La delgada línea de pixeles #8: “Monitos”

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De niño jugaba mucho con monitos, figuras de acción, como les quisieran llamar. Tenía los indispensables muñecos del Santo y Blue Demon que me regalaron en alguna piñata. A Woody y a Buzz. Un sinfín de figuras de Lego, de Star Wars, de Johnny Thunder (la versión de Indiana Jones de Lego de aquella época). A veces hasta usaba mis manos, cuando estaba aburrido en algún lugar donde no había juguetes a la mano. Recuerdo unos aliens pequeños coleccionables, y unos ninjas de colores que sólo se podían obtener en unas maquinitas dispensadoras en el Sunrise Mall en McAllen, Texas. Los monitos peleaban entre ellos, recreaban tragedias Shakespereanas y épicas griegas sin que yo entendiera todavía ninguna de esas referencias. Al final, yo estaba en control, se acababa el juego, a regañadientes, y los juguetes se enfriaban en algún cajón.

Imaginen esta situación: Yo tengo un mono azul, que me regalaron, que es el mono más valioso del mundo porque nunca ha sido derrotado. Parece invencible. Pero desde alto se cae muy fuerte; empiezo a entrenar otro mono para que lo derrote. El montaje completo sucede durante una mañana de domingo, el mono retador va derrotando a otros, muchos se le unen y luego se van, porque sólo él puede ser vencedor. Al final el mono retador, de metal, de color rojo y amarillo, se enfrenta al mono azul. Y por un pelo, pierde. O eso parece. Luego decido: es hora de que el mono azul sea derrotado. Milagrosamente, con nuevo arsenal (una espada de plástico improvisada que se rompe al primer golpe) el mono de metal rojo y amarillo regresa, y en el último segundo, con un chasquido de dedo, gana. Y así Disney, con dos monitos, se convierte en el rey del mundo.

“Avatar”, de James Cameron, es una historia técnicamente original, de ciencia ficción, que Disney obtuvo recientemente al comprar 20th Century Fox. Era la película más taquillera de la historia, en su primera semana recaudó 77 millones de dólares, para terminar con 2,790 tras un año y un reestreno. “Avengers: Endgame“, es la secuela número 22 de una serie de películas basadas en personajes de cómics, muchos de los cuales eran prácticamente desconocidos fuera del medio antes de que aparecieran en películas.  Es la película más taquillera de la historia, en su primera semana recaudo 1,200 millones de dólares, 15 veces lo que recaudó “Avatar”; suma al día de hoy 2,794 millones. Para muchos de sus fanáticos, ese triunfo es una reafirmación de la dominación del género de películas de superhéroes, un triunfo para los geeks, para los fans auténticos, los que la fueron a ver 15 o 20 veces al cine. Para otros es una señal del fin del mundo, un apocalipsis de secuelas y megacorporaciones.

Para mí es dos cosas. La primera es que vivimos simultáneamente en una época dorada de contar historias y de ambición cinematográfica, que recorre películas y medios, a la vez que vivimos en un gigantesco basurero de contenido en donde todo está basado o inspirado en algo más (eso en sí no es malo pero muchas veces resulta en historias estériles y grandes decepciones) y en donde lo auténticamente original, o lo que al menos hace el esfuerzo de serlo, se cae por la borda casi siempre.  La segunda es que en no mucho tiempo, Disney será dueño de toda propiedad intelectual bajo el sol. James Cameron trabaja en cuatro secuelas de “Avatar”, y Marvel en secuelas perpetuas a su mundo cinematográfico; además están “Star Wars” e “Indiana Jones”, y los remakes de otras películas de Fox que ya suenan, como “Home Alone“. Yo espero con ansias el remake Live-Action de “Bernardo y Bianca”.

La delgada línea de pixeles: “Eternamente aburrido”

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De niño, lo que más me aterraba de mi religión -por encima de los exorcismos- era la idea del infinito. ¿Cómo podemos concebir el tamaño de algo que no termina? Alfa y omega, repetidos por siempre. Cualquier actividad repetida hacia el infinito es terrorífica. Hagan el ejercicio. Desayunar chilaquiles todos los días. Hasta que asocies automáticamente el bostezo mañanero con el sabor a tortilla y salsa y frijol si bien te fue. Y luego sigue por siempre. Bailar por siempre. Parpadear por siempre. Una partida de ajedrez donde nadie gana. Una fiesta de la que nadie se va, seguida de una misa que nunca se acaba. No sé malabarear, pero me imagino a un profesional del oficio, malabareando cuchillos, una hora, dos horas, muchas más, y luego por siempre, sin parar, siempre a punto de perder un par de dedos.

¿Cuántos años voy a vivir? La persona promedio de mi edad en México tiene una esperanza de vida de 73 años, espero vivir un poco más y es probable que los avances tecnológicos que sucedan durante mi vida lo permitan. Si vivo más podré viajar y leer más libros y disfrutar a mi familia más tiempo. ¿Cuántos años se necesitan para leer “En busca del tiempo perdido” en francés? Con esos me conformo, igual y son muchos ya. La obsesión con la inmortalidad, que ha permeado al ser humano desde siempre, seguramente tiene un origen instintivo en el miedo a la muerte, porque la muerte es el que estimamos como el peor de los daños, y evitar un daño es un directivo básico de nuestros genes. Pero, ¿Qué hubiera hecho Enrique VIII con la piedra filosofal? ¿Hablaríamos de las 660 esposas -y contando- del rey Enrique? 

El dios judeocristiano, al menos con el que estoy familiarizado, es eterno, no había nada antes de él ni nada después. ¿Pero que hace Dios con su tiempo? Crea mundos y ve como se desenvuelven y cambian y crecen y -seguramente en muchos casos- se autodestruyen. Ante una vida que nunca acaba, probablemente no habría más que observar. ¿Cuándo dejaría la vida de sorprendernos? ¿Luego de que la onceava civilización casi-interplanetaria se extinguiera en un holocausto nuclear? ¿Tal vez con la doceava? Tal vez le tengo tanto miedo al infinito porque sólo puede resultar en el aburrimiento total. No importa que tanto le guste a alguien viajar o comer chilaquiles o malabarear, si el tiempo es eterno, eventualmente se va a aburrir. Decía Italo Calvino que los clásicos nunca terminan de decir lo que tienen que decir, pero seguramente sólo leyó el Quijote tres o cuatro veces. Imaginen leerlo nueve millones de veces. Paris podrá ser la ciudad de las luces y ser eterna e imposible de experimentar en su totalidad, pero ¿qué queda cuando el tiempo acumulado que tienes en el Museo de Orsay es 50 mil millones de años? Uso números así de grandes para poner la eternidad en perspectiva. Todos tenemos algo que podríamos hacer tal vez unos 1000 años, creo que tener sexo estaría en la lista de muchos, tal vez jugar fútbol. ¿Pero seguir haciéndolo por un trillón de años (un uno y 19 ceros)? Y ya entrando en el tema de actividades que requieren -o al menos se recomienda que así sea- de esfuerzo físico de algún tipo, ¿Qué tanto tiempo nos mantendríamos capaces de movernos? Aunque fuéramos jóvenes por siempre, que no es una promesa que necesariamente va de la mano con la vida eterna, eventualmente nos aburriríamos y no sabríamos que hacer y nos quedaríamos sentados, y nuestros músculos se atrofiarían hasta que perdiéramos todas nuestras fuerzas y fuéremos sólo huesos inmortales con un poco de pellejo. Tal vez debería concentrarme mejor en la vida “in-eterna” y perder menos tiempo en el scrolling, que tal vez es lo único que sí es eterno.

La delgada linea de pixeles #6

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En la película “Un Profeta” de Jacques Audiard, la prisión cambia completamente a un joven de ascendencia argelina, Malik: entra como un delincuente común y sale como jefe de una organización criminal. Pero hay algunos cambios más sutiles. Cuando a Malik le permiten salir ocasionalmente de prisión, le hacen un chequeo corporal completo, incluyendo de su boca y su lengua. Más tarde en el filme, cuando pasa por el chequeo de un aeropuerto y le exigen que extienda los brazos para pasar el escáner, instintivamente saca la lengua, sin que le pidan. Se tarda unos segundos en recordar que no está en el chequeo de prisión. Esas rutinas y hábitos sutiles nos afectan a todos, probablemente de maneras menos siniestras que a Malik. Los hacemos sin darnos cuenta, y sólo cuando de pronto algo no encaja nos preguntamos cómo fue que se volvió una acción tan común que ya es instinto.

Mis hábitos invisibles varían de lo insignificante e incluso algo cómico, hasta lo francamente dañino. Por ejemplo: En el edificio donde trabajo, como en la gran mayoría en la época actual, necesitas una tarjeta con un chip que te permite llegar al piso al que vas. Me pasa cada vez más seguido, tras un par de meses ahí, que saco mi tarjeta sin importar en que elevador esté, incluso en centros comerciales o cuando voy al departamento de mis abuelos. Alguien me habrá visto raro o se habrá reído. De algunos de estos hábitos ya soy consciente, pero no lo fui por mucho tiempo: cuando hablo con el copiloto del carro que manejo, cada que le dirijo la palabra lo volteo a ver, dejando de ver hacia la calle; muy seguido interrumpo o corrijo a otras personas sin pensarlo; cuando conozco a alguien perteneciente a algún país o alguna religión o algún grupo ajeno al mío, automáticamente asumo algo de ellos.

El peor de los hábitos invisibles, probablemente el más común -diría que todos los tienen si no quisiera toparme con una pared de ironía- es el del prejuicio. Inevitablemente asumimos algo sobre una persona que conocemos, o simplemente que vemos del otro lado de la calle, y muchas veces el juicio inicial que tenemos de esa persona, negativo o positivo, está basado en datos que no deberían ser importantes para dicho juicio. En el mejor de los casos lo que asumimos representa una amalgama de ideas formadas de encuentros previos, y en el peor un estereotipo incorrecto y humillante. Juzgamos a las personas por su forma de vestir, su forma de peinarse, su color de piel. 

Hay un debate científico alrededor del origen del prejuicio: es posible que existiera en alguna forma en nuestros ancestros evolutivos, así como es posible que se desarrollara con la consciencia del ser humano y es único a nuestra especie. Y en cuanto al resto de los prejuicios, esos que se volvieron hábitos invisibles por el ambiente en el que crecimos o los tiempos que nos tocó vivir, esos hay que taladrarlos y martillarlos y ya con los escombros reconstruirnos de una mejor manera.

La delgada línea de pixeles #5

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A continuación hay spoilers del final de Game of Thrones

Aunque sonó muy poco convincente -y yo estoy hablando de esto un poco tarde y asumiendo que todos ven la serie a sabiendas que no es así- el discurso que Tyrion Lannister dio en el último capítulo de la serie de Game of Thrones aún me persigue. No sé si me hubiera convencido de nombrar a Bran Stark como rey de los ahora súbitamente seis reinos, pero es cierto que lo que nos une son las historias, como dice el enano, aunque no sólo nos unen. Las historias que nos contamos a nosotros mismos, sobre el país en el que vivimos, la familia a la que pertenecemos, lo que hicimos y lo que queremos hacer. El nacionalismo, el fascismo, la resistencia, la protesta, todos los movimientos que han existido, todos dependen de que entendamos las historias que nos cuentan. Estas historias, claro, a diferencia de una serie de HBO, tienen repercusiones directas en las vidas de la gente que las cuenta, que las vive. El motor de la civilización son estas historias. Pero también son la tuerca en los engranes, la falta de aceite, el “desvieladero”.

Algunas historias activamente buscan desvielar el motor, quizá desde siempre pero hoy con más armas. No es exageración pensar en grupos de trolls en internet que, por cualquier razón, sea por miedo a un mundo que cambia rápidamente, por sones de venganza, por una emulación desviada al guasón de El Caballero de la Noche, quieren que el mundo se desviele. Para otros, como para Petyr Baelish, o Littlefinger, otro personaje de la serie, el caos es una escalera. Un montón de personajes, cada vez más numerosos, explotan los miedos y la incertidumbre para vendernos la salvación, los dragones o un grupo de mercenarios, y en el caos buscan acumular poder. Las historias más poderosas son las más simples. El enemigo que viene a aniquilarnos, y el mesías que viene a salvarnos. La comida que escasea gracias al otro, y la quincena que llega gracias al otro más, al que está de nuestro lado.

Lo que ignoramos, la miopía tal vez inherente a nuestra especie, es justamente que hay muchas otras historias, y que muchas de ellas son verdad para la gente que las cuenta. Eso no significa que sean historias reales, que tengan los argumentos de su lado o que deban ser reconocidas y apreciadas sólo por ser, sino que el hecho de reconocer su existencia nos obliga a ver nuestras propias historias desde los ojos de otros.

Las cámaras selladas del internet, o de la sociedad de hoy, que algunos ya verán casi como sinónimos, parecen sólo enseñarnos contenido que confirme las historias que creemos, y cuando nos enseña contenido que va contra ellas pareciera es para que creamos de manera más reacia en nuestras historias. O tal vez son sólo algoritmos. Nuestras burbujas, aumentadas y potenciadas, nos acercan cada día más a no sólo contar historias paralelas, sino a vivir en realidades diferentes. 

Al llegar a ese enunciado me encuentro con mi propia miopía: siempre hemos vivido en realidades diferentes, un exiliado del Tíbet y el príncipe de Mónaco. Pero el internet, que nos acerca más y más historias, muchas terribles y falsas y otras muchas -quisiera creer que la mayoría- esperanzadoras y llenas de empatía, podría tener el efecto de acercar nuestras realidades. Pero ¿Quién quiere eso? ¿Quién quiere admitir que la historia que siempre le han contado puede no ser La Única? ¿Quién está abierto a pensar desde el otro? 

Fue difícil creer que en el discurso de Tyrion no sólo porque es debatible que la historia de Bran sea la mejor, pero porque las historias no sólo nos unen, lamentablemente también nos separan. Ojalá escuchemos más historias, ojalá entendamos a más personas, ojalá aceitemos el motor y no nos dejemos llevar por nuestras miopías.

La delgada línea de pixeles no. 4

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Es un sábado por la mañana, y tengo una cita con un proveedor. La cita la hizo alguien más, entonces es la primera vez que lo voy a conocer. Entablamos plática sobre el proyecto, y minutos después me pasa su contacto. Comienzo escribiendo su primer nombre; inmediatamente mi celular me sugiere el apellido que corresponde. Me sobresalto por un momento. 

Y luego excavo entre mis recuerdos: me pasaron el nombre del proveedor anteriormente, por WhatsApp, y la aplicación que utilizo para el teclado de mi celular tiene permiso de recoger mis mails y conversaciones, para mejorar así su capacidad de predecir lo que voy a escribir. En el momento en el que se me sugirió esto, que en teoría era opcional, me sonó como algo lógico. La aplicación hace énfasis en ahorrarte tiempo con sus predicciones, y esa era la mejor manera de hacerlo. Es hasta ese momento, cuando predijo el nombre del contratista, con quien hablaba por primera vez y cuyo contacto estaba grabando apenas en mi celular, que me di cuenta de la rienda suelta que le di a la aplicación. Lo peor, claro, es que le he dado ese mismo acceso, o similares, a un montón de otras aplicaciones y aparatos y sitios web. 

Decimos que queremos privacidad, ¿pero realmente la queremos? ¿es posible siquiera tenerla? ¿Qué es exactamente la privacidad en época de Instagram y Facebook y Google Maps? Google Maps me envía notificaciones cuando llego a un restaurante o tienda y me pide que la califique o que responda preguntas sobre ella. Facebook me sugiere amigos que corresponden a contactos que existen en mi celular, a pesar de que nunca le he dado acceso directo a mis contactos (probablemente alguno de esos amigos sugeridos sí le ha dado acceso a Facebook a los suyos). 

El único remedio parecía ser mantenernos fuera de estas redes sociales, pero el simple hecho de tener un celular funcional probablemente ya nos robó parte de la privacidad, y si nuestros amigos están en esas redes muy probablemente como quiera existe un perfil de nosotros, bosquejado a partir de nuestros conocidos.

La privacidad de nuestra información la dejamos atrás hace mucho, y difícilmente hay vuelta atrás. Pero hay algo más siniestro en juego: la privacidad sobre nuestras decisiones.

El fin último de obtener nuestra información para los leviatanes del internet, no es conocer nuestro nombre, donde vivimos y a que le damos me gusta en Instagram; el fin último es utilizar esa información para predecir las decisiones que vamos a tomar, y poder, hasta cierto punto, orillarnos a escoger las que más le convengan a quien haya comprado nuestra información. A Facebook no le sirve de nada saber que le di me gusta a una página de tenis Adidas. Esa información es valiosa sólo cuando venden espacio en los sitios web que visito a revendedores o la misma Adidas, esperando a que haga clic y que les compre unos tenis nuevos.

Mientras más años pasen y más años estemos inmersos en el internet, y compremos y busquemos y opinemos en el internet, nuestros perfiles se volverán más complejos, los anuncios más sofisticados, y la manipulación a la que nos sometan más sutil.

¿Hay algo que podamos hacer? 

No estoy seguro. Fuera de volvernos ermitaños digitales -que como quiera no evitaría el problema del todo a menos que todos nuestros conocidos también lo fueran- quizá no hay más que mantenernos atentos, conscientes, y siempre contemplar por qué tomamos las decisiones que tomamos, desde seguir una página de Instagram hasta hacer una compra importante en línea. Renunciamos a nuestra privacidad, al menos a parte ella; hay que mantener -hasta donde sea posible- el control sobre nuestras decisiones.

La delgada línea de pixeles #3

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A veces me envían, como a todos, cadenas de escritos larguísimos sobre tal o cual tema controversial.  Los artículos de vez en cuando no son tan largos, pero se sienten porque en realidad casi siempre son un tapiz parchado de un montón de fuentes diferentes. Me llegan y a veces los leo completos, a veces sólo un pedazo, a veces prefiero ignorarlos. He leído los suficientes como para saber el tipo de contenido que la mayoría tienen. Mucha información anecdótica, representaciones incompletas de datos estadísticos, apelación a una serie de aparentes figuras de autoridad (doctores, ingenieros, expertos de todo tipo) que usualmente o son difíciles de encontrar, o tienen opiniones con fundamentos nebulosos. Lo mismo con los reportes a los que hacen referencia. Las vacunas causan autismo, la Coca-Cola causa Alzheimer, todo es una conspiración de la que sólo puedes salvarte si escuchas a quienes gritan desde la periferia.

A menudo, nos cuesta admitir que no sabemos algo. Aún más difícil es admitir que no todo tiene explicación. Entonces, aun cuando admitimos que no sabemos, buscamos una explicación, venga de donde venga. Es absolutamente humano, saciar la curiosidad del Por Qué. El asunto es que muchos de estos artículos y cadenas y blogs -definitivamente no todos- expresan opiniones que no tienen fundamentos sólidos, que seguido van en contra del consenso científico, y que además pueden generar peligro y asperezas. Enfermedades que se habían extinguido pueden regresar, gente puede salir herida al recibir el peso de la culpa de algo que no cometieron; en los casos menos dañinos quienes pregonan las opiniones se vuelven millonarios ofreciéndose como la cura del problema en turno.

Es cierto también que el consenso científico no siempre está en lo correcto; de hecho, está en constante evolución. Hay mecanismos internos que, aunque lentos, van corrigiendo los errores del pasado y van mejorando nuestro entendimiento del mundo, en base al método científico y a la revisión ardua de investigaciones. Un consenso sólo existe tras muchos años de estudios que coinciden lo suficiente en sus conclusiones.  Cuando un estudio muestra resultados muy diferentes, no tiene el mismo peso que todos los que han tenido resultados consistentes y forman el consenso. Éste puede cambiar conforme se realicen nuevas investigaciones, pero sólo con el tiempo y la acumulación de información fidedigna.

Hay varias maneras de comprobar la información que recibimos, si bien ninguna es perfecta. No es tan sencillo como sólo hacer una búsqueda en Google, se necesita un par de pasos más. Verificar las fuentes, el nombre de las personas que hicieron el artículo y los estudios, la fecha de publicación y la institución que los respalda. Cuando lo que se comparte no se trata de un estudio científico, aplican pasos muy similares: buscar las noticias en varias fuentes diferentes, verificando que todas sean lo más confiables posibles, investigar sobre los protagonistas de las noticias y los autores de los artículos, los antecedentes y consecuencias del hecho en cuestión.

Una conversación de Whatsapp, un post en Facebook, un artículo en un blog, no pueden ser el principio y el fin de nuestras fuentes de información. No podemos compartir sin estar informados, porque así, demasiado a menudo, lo que compartimos es desinformación.

Te invito a que investigues las fuentes de lo que compartes, a que propagues información acertada y opiniones fundamentadas: #ComparteInformado.

La delgada línea de pixeles #2

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Hasta hace varios años -en algún punto de mis estudios profesionales- no batallaba para despertarme. Se escuchaba el despertador y casi saltaba, volaba de la cama, y en dos o tres minutos ya tenía puestos mis lentes de contacto y me estaba metiendo a bañar. De niño el asunto era aún más extremo: me levantaba a las cinco de la mañana, sin despertador y del mejor humor posible, a esperar a que terminaran los infomerciales y empezaran las caricaturas. Luego perdí la costumbre, ahora soy esclavo del snooze. No sé si podría levantarme de nuevo tan temprano y con tanto ánimo. Tal vez con la motivación adecuada. Para México, en los últimos meses, ha surgido un tipo de motivación: La Mañanera. 

El presidente López Obrador se levanta en algún punto incierto, 4:45 o 5:00 de la mañana, llega a su junta de seguridad a las seis, y tiene su conferencia de prensa a las siete. Este ejercicio repercute de muchas maneras; la principal es que básicamente define la agenda y la noticia del día, mantiene cierto control sobre la narrativa de “México”. La hipervelocidad de la carretera digital obliga a los medios a publicar rápidamente en línea su recuento de la mañanera. El resto del día se trata de alcanzar al presidente para el resto de los partidos políticos -a veces para su mismo partido- y para el resto de los medios y del país. En E.U.A. ha sucedido algo parecido, pero con ciertas diferencias claras. El presidente Trump, a través de su cuenta de Twitter, dispara a su manera para controlar la conversación. Cada nuevo tweet es, como con las mañaneras, un shot de adrenalina para los medios y los políticos, y para el público en general que los escuche.

Como decía, hay varias diferencias entre las maneras de comunicar de los presidentes. Una de ellas es el nivel de impredecibilidad. Es cierto que no siempre se saben todos los temas que se van a tratar en La Mañanera -si bien se tiene una idea de que ciertos temas no pueden evitar tocarse- pero sabemos que empezará alrededor de las siete, que va a haber preguntas, y últimamente que algún invitado intentará “viralizar” su cuestionamiento del presidente. En el caso de Trump, es casi imposible predecir sus patrones en Twitter. Más allá de que seguramente hará un comentario sobre algo que vio en Fox News, pareciera que permanecer impredecible es parte de la estrategia. Nos esperábamos los tweets de Witch Hunt y el incesante uso de mayúsculas, pero más allá de eso hemos visto desde decretos presidenciales, hasta memes e insultos de arenero.

Creo que hay otras dos grandes diferencias. La primera es el público que lo recibe y expande. La Mañanera va dirigido en principio a todos, se transmite gratuitamente por internet, pero en realidad son los medios y otros políticos quienes normalmente la ven, y luego la procesan para el resto. Los tweets de Trump van dirigidos también al público en general, y en este caso su disponibilidad hace que ese público, los medios, sus fans y sus críticos, lo vean con facilidad. Cualquiera ve un tweet  de Trump a cualquier hora, no todos ven una conferencia de prensa completa por la mañana.

La última gran diferencia, que estimo es la más importante, es que por parte de López Obrador parece haber un esfuerzo sincero de que se hable de política pública. Habrá errores, discusiones, evasiones de ciertos temas, pero en fin se habla de lo que se está intentando hacer en el país. Por parte de Trump casi todo parece girar alrededor de la idea del espectáculo, del “ve cómo se enojan por lo que puse” y “ve cómo mis fans saltan de alegría”. López Obrador al menos intenta un ejercicio democrático, con sus fallas; Trump busca crear Reality TV en menos de 280 caracteres.

La delgada línea de pixeles

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La primera entrega de cualquier columna habría de responder a la pregunta básica: ¿Para qué? ¿Cuál es su razón de existir? ¿Qué va a aportar a la conversación? Porque en principio, aunque las columnas a veces pequen de monologar, forman parte inevitablemente de una conversación y representan una opinión. La advertencia, en algún lugar de la página: las opiniones expresadas en esta columna no son responsabilidad de este medio informativo. En lugar de valerse de un estilo periodístico sobrio y mesurado, la columna bombardea de voces únicas y ruidosas a quienes la leen -y al leerla pasan a formar parte de La Conversación. En mayúsculas porque es La Única Conversación Real, La Única Conversación Que Vale La Pena, La Única Conversación En La Que Se Discute Entre Gente Seria Y Pensante.

Era -y es- absolutamente necesario que La Conversación terminara o mutara, que el elitismo de todo tipo y la Torre de Babel se derrumbaran, pero ahora sigue contemplar la nueva conversación. Ésta llegó, y sigue llegando, con la democratización (parcial) de la información, con las redes sociales, con las pláticas del water cooler que se convirtieron en temas virales y todo lo demás que conllevó a la accesibilidad universal de los blogs y los posts. La auténtica discusión pública se hizo aparentemente posible para todos, emulando al ágora en su edición posmoderna y millenial. Si el punto de las columnas era formar parte de La Conversación, comentar sobre el estado del país y el mundo, generar discusión a través de opiniones informadas, ¿cuál es su papel hoy? ¿aún vale la pena hacer una columna? ¿No sería casi igual de provechoso en su aporte tomar screenshots de conversaciones en Twitter entre personas públicas y entes semi-anónimos? ¿No se habrá perdido o al menos “ennichado” a la columna tradicional a un rincón, a una cámara de ecos que se irán volviendo cada vez más pequeños ante el avance del enjambre del online?

Tal vez esa es la frontera que queda, si es que tiene sentido llamarle frontera: la delgada línea de pixeles entre la opinión informada y el culto a la opinión basada en las emociones, entre el argumento construido -aparentemente- sobre bases sólidas, y los comentarios impulsivos y los ataque ad hominem, y entre la prerrogativa de lo viral y la rapidez de publicación y la comprobación de información y el cuidado minucioso de los detalles. En fin, entre una columna en un medio establecido, con sus filtros y estándares y una publicación de Facebook de un perfil público. Creo que es cada vez más claro que la forma de hacer las cosas, de compartir información y de formar opiniones está cambiando. 

Quizá la razón de ser de esta columna tendrá que ver con eso, explorar cómo las ideas en el apogeo de las redes sociales pasan de media docena de cuentas de Twitter a un movimiento de repercusiones internacionales, como bolas de nieve, de guijarros a bolas gigantes que persiguen al Indiana Jones en turno, a menudo claramente con la razón esgrimida en mano, y el enojo en la otra.

Quizá la columna vaya cambiando con el tiempo.

No estoy seguro de haber resuelto el Por Qué del todo, pero eso será parte de cada reflexión semanal. Mi promesa solemne al lector y compañero de conversación, es que mi preocupación máxima siempre será la autocrítica y la búsqueda de algo cercano a la verdad, que nos elude tanto en estos días. Y el único compromiso que me interesa de ustedes es que participen, lean, discutan, contesten, critiquen.

Hasta la próxima.