#HojaDeRuta: “El neoliberalismo y la 4T”

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Neoliberalismo: la doctrina de que la transacción de mercado es una ética en sí misma. Así comienza David Harvey por definir el concepto en su influyente texto “A brief history of Neoliberalism” (2005), una pequeña frase que abre un mar de análisis.

El profesor afirma que el neoliberalismo es “en primera instancia, una teoría de prácticas de economía política que propone que el bienestar humano puede avanzar de mejor manera liberando las libertades y habilidades emprendedoras del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por fuertes derechos de la propiedad privada y libre mercado”.

Desde principio de los ochenta comenzó a aplicarse bajo esta doctrina un conocido arsenal de medidas: privatización de empresas públicas; desregulación; reducción del aparato público; desmantelamiento de estructuras de bienestar y seguridad social; precarización del trabajo; ahorro y disciplina fiscal. Aunado a esto, deliberadamente se ha fortalecido al mundo financiero sobre el de la producción, trasladando este último hacia países con mano de obra barata para reducir costos.

En países como el nuestro, los resultados han sido mediocres, por usar un adjetivo moderado: la pobreza y desigualdad han ido en aumento, mientras que el promedio de crecimiento durante las últimas tres décadas ha sido muy bajo. 

Economistas como Thomas Piketty y Joseph Stiglitz han advertido los riesgos del actual modelo en el que la concentración de la riqueza es cada vez más aguda, mientras crece la desigualdad. En este sentido, señala Piketty, parece darse una regresión hacia un modelo de capitalismo patrimonialista, propio del Siglo XIX, donde la riqueza se da por herencia, de manera que los grandes recursos se mantienen en manos de unos pocos.

Piketty argumenta que la desigualdad no es un accidente y que solo puede aminorarse mediante la intervención del Estado. Afirma también que mientras las tasas de retorno de capital invertido sean mayores que el crecimiento económico, la riqueza se seguirá concentrando.

El presidente López Obrador ha fustigado al neoliberalismo desde hace años, cuando se desempeñaba como el principal líder de la oposición. Lógicamente, ese discurso se ha mantenido en su presidencia, donde el cambio de régimen que ha planteado pasa, precisamente, por superar ese modelo de economía política.

Sin embargo, la carta de renuncia de Germán Martínez al IMSS hace unas semanas dejó en claro que al interior de la cuarta transformación existe un corto circuito: un cuadro de extracción panista y formación ideológica de derecha, criticó precisamente la aplicación a rajatabla de políticas que calificó como neoliberales hacia adentro de la institución de seguridad social más grande de Latinoamérica.

Esa profunda contradicción debería preocupar a propios y extraños dentro de la cuarta transformación, y, por ende, llevarlos a formular preguntas trascendentes: ¿Qué significa la austeridad? ¿Es ahorrar a pies juntillas en todo, o evitar el dispendio y gasto ineficiente? ¿La reducción del aparato federal como medida de ahorro no es más cercana al modelo neoliberal que a la restitución de un Estado de bienestar? ¿Basta con dejar de condonar impuestos a los súper ricos, o es necesaria una política fiscal progresiva donde su aporte sea mayor?

Que este gobierno federal pretende superar el neoliberalismo está claro. Lo que debe reflexionar (y sobre todo, planear) es cómo hacerlo sin acabar replicando sus formas.

#EspacioPúblico: “Sin derecho a la ciudad”

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¿Imaginan cruzar una transitada calle del centro de Monterrey con los ojos vendados, en una silla de ruedas sin ayuda de otra persona o sin saber si el semáforo está próximo a cambiar? Ese es el día a día de Blanca, Juan, René y Edith, personas con discapacidad visual, motriz y auditiva.

En días pasados, dentro de las actividades de ForoMty 2018, realizamos con un grupo de participantes, una inmersión por la calles del centro de Monterrey acompañados por un grupo representativo del Consejo para Personas con Discapacidad del Estado de Nuevo León.

En los primeros metros del recorrido recibimos la primera observación de parte de Blanca: aunque  existía una guía táctil en la banqueta de Pabellón M, su instalación era deficiente y el bastón que se utiliza para seguirla no se deslizaba de manera continua.  Más tarde nos daríamos cuenta que son pocas las guías táctiles existentes y las condiciones de banquetas y cruces peatonales eran de peligro para ella.

Unos metros más adelante, al llegar a la esquina de la avenida Juárez, tuvimos que dar apoyo con sus sillas de ruedas a Juan y René porque no existen rampas adecuadas para que pudieran subir a banquetas que para colmo estaban llenas de desniveles, escalones y obstáculos. En algunos tramos del recorrido tuvieron que usar la calle por ser imposible transitar por la banqueta.

Edith tiene discapacidad auditiva y nos hizo notar que la gran mayoría de los semáforos no cuentan con un contador que  indiquen el tiempo y para ella significa aventurarse a cruzar una avenida sin saber del tiempo que dispone para hacerlo. 

Estas son las condiciones de la avenida Juárez, posiblemente la de mayor aforo peatonal en la ciudad. Miles de personas la caminan a diario y sin embargo es notorio que no ha sido intervenida en beneficio de sus usuarios por muchos años.  Ni siquiera cuenta con arbolado urbano que mitigue el calor del verano en Monterrey. 

¿Realmente Monterrey brinda a las personas su derecho a la ciudad?

Henri Lefebvre describió hace 50 años este concepto como el derecho de los habitantes urbanos a construir, decidir y crear la ciudad. Más tarde David Harvey complementa este concepto como el derecho de no solo el derecho a lo que ya está en la ciudad, sino también a transformarla. 

Ambos autores hablan de la importancia de la ciudad en lo colectivo, la convivencia y el derecho de la totalidad de sus habitantes a ser parte de ella.

A mí me parece que el concepto, al menos en esta ciudad,  se ha distorsionado. Los gobiernos son reactivos en lugar de estratégicos y están solo respondiendo a la petición urgente de unos cuantos y se mantienen alejados de los grandes problemas de quienes no lo expresan con fuerza y simplemente consideran que así es la ciudad y no ven posibilidades de transformación.

Un ejemplo es la infraestructura de movilidad. Mientras escuchamos a diario el ‘gran trabajo’ que se realiza en pavimentar calles para mover autos para el beneficio de quienes tienen la posibilidad económica de adquirirlos, por otro lado vemos un pésimo y caro transporte público, unas banquetas inaccesibles y una gran indiferencia a la alternativa ciclista.

Mientras se siga atendiendo como prioridad los privilegios de unos cuantos, se estará perdiendo la oportunidad de asegurar los derechos de todas las personas.

El ejercicio de inmersión me dejó la satisfacción de ver que las personas que desconocían el problema de la movilidad peatonal en la ciudad, cambian su visión al vivir el problema y entrar en empatía con quienes se les ha negado el derecho a vivirla la ciudad plenamente. 

La buena noticia es que el derecho a la ciudad a veces aparece cuando menos lo esperas. Al final del viacrucis de obstáculos recorrido en solo unas cuadras, nos esperaba el Parque Ciudadano; un remanso de paz gestionado por organizaciones civiles en un terreno colindante al Congreso del Estado que pudo ser un estacionamiento.  Un espacio creado, decidido y construido por la ciudadanía para el beneficio público. Necesitamos más trabajos así que transformen la ciudad; lo merecemos. 

La Ciudad violenta

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La Ciudad no es un cúmulo de edificios y carreteras como quizá existe en el imaginario de algunos.

David Harvey, autor de “Ciudades rebeldes. Del derecho de la ciudad a la revolución urbana” explica que “si la ciudad, en todo caso, es el mundo que el hombre ha creado, es también el mundo en el que está condenado a vivir. Así, de manera indirecta y sin una conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al hacer la ciudad, el hombre se ha rehecho a sí mismo”.

En esta noción de que el lugar donde vivimos es una franca expresión de quiénes habitamos es alarmante lo que sucedió ayer en el clásico del fútbol regiomontano.

Lejos de cuestionar a la afición que siempre luce en ambos equipos apasionada, habría que cuestionarnos qué tanto estos conatos no son más bien una muestra de lo que está también pasando en la Ciudad: una urbe fuera de control que permite y hasta justifica a sus violentos.

Tomemos en cuenta que ya de hecho vivimos en un país en donde cada día se incrementan cifras oficiales o en percepciones de la gente de delitos que impactan negativamente en nuestra comunidad: robos, asesinatos, violaciones, etc.

De lo de ayer se pueden decir cosas como si es el alcohol, el fútbol, la estupidez, la inacción de la administración del estadio y la policia entre otras cosas, pero en profundidad lo que me pregunto es si no realmente estamos viendo a una sociedad en una ciudad violenta y ahí entonces, todavía es más grande el reto porque no se reduce a quienes van a un estadio a lo que se supone deberían de ir: a ver un simple partido de fútbol, que ayer se convirtió en la muestra de la violencia en la urbe.

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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”