La ASF prepara nuevas denuncias contra Sedatu por supuesto desvío de 1,500 mdp.

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La Auditoría Superior de la Federación (ASF) prepara cinco denuncias penales ante la Procuraduría General de la República (PGR) por el presunto desvío, solo en 2016, de mil 529 millones de pesos de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), a través del esquema de fraude documentado en La Estafa Maestra.

Un punto de acuerdo de Morena, presentado este jueves en el Senado, pide que la PGR informe sobre el estado de las denuncias por La Estafa Maestra, estas cinco nuevas denuncias contra la Sedatu se sumarán a otras 18 interpuestas por la ASF ante PGR contra la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), entre 2013 y 2015, por el presunto desvío de otros 2 mil 824 millones de pesos.

Por lo que, en total, entre ambas dependencias sumarán 21 denuncias penales por desvíos que ascienden a 4 mil 354 millones de pesos.

Rosario Robles fue la titular de la Sedesol entre diciembre de 2012 y agosto de 2015, periodo de tiempo en el que, según denunció la ASF, se produjeron presuntos desvíos millonarios de recursos públicos que fueron triangulados, a través de universidades públicas y de una violación a la ley de adquisiciones, en empresas fantasma o irregulares.

Posteriormente, Robles pasó a encabezar la Sedatu, dependencia en la que la ASF reportó que hubo desvíos por más de mil 500 millones de pesos utilizando el mismo esquema, aunque con una novedad: en este caso se utilizó a una universidad intermediaria en el presunto fraude (la Universidad Politécnica de Quintana Roo), y también a tres medios de comunicación estatales: la Televisora de Hermosillo, el Sistema Quintanarroense de Comunicación Social, y Radio y Televisión de Hidalgo.

Corrupción, impunidad e inseguridad: el legado de Peña Nieto

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Ante la proximidad del relevo presidencial, resulta necesario dar un recuento general de lo que fue el sexenio de Enrique Peña Nieto a partir de tres ejes centrales: político, económico y social. 

En términos políticos, Peña Nieto apareció en un principio como un gran negociador; como un pragmático que para los primeros años de su sexenio ya tenía avalado un paquete de reformas estructurales en distintos rubros. 

En un sentido bonapartista, fue capaz de posicionarse por arriba de los conflictos partidistas de antaño y pactar con las fuerzas de ambos polos del espectro político. 

Las reformas representaban la continuación del proyecto de desarrollo económico emprendido en la década de los ochenta: la integración mexicana en el sistema económico mundial a partir de su apertura comercial y su liberación financiera. 

Si las reformas de primera generación se concentraron en reducir el manejo de los instrumentos de producción por parte del Estado, bajo el apotegma la iniciativa privada es más eficiente que el gobierno, las reformas de segunda generación buscaron crear las instituciones que permitieran el óptimo despliegue de las fuerzas del mercado -reformas laboral, en telecomunicaciones y en competencia económica- y el aumento de la productividad, lo que se traduce en un aumento en el salario real de los trabajadores -reforma educativa. 

Empero, si se puede aplaudir su capacidad negociadora, la implementación de dichas reformas es lamentable. Una modificación a la Constitución no se traduce mecánicamente a una transformación de la realidad social. Por el contrario, hace falta desplegar mecanismos políticos e institucionales para verlas materializadas. 

A ello, sumemos los casos de corrupción de la Casa Blanca, Malinalco, la estafa maestra, Odebrecht y el ramo 23. Estos sin duda son indignantes, pero más el intento de burlarse de la población mexicana al designar a un subordinado que investigara el posible conflicto de interés en los primeros dos casos. 

En el aspecto económico, el saldo no parece claro si matizamos. Por un lado, es cierto que aunque el crecimiento económico fue sostenido (2.5 por ciento anual en lo primeros cinco años de su administración), éste resulta insuficiente para comenzar a revertir los problemas de pobreza y desigualdad. 

Por otro lado, hasta marzo de este año la divisa mexicana se había depreciado 30.2 por ciento; cifra significativa, sin embargo, la pérdida del poder adquisitivo del peso se debió principalmente por factores externos -la elección presidencial de Trump, la renegociación del TLCAN, la caída del precio del petróleo, etc.- y no por distorsiones internas. 

En cuanto a la inflación, el promedio anual de este sexenio (4.1 por ciento en los primeros cinco años) ha sido la más baja desde los últimos ocho sexenios. Empero, como señala Jonathan Heath en su columna del miércoles en el periódico Reforma, ello es mérito del Banco de México más que del gobierno federal. 

Por último, en términos de cuenta corriente, entre 2013 y 2018 el país tuvo un déficit comercial de 2.21 por ciento, cifra significativa sobre todo si consideramos la estructura de dicho balance -superavitario frente a Estados Unidos y Canadá y deficitario frente países asiáticos. 

En términos macroeconómicos, la economía mexicana parece encontrarse relativamente estable, más si la comparamos con otras economías emergentes como Turquía, Argentina y Brasil. 

Finalmente, en cuanto al aspecto social no existe la menor duda de que el sexenio de Peña Nieto fue infame. Principalmente por dos cuestiones: Ayotzinapa y la violencia. 

En el primer caso, el uso del Ejército y la Policía Federal y estatal para el levantamiento y el posible asesinato de estudiantes recuerda el viejo autoritarismo represor de los años sesenta y setenta.

En el segundo caso, Peña Nieto decidió continuar la guerra contra el crimen organizada que empezó Calderón. Sin ningún análisis previo y sin contemplar enfoques alternativos, el gobierno mantuvo a las fuerzas armadas en las calles, priorizando el combate frontal como única estrategia. Ante ello, se extiende uno de los periodos más sombríos de la historia reciente del país y se agrava la descomposición del tejido social. 

Aunque existan algunos aspectos que rescatar, el periodo de Enrique Peña Nieto será recordado como el sexenio de la corrupción, la impunidad y la inseguridad.   

#HojaDeRuta: “El futuro del sistema”

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Más allá del resultado electoral, el 2 de julio alguna versión del país seguirá existiendo. Los pobres amanecerán igual de olvidados, los corruptos igual de impunes, los desaparecidos igual de ausentes. Iniciará entonces un nuevo ciclo de seis años que no solamente enfrentará enormes problemáticas, sino un Estado con un sistema disfuncional.

Quien tome las riendas del aparato federal se encontrará con un andamiaje institucional débil y sobre todo, con apenas unas gotas en el tanque de confianza. Por supuesto, la precaria situación no se limita a la federación. La más reciente muestra de la disfuncionalidad institucional la dio el Tribunal Electoral al permitir un lamentable desaseo en el proceso de firmas de las candidaturas independientes.

Los propios partidos políticos, como sujetos clave del proceso democrático, se encuentran en una grave crisis de credibilidad por la falta de resultados y múltiples escándalos, además de un desvanecimiento de ideologías y programas que los identifiquen y sobre todo, los diferencien. 

A esto hay que sumar la debilidad de las mayorías que se construyen actualmente al no contar con una segunda vuelta electoral. De hecho, si la tendencia actual continúa y AMLO se confirma como el vencedor, igualaría o incluso superaría el umbral del 40%, cifra que no se alcanza desde la victoria de Vicente Fox en el año 2000.

Gobernadores al por mayor perseguidos por corrupción y/o ligas con el crimen organizado, desfalcos gigantescos documentados que no parecen tener mayores consecuencias como el increíble caso de “La Estafa Maestra”, candidatos presidenciales acusados de lavado de dinero, asesinato tras asesinato de candidatos a alcaldías y diputaciones locales por todo el país. Ejemplos de disfuncionalidad sobran.

En un tiempo donde el enojo y la indignación son los mayores movilizadores políticos, suele cubrirse de bilis la visión de lo público y se condena todo lo existente, empezando por los partidos y sus miembros. Ante este tipo de posturas, cabe la pregunta: ¿estamos en contra del sistema de partidos, o de los partidos que tenemos? 

La destrucción por sí misma no garantiza renovación. Al escribir sobre los partidos políticos, Michels acuñó el concepto de “Ley de Hierro de la Oligarquía”, que estipula que tanto en una autocracia como en una democracia el gobierno acaba recayendo en una minoría, incluso después de una revuelta o proceso revolucionario.

Según Michels, los líderes de un proceso revolucionario responden a la masa, pero una vez instalados en el poder, se alejan de ella y acaban por volverse conservadores, pues buscarán retener y fortalecer su posición a cualquier precio.

Es decir, sin un cambio en la cultura política, sin nuevos incentivos, sin contrapesos suficientes, sin vigilancia y presión de medios y grupos de interés, el cambio se antoja lejano, incluso si mañana desapareciese la clase política entera, pues las condiciones que la crearon seguirían ahí.

Para buscar dirección habrá que partir de una realidad: el sistema mexicano no es una democracia que se volvió disfuncional, sino un sistema autoritario que, en su intento aún incompleto y fallido de ser democracia, no ha logrado funcionar. Esta distinción es fundamental, pues obliga a reconocer la precariedad de las instituciones, la cultura autoritaria de las decisiones y la debilidad ciudadana por su falta de reflexión e involucramiento de lo público. 

El sistema político mexicano se encuentra en estado precario. La coyuntura del nuevo sexenio abrirá, como es tradicional nacional, una coyuntura de posible cambio, pero este será insuficiente si la clase política no hace un alto en el camino, pues la estructura que insisten en dinamitar es la misma que los sostiene.

México he perdido su capacidad de indignación

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El próximo lunes 7 de mayo, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se entregará el Premio Ortega y Gasset de periodismo a los periodistas Daniel Moreno, Salvador Camarena, Miriam Castillo, Nayeli Roldán y Manuel Ureste por “La estafa maestra“, una investigación sobre el desvío de fondos públicos en México publicada en Animal Político. Animal Político es un periódico electrónico mexicano. 

Al publicar la noticia, el gran periódico español El País titulaba:  “La investigación que debió sacudir a México (pero no lo hizo)”, y en sub título destacaba: La estafa maestra, ganadora del Ortega y Gasset, documenta una maquinaria de corrupción que mueve. Cientos de millones de dólares y por la que nadie ha pisado la cárcel. Sigue el comentarista de El País: “La aritmética de La estafa maestra es sorprendente. 517 de solicitudes de información, más de 100 entrevistas y largas jornadas de reporterismo en zonas marginales y entornos hostiles. El resultado es el descubrimiento de un fraude de más de 7.760 millones de pesos (unos 420 millones de dólares) en el que están involucrados 11 dependencias del Gobierno mexicano, ocho universidades públicas y más de 50 funcionarios. Pero quizás el dato más impresionante que ha arrojado este trabajo periodístico es una cifra que enciende las alarmas en México: cero responsables. 

Lo que asombra al periodista español es un ejemplo entre muchos otros de lo que es la impunidad en la república de Peña Nieto. “No te preocupes, Rosario, no pasa nada”. Es un ejemplo de lo que significa la corrupción cómo sistema de gobierno. Un ejemplo de las herramientas puestas a disposición de altos funcionarios y allegados para saquear a sus anchas el erario de México. Para robar a los mexicanos lo que es producto de sus impuestos, por lo tanto de su trabajo y de sus ahorros. 

En realidad el periodista asume que la noticia enciende las alarmas en México. Las encendieron un par de semanas y ya esto fue asimilado al igual que la casa blanca, que el fraude del tren rápido, que los 43 desaparecidos y ahora que los tres disueltos en ácido. Después de un sexenio de corrupción, de impunidad, de mentiras y de narco gobierno, los mexicanos nos hemos vueltos insensibles a esta categoría de noticias. Las tragamos sin manifestar mayor inconformidad. Las digerimos sin señales de rechazo. Es la población entera de un país que resulta anestesiada por seis años de fraudes, robos, mentiras y sinvergüenzas  perpetradas desde todas las instancias y todos los niveles del poder. 

México está intoxicado. Tal cómo el rey Mitrídates el Grande, en el primer siglo antes de Cristo, hemos absorbido tanto veneno a lo largo de este sexenio y de los anteriores que ninguna noticia nos indigna. Esto es muy preocupante: México está perdiendo su capacidad de indignación. Esto resulta bastante peligroso: cualquier estafador nos puede embaucar. Algo para reflexionar en tiempos electorales.