Monterrey: La segunda vuelta electoral “a la mexicana”

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El sistema de segunda vuelta electoral forma parte de la familia de los sistemas mayoritarios o, como los denomina Colomer, los sistemas de un solo ganador. Este sistema “se trata de una sola elección pero que se efectúa en dos rondas de votación, la segunda de las cuales se celebra una o varias semanas después.” (https://aceproject.org). Regularmente, a la segunda vuelta solo se presentan las dos candidaturas más votadas de la primera ronda. 

El domingo 23 de diciembre, el electorado de Monterrey acudió a las urnas a una elección extraordinaria que se asemejó a una segunda vuelta electoral; desafortunadamente, esta elección en segunda ronda fue por la vía de los hechos y solo tuvo las desventajas de este sistema.

El sistema de doble vuelta electoral (DVE) requiere, en primer término, que en la primera ronda alguna de las opciones políticas reciba más votos que el conjunto de sus adversarios (esto es, regularmente el cincuenta por ciento más uno de los votos); si esto no sucede, la consecuencia es que opere automáticamente la segunda jornada de elección, la cual por lo general se lleva a cabo máximo quince días después de la primera, a la cual, para asegurar la legitimidad de la candidatura que finalmente se elija, normalmente solo acuden las dos personas más votadas en la primera ronda. 

La elección ordinaria de Monterrey que se celebró el primero de julio pasado (primera ronda de facto) dio como resultado que la diferencia entre el primer y el segundo lugar fuera de solo 0.8923 por ciento (http://computo2018.ceenl.mx/GC01M40.htm). Claro, este resultado no fue el motivo para que se volviera a votar el pasado 23 de diciembre, sin embargo, este estrecho margen de diferencia sí constituyó un factor cuantitativo para que el Tribunal Electoral del PJF decretara la nulidad de la elección (SUP-REC-1638/2018 y acumulados.). Dada la orden de llevar a cabo una segunda elección, ahora extraordinaria, el mismo TEPJF en una sentencia en la cual analizó la constitucionalidad del artículo 16 de la Ley Electoral del Estado, concluyó que: 

el régimen bajo análisis restringe la variación de la oferta política con la que contaba el electorado desde el inicio del proceso electoral. De esta manera, la norma bajo análisis tiene por objeto tutelar el principio de certeza en materia electoral, desde la dimensión antes desarrollada, para procurar condiciones óptimas de cara que el electorado tenga los mayores elementos para decidir racionalmente su voto. (SUP-REC-1867/2018 y acumulados).

Hasta aquí, el sistema opera como uno de mayoría relativa, como es nuestro modelo, aunque con una elección ordinaria anulada. No obstante, la segunda vuelta electoral “a la mexicana”, es decir, por la vía de los hechos, se da cuando las candidaturas, partidos políticos y coalición inconformes con la decisión terminal del TEPJF inician sus estrategias y acuerdos políticos implícitos que, finalmente, modificaron la oferta política del pasado 23 de diciembre, dejando prácticamente a dos opciones por las cuales votar. 

En efecto, primero MORENA y PES prefirieron dejar de participar en la elección extraordinaria antes que ir de la mano del candidato propuesto en coalición en la ordinaria, es decir, el “Pato” Zambrano; este candidato y el PT decidieron mantenerse en su postura antes que cambiar de candidatura para mantener la coalición; pero lo más absurdo de la reconfiguración de la oferta política sucedió a partir del 15 de noviembre, el día del “debate”, cuando hubo declinaciones, apoyos, sumas a otras candidaturas, requerimientos de la autoridad electoral para aclarar si se renunciaba expresamente a candidaturas, ratificaciones de que no se renunciaba, desdichos de ratificaciones de renuncias y confirmaciones de éstas, y, finalmente, el acuerdo de la autoridad administrativa, un día antes de la jornada electoral, que definió el retiro de las planillas propuestas por PRD, PVEM y MC.

La comparación de los resultados de la elección ordinaria (antes de las sentencias de nulidades de casillas y de la nulidad de la elección) con los resultados preliminares del 23 de diciembre, nos confirman que salvo el PT, todas las demás opciones políticas (con o sin candidatura vigente) perdieron substancialmente votos y solo el PRI y el PAN se mantuvieron dentro del margen de su votación en la elección ordinaria (“primera ronda”). Las candidaturas con mayor pérdida de votos en términos relativos fueron las de PVEM y MC que pasaron de una a otra ronda, respectivamente, de 8.91% a 0.99% y de 3.98% a 0.51% (https://www.ceenl.mx/).  Por su parte, la diferencia entre el primer y el segundo lugar se mantuvo en 0.9182%.

 Este estrecho margen que de nueva cuenta se da entre las dos candidaturas más votadas denotan que los ajustes en la oferta política que, en los hechos, disfrazaron con un grotesco traje de doble vuelta electoral a la jornada electoral extraordinaria de Monterrey del domingo 23, tuvieron un nulo efecto en la decisión del electorado y éste votó como normalmente ha sufragado en nuestra entidad: en un sistema electoral mayoritario a una sola vuelta y con tendencia a un sistema bipartidista que, incluso con los resultados presidenciales de 2018 en Nuevo León, siguen perpetuando, al menos en el municipio de Monterrey, la fortaleza del PRI y del PAN. Por consecuencia, dado que los resultados no generaron una opción ganadora con contundencia y la homologación de la oferta política fue artificial y a destiempo, tampoco podrán generar legitimidad y espacios para la negociación política. Menos aún cuando las dos candidaturas más votadas se proclaman ganadoras.

Desafortunadamente, el efecto que sí se produjo de forma similar al de un modelo con segunda vuelta fue la baja en la participación de los votantes. La doctrina sostiene, en efecto, que una de las desventajas de la doble vuelta electoral es que “le impone una carga adicional al elector y, en ocasiones, se registra un marcado descenso de la participación electoral entre la primera y la segunda vuelta.” (https://aceproject.org). La participación electoral de la ciudadanía de Monterrey descendió del 56.78% el primero de julio al 32.84% el veintitrés de diciembre: ¡Un descenso del orden del 24.94%!

En suma, una elección de segunda vuelta electoral a la mexicana, por la vía de los hechos, pero sin los beneficios políticos de dicho sistema.

#HojaDeRuta: ¿Segunda Vuelta Electoral es necesaria?

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Decir que la democracia se trata de mayorías es una obviedad, pero decir que un sistema político democrático se trata montar un entramado legal institucional para construir mayorías legítimas, nos acerca más al meollo del asunto. México tiene un serio problema en su forma de construir mayorías consecuencia directa de décadas de autoritarismo expresadas a través del que por mucho tiempo fuera el partido hegemónico y un férreo sistema presidencialista. Pasamos de las mayorías aplastantes pero falsas, propias de un sistema de simulación democrática, a la fragmentación pragmática.

Es cierto que el sistema ha venido cambiando: la oxigenación del legislativo a través de las reformas políticas; estados que comenzaron a vivir alternancia (aunque aún hay otros que tienen casi un siglo sin conocerla); la separación del ejecutivo de la instancia encargada de organizar y vigilar las elecciones; el cambio de sistema político en la capital del país; la existencia de organismos descentralizados como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y, sobre todo, la alternancia a nivel presidencial y una mayor separación de poderes. Pero esa luna tiene un lado oscuro que inevitablemente parte de la incertidumbre respecto a la legalidad y, por ende, legitimidad de los procesos electorales. Aunado a esto, los ganadores de las últimas tres elecciones presidenciales han alcanzado un umbral de victoria de 38% en promedio, lo que en términos reales significa que únicamente cerca del 20% de los mexicanos acaban eligiendo a nuestra máxima autoridad.

En este contexto, por supuesto que tiene sentido discutir el establecimiento de la segunda vuelta, pero no por sí misma. Una segunda vuelta no solamente se trata de crear una mayoría más realista y, por ende, legitima. Se trata también de negociar apoyos que se vuelvan coaliciones, lo que en sistemas semi-presidenciales y parlamentarios implica compromisos programáticos e incluso el control de ciertas áreas del gabinete por otras fuerzas políticas. De ahí viene la idea de “formar” gobierno. En un escenario donde el PRI, aun debilitado, logra triunfos con poco más de 30%, la necesidad de cambio es evidente.

Un sistema que acepta mayorías débiles no da incentivos para coaliciones sólidas y hace casi imposible cambiar de gobernantes dentro de los periodos establecidos (que un presidente o un gobernador en México pierdan su puesto es más que difícil). Además este tipo de sistema inevitablemente favorece a la política del dinero y la movilización electoral clientelar sobre la de las ideas y el convencimiento.

Aunque es muy poco probable observar cambios del sistema político de alto calado antes de la elección de 2018, la realidad está marcando el paso a las fuerzas políticas exigiendo la formación de alianzas sustanciosas que no dependan de la coyuntura ni tengan como fin último la mera supervivencia.

Como país urge comenzar a perder el miedo a destruir gobiernos y armarlos de nuevo. Dice un viejo principio taoísta que la rama verde, aunque sea más suave y débil en apariencia, resiste más que la rama seca en apariencia fuerte, pero que se quebrará a la primera ventisca. Este sistema político endurecido, rígido y, sobre todo, drenado de legitimidad, quizá no vaya a romperse de buenas a primeras, pero de seguir por el mismo camino continuará secándose y haciéndose más débil, hasta que un día el viento no le perdonará

Hacia un Gobierno de Coalición

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En Europa existen  gobiernos de coalición entre izquierda y derecha, si bien los sistemas políticos son de orden parlamentario, y en varios de los casos con monarquías constitucionales,  sus élites políticas han encontrado fórmulas para construir gobiernos en que la unidad surge de la racionalidad política, y aún de principios ideológicos en que izquierda, centro  y derechas moderadas se unen en ciertas coyunturas para formar un gobierno de coalición en el Parlamento.

También se presentan coaliciones bajo la fórmula de balotaje, esto es una segunda vuelta electoral para cargos públicos en el poder ejecutivo o bien para los Parlamentos. Básicamente consiste en que para llegar a un cargo público  es necesario obtener una mayoría de los votos emitidos que le de representatividad y legitimidad a los gobiernos, fórmulas que varían por porcentajes sobre el total de votos emitidos o bien por una diferencia porcentual entre el primer y el segundo lugar o las dos cosas, sin desestimar otras combinaciones existentes. En el caso de América Latina algunos países con sistemas presidencialistas  han introducido esta fórmula para darle mayor legitimidad al Poder Ejecutivo.

En suma, los gobiernos de coalición existen, son posibles y han dado en algunos casos resultados, con independencia a si el cargo de Presidente de la República es de un partido y el cargo de Primer Ministro es de otro partido, a lo que se le denomina cohabitación; sin embargo, debe subrayarse que se trata de un orden político parlamentario, donde el poder Ejecutivo se divide en Jefe de Estado y Jefe de Gobierno, y donde el Parlamento elige al jefe de Gobierno o Primer Ministro mediante precisamente una coalición que es mayoritaria. O bien se trata de sistemas semi-presidencial.

No se pide en una coalición política que los involucrados piensen lo mismo, ni que renuncien a sus ideologías, en cambio se pide unidad en objetivos comunes. En algún sentido, una fórmula básica para una coalición radica en la pregunta “qué tanto estamos dispuestos a ceder”, más todavía cuando se trata de enfrentar problemáticas de envergadura, posiciones políticas que cuestionan el propio orden democrático o elaborar un programa de gobierno viable.

En el caso de las coaliciones electorales, México tiene fórmulas para realizarlas, desde parciales hasta totales, así como un aleccionador compendio de coaliciones electorales a lo largo de su historia.  Sin embargo hoy se habla en un sentido distinto de coalición, por un lado unos se refieren a un sistema presidencial de mayoría absoluta con doble vuelta -semi-presidencial-; otros un sistema parlamentario donde los partidos políticos representados en el Legislativo se ponen de acuerdo en un Programa de Gobierno y eligen un Primer Ministro. Suponer un régimen parlamentario en México, implicaría crear la figura de Primer Ministro o algo parecido, toda vez que orgánicamente debe tener sentido formar una coalición en el Poder Legislativo, que por supuesto debe trascender el repartir los cargos del gabinete.

Por otra parte se habla de realizar una segunda vuelta electoral como vía de una coalición en el gobierno, pero eso requiere un cambio de régimen y que se establezca que si el ganador no obtiene el 50 por ciento de los votos entonces se transite a una segunda vuelta electoral, por tanto se perfila una estructura semi-presidencial, por lo menos. Ha de decirse que al considerar los tiempos electorales establecidos por la ley, es complicado abrir una nueva fórmula de votación para la elección de Presidente de la República por segunda vuelta. Debe considerarse que la experiencia muestra que en América Latina las fórmulas de segunda vuelta electoral no se han traducido de manera lineal en gobiernos con mayores consensos.

Es posible, aunque quizá no en un momento mediato, avanzar hacia un cambio de régimen que asegure la representación del Parlamento, del Presidente y genere una nueva figura constitucional donde la representación del Estado y el ejercicio de gobierno recaigan en figuras distintas. En otros términos sería dejar atrás el Sistema Político Presidencialista; empero, será por demás complejo, dados los tiempos legales, realizar una reforma a la estructura política nacional.

Si en cambio lo que se busca es un Convenio de Coalición electoral, entre los Partidos Políticos para alcanzar la Presidencia de la República en 2018, entonces el tema es otro, toda vez que la ley actual dispone de los medios para que esto ocurra, empero, la construcción de esta coalición -o alianza como la denominaron en el año- reclama: condiciones al interior de los partidos para ir en unidad a una elección: alguno deberá aceptar que el candidato sea de otro partido; y el partido que logre poner el candidato habría de aceptar que elegirá el que mayor confianza le genere a su aliado electoral y no el que quiera. Un asunto que podría unir a izquierda y derecha en la próxima elección Presidencial sería generar un cambio de régimen político con un sistema coalición en el Gobierno. México podría avanzar bajo un orden político de este tipo. El bien del país es siempre algo que puede unir la diversidad.

#IntimidadesPúblicas: “El sueño de la segunda vuelta electoral en 2018”

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Es el 1 de julio del 2018. La jornada electoral de las elecciones federales ha concluido y los resultados respecto a la elección presidencial arrojan un importante resultado: nadie obtiene más del 50% de la votación.

La competencia entre los candidatos y la oferta electoral entre los partidos políticos fue dura. La votación de los candidatos ronda entre el 30% y 20%. La diferencia entre el primero y el segundo lugar es de tal sólo 3%, habrá segunda vuelta electoral.

La elección por segunda vuelta se celebrará en dos semanas más. Por un lado, un candidato impulsado por la izquierda y por el otro, la centra derecha impulsan al propio. Son dos semanas vitales para que quienes aparecerán en las boletas hagan todo lo posible para conseguir el mayor respaldo posible, desde las bases ciudadanas hasta las negociaciones con los partidos políticos que no pasaron a esta etapa.

Llega el domingo 15 de julio, la jornada electoral transcurre con algunas dudas. Después de todo, se ha optado por utilizar una nueva variable en nuestro sistema democrático que busca fortalecerlo después de una grave crisis por la que ha transitado.

Es así, como después de 30 años, se elige a un Presidente de la República con más del 50% de la votación de la elección, comenzará con la legitimidad suficiente que le permita tener la fuerza y empuje necesario para gobernar a un país como México.

Pero este escenario hipotético respecto a las elecciones del siguiente año no será posible aunque muchos crean que puede llegar a serlo. La Constitución en su artículo 105 es clara al mencionar que “Las leyes electorales federal y locales deberán promulgarse y publicarse por lo menos noventa días antes de que inicie el proceso electoral en que vayan a aplicarse…” y la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales en su artículo 225 menciona que “El proceso electoral ordinario se inicia en septiembre del año previo al de la elección y concluye con el dictamen y declaración de validez de la elección de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos”, por lo que dicho plazo ha vencido.

Independientemente de esto, valdría la pena cuestionarnos acerca de que tan positivo puede llegar a ser que se implemente una segunda vuelta electoral en nuestro país. ¿Cuáles serían sus alcances? ¿Se fortalecería la democracia? ¿Qué soluciona?

En lo personal, considero que dicha medida podría ayudar a que aquel candidato que resulte electo tenga mayor “legitimidad” al inicio de su mandato. Es decir, forzosamente más de la mitad de los electores habrán votado por él. Pero ¿votarían por él por ser la mejor opción o porque era “lo mejor” que había en la segunda vuelta? ¿Qué esto en todo caso no genera una legitimidad ficticia?

Dicho de otra forma, puede llegar a existir la concepción de que un candidato obtuvo un triunfo que genera más legitimidad, pero esto no quiere decir de ninguna forma que dicha legitimidad se traduzca en gobernabilidad. La gobernabilidad dependerá de muchas otras variables más allá del voto recibido por un sector de la población -el cual reitero podría considerarse como una “mayoría falsa” respecto a lo que el elector realmente quiso en la primera vuelta-, será necesario acoplar variables como: una conformación del Congreso distinta, una elección limpia, el apoyo organismos de la sociedad civil organizada, la obtención de votaciones favorables en Entidades Federativas clave, por nombrar algunas.

Desafortunadamente, en la actualidad quienes utilizan como discurso el tema de su aprobación en lugar de buscar fortalecer nuestra democracia es porque parecen estar más preocupados por buscar la forma de ser competitivos mediante esta fórmula, tal vez porque no ven posible serlo sin ella.

En fin, este tema podrá ser materia de discusión para próximas elecciones Presidenciales, pero queda jurídicamente descartado para el 2018.