo islas artificiales y tomando el control de esa zona marítima, de manera ilegal, a fin de reforzar su principal acceso al mar.

A pesar de todos los escándalos de Trump, no había habido consecuencia alguna, pero lo sucedido hace una semana fue la gota que derramó el vaso. Un funcionario de inteligencia denunció anónimamente una llamada entre Trump y el presidente de Ucrania, donde a cambio de apoyo militar pedía investigar a Joe Biden, uno de sus principales contrincantes para la elección del 2020. Un claro abuso de poder por parte del presidente. Pero no nos dejemos engañar el juicio político a Trump tiene dos momentos clave, uno para el inicio de las investigaciones en la cámara de representantes, algo que sucederá con una clara mayoría demócrata. Y un segundo momento donde se determinará la inocencia o culpabilidad de Trump con 2/3 partes del senado, en donde es necesario que 20 senadores republicanos, del mismo partido de Trump, cambien su voto para sentenciarlo, algo que difícilmente se dará. 

En el mundo de hoy Putin logró en 15 años lo que la URSS no pudo en 40, ha puesto a EEUU de rodillas con una grave crisis política, Xi Jinping está aprovechando el momento expandiendo su influencia en todo el mundo. Y en todo este escenario serán unos cuantos senadores los que confirmen el inicio del fin de EEUU y dejen a Trump en el poder, o lo destituyan y empiecen un arduo y difícil camino de recuperación política y legitimidad mundial.

#ElTalónDeAquiles: “Mezcolanzas incoherentes”

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El siglo XXI inició con los atentados terroristas del World Trade Center de Nueva York. Venía de concluir el periodo presidencial de Clinton, época comparable a los años locos, los de la década 1920, conocidos por la expansión del jazz, del charlestón, del tango, la popularidad de Coco Chanel, y la aparición de las minifaldas. Cierto es, en la década 1990 la humanidad presenció terribles cosas, los genocidios en Bosnia y Ruanda entre ellas, pero también es cierto que en los años 1920s surgió el nazismo y las dictaduras de Mussolini, Salazar, y Primo de Rivera. La última década del siglo XX, que corresponde a lo que politólogo estadounidense, Francis Fukuyama, llamó el fin de la historia, es una época en donde triunfó el liberalismo: cayó el Muro de Berlín, la URSS se desplomó, Mandela pasó de ser reo a asumir la presidencia, y la Unión Europea se robusteció. El libre comercio creció, la “democracia” se expandió y el mundo se globalizó.

Pero llegaron los atentados de las torres gemelas, que justificaron lo injustificable: una guerra arbitraria. Los Estados Unidos le mintieron al mundo, los países occidentales se fracturaron, y la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyas misiones de paz, a pesar de sus límites, habían mostrado potencial años atrás, demostró su incapacidad a temperar la ansiedad de las potencias mundiales. Al-Qaeda siguió golpeando, en Bali (2002), Madrid (2004), Londres (2005), Bombay (2006), y en Irak y Afganistán, mientras que el supuesto paladín de la libertad abrió una cárcel en Guantánamo, en donde torturó a sospechosos que nunca tuvieron derecho a defenderse. Años después, surgió el Estado Islámico. Además, en 2008 la voracidad de Wall Street catapultó al mundo a la peor crisis económica después del colapso de 1929. Diez años después del inicio del siglo XXI, el miedo a la violencia irracional, la guerra antiterrorista, y el pesimismo económico, habían enterrado la euforia liberal generada por el fin de la Guerra Fría. La elección de Obama en algo contribuyó a apaciguar las congojas del progreso.

Pero la elección del premier presidente negro de la historia estadounidense quebró la historia. Por un lado, el pensamiento progresista clamó victoria y continuó su agenda multicultural. Los homosexuales tenemos derecho a casarnos y a adoptar. Las mujeres pueden y deben decidir qué hacer con su cuerpo. El racismo es malo. Cuando está enfermo y sin esperanzas de recuperación, todo ser humano tiene derecho a decidir el momento y las condiciones de su muerte. El cambio climático nos lleva a la extinción como especie. Por el otro, el conservadurismo respondió. Los homosexuales somos perversos. Hay que preservar la vida desde el estado fetal. El concepto tradicional de familia está bajo ataque. Todos tenemos derecho a nuestro entorno sin una amenaza extranjera, por lo que se justifica repeler al inmigrante. Es pecado ir contra la potestad de Dios de decidir hasta cuando vivimos, y el cambio climático es una invención de izquierdistas radicales en su desesperada lucha contra el capitalismo. 

En este siglo XXI, caracterizado por una democratización de los púlpitos, todas las opiniones valen lo mismo. Lo subjetivo se convierte en hecho objetivo en un abrir y cerrar de ojos. Nadia verifica fuentes. Y como una mentira se convierte en realidad si se repite mil veces, ya no existe diferencia entre lo real y la ficción. Trump entendió que lo importante no es decir la verdad, sino generar credibilidad, al menos entre un sector de la población. Así, hay gobiernos de “izquierda” apoyados por grupos religiosos de ultraderecha, sindicalistas que olvidaron como proteger a los trabajadores que manipulan a la ciudadanía con falsedades para beneficiar a élites emergentes, y grupos de derecha que respaldan agendas neo-mercantilistas. Lo que para unos son derechos humanos fundamentales, para otros es una ideología de género perversa y peligrosa. Unos juzgan que enfrente hay pretenciosos cosmopolitas mientras que estos creen que los otros son vulgares ignorantes. Hoy, la izquierda defiende el libre mercado y la derecha aboga por la imposición de barreras arancelarias. Y, como la tecnología lo permite, bloqueamos a todos los que piensen diferente, con lo cual el espacio deliberativo se pierde, y con ello la idea del debate democrático. El miedo, la frustración, y el enojo, valen más que la racionalidad. El siglo XXI no es un siglo de progreso. Es un siglo regresivo. Si seguimos así, esta mezcolanza incoherente pronto nos llevará al siglo XIX.

Fernando A. Chinchilla 

Montreal (Canadá), 8 de agosto de 2019

Apología de la libertad económica y del sistema de mercado

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El último libro publicado de Mario Vargas Llosa, La llamada de la tribu, es un ejercicio autobiográfico; sin embargo, no es un recuento de las experiencias y hechos de su vida, sino la evolución ideológica de su pensamiento. 

En su capítulo introductorio, Vargas Llosa cuenta que, como muchos, él era afín a los movimientos revolucionarios socialistas de mediados de siglo XX. 

La revolución cubana en la cual un grupo de guerrilleros pudo derrocar al dictador Batista despertó en el mundo, pero sobre todo en América Latina, una euforia por la transformación del modo de producción capitalista y todas las consecuencias político-sociales, culturales e ideológicas que ello acarreaba. 

Empero, el autor peruano cuenta que se fue distanciando de los movimientos socialistas por la desconfianza en la posibilidad de alcanzar la utopía comunista ante la crisis que presentaban la URSS y los países de Europa oriental. 

Aunque ello representó un fuerte catalizador a la transición de su pensamiento, el gran acontecimiento que lo obligó a romper con la euforia revolucionaria fue el caso de Heberto Padilla: intelectual encarcelado y exiliado por el régimen de Castro por criticarlo.

Con ello, y a partir de una serie de autores (Smith, Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin, Raymond Aaron y Jean-François Revel), Vargas Llosa se convirtió en un adepto a la doctrina liberal y a la defensa de los derechos humanos.

Una de las grandes tesis de Vargas Llosa en su libro es la indivisibilidad de la libertad: la coacción en alguna de las libertades humanas conlleva ineluctablemente a la restricción de otra libertad. La libertad es un absoluto que encuentra su límite exclusivamente en la libertad de otro individuo. 

Asimismo, enaltece el individualismo y la capacidad creativa de los sujetos para transformar constantemente sus condiciones presentes. El progreso de la humanidad se ha generado por la actividad espontánea de los individuos, dirigidos por su necesidad de superación.

Por ello, la crítica que hace a la colectividad radica en que esta fuerza de aglomeración del individuo hacia la tribu disipa la capacidad creativa y no permite la transformación de las condiciones de existencia. 

En la esfera económica, la libertad individual es el motor del progreso industrial y tecnológico, ya que la búsqueda de ganancias en un esquema de libre mercado (es decir, de competencia) promueve la innovación por parte de cada individuo.

Aquí encontramos otra verdad innegable: el mercado es el mecanismo de asignación más eficiente. Un sistema de generación espontánea que no fue creado por el hombre, sino que apareció a partir de la acción humana de comerciar. 

A ello, se le agrega el sistema de precios, una especie de aparato que orienta las acciones de los agentes (consumidores y productores) y que refleja fielmente la situación económica en un momento dado.

Por ejemplo, si los precios de algún bien aumentan, ello enviaría la señal a los productores de trasladar parte de sus medios de producción a ese mercado, lo que provocaría la disminución del precio por el aumento de la oferta. 

No se puede negar la eficiencia del mercado y su capacidad de maximizar las utilidades y los beneficios de consumidores y productores. El argumento del socialismo de crear un planificador central integrado por ingenieros sociales quienes se encarguen de distribuir los factores de capital y trabajo en distintos sectores con el fin de maximizar el bienestar social  no puede igualar la capacidad intrínseca del mercado en su función de asignación. 

Por ello, si el mercado es el mecanismo óptimo de asignación de recursos escasos para usos alternativos, no se debe buscar su obstaculización a partir de políticas que aparentemente buscan la equidad social (digo aparente porque al final de cuentas generan efectos contraproducentes). 

Lo que se debe buscar es establecer los cauces institucionales para su funcionamiento (Estado de derecho), así como políticas que permitan homologar las dotaciones iniciales de los individuos (educación, por ejemplo).

Ello no implica el desentendimiento del Estado del discurrir económico; por el contrario, el liberalismo presupone un orden normativo y un Estado que vele por su cumplimiento. También es conveniente eventuales intervenciones de éste en algunos rubros, como el apoyo a industrias en nacimiento o la inversión pública en garantizar los derechos fundamentales (educación, salud, acceso a seguridad social, etc.). 

Aceptar la superioridad del mercado frente a la regulación gubernamental no implica promover una especie de anarquía, en la cual todo se encuentre determinado por la oferta y la demanda, sino edificar las instituciones pertinentes para el buen funcionamiento del mercado, siempre buscando el bienestar de la sociedad en su conjunto.  

México y Estados Unidos ante el conflicto en Corea del Norte

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En Corea hace años se desarrolla un conflicto que puede tener consecuencias humanitarias no vistas desde la Segunda Guerra Mundial. El problema central radica en la alta probabilidad de que Corea del Norte disponga de armas nucleares y que pueda utilizarlas, sin conocer o no su desarrollo y eficacia contra los Estados Unidos, país que más allá de las coyunturas de los últimos seis meses es nuestro vecino, es la nación que adquiere el 80 por ciento de nuestras exportaciones, donde viven millones de personas de origen o bien de nacionalidad mexicana, y con el que tenemos una compleja agenda de relaciones bilaterales, las cuales se inscriben en la frontera más grande del mundo.

La historia del conflicto en Corea inició en 1950 cuando en el marco de la bipolaridad los Estados Unidos y la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se disputaban la hegemonía global. En ese contexto ambas potencias se dividieron Corea, quedando el norte bajo la influencia soviética y el sur bajo la norteamericana. El 25 de junio de 1950, Corea del Norte con apoyo de la URSS y China invadió el sur. Estados Unidos envió a sus tropas para ayudar y echar atrás la invasión comunista, en dos meses los norteamericanos habían logrado reconquistar la capital del sur, Seúl.

Bajo la amenaza norteamericana de invadir el norte y con ello unificar toda la península, China intervino de forma más directa y lo que parecía una guerra sencilla se convirtió, tres años después, en un escenario  que generó más de tres millones de personas muertas, 100 mil huérfanos, aproximadamente 10 millones de desplazados y una devastación en infraestructura, recursos naturales y cualquier otro medio humano para la vida y la sobrevivencia, fue una tragedia.

El 27 de julio de 1953 las dos partes firman un armisticio como medida para asegurar el cese de hostilidades, tras 60 años Corea del Norte y Corea del Sur siguen técnicamente en guerra, esto explica por qué razón el Ejército de Corea del Norte suma un millón de efectivos, quizá cinco millones en sus reservas y el enorme gasto militar que eroga cada año. Hoy día han crecido las hostilidades en la región, y el eventual uso de alguna arma nuclear contra los E.U. tendría consecuencias inequívocas para México. En estos momentos clave nuestra solidaridad con E.U. es relevante, con independencia a las tensiones de los últimos meses, lo que ocurre en Corea del Norte tiene otro sentido, y representa una amenaza latente y próxima por vecindad con E.U. que sigue siendo el país del mundo con el que tenemos la mayor relación económica, política, ambiental, social, cultural y de seguridad hemisférica. 

El coronel retirado del ejército de E.U. y analista del Centro de Estudios para la Seguridad de la Universidad de Georgetown, David Maxwell señala que “la zona desmilitarizada (aquella que divide a ambas Coreas) es una de las áreas más fuertemente armadas del mundo.”, y que del Ejército de Corea del Norte el “70% de las fuerzas están desplegadas entre Pyongyang y la zona desmilitarizada”; agrega que los actos recientes, donde Corea del Norte ha realizado pruebas nucleares y lanzado misiles han reactivado una zona que tiene mucha tensión; y que si se iniciara una guerra entre E.U. y Corea del Norte, tan sólo en el primer día de combate podría haber 64 mil muertos por los ataques de la nación norcoreana hacia Corea del Sur. Otro analista el profesor Bruce Bechtol del Departamento de Estudios para la Seguridad y la Justicia Criminal de la Universidad de Angelo State, en Texas, E.U., indica que las bajas en la primera semana serían entre 300.000 y 400.000 muertos tanto civiles como militares y quizá unos dos millones de muertos después de tres semanas.

En las últimas semanas el conflicto escaló en declaraciones y movimientos estratégicos en la zona, lo que comenzó con la prueba de un misil de alcance medio por Corea del Norte generó reacciones del Presidente de los E.U., y ahora de China, este país señaló que no intervendrá si Corea del Norte ataca primero pero que no será indiferente si lo hace E.U. y generó un mensaje con conceptos quizá tendentes a la disuasión militar de las partes: mano dura, intereses, riesgo militar, y que no permitirá un cambio de régimen. Así las cosas, los países se alinean para que no haya armas nucleares en Corea del Norte, para que este no inicie un conflicto y a la vez para que E.U. no lo haga tampoco, sin embargo, las presiones estratégicas crecen en China, Rusia y las dos Coreas, los puntos de diálogo son necesarios ante la magnitud de las consecuencias de un conflicto.  

El Fracaso de la Izquierda: Latinoamérica

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Durante la década de los 90´s el mundo se encontraba dividido por dos grandes bloques que se repartían y pugnaban la hegemonía política: el Capitalismo y el Comunismo, pero la disolución de grandes potencias comunistas como lo fue la URSS arrinconó la ideología socialista-comunista, y apartada de los reflectores políticos, se mantuvo ausente, casi inexistente, creyéndose finiquitada.

Por el otro lado una vertiente del capitalismo, que data sus inicios en los 80´s, propuso una formula distinta al sistema político como solución a sociedades modernas y cambiantes que la nueva revolución tecnológica transformó a finales del siglo, logrando posicionarse en cada rincón del mundo occidental con marcada tendencia económica, social y política: el Neoliberalismo.

Y cuando el mundo convergía hacia una nueva y prospera época de bienestar el sistema económico colapso a finales del siglo XX, dejando expuesto las debilidades de esta corriente económica, forjando inconformidad social y cuestionamiento de la eficiencia del Neoliberalismo en Latinoamérica, alentando un cambio en el panorama político que enmendara las fallas que el capitalismo había dejado a su paso.

La llamada izquierda política, el Socialismo, resistió el avasallante crecimiento del Neoliberalismo Latinoamericano hasta su colapso sistémico con las crisis de sus principales exponentes –México 1994; Brasil 1999; Argentina 2001/2002– propiciando una revolución sociopolítica que intento alejarse de los efectos negativos del Neoliberalismo y cómo un efecto dominó, la izquierda se esparció por toda América Latina, con tal rapidez dentro del periodo de una década, similar a una epidemia ideológica propagándose por toda la región, la llamada Marea Roja o en palabras del periodista Larry RohterNew York Times-, una Marea Rosa, al no verse influenciada con tendencias extremistas del Comunismo y acercarse más a un sistema Social-Demócrata, es decir, un Socialismo más light.




Un movimiento sociopolítico, nombrado por algunos expertos como el Socialismo del Siglo XXI, aunado a una serie de eventos que marcaron el inicio del período izquierdista, dieron cabida a la constitución de la Izquierda como la principal fuerza política hegemónica de toda la región, y como reacción en cadena, el fantasma del Socialismo –en palabras de Karl Marx– se propagó a lo largo del continente, Hugo Chávez en Venezuela (1999), Ricardo Lagos en Chile (2000), Lula da Silva en Brasil (2003), Néstor Kirchner en Argentina (2003), Tabaré Vázquez en Uruguay (2005), Evo Morales en Bolivia (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007), Fernando Lugo en Paraguay (2008) y Ollanta Humala en Perú (2011).

Toda Latinoamérica se repartió entre partidos de ideas marxistas o similares. Creando un conglomerado geopolítico, sin precedentes, fortificando y estrechando las relaciones comerciales, económicas y políticas entre los países latinos.

El auge izquierdista de Latinoamérica se vio acompañado de un amplio crecimiento económico y un gran desarrollo social en todos los países que alinearon su postura a la tendencia política, pero este apogeo debe su razón de ser a dos factores: 1) la alta demanda del mercado mundial de materias primas, petróleo principalmente, y al 2) fracaso sistémico del Capitalismo.

Y así como su rápida propagación, el final de la izquierda llegó velozmente, la caída de los petroprecios y los abundantes casos de corrupción, liquidaron el desarrollo de los países y crearon en las sociedades un hartazgo social con individuos apolíticos y antisistémicos, cansados de una economía fallida y gobiernos de ideologías carentes.

Concluyendo que el crecimiento económico que los países alcanzaron durante la primera década del siglo XXI, no se debe a que los gobiernos latinoamericanos hayan adaptado una postura populista, sino que el crecimiento mismo creo las condiciones ideales para el aumento de regímenes con dicha personalidad, similar a una moda, con la finalidad de integrarse a la ola de beneficios que la tendencia produjo.

Por lo que el decremento económico de toda la zona y los fuertes golpes que ha sufrido la izquierda en los últimos años: la muerte de sus principales defensores, Chávez y Castro, la perdida de la hegemonía política de la zona, reelecciones frustradas (AMLO, México 2006/2012), crisis económicas (Hipotecaria 2008), casos de corrupción (Lula da Silva/Dilma Rousseff, Brasil; Cristina Fernandez de Kirchner, Argentina), han sido los parteaguas del desplome de la marea ideológica.




Dejando a su paso concluida una etapa de fugaz beneficio y un sinfín de interrogantes e inquietudes del futuro que le espera a esta región, de potencial mal aprovechado y esclavizado por las grandes potencias que, de algún modo, se favorecen manteniendo a Latinoamérica en limitado desarrollo.

En la actualidad, el cambio de postura, el fracaso de la izquierda, ha quedado muy claro, la mayoría de los países que hace no más de diez años poseían gobierno populistas (Imagen) han puesto en la mira distintos horizontes políticos dejando atrás posturas ideológicas de carácter populista y centrando sus políticas públicas en tendencia más conservadoras, intentando aminorar los efectos negativos que el fantasma izquierdista causó.

Y exponiendo ante el mundo entero, que una vez más, un gobierno con personalidad socialista, carece de lo necesario para posicionarse como una potencia mundial por tiempo indefinido.

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PAZ EN COLOMBIA: ¿COLOMBIA EN PAZ? EL CONFLICTO ARMADO EN SU PRIMERA FASE

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El 23 de junio de 2016 se firma en la Habana, Cuba, el cese al fuego entre el Gobierno del Presidente Juan Manuel Santos, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

¿Estamos siendo testigos del fin de un conflicto armado interno de más de medio siglo de existencia (54 años para ser exactos)? Para entender el significado de dicho acuerdo, conviene recordar las raíces históricas del conflicto y hacer un repaso de las intentos (abortados y “exitosos”) para alcanzar la paz en Colombia.

Solo así podremos evaluar sus prospectos de éxito. Naturalmente, esta labor no se puede realizar en un corto artículo de opinión, por lo que dedicaré varias columnas al tema. Este mes muestro las particularidades históricas de la primera fase de este conflicto. Más adelante, revisaré los obstáculos a la paz, analizaré la historia de este proceso, y disertaré sobre sus probabilidades de “exito”.

Las particularidades del conflicto armado colombiano

Durante la Guerra Fría, se desarrolla en el “Tercer Mundo” lo que se identifica como “Guerras de Baja Intensidad”. Se trata de enfrentamientos militares entre grupos armados patrocinados por las superpotencias – los Estados Unidos (EEUU) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) – y Estados soberanos, pero cuyos efectos se limitan a nivel local.

Para algunos, estas son guerras idealistas, sobre todo si se compara con la violencia étnica, la cual parece a primera vista irracional (los genocidios en la antigua Yugoslavia y Ruanda son dos claros ejemplos al respecto), y a la “narco-violencia”, alimentada supuestamente por la codicia y el egoísmo individual de criminales que buscan enriquecerse a toda costa.




En los “años dorados”, señala la versión romántica del guerrillero asociada al Che Guevara, se defendían ideales progresistas solidarios ligados entre otros a la justicia social.

En América Latina, la mayoría de esfuerzos revolucionarios fueron de “izquierda” (contra dictaduras “de derecha”), aunque también hubo esfuerzos contrarrevolucionarios, es decir de grupos armados apoyados por la derecha, que se levantaron contra gobiernos de izquierda ajenos a la definición convencional de democracia. Esta imagen es, por supuesto, reduccionista.

Se ignora, por ejemplo, que en la mayoría de los casos latinoamericanos, la URSS no tuvo un rol directo en el expansionismo revolucionario (la influencia de Fidel Castro es más significativa). Además, esta imagen desatiende factores internos como pobreza, injusticia, desigualdades, y represión, que han alimentado legítimamente reivindicaciones sociopolíticas en la región.

En fin, desconoce que movimientos revolucionarios de izquierda iniciaron guerras contra gobiernos de centro-izquierda elegidos democráticamente, como lo hizo Sendero Luminoso en el Perú. Es decir, cada actor armado en América Latina es particular, y en ese sentido, los actores armados colombianos no son la excepción.

Las FARC no fueron, al menos en sus inicios, una guerrilla ideológica con un universo conceptual claro y un proyecto alterno de sociedad. Al contrario, son el prototipo de la guerrilla campesina que nace como grupo de autodefensa, y cuyo ideario ideológico es definido por primera vez en los años 1970s.

Además, las FARC nunca recibieron grandes sumas de dinero de patronos externos, sino que desde un inicio financian su esfuerzo de guerra de manera interna, principalmente por medio de la extorsión, los secuestros, y el pago de peajes o cuotas. El conflicto en Colombia es entonces “diferente”, pues no obedeció a factores geopolíticos internacionales.

Además, el esfuerzo revolucionario nunca se hizo en contra de una dictadura, sino más bien contra el Frente Nacional, un régimen que si bien no era democrático en el sentido liberal del término, tampoco cuadraba con el autoritarismo tradicional latinoamericano. Y a partir de 1991, la lucha fue contra lo que muchos expertos coinciden en definir como una democracia representativa.

La transformación del conflicto armado colombiano a través del tiempo

La violencia política en Colombia solo se entiende si se enmarca en un contexto histórico que, para los efectos de este ensayo, ubicaré en el periodo conocido como “La Violencia”, una guerra civil entre los partidos Liberal y Conservador que se desata oficialmente en abril de 1948, con el homicidio del José Eliecer Gaitán (líder del Partido Liberal para las elecciones de 1949).

Asesinatos, agresiones, persecuciones, y otros, son parte de ese marco de violencia perpetrado por paramilitares, reclutados por los conservadores, para defender el gobierno de Mariano Ospina Pérez (1946-50) ante la inestabilidad creada por “el Bogotazo” (turbas populares generadas por el asesinato de Gaitán).

Para poner fin a “La Violencia”, liberales y conservadores acuerdan en 1956 la creación del “Frente Nacional” (el cual entra en vigencia en 1958), un pacto que distribuye equitativamente los puestos administrativos estatales entre ambos partidos (Poderes Ejecutivo, Legislativo, y Judicial) y determina previamente los resultados electorales (alternancia entre los dos partidos tradicionales) durante 16 años (1958-76).

El acuerdo permitió poner fin al único gobierno que ha llegado al poder en Colombia por medio de Golpe de Estado en el siglo XX, el del General Gustavo Rojas Pinilla (1953-57), respetando la despolitización de la policía por él iniciada y la desmovilización de algunas de las guerrillas liberales activadas durante “La Violencia”. Pero el pacto también generó resistencia.

En 1962, el gobierno de Guillermo León Valencia (1962-66) atacó una de las “Repúblicas Independientes” (que no reconocían la autoridad estatal), bajo control de una comunidad de campesinos que se habían negado a entregar las armas, y que se habían refugiado en esa zona para escapar del acoso de las autoridades. Este es el inicio de ataques destinados a “pacificar” el país y a extender el imperio de la ley del Estado colombiano en su territorio.

En 1964, estos grupos se reagruparon en el denominado “Bloque Sur”, y en 1966 se convirtieron en las FARC. Un origen igualmente contestatario ante el Frente Nacional tiene el Movimiento 19 de Abril (M-19), una guerrilla urbana que se levantó en 1974 ante el “fraude electoral” cometido en 1970 sobre el General Rojas Pinilla (candidato presidencial que perdió frente al del Frente Nacional).

Comunidades indígenas también se armaron en 1984 para defenderse de los ataques de militares, terratenientes, Gobierno, y otros grupos, creando el Movimiento Armado Quintín Lamé (MAQL). Orígenes más ideológicos tienen el Ejército de Liberación Nacional (ELN), un grupo fundado en enero de 1965 por sacerdotes armados (Teología de la Liberación) y estudiantes universitarios recién llegados de Cuba (adeptos al “foquismo” del Che), y el Ejército Popular de Liberación (EPL), una guerrilla originalmente maoísta, fundada en julio de 1967, que en 1975 viró hacia la línea marxista-leninista. Pero estos modelos “socialistas” sirvieron, en el mejor de los casos, tan solo como marcos de referencia.

Sin el afán de adentrarnos en la minucia de las diferencias ideológicas de las guerrillas, deseo destacar que otros fenómenos de igual importancia para explicar la violencia en Colombia han quedado por fuera de este análisis, como lo son el financiamiento, por parte de las élites agrarias (con el entrenamiento del Ejército), de grupos de autodefensas (o paramilitares), y el surgimiento de una élite económica rural ligada al florecimiento del narcotráfico (que luego se reagrupó en los Carteles de Medellín y de Cali).

La conjunción de todos estos factores hacen que la década 1980 sea especialmente violenta en Colombia, con cinco grupos guerrilleros activos luchando contra el Estado (en esa época el país se gana la reputación de ser un “laboratorio guerrillero”), paramilitares atacando a las guerrillas, y dos carteles de droga luchando entre sí, contra el Estado, y contra las guerrillas.

El clímax de este cuadro se alcanzó a finales de la década, cuando cuatro aspirantes presidenciales, Jaime Pardo Leal (Partido Unión Patriótica), Bernardo Jaramillo Ossa (sustituto de Pardo Leal), Luis Carlos Galán (Partido Liberal), y Carlos Pizarro Leongómez (Alianza Democrática M-19) son asesinados.

Colombia está al borde del colapso, y probablemente en parte gracias a ello, se abre una oportunidad para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente que permite, entre otros, eliminar los rezagos del Frente Nacional.

Procesos de Paz de Colombia (primera parte)

Durante esta primera fase del conflicto armado (1962-90), se llevan a cabo dos procesos de paz. El primero, liderado por el Presidente Belisario Betancur (1982-86) es severamente criticado, pues se señala que consistió en un cese al fuego sin punto de llegada. Fue como detener el enfrentamiento armado en la teoría (lo cual además no sucedió en la práctica), sin discutir los términos de la paz.

El proceso, que se alarga por tres años, termina abruptamente en 1985, con la trágicamente recordada toma del Palacio de Justicia por parte del M-19. El ejército contraataca y produce un baño de sangre en donde mueren 98 personas, entre ellos once magistrados.

El segundo proceso tuvo lugar durante el Gobierno de Virgilio Barco (1986-90), y produjo la desmovilización de tres movimientos guerrilleros. El M-19 firmó un acuerdo de paz el 26 de abril de 1990, el EPL lo hizo el 16 de mayo (una parte del grupo rehusó a desmovilizarse), y en mayo de 1991, se llega pacta con el MAQL.

Se aprobó, con participación de los exguerrilleros desmovilizados, la nueva constitución política, que entró en vigencia en 1991. Pero el ELN y las FARC-EP no participaron en ese proceso. Conversaciones adicionales entre estos dos grupos y el Gobierno de César Gaviria (1990-94), tuvieron lugar en Caracas (Venezuela) y en Tlaxcala (México) en 1991 y 1992. El ELN se fragmentó y un acuerdo de paz con un sector del mismo, la denominada “Corriente Renovación Socialista” es alcanzado el 9 de abril de 1994.

Dos son los elementos que deseo rescatar aquí. Por un lado, las FARC-EP y el ELN, las guerrillas más antiguas de Colombia, han siempre sido reacias a negociar. De ahí el valor del acuerdo recientemente alcanzado en la Habana. Por el otro, el conflicto armado colombiano entra a inicios de los años 1990 en una segunda fase.

Los paramilitares crecerán y fundarán las “Autodefensas Unidas de Colombia”; las FARC-EP entran en un nuevo proceso de expansión vinculado a su incursión en la economía del narcotráfico (eso es lo que la “historia oficial” reza), y el ELN, junto a los rezagos del EPL, continúan en actividad.

Se trata de un contexto de “paz fragmentada”, es decir de un marco en donde se logró el tan ansiado cese al fuego definitivo con tres guerrillas menores, pero en donde los dos grupos revolucionarios históricamente más importantes de Colombia, el ELN, y las FARC-EP, se levantaron más fuerte que nunca. A este nuevo marco es al que le dedicaré mi atención en la próxima entrega de esta columna.

Fernando A. Chinchilla
Ciudad de México (Julio 2016)

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