Ficciones del feminismo moderno

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Eres cantante, compositora, joven, mujer. Tienes 25 años y quieres conocer el mundo. Viajas a Costa Rica, emocionada por las aventuras que podrás vivir. Eliges la fecha de manera estratégica, para poder regresar el 15 de agosto, ya que tienes un concierto programado en México, para cantar el primer álbum que acabas de publicar. Haces amigos, disfrutas el día, y en la noche decides caminar por la costa con tu nueva amiga de Gran Bretaña. Dos hombres llegan y las asaltan. Empiezan a forcejear con ustedes, a amenazarlas. Tu amiga se suelta, se va corriendo y logra escapar. Tú, no corres con la misma suerte. A ti te violan, te matan, y te dejan tirada en el mar. 

Esta es la historia de María Trinidad, la mexicana que el pasado 5 de agosto fue víctima de un feminicidio. Un acontecimiento que nos llena de tristeza, coraje e impotencia. Se podría pensar que, una historia como la de María exigiría hacer algo al respecto, que la sociedad empatizaría con las urgencias de la agenda de género. Idealmente, este triste suceso debió de haber sido especie de ultimátum. Un wake up call, para aquellos escépticos de la ideología feminista.

Sin embargo, no todas las reacciones fueron las esperadas. Se cuestionó la necesidad de viajar sola, surgió la interrogante: ¿por qué exponerse si ya saben cómo es el mundo?, depositando gran parte de la culpa en ella y en sus decisiones “imprudentes”. Y, unos días después, la opinión pública pareció olvidar el tema. Las redes sociales volvieron a sus temáticas habituales, y con ello, reaparecieron las comunes malinterpretaciones de lo que es la ideología feminista. 

Se volvió a tuitear y retuitear sobre el tema de género, desde una perspectiva que pareciera en realidad desconocer las bases teóricas del movimiento. Entre las más comunes, están: Las feministas son intolerantes, violentas, y se la pasan buscando qué criticar, son egoístas porque luchan por los derechos de un solo grupo“. Y, la que considero la peor, no por su gravedad, pero por la ironía de la frase:

No soy ni machista ni feminista. No creo en la superioridad de la mujer. Creo en la igualdad de género“.

Y fue esta oración la que me llevó a escribir esta columna. Hay un malentendido mayúsculo, para una población importante -al menos de los internautas-. El feminismo no es la contraparte del machismo, esta sería el hembrismo. El feminismo no lucha por la superioridad de la mujer, sino por la igualdad básica. Entonces, si crees en la equidad entre hombres y mujeres: igualdad de oportunidades, de calidad de vida, de goce de derechos… ¡Felicidades, eres feminista! O podrías serlo, si comienzas a ejercer este pensamiento. 

No estoy segura en qué momento se distorsionó el significado de la palabra. Creo que esta ficción en torno al concepto nace principalmente de nuestra incomodidad, de nuestra dificultad de hacer las cosas de manera diferente a como las hemos hecho por siglos. Esta tergiversación no es una casualidad. Lo hemos visto con otros temas: nos damos cuenta de que somos parte del problema, y entonces preferimos minimizarlo, ridiculizarlo, darle la vuelta. Porque nos señala y nos exige hacer las cosas diferente, y eso nos cuesta. 

Hombres y mujeres, hoy nos damos cuenta de que muchas de nuestras acciones cotidianas pueden tener poco -o bastante- de sexismo en ellas. Nos damos cuenta de que, aquel famoso patriarcado, es nada más y nada menos que el sistema en el que crecimos. Es lo que generaciones enteras han absorbido, y hoy se refleja en nosotros. Es con lo que millones de mujeres tuvieron que cargar, por un tiempo, silenciosamente.

 Entonces, resulta estas pequeñas acciones que hacemos por inercia, son producto de algo que es perjudicial para ambos sexos. Pero, de nuevo, nos cuesta. Preferimos quitarnos el peso de los hombros. Preferimos inventar el término de “feminazi” y burlarnos de alguien que está luchando por un principio básico: la equidad. Historias como la de María, deben de abrirnos los ojos. No hay espacio para dudas. Hoy existe consciencia sobre el tema, y nos va a seguir empujando, sacándonos de nuestra zona de confort. Pero esta es la única manera en la que podremos conseguir la equidad.