La Taquería

Una dieta baja en occidente

Dada la tensión que ha provocado el derribo del avión de combate ruso que habría invadido el espacio aéreo turco, un SU-24, el gobierno de Putin recientemente ha anunciado que a partir del día primero del año entrante, los rusos modificarán su dieta y ya no consumirán tomates, naranjas, uvas, manzanas, mandarinas, ni pollo de origen turco, esto según información del periódico El Mundo.

Esta no es la primera vez que se toma una decisión de este tipo. Si nos vamos un poco para atrás, fue precisamente a consecuencia de la crisis en Ucrania y la intervención rusa en Crimea que, dadas las sanciones impuestas por parte de EEUU y países miembros de la UE —en pocas palabras, la OTAN—, provocó que Rusia respondiera con un embargo alimentario y se suspendiera la compra de lácteos, quesos, frutas, verduras y pescado.

¿Qué es lo que sí afecta? Las relaciones comerciales de antaño y la estrechez que existe —o la que al menos hasta ahora existía— entre estos grupos de naciones.

Más allá de los productos, pues evidentemente una naranja no vale lo mismo que un avión, lo que realmente trasciende es las consecuencias que genera. No importa que Rusia ya no compre tomates turcos, o que ya no compre uvas españolas; tampoco importa si Rusia ya no compra ningún producto alimenticio de estos países, pues al final de cuentas siempre hay otro productor y una amplia gama de proveedores. ¿Qué es lo que sí afecta? Las relaciones comerciales de antaño y la estrechez que existe —o la que al menos hasta ahora existía— entre estos grupos de naciones. Ello, a su vez, podría ocasionar una tensión geopolítica que pondría en evidencia, una vez más, que el mundo sigue estando muy dividido entre oriente y occidente.

El efecto obligado de esta situación se da cuando finalmente el embargo se ha consumado, y los compradores ven más limitadas sus opciones. Cuando recién entró en vigor el embargo a los alimentos occidentales, la población vio como poco a poco los productos de su preferencia iban siendo sustituidos por otros de otras marcas y menor calidad. Además, se enfrentó a la realidad de que el stock en las tiendas iba siendo cada vez menos, lo que también terminó por encarecerlos. Esta situación es más evidente en las frutas y verduras, pues aunque pareciera ser que el alimento es el mismo, los costos del traslado y origen son los que han provocado el alza en los precios.

Visto desde una perspectiva geopolítica, Rusia está muy cerca de dejar de consumir productos occidentales, y ahora voltea a ver a países como China, Azerbaiyán, Marruecos y otros donde probablemente su influencia es grande.

Visto desde una perspectiva geopolítica, Rusia está muy cerca de dejar de consumir productos occidentales, y ahora voltea a ver a países como China, Azerbaiyán, Marruecos y otros donde probablemente su influencia es grande, logrando así estrechar relaciones que más adelante se basarían en algo más que la compra de víveres, como en el caso brasileño, pues dada la buena relación que han mantenido ambos países, hoy los cariocas no requieren de un visado para entrar a Rusia, siendo que para la mayoría de los países de occidente se requiere de un proceso bastante complejo, donde incluso debe especificarse el plan de actividades, duración de las visitas y hoteles donde el visitante se estaría hospedando.

El lado amable de toda esta historia –o al menos así lo quieren ver— es que los agricultores nacionales tendrán un mayor margen para colocar sus productos dentro del mercado y que así se incentivará fuertemente el consumo nacional.

El lado amable de toda esta historia –o al menos así lo quieren ver— es que los agricultores nacionales tendrán un mayor margen para colocar sus productos dentro del mercado y que así se incentivará fuertemente el consumo nacional ergo trayendo beneficios directos a la población. Esto sería de mayor provecho aún si en lugar de hortalizas y semillas estuviéramos hablando de combustibles y gases, productos que abundan en este país.

Así que ya saben: si están contemplando viajar a Rusia, no les vaya a sorprender si sufren un déjà vu y se acuerdan de cuando en México pagábamos una fortuna por comernos un Snickers.

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