La delgada linea de pixeles #6

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En la película “Un Profeta” de Jacques Audiard, la prisión cambia completamente a un joven de ascendencia argelina, Malik: entra como un delincuente común y sale como jefe de una organización criminal. Pero hay algunos cambios más sutiles. Cuando a Malik le permiten salir ocasionalmente de prisión, le hacen un chequeo corporal completo, incluyendo de su boca y su lengua. Más tarde en el filme, cuando pasa por el chequeo de un aeropuerto y le exigen que extienda los brazos para pasar el escáner, instintivamente saca la lengua, sin que le pidan. Se tarda unos segundos en recordar que no está en el chequeo de prisión. Esas rutinas y hábitos sutiles nos afectan a todos, probablemente de maneras menos siniestras que a Malik. Los hacemos sin darnos cuenta, y sólo cuando de pronto algo no encaja nos preguntamos cómo fue que se volvió una acción tan común que ya es instinto.

Mis hábitos invisibles varían de lo insignificante e incluso algo cómico, hasta lo francamente dañino. Por ejemplo: En el edificio donde trabajo, como en la gran mayoría en la época actual, necesitas una tarjeta con un chip que te permite llegar al piso al que vas. Me pasa cada vez más seguido, tras un par de meses ahí, que saco mi tarjeta sin importar en que elevador esté, incluso en centros comerciales o cuando voy al departamento de mis abuelos. Alguien me habrá visto raro o se habrá reído. De algunos de estos hábitos ya soy consciente, pero no lo fui por mucho tiempo: cuando hablo con el copiloto del carro que manejo, cada que le dirijo la palabra lo volteo a ver, dejando de ver hacia la calle; muy seguido interrumpo o corrijo a otras personas sin pensarlo; cuando conozco a alguien perteneciente a algún país o alguna religión o algún grupo ajeno al mío, automáticamente asumo algo de ellos.

El peor de los hábitos invisibles, probablemente el más común -diría que todos los tienen si no quisiera toparme con una pared de ironía- es el del prejuicio. Inevitablemente asumimos algo sobre una persona que conocemos, o simplemente que vemos del otro lado de la calle, y muchas veces el juicio inicial que tenemos de esa persona, negativo o positivo, está basado en datos que no deberían ser importantes para dicho juicio. En el mejor de los casos lo que asumimos representa una amalgama de ideas formadas de encuentros previos, y en el peor un estereotipo incorrecto y humillante. Juzgamos a las personas por su forma de vestir, su forma de peinarse, su color de piel. 

Hay un debate científico alrededor del origen del prejuicio: es posible que existiera en alguna forma en nuestros ancestros evolutivos, así como es posible que se desarrollara con la consciencia del ser humano y es único a nuestra especie. Y en cuanto al resto de los prejuicios, esos que se volvieron hábitos invisibles por el ambiente en el que crecimos o los tiempos que nos tocó vivir, esos hay que taladrarlos y martillarlos y ya con los escombros reconstruirnos de una mejor manera.

La delgada línea de pixeles #5

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A continuación hay spoilers del final de Game of Thrones

Aunque sonó muy poco convincente -y yo estoy hablando de esto un poco tarde y asumiendo que todos ven la serie a sabiendas que no es así- el discurso que Tyrion Lannister dio en el último capítulo de la serie de Game of Thrones aún me persigue. No sé si me hubiera convencido de nombrar a Bran Stark como rey de los ahora súbitamente seis reinos, pero es cierto que lo que nos une son las historias, como dice el enano, aunque no sólo nos unen. Las historias que nos contamos a nosotros mismos, sobre el país en el que vivimos, la familia a la que pertenecemos, lo que hicimos y lo que queremos hacer. El nacionalismo, el fascismo, la resistencia, la protesta, todos los movimientos que han existido, todos dependen de que entendamos las historias que nos cuentan. Estas historias, claro, a diferencia de una serie de HBO, tienen repercusiones directas en las vidas de la gente que las cuenta, que las vive. El motor de la civilización son estas historias. Pero también son la tuerca en los engranes, la falta de aceite, el “desvieladero”.

Algunas historias activamente buscan desvielar el motor, quizá desde siempre pero hoy con más armas. No es exageración pensar en grupos de trolls en internet que, por cualquier razón, sea por miedo a un mundo que cambia rápidamente, por sones de venganza, por una emulación desviada al guasón de El Caballero de la Noche, quieren que el mundo se desviele. Para otros, como para Petyr Baelish, o Littlefinger, otro personaje de la serie, el caos es una escalera. Un montón de personajes, cada vez más numerosos, explotan los miedos y la incertidumbre para vendernos la salvación, los dragones o un grupo de mercenarios, y en el caos buscan acumular poder. Las historias más poderosas son las más simples. El enemigo que viene a aniquilarnos, y el mesías que viene a salvarnos. La comida que escasea gracias al otro, y la quincena que llega gracias al otro más, al que está de nuestro lado.

Lo que ignoramos, la miopía tal vez inherente a nuestra especie, es justamente que hay muchas otras historias, y que muchas de ellas son verdad para la gente que las cuenta. Eso no significa que sean historias reales, que tengan los argumentos de su lado o que deban ser reconocidas y apreciadas sólo por ser, sino que el hecho de reconocer su existencia nos obliga a ver nuestras propias historias desde los ojos de otros.

Las cámaras selladas del internet, o de la sociedad de hoy, que algunos ya verán casi como sinónimos, parecen sólo enseñarnos contenido que confirme las historias que creemos, y cuando nos enseña contenido que va contra ellas pareciera es para que creamos de manera más reacia en nuestras historias. O tal vez son sólo algoritmos. Nuestras burbujas, aumentadas y potenciadas, nos acercan cada día más a no sólo contar historias paralelas, sino a vivir en realidades diferentes. 

Al llegar a ese enunciado me encuentro con mi propia miopía: siempre hemos vivido en realidades diferentes, un exiliado del Tíbet y el príncipe de Mónaco. Pero el internet, que nos acerca más y más historias, muchas terribles y falsas y otras muchas -quisiera creer que la mayoría- esperanzadoras y llenas de empatía, podría tener el efecto de acercar nuestras realidades. Pero ¿Quién quiere eso? ¿Quién quiere admitir que la historia que siempre le han contado puede no ser La Única? ¿Quién está abierto a pensar desde el otro? 

Fue difícil creer que en el discurso de Tyrion no sólo porque es debatible que la historia de Bran sea la mejor, pero porque las historias no sólo nos unen, lamentablemente también nos separan. Ojalá escuchemos más historias, ojalá entendamos a más personas, ojalá aceitemos el motor y no nos dejemos llevar por nuestras miopías.

La delgada línea de pixeles no. 4

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Es un sábado por la mañana, y tengo una cita con un proveedor. La cita la hizo alguien más, entonces es la primera vez que lo voy a conocer. Entablamos plática sobre el proyecto, y minutos después me pasa su contacto. Comienzo escribiendo su primer nombre; inmediatamente mi celular me sugiere el apellido que corresponde. Me sobresalto por un momento. 

Y luego excavo entre mis recuerdos: me pasaron el nombre del proveedor anteriormente, por WhatsApp, y la aplicación que utilizo para el teclado de mi celular tiene permiso de recoger mis mails y conversaciones, para mejorar así su capacidad de predecir lo que voy a escribir. En el momento en el que se me sugirió esto, que en teoría era opcional, me sonó como algo lógico. La aplicación hace énfasis en ahorrarte tiempo con sus predicciones, y esa era la mejor manera de hacerlo. Es hasta ese momento, cuando predijo el nombre del contratista, con quien hablaba por primera vez y cuyo contacto estaba grabando apenas en mi celular, que me di cuenta de la rienda suelta que le di a la aplicación. Lo peor, claro, es que le he dado ese mismo acceso, o similares, a un montón de otras aplicaciones y aparatos y sitios web. 

Decimos que queremos privacidad, ¿pero realmente la queremos? ¿es posible siquiera tenerla? ¿Qué es exactamente la privacidad en época de Instagram y Facebook y Google Maps? Google Maps me envía notificaciones cuando llego a un restaurante o tienda y me pide que la califique o que responda preguntas sobre ella. Facebook me sugiere amigos que corresponden a contactos que existen en mi celular, a pesar de que nunca le he dado acceso directo a mis contactos (probablemente alguno de esos amigos sugeridos sí le ha dado acceso a Facebook a los suyos). 

El único remedio parecía ser mantenernos fuera de estas redes sociales, pero el simple hecho de tener un celular funcional probablemente ya nos robó parte de la privacidad, y si nuestros amigos están en esas redes muy probablemente como quiera existe un perfil de nosotros, bosquejado a partir de nuestros conocidos.

La privacidad de nuestra información la dejamos atrás hace mucho, y difícilmente hay vuelta atrás. Pero hay algo más siniestro en juego: la privacidad sobre nuestras decisiones.

El fin último de obtener nuestra información para los leviatanes del internet, no es conocer nuestro nombre, donde vivimos y a que le damos me gusta en Instagram; el fin último es utilizar esa información para predecir las decisiones que vamos a tomar, y poder, hasta cierto punto, orillarnos a escoger las que más le convengan a quien haya comprado nuestra información. A Facebook no le sirve de nada saber que le di me gusta a una página de tenis Adidas. Esa información es valiosa sólo cuando venden espacio en los sitios web que visito a revendedores o la misma Adidas, esperando a que haga clic y que les compre unos tenis nuevos.

Mientras más años pasen y más años estemos inmersos en el internet, y compremos y busquemos y opinemos en el internet, nuestros perfiles se volverán más complejos, los anuncios más sofisticados, y la manipulación a la que nos sometan más sutil.

¿Hay algo que podamos hacer? 

No estoy seguro. Fuera de volvernos ermitaños digitales -que como quiera no evitaría el problema del todo a menos que todos nuestros conocidos también lo fueran- quizá no hay más que mantenernos atentos, conscientes, y siempre contemplar por qué tomamos las decisiones que tomamos, desde seguir una página de Instagram hasta hacer una compra importante en línea. Renunciamos a nuestra privacidad, al menos a parte ella; hay que mantener -hasta donde sea posible- el control sobre nuestras decisiones.

La delgada línea de pixeles #3

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A veces me envían, como a todos, cadenas de escritos larguísimos sobre tal o cual tema controversial.  Los artículos de vez en cuando no son tan largos, pero se sienten porque en realidad casi siempre son un tapiz parchado de un montón de fuentes diferentes. Me llegan y a veces los leo completos, a veces sólo un pedazo, a veces prefiero ignorarlos. He leído los suficientes como para saber el tipo de contenido que la mayoría tienen. Mucha información anecdótica, representaciones incompletas de datos estadísticos, apelación a una serie de aparentes figuras de autoridad (doctores, ingenieros, expertos de todo tipo) que usualmente o son difíciles de encontrar, o tienen opiniones con fundamentos nebulosos. Lo mismo con los reportes a los que hacen referencia. Las vacunas causan autismo, la Coca-Cola causa Alzheimer, todo es una conspiración de la que sólo puedes salvarte si escuchas a quienes gritan desde la periferia.

A menudo, nos cuesta admitir que no sabemos algo. Aún más difícil es admitir que no todo tiene explicación. Entonces, aun cuando admitimos que no sabemos, buscamos una explicación, venga de donde venga. Es absolutamente humano, saciar la curiosidad del Por Qué. El asunto es que muchos de estos artículos y cadenas y blogs -definitivamente no todos- expresan opiniones que no tienen fundamentos sólidos, que seguido van en contra del consenso científico, y que además pueden generar peligro y asperezas. Enfermedades que se habían extinguido pueden regresar, gente puede salir herida al recibir el peso de la culpa de algo que no cometieron; en los casos menos dañinos quienes pregonan las opiniones se vuelven millonarios ofreciéndose como la cura del problema en turno.

Es cierto también que el consenso científico no siempre está en lo correcto; de hecho, está en constante evolución. Hay mecanismos internos que, aunque lentos, van corrigiendo los errores del pasado y van mejorando nuestro entendimiento del mundo, en base al método científico y a la revisión ardua de investigaciones. Un consenso sólo existe tras muchos años de estudios que coinciden lo suficiente en sus conclusiones.  Cuando un estudio muestra resultados muy diferentes, no tiene el mismo peso que todos los que han tenido resultados consistentes y forman el consenso. Éste puede cambiar conforme se realicen nuevas investigaciones, pero sólo con el tiempo y la acumulación de información fidedigna.

Hay varias maneras de comprobar la información que recibimos, si bien ninguna es perfecta. No es tan sencillo como sólo hacer una búsqueda en Google, se necesita un par de pasos más. Verificar las fuentes, el nombre de las personas que hicieron el artículo y los estudios, la fecha de publicación y la institución que los respalda. Cuando lo que se comparte no se trata de un estudio científico, aplican pasos muy similares: buscar las noticias en varias fuentes diferentes, verificando que todas sean lo más confiables posibles, investigar sobre los protagonistas de las noticias y los autores de los artículos, los antecedentes y consecuencias del hecho en cuestión.

Una conversación de Whatsapp, un post en Facebook, un artículo en un blog, no pueden ser el principio y el fin de nuestras fuentes de información. No podemos compartir sin estar informados, porque así, demasiado a menudo, lo que compartimos es desinformación.

Te invito a que investigues las fuentes de lo que compartes, a que propagues información acertada y opiniones fundamentadas: #ComparteInformado.

La delgada línea de pixeles #2

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Hasta hace varios años -en algún punto de mis estudios profesionales- no batallaba para despertarme. Se escuchaba el despertador y casi saltaba, volaba de la cama, y en dos o tres minutos ya tenía puestos mis lentes de contacto y me estaba metiendo a bañar. De niño el asunto era aún más extremo: me levantaba a las cinco de la mañana, sin despertador y del mejor humor posible, a esperar a que terminaran los infomerciales y empezaran las caricaturas. Luego perdí la costumbre, ahora soy esclavo del snooze. No sé si podría levantarme de nuevo tan temprano y con tanto ánimo. Tal vez con la motivación adecuada. Para México, en los últimos meses, ha surgido un tipo de motivación: La Mañanera. 

El presidente López Obrador se levanta en algún punto incierto, 4:45 o 5:00 de la mañana, llega a su junta de seguridad a las seis, y tiene su conferencia de prensa a las siete. Este ejercicio repercute de muchas maneras; la principal es que básicamente define la agenda y la noticia del día, mantiene cierto control sobre la narrativa de “México”. La hipervelocidad de la carretera digital obliga a los medios a publicar rápidamente en línea su recuento de la mañanera. El resto del día se trata de alcanzar al presidente para el resto de los partidos políticos -a veces para su mismo partido- y para el resto de los medios y del país. En E.U.A. ha sucedido algo parecido, pero con ciertas diferencias claras. El presidente Trump, a través de su cuenta de Twitter, dispara a su manera para controlar la conversación. Cada nuevo tweet es, como con las mañaneras, un shot de adrenalina para los medios y los políticos, y para el público en general que los escuche.

Como decía, hay varias diferencias entre las maneras de comunicar de los presidentes. Una de ellas es el nivel de impredecibilidad. Es cierto que no siempre se saben todos los temas que se van a tratar en La Mañanera -si bien se tiene una idea de que ciertos temas no pueden evitar tocarse- pero sabemos que empezará alrededor de las siete, que va a haber preguntas, y últimamente que algún invitado intentará “viralizar” su cuestionamiento del presidente. En el caso de Trump, es casi imposible predecir sus patrones en Twitter. Más allá de que seguramente hará un comentario sobre algo que vio en Fox News, pareciera que permanecer impredecible es parte de la estrategia. Nos esperábamos los tweets de Witch Hunt y el incesante uso de mayúsculas, pero más allá de eso hemos visto desde decretos presidenciales, hasta memes e insultos de arenero.

Creo que hay otras dos grandes diferencias. La primera es el público que lo recibe y expande. La Mañanera va dirigido en principio a todos, se transmite gratuitamente por internet, pero en realidad son los medios y otros políticos quienes normalmente la ven, y luego la procesan para el resto. Los tweets de Trump van dirigidos también al público en general, y en este caso su disponibilidad hace que ese público, los medios, sus fans y sus críticos, lo vean con facilidad. Cualquiera ve un tweet  de Trump a cualquier hora, no todos ven una conferencia de prensa completa por la mañana.

La última gran diferencia, que estimo es la más importante, es que por parte de López Obrador parece haber un esfuerzo sincero de que se hable de política pública. Habrá errores, discusiones, evasiones de ciertos temas, pero en fin se habla de lo que se está intentando hacer en el país. Por parte de Trump casi todo parece girar alrededor de la idea del espectáculo, del “ve cómo se enojan por lo que puse” y “ve cómo mis fans saltan de alegría”. López Obrador al menos intenta un ejercicio democrático, con sus fallas; Trump busca crear Reality TV en menos de 280 caracteres.

La delgada línea de pixeles

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La primera entrega de cualquier columna habría de responder a la pregunta básica: ¿Para qué? ¿Cuál es su razón de existir? ¿Qué va a aportar a la conversación? Porque en principio, aunque las columnas a veces pequen de monologar, forman parte inevitablemente de una conversación y representan una opinión. La advertencia, en algún lugar de la página: las opiniones expresadas en esta columna no son responsabilidad de este medio informativo. En lugar de valerse de un estilo periodístico sobrio y mesurado, la columna bombardea de voces únicas y ruidosas a quienes la leen -y al leerla pasan a formar parte de La Conversación. En mayúsculas porque es La Única Conversación Real, La Única Conversación Que Vale La Pena, La Única Conversación En La Que Se Discute Entre Gente Seria Y Pensante.

Era -y es- absolutamente necesario que La Conversación terminara o mutara, que el elitismo de todo tipo y la Torre de Babel se derrumbaran, pero ahora sigue contemplar la nueva conversación. Ésta llegó, y sigue llegando, con la democratización (parcial) de la información, con las redes sociales, con las pláticas del water cooler que se convirtieron en temas virales y todo lo demás que conllevó a la accesibilidad universal de los blogs y los posts. La auténtica discusión pública se hizo aparentemente posible para todos, emulando al ágora en su edición posmoderna y millenial. Si el punto de las columnas era formar parte de La Conversación, comentar sobre el estado del país y el mundo, generar discusión a través de opiniones informadas, ¿cuál es su papel hoy? ¿aún vale la pena hacer una columna? ¿No sería casi igual de provechoso en su aporte tomar screenshots de conversaciones en Twitter entre personas públicas y entes semi-anónimos? ¿No se habrá perdido o al menos “ennichado” a la columna tradicional a un rincón, a una cámara de ecos que se irán volviendo cada vez más pequeños ante el avance del enjambre del online?

Tal vez esa es la frontera que queda, si es que tiene sentido llamarle frontera: la delgada línea de pixeles entre la opinión informada y el culto a la opinión basada en las emociones, entre el argumento construido -aparentemente- sobre bases sólidas, y los comentarios impulsivos y los ataque ad hominem, y entre la prerrogativa de lo viral y la rapidez de publicación y la comprobación de información y el cuidado minucioso de los detalles. En fin, entre una columna en un medio establecido, con sus filtros y estándares y una publicación de Facebook de un perfil público. Creo que es cada vez más claro que la forma de hacer las cosas, de compartir información y de formar opiniones está cambiando. 

Quizá la razón de ser de esta columna tendrá que ver con eso, explorar cómo las ideas en el apogeo de las redes sociales pasan de media docena de cuentas de Twitter a un movimiento de repercusiones internacionales, como bolas de nieve, de guijarros a bolas gigantes que persiguen al Indiana Jones en turno, a menudo claramente con la razón esgrimida en mano, y el enojo en la otra.

Quizá la columna vaya cambiando con el tiempo.

No estoy seguro de haber resuelto el Por Qué del todo, pero eso será parte de cada reflexión semanal. Mi promesa solemne al lector y compañero de conversación, es que mi preocupación máxima siempre será la autocrítica y la búsqueda de algo cercano a la verdad, que nos elude tanto en estos días. Y el único compromiso que me interesa de ustedes es que participen, lean, discutan, contesten, critiquen.

Hasta la próxima.