En México, el 8 de marzo se ha convertido en una fecha incómoda, aunque no siempre por las razones correctas. Incomoda la protesta, el reclamo, el enojo que rompe la narrativa de normalidad. Lo que sigue sin incomodar lo suficiente es la distancia entre el discurso público y la realidad que viven millones de mujeres. Cada año se repite la misma coreografía: comunicados oficiales, posicionamientos solemnes, promesas que suenan firmes y se diluyen apenas pasa la fecha.
Mientras se habla de igualdad y derechos, la violencia, la impunidad y la desigualdad estructural siguen marcando la vida cotidiana de las mujeres en el país. No se trata de percepciones ni de exageraciones: es una realidad que no se corrige con frases bien escritas ni con edificios iluminados de morado. El discurso puede ser impecable, pero cuando no se traduce en acciones sostenidas, termina vaciándose de sentido.
Nuevo León suele presentarse como un estado moderno, productivo y competitivo. Un referente económico que presume crecimiento, liderazgo empresarial y eficiencia. Sin embargo, ese relato convive con una realidad menos cómoda: mujeres que enfrentan violencia en sus hogares, en el transporte y en los espacios laborales; madres que asumen solas la carga del cuidado; víctimas que denuncian y se encuentran con instituciones rebasadas, lentas o indiferentes.
Aquí también se normaliza la violencia cuando se minimiza, cuando se cuestiona la palabra de quien denuncia, cuando se pide paciencia frente a un sistema que lleva años sin responder. Aquí también se habla de empoderamiento mientras las políticas públicas se quedan cortas y la agenda de género se reduce a gestos simbólicos que no transforman condiciones de vida.
El problema no es la falta de discurso. El problema es la falta de consecuencias.
Defender los derechos de las mujeres implica mucho más que posicionarse correctamente. Implica asumir costos, revisar prioridades y sostener decisiones en el tiempo. Implica presupuestos suficientes, instituciones fortalecidas, mecanismos de atención que funcionen y una voluntad política que no dependa del calendario ni de la presión mediática. Sin eso, el compromiso se vuelve retórico.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en el Estado. Como sociedad, también hemos fallado. La transformación exige corresponsabilidad real. La educación es uno de los frentes más importantes, no como concepto abstracto, sino como práctica cotidiana. Educar en igualdad, respeto y corresponsabilidad desde la infancia no es ideología ni exageración: es prevención. Es sembrar condiciones para que la violencia no sea normalizada ni reproducida.
También implica revisar lo cotidiano. Cuestionar chistes, actitudes y silencios que parecen inofensivos, pero sostienen la desigualdad. Escuchar sin minimizar. Acompañar sin juzgar. Entender que involucrarse no siempre significa encabezar una causa, sino dejar de ser indiferentes cuando la violencia ocurre cerca, cuando alguien pide ayuda o cuando el entorno exige una postura clara.
Las empresas, universidades, medios de comunicación y organizaciones civiles tienen un papel clave. No desde la simulación ni desde campañas temporales, sino desde políticas internas claras, protocolos efectivos y compromisos que se mantengan más allá del 8 de marzo. El cambio real no se mide en slogans, sino en condiciones concretas: espacios seguros, oportunidades equitativas y respuestas claras ante la violencia.
El feminismo incomoda porque exige coherencia. Porque obliga a revisar privilegios, decisiones y omisiones. Y esa incomodidad es necesaria. No para dividir ni polarizar, sino para evidenciar que el problema no se resuelve con buenas intenciones ni con narrativas convenientes. Se resuelve con acciones consistentes, con corresponsabilidad social y con una disposición real a cambiar prácticas arraigadas.
Quizá el verdadero sentido del 8M no sea sentirnos cómodos, sino todo lo contrario. Que nos incomode lo suficiente como para no seguir simulando. Que nos obligue a escuchar, a actuar y a no voltear la mirada cuando el ruido mediático se apaga.
Porque cuando el discurso no alcanza, el silencio también pesa. Y ese silencio –como la simulación- también lastima.