Bando 2: La Tragedia Social de CDMX

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El 5 de diciembre de 2000, Andrés Manuel López Obrador tomó posesión como jefe de Gobierno del entonces, Distrito Federal. Dos días después de su llegada, emitió la famosa política Bando Dos sin que mediara una consulta ciudadana o al menos, una consulta con expertos urbanistas que guiaran dicha implementación. Esta política ha traído al día de hoy la construcción de tan solo el 5 % del total de las nuevas viviendas en la ciudad de tipo de interés social bajo, mientras que el resto, han sido de nivel medio y alto. ¿Por qué y qué pasó con la población que no podía acceder a una vivienda que no fuera de nivel bajo?

Bando Dos se instrumentó bajo el cargo de Claudia Sheinbaum, entonces Secretaria de Medio Ambiente y de Laura Itzel, también entonces Secretaria de SEDUVI. Esta política consistía en estimular a través de un plan, la construcción de vivienda de interés social en la ciudad para cumplir su promesa de campaña “primero los pobres”, y que era aplicable a las cuatro delegaciones centrales de la ciudad: Benito Juárez, Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza, buscando evitar expandir la mancha urbana en las demarcaciones periféricas, aprovechando la infraestructura existente y dotando de vivienda céntrica a habitantes que habían sido segregados por diferentes circunstancias. Aunque en un principio esta política comenzó a dar resultados, los datos actuales demuestran que este modelo urbano de crecimiento solo impulsó el desarrollo de edificios construidos fuera del marco legal, sin vigilancia y encareciendo los precios del mercado, contraponiendo el discurso inicial de esta política; basta con analizar el contexto de la mayoría de edificios que sufrieron daños tras el sismo de septiembre del 2017. Aunado a esto, al llegar Marcelo Ebrard a la jefatura de Gobierno de la ahora Ciudad de México, se tomó la decisión de modificar Bando Dos y expandirla al resto de las delegaciones de la ciudad. Esto significó la imposibilidad de planificar un mejor plan para el desarrollo de vivienda de interés social bajo, y brindar una mejor oportunidad a las personas que requerían de hacerse de una vivienda.

Definitivamente, tengo que decir que esta es una de las mayores tragedias sociales de la ciudad, ya que esta política convirtió el derecho a la vivienda y la promesa de “primero los pobres”, en un negocio para los desarrolladores inmobiliarios al tener todas las circunstancias sociales y económicas a su favor. Bando Dos terminó por expulsar a muchos jóvenes y nuevas familias a las periferias de la ciudad debido al encarecimiento de suelo sin permitirles tener la oportunidad de vivir cerca de sus centros de trabajo, de sus centros educativos, de sus centros de recreación y que, ofrecieran la calidad y la dignidad que todo ser humano merecemos, pero sobre todo, que están instituidos en los derechos humanos universales.

Cuando concentras los permisos de construcción y obligas a que se construya en solo cuatro delegaciones de una ciudad como la capital mexicana, la fórmula de la oferta y la demanda se encarga de poner el precio a la vivienda, y hoy en días, las consecuencias son más que claras. ¿Qué es lo más preocupante? La propuesta hecha mediante el Programa General de desarrollo Urbano de la Ciudad de México 2016-2030 no aborda un plan inteligente que permita a los más desfavorecidos que puedan adjudicarse una vivienda. Además, este programa exime de responsabilidades a los desarrolladores que violaron todos los marcos legales en los últimos años, alentando la corrupción y la impunidad, perjudicando “primero a los pobres”.

La Gran Deuda: Sismos y Corrupción en la Construcción en México

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El 19 de septiembre de 2017 parecía ser un día normal para la mayoría de los mexicanos. Algunos recordaban con tristeza la fecha por el trágico sismo de 1985 que sacudió la capital y otras ciudades del país, pero nadie se imaginaba lo que iba a pasar.  Alrededor de las 11 de la mañana, se había preparado un simulacro para conmemorar los 32 años de aquel fatídico día. En lo personal, nunca había presenciado un sismo o simulacro. Pensé que sería gracioso que temblara mientras sonaba la alarma durante el simulacro, no dije nada, sólo lo pensé y recordé lo impactante que fue para mí la primera vez que vi en televisión lo que había sucedido.

Mis actividades continuaron con normalidad después del simulacro. A las 13:06 horas, un par de compañeros del trabajo y yo emprendimos nuestro camino de regreso a la oficina caminando, estábamos solo a 10 minutos, sin embargo, no alcanzamos a llegar. A las 13:14 horas, un sismo con magnitud de 7.1 en la escala de Richter había comenzado a sacudir el centro y el sureste del país. En un principio, como no sonó la alarma previo al movimiento de placas, pensé que había tenido mareos por no haber desayunado, pero no, estaba viviendo mi primer sismo; me percaté de ello cuando comencé a ver gente correr y escuchar gente gritar. Mi gran experiencia en sismos ignoraron lo que en realidad estaba sucediendo.

Cuando dejó de moverse todo lo que había a mi alrededor, nos dirigimos a la oficina. Al llegar, nos alertaron que había sido algo grave, que fuéramos a nuestras casas a ver a nuestra familia. Empecé a correr hacia donde estaba mi familia (mi casa queda a tan solo 14 minutos caminando de la oficina y a 10 de la escuela de mi hijo mayor). En el camino, me percaté que una escuela presentaba grandes daños en su estructura mientras evacuaban a niños y jóvenes. Esa fue la primera vez que me asusté. Empecé a correr más rápido hacia la escuela en donde estaba mi hijo mientras veía más caos alrededor; fueron 5 minutos de camino pero parecieron horas. Afortunadamente su escuela no sufrió grandes daños y él estaba a salvo. Saliendo de allí, encontramos en el camino al resto de nuestra familia que lo habían vivido en nuestro departamento que está en un cuarto piso y en donde parecía que se habían metido a robar, pues muchos bienes materiales que había dentro habían quedado inservibles.

Pasaron 32 años y parece que como sociedad no aprendimos nada. Aunque el sismo del ’85 liberó 32 veces más de energía sísmica que el del 2017, torres de departamentos y viviendas que no tenían más de 10 años de antigüedad (incluso algunos que aún ni se terminaban de construir), dejaron daños mortales, materiales y morales para quienes lo vivimos. Mi primera experiencia de sismo lamentablemente (o afortunadamente) fue aquel trágico 19 de septiembre de 2017; no por lo que me quitó, sino porque entendí que después de 32 años, en materia de políticas públicas sobre edificación, parece ser que seguimos igual o peor que hace cuatro décadas, y aún después de lo ocurrido hace casi 4 meses, seguimos en la misma situación.

Es cierto que las normativas son claras para edificar de manera segura, saludable y sustentable para nuestros ciudadanos, pero también es cierto que son muy vulnerables ante las prácticas de corrupción que existen en diversos órganos que regulan este tema. Y es más lamentable, que la mayoría de las iniciativas de reconstrucción que fueron lideradas por el gremio arquitectónico del país como ReConstruir Mx, hayan fracasado ante las barreras políticas que no permiten edificar de manera como lo dictan las normas, y que solo apremian a aquellos que aceptan hacerlo a través de prácticas como la famosa “mordida”. La pregunta es, ¿qué vamos a exigir en estas elecciones de 2018? Las leyes son claras, pero los procesos aún dejan mucho que desear y definitivamente, aunque no podamos controlar a la naturaleza, ya no podemos volver a pasar algo así como sociedad.

Política y Arquitectura: Un reto para las elecciones de 2018

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Definitivamente, uno de los mayores inventos de la humanidad para garantizar nuestra supervivencia ha sido la construcción de las ciudades y todo lo que hay dentro de ellas. No podemos negar que la estructura arquitectónica de las ciudades se ha construido a base de las expectativas políticas y religiosas como producto de las formas de vida que se practican en función de su cultura y sus creencias. Desafortunadamente, los intereses políticos de construir en las ciudades del mundo a lo largo del tiempo, han sido definidos por los deseos de impregnar una imagen de poder que perdure en la historia de la humanidad. Aunque es difícil ubicar una política arquitectónica en la historia y en un espacio temporal, está comprobado que los actos humanos responden a la identidad arquitectónica que las ciudades han concebido.

En diversas investigaciones se ha comprobado que las personas suelen sentirse seguras o violentadas según el contexto espacial en el que se encuentran. Por ejemplo, en contextos espaciales en donde resalta el buen mantenimiento de las áreas verdes, espacios de diversión y cuenta con construcciones e infraestructura en buenas condiciones, las personas suelen sentirse más seguras e identificadas con su comunidad; mientras que en espacios en donde predomina el abandono y la ausencia de mantenimiento, las personas tienden a sentirse inseguras y hasta violentadas.

Por esto, no cabe duda que la política y la arquitectura forman un ente con la capacidad de construir condiciones espaciales que permitan o trunquen el crecimiento de una sociedad completa. Si bien, es cierto que la política la conformamos todos y no solo aquellos que la practican como profesión, también es cierto que el político es un constructor de condiciones a través de un marco legal que tiene la capacidad de germinar círculos virtuosos o viciosos. Comenzar a migrar las políticas públicas de construcción hacia una que esté pensada en las personas, es fundamental para un país como el nuestro que busca -al menos en el discurso- convertirse en una sociedad de bienestar y otorgar a sus ciudadanos, una verdadera calidad de vida.  

Sin embargo, esto no solo compete a los políticos. Los arquitectos y urbanistas tenemos una gran responsabilidad de asesorar y desarrollar proyectos que estén pensados más allá del ego arquitectónico-urbano. Durante una conferencia, escuché mencionar a Indira Kempis que “la palabra estética tiene dentro de sí la palabra ética”. Esto me hizo reflexionar sobre la forma en que se diseñan las ciudades y cómo la ética debe estar presente desde el proceso de planeación, hasta el proceso de diseño y construcción de cada proyecto. Si la arquitectura ha sido utilizada como uno de los medios en la política para generar y transformar la historia, la cultura y la identidad de países completos, entonces tenemos que entender que la estructura en cómo están diseñados los espacios y las ciudades deben de responder a temas más complejos que lo estético, y la ética profesional, se vuelve incluso más fundamental que los intereses políticos. 

Cabe mencionar que esto no es nada que no se haya implementado en otras regiones del mundo. Políticos a nivel internacional como Margaret Thatcher en Londres, François Mitterrand en Francia y Sergio Fajardo en Medellín, han desarrollado proyectos urbano-arquitectónicos pensados estéticamente con ética, que han resultado en la transformación de comunidades en donde la inseguridad y el abandono predominaban, y tras ello, se han convertido en ciudades con ciudadanos fortalecidos y mentalizados en avanzar como sociedad más que como individuos.

Me atrevo a escribir que la arquitectura y la política deben de ser un solo instrumento para transformar los espacios urbanos en espacios humanos, y esto no solo debe de ser entendido por la importancia del papel social que jugamos los arquitectos y los urbanistas, sino también por quienes practican la política. El político debe de comprender que está en sus manos combatir o dejar pasar los problemas sociales que atañe a nuestro país y para ello, es fundamental apoyarse en los expertos. Esto debe de ser una prioridad en las siguientes elecciones en México y como sociedad, es un tema que debemos de exigir que se atienda.

Vivienda y Millennials, una ecuación imperfecta

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Durante décadas, el modelo de negocio que se estableció entre los desarrolladores de la vivienda y los órganos de gobierno en México funcionó a la perfección. La ecuación consistía en construir una serie de casas de características similares a bajo costo. Estos inmuebles eran -y siguen siendo- caracterizados por estar hechos con materiales de baja calidad y por estar ubicados en terrenos muy económicos a la periferia de las ciudades. Con el paso del tiempo, los metros cuadrados de construcción vendibles pasaron a convertirse en la variable de mayor importancia en la ecuación sin importar si estas construcciones ofrecían a los compradores una buena calidad de vida.

Afortunadamente, la industria de la vivienda ha ido madurando debido a que los consumidores ya no solo buscan rentar o comprar un inmueble a bajo costo. Esto en parte es gracias a que hoy en día la generación que está tomando las decisiones económicas de todos los mercados del mundo, son los millennials.

Actualmente, los compradores de inmuebles evalúan temas como la ubicación y la cercanía a sus centros de trabajo y de recreación, la calidad y la tipología de los servicios que ofrecen, la calidad de los materiales con los que fueron construidos y si las viviendas cuentan con la tecnología que les permita ahorrar en consumos energéticos. Pero sobre todo, evalúan si estos bienes tienen la capacidad de ofrecerles la seguridad y la calidad de vida que tanto anhelan. Lo anterior está modificando no solo en la forma en que se construyen las casas, sino también en la forma en que se diseñan y se operan. Esto está marcando un punto de quiebre para toda la industria de la vivienda en México.

Una encuesta realizada este año durante el evento Salón Inmobiliario de Madrid (SIMA) por Planner Exhibitions, reveló que el 65 % de los jóvenes millennials (de entre 25 y 35 años) no tiene pensado comprar una casa debido a que las que están en venta, no ofrecen lo que necesitan, por lo que prefieren rentar aunque esto represente hasta un 50 % de sus ingresos. Además, esta generación busca que la vivienda que adquirirán sea sustentable, esto significa que al invertir en una, ésta no solo tiene que garantizar sus intereses ya mencionados, sino que igualmente, debe de ser una construcción que ayude a restaurar y a revertir todos los daños medioambientales hechos a nuestro planeta.

En un mercado maduro como al que nos estamos enfrentando, las palabras “calidad” y “sustentabilidad” son sinónimas, y la generación millennial está demandando que los inmuebles estén construidos con los estándares que garanticen estos beneficios. Es aquí en donde las políticas entorno a la vivienda tienen que migrar hacia prácticas de construcción sustentable que permitan que los compradores estén satisfechos. Esto definitivamente ayudará a que esta industria no vuelva a colapsar con prácticas que se utilizaron en el modelo de negocio para la vivienda de interés social.

Definitivamente, hoy la vivienda ya no tiene que ser lujosa ni tampoco económica, sino que debe de ser práctica aunque no sea espaciosa, y debe de crear comunidad aunque no todo sea privacidad. En fin, la ecuación del modelo de negocio de la vivienda en México tiene que remplazar sus variables para que la ecuación pueda expresar el resultado que están demandando los millennials. Este es el gran reto que tienen los desarrolladores y el gobierno mexicano.