#HojaDeRuta: “Entre redes y realidades”

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“Las redes”: esas nuevas deidades etéreas de la opinión pública. Ante cada nueva polémica, desde espacios informativos y de opinión suele preguntarse: ¿qué dicen las redes? Como si fueran oráculos dando sus designios. 

Se les menciona con toda naturalidad, como si no fueran una masa amorfa, un mar cambiante donde lo mismo pueden encontrarse ideas valiosas que rabia pura, grandes piezas periodísticas que noticias falsas.

Cierto, mediante softwares especializados ya se pueden medir tendencias y “sentimientos”, tomando variables como los temas más repetidos o las palabras más mencionadas. Por ejemplo, la agencia digital Etnoscopía realizó un mapeo de identificación ideológica en México, tomando datos de Facebook Insights y encuestas digitales. Este mapa de tendencias ideológicas considera 5 categorías: extrema izquierda, izquierda, centro, derecha y extrema derecha. 

Algunos resultados parecen lógicos, por ejemplo, la zona del bajío es la más identificada con la derecha, mientras que entidades como Guerrero y Oaxaca lo hacen por la izquierda. Sin embargo, sorprende que entidades como Coahuila y Nuevo León se clasifiquen como centro, lo que sugeriría una disposición a tomar posturas progresistas en ciertos temas.

De acuerdo a la Asociación de Internet MX, en su último estudio de hábitos de los usuarios, el año pasado el 67% de los mexicanos mayores de 6 años eran usuarios de Internet. Si bien esta cifra no deja de subir año con año, es preciso reconocer que una tercera parte de la población aún no está en la red. Este mismo estudio señala que la principal actividad de los usuarios mexicanos es acceder a redes sociales, siendo Facebook la de mayor penetración, cubriendo prácticamente la totalidad de los usuarios (98%).

¿Esto implica que lo que se dice en las redes es un reflejo real del pulso social? No necesariamente. Para empezar, porque no todos están ahí, y segundo, porque de los que están, no todos tienen el mismo nivel de politización ni activismo digital. El New York Times, dentro de la sección The Upshot realizó un análisis que refuerza este punto, titulado: “El electorado demócrata en Twitter no es el electorado demócrata real”.

Los datos marcan un contraste notable. Por ejemplo, el 39% de los demócratas en redes sociales se identifican como activistas progresistas, pero en el electorado abierto, esta cantidad baja a 22%, es decir, sí existe una porción importante de simpatizantes que están empujando la agenda del partido a la izquierda, pero en términos reales es una menor proporción de lo que las redes y la percepción mediática sugieren.

Un dato complementario es aquellos demócratas que se identifican como personas moderadas: en redes son apenas el 13%, pero en la vida real esta cifra casi se duplica, para llegar a 24%. Es decir, al menos 1 de cada 4 votantes demócratas se considera a sí mismo como una persona moderada políticamente.

El análisis sugiere que si bien el movimiento hacia la izquierda que el partido ha experimentado es real, pero que el ánimo y fervor que existe en las redes sociales no coincide con el electorado demócrata en la vida real. Esto debiera generar una reflexión interesante en nuestro contexto: ¿qué tan real es la polarización entre fifís y chairos? ¿Qué tanto del electorado en realidad es moderado? ¿Qué proporción realmente está desinteresada de la política y no se expresa (por tanto, no registra) en redes sociales? 

En general, la lección es la cautela y el análisis frío de la información, pues la realidad política y comunicacional se transforma, pero esto no implica cambios radicales o totales en el electorado como un todo, que si bien puede irse transformando, no necesariamente lo hace en la medida y tono que las redes parecen reflejar.

El diálogo en tiempos polarizados

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Chairos, fifís, chayoteros, pejezombies, la mafia del poder, vendidos, comelonches, acarreados, derechairos. Con un ejercicio rápido nos podemos dar cuenta lo mucho que nos gustan las etiquetas. Como en toda sociedad plural y democrática, es natural que surjan diferencias, que la gente las externe, y que el debate político pueda conllevar la configuración de ciertos estereotipos de personas a favor o en contra de algo (o alguien).

Por sí solos, estos calificativos, tendrían el efecto negativo que el receptor interprete: desde burla “amigable”, hasta un discurso de odio. La cuestión es, que estos no surgen de la nada. No aparecen de repente en el diccionario para el uso cotidiano de los mexicanos. La invención, construcción y empleo de estos motes explica mucho del contexto social -y político- que se vive en el país.

Lo interesante de estos arquetipos, es su naturaleza dicotómica: o eres chairo o eres fifí. Blanco o negro, no hay áreas grises. Entonces, ¿podríamos hablar de la polarización de la opinión pública? Hay algo que nos impide afirmar esto. La última encuesta de aprobación presidencial le da un favorable 67% (Mitofsky, 2019). En otras palabras, de acuerdo con Consultas Mitofsky, casi 7 de cada 10 mexicanos aprueban las acciones del primer trimestre de López Obrador. Viendo los números únicamente, no es una situación (tan) polarizada.

Entonces, ¿por qué percibimos discurso y opiniones tan divididas? En las esferas con más peso sí hay un “debate” más profundo en torno a la actual administración. O sea: en la prensa, medios de comunicación, partidos políticos, empresarios, académicos, intelectuales y figuras públicas. Entrecomillo la palabra debate, porque ha parecido más una serie de discrepancias que se discuten con insultos o acusaciones superficiales; en vez de espacios en los que de verdad se pueda debatir, argumentar y contraargumentar. 

Creo que aquí es donde resulta peligrosa la perspectiva reduccionista cualquiera de los adjetivos que mencioné. Ver a alguien como del “otro bando” y homogeneizar a todo un grupo de personas solo porque piensa diferente a ti, obstruye cualquier posibilidad de diálogo y encuentros en la escala de grises. Porque en realidad, hay muchísimas posibilidades y matices. Pudiste no haber votado por López Obrador, pero aplaudirle las becas para estudiantes. Puede que hayas marcado a Morena en la boleta, pero no estés de acuerdo con el Tren Maya. Tal vez estés de acuerdo con las consultas, pero no con la cancelación del NAIM. O celebras que se quitaran las pensiones a expresidentes, pero condenas el recorte a las estancias infantiles.

Puede que alguien concuerde con todas las decisiones del presidente o de Morena, y puede que alguien no coincida con ninguna. Y está bien. Pero siempre hay que tener clara la existencia de esas áreas grises. Para que alguien que no apoyó a AMLO, de todas maneras, pueda ser parcial y reconocer una buena decisión. Y, para aquellos que votaron por él, puedan ser críticos y levantar la mano cuando haga falta. Para que, entonces, podamos tener espacios de diálogo, de discusión informada, para que desarrollemos nuestra capacidad argumentativa.  

La opinión de todos es válida. Pero, siempre hay que tratar que esta provenga de información confiable y que se externe con mesura. En era de la posverdad es muy fácil que un video, una cadena, un whatsapp o un tuitero nos sesguen. Hay que promover el diversificar nuestra información, balancear nuestros feeds, contrastar fuentes… y entonces, podemos definir nuestra postura.