Apuntes sobre los indicadores del bienestar

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Los gobiernos alrededor del globo suelen competir acorde a una serie de indicadores que muestran el rendimiento que ha tenido su país en los últimos años, de esta forma se demuestra músculo ante los demás actores del escenario internacional o incluso compiten internamente con las administraciones anteriores para demostrar desde una óptica político electoral, que se vive mejor bajo su mandato.

Producto Interno Bruto

El indicador más común suele ser el Producto Interno Bruto (PIB), introducido por el economista Simon Kusnetz en 1934 en el reporte titulado “National Income 1929-1932”, mismo que entregaría al Congreso de los Estados Unidos durante la época de la Gran Depresión (1929-1939). El PIB tomaría la relevancia que tiene actualmente debido a que la medición sobre la productividad que ofrece, permitió que en ese entonces el gobierno de los Estados Unidos pudiera tomar decisiones que favorecieran precisamente la productividad y el empleo. Siendo una manera de ligar la economía con el bienestar es que se convirtió en el indicador por excelencia, pero a pesar de la necesaria información que nos revela, es insuficiente, pues se limita solo al terreno económico dejando a un lado aspectos de desarrollo social, medio ambientales o de calidad de vida.

Para el año 2017, estos fueron los 10 países (incluyendo a la Zona Euro) con mayor PIB:

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Comparativa del PIB anual a nivel mundial para el año 2017. Expansión / Datos Macro.

Por otro lado, el PIB per cápita nos da una noción de la distribución de esa productividad entre los habitantes de la población, de este modo damos cuenta del ingreso del habitante promedio en dicho país. Lo que supondría que al tener mayor renta, el habitante accede a mejores servicios y bienes que lo llevan al bienestar. La siguiente tabla nos muestra los diez primeros países en esta variable en el año 2017: 

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Comparativa del PIB per cápita anual a nivel mundial para el año 2017. Expansión / Datos Macro.

Índice de Desarrollo Humano

En lo que representa un paso hacia adelante con respecto a la medición del bienestar, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) mediante el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) elabora desde el año 1990 lo que se conoce como Índice de Desarrollo Humano. 

Basado en las ideas de los economistas Amartya Sen y Mahbub ul Haq, este indicador nos presenta tres dimensiones fundamentales en la vida de todo ser humano: Salud, Educación y Riqueza.

La dimensión de la salud se calcula en base a la esperanza de vida al nacer, la dimensión de la educación se calcula de acuerdo a la tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta combinada de matriculación en educación primaria, secundaria y superior, así como los años de duración de la educación obligatoria y finalmente, la dimensión de la riqueza se mide conforme al PIB per cápita y la paridad de poder adquisitivo (PPA).

La siguiente tabla nos muestra a los primeros diez países en el IDH para el año 2016 (último año de medición): 

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Índice de Desarrollo Humano 2016. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

En esta tabla podemos ver que sólo 3 países que figuraban entre los primeros diez en la lista del PIB mundial aparecen entre los primeros diez del IDH: Estados Unidos, Alemania y Australia. 

Índice de Progreso Social

Ahora bien, estamos de acuerdo en que el IDH representa un mejor indicador de bienestar que solamente el PIB y a lo largo de los últimos años se ha convertido en un indicador esencial en el mundo como para los países, pero sigue dejando fuera elementos esenciales que permitirían visualizar la situación social de manera más objetiva. Por ejemplo, viendo la posición de México (77) en el IDH nos damos cuenta de que Cuba (68) y Venezuela (71), países que no son un precisamente un ejemplo en cuanto a desarrollo, están por encima de nosotros. De hecho, en octubre de 2015 tuve la oportunidad, junto a otros estudiantes, de dialogar con Amartya Sen, premio Nobel de Economía y uno de los principales ideólogos del IDH, le pregunté que si para el este indicador podía ser considerado como el definitivo a lo que respondió que no, era sólo una medición, que era necesario ir más allá. 

De este modo, llegamos al Índice de Progreso Social, un indicador que realiza la organización Social Progress Imperative, que si bien deja un lado el rol central de los aspectos económicos evalúa condiciones necesarias para el desarrollo individual y social de las personas. Este indicador utiliza tres dimensiones: Necesidades humanas básicas (NHB), Principios del Bienestar (PDB) y Oportunidades (O). En cuanto a NHB mide el acceso a la nutrición y cuidados médicos, acceso a agua y saniamiento y seguridad personal; PDB mide acceso a educación básica, acceso a información y comunicaciones, salud, ecosistema y sostenibilidad; Oportunidades mide derechos personales, libertad y elecciones personales, tolerancia e inclusión y acceso a educación superior.

La siguiente tabla nos muestra a los países más altos con respecto al IPS 2017:

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Países que figuran con Muy Alto Progreso Social en el IPS 2017.

En este sentido, el IPS pretende ser el indicador por excelencia para señalar el desarrollo tanto humano como social de las naciones del mundo y vaya que es un indicador muy completo. Pero el hecho de dejar de lado las variables económicas le restan peso al momento de ser utilizado para la comparación entre gobiernos. 

En el caso de México, nuestro país figura en los puestos 77 y 48 con respecto al IDH y al IPS respectivamente. Muy alejados de nuestros vecinos del norte, Estados Unidos en los puestos 11 y 18 y Canadá en los puestos 10 y 6, lo que explica en parte la migración de nuestros connacionales a estos países, donde se vive un mejor bienestar, plasmado en dichos indicadores.

Dejo el debate abierto, ¿Ustedes creen que estos indicadores son los adecuados para medir el bienestar?, ¿Qué otros utilizarían? ¿Realmente reflejan la realidad?

Referencias

  1. Datos del PIB mundial para 2017. Tomado de: https://datosmacro.expansion.com/pib 
  2. Datos del PIB per cápita mundial para 2017. Tomado de: https://datosmacro.expansion.com/pib 
  3. Página Oficial del PNUD sobre el Índice de Desarrollo Humano 2016. Tomado de: http://hdr.undp.org/en/2016-report 
  4. Resultados del Índice de Progreso Social 2017. Tomado de: http://www.socialprogressindex.com/results 

Los BRICS y el deporte como soft power

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Nacido por allá del 2009 como un bloque económico contrahegemónico, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) tuvieron un auge importante durante los primeros años de esta década, siendo sus integrantes países emergentes, con un mercado del 40% de la población, solidez política interna e incluso llegando a crear su propio banco de desarrollo como respuesta al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. 

A pesar de que en los últimos años la desaceleración de China, la crisis política en Brasil, la participación de Rusia en la coyuntura siria, entre otros sucesos, han hecho que el bloque como tal haya perdido fuerza en la arena internacional, el deporte ha ayudado a estos países a mantener y consolidar su presencia en el consciente público y sobre todo en la chequera de los turistas e inversionistas, como organizadores de competencias internacionales.

Basta recordar que China organizó los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, Sudáfrica la Copa del Mundo en 2010, Brasil la Copa del Mundo en 2014, Rusia los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi en 2014, Brasil los Juegos Olímpicos de Río en 2016, Rusia recién termina la Copa del Mundo 2018 y China organizará los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing 2022.

De acuerdo al académico y geopolítico Joseph Nye, el soft power es una herramienta que utilizan los gobiernos con el fin de coaccionar de manera sutil a otros para lograr sus propósitos o posicionarse en el tablero internacional como un actor clave para la toma de decisiones. Una de las mejores maneras de ponerlo en práctica es mediante el deporte, entendido tanto el impacto que genera ganar una competición (ya sea un campeonato o medallas olímpicas) o la organización de un mega evento.

La ventana que ofrecen estas competiciones, ha servido para impresionar al mundo con la infraestructura que desarrollan, la logística precisa para la organización, mostrar la cultura, las ciudades y los paisajes nacionales, así como para proyectarse como un país fuerte, sólido económicamente, con una sociedad integrada, insertada en las dinámicas internacionales, el pujante desarrollo a futuro y finalmente como el foco de atención por cerca de más o menos un mes.

En conjunto, y mencionado con anterioridad, estos elementos elevan a los países organizadores como ejes del consciente público. Gracias a ello, se abre una serie de oportunidades valiosas para su posicionamiento a futuro que dependerá del gobierno en turno y los sucesores consolidar.

Venezuela y su rentabilidad electoral

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Hace no muchos años Venezuela era un país próspero, que mostraba resultados interesantes en cuanto al crecimiento económico, reduciendo la pobreza, acabando con el analfabetismo, creando universidades, ampliando los programas de vivienda y salud e invirtiendo como nunca antes en tecnología. Vaya, que a pesar de las críticas, se convirtió en un modelo que otros países sudamericanos esperaban emular, con sus propias particularidades.

Sin embargo, dos sucesos fueron determinantes para que todo eso cambiara, uno con impacto político, otro con impacto económico. En el primer caso, la muerte del presidente Hugo Chávez, permitió que la oposición resurgiera con dientes afilados frente a un liderazgo en principio débil de Nicolás Maduro. En el segundo caso, la caída del precio del petróleo entre 2013 y 2014, supuso una enorme pérdida de ingresos para sostener el modelo, ello, aunado a lo poco atractivo de invertir en el país era la receta para el caos social que ya estaba en marcha. 

Ahora, los medios nos presentan casi a diario situaciones extremas donde la realidad supera a la ficción. Enfrentamientos continuos entre ciudadanos y policías, enormes filas para conseguir alimento, mercados vacíos, precios estratosféricos, represión, desnutrición, y un largo etcétera.

Se ha convertido en el ejemplo del “desastre” y es utilizado en hispanoamérica durante los procesos electorales (o incluso propaganda perpetua) como un argumento fuerte contra todo movimiento o partido de izquierda que pretenda llegar al poder, aún que este no se acerque en lo económico o ideológico al proyecto de Chávez, ni al contexto ni características de Venezuela. 

Ejemplos sobran, en México, al candidato presidencial Andres Manuel López Obrador, vienen adjudicándole una amistad nunca comprobada con Hugo Chávez desde su primera candidatura en 2006, advirtiendo del peligro que representa el proyecto del tabasqueño. 

En el actual proceso electoral de Colombia también acusan frecuentemente a Gustavo Petro del Movimiento Progresistas y Sergio Fajardo, independiente, de tener cercanía con el régimen de Nicolás Maduro. En Ecuador, al actual presidente Lenin Moreno, de Alianza País, lo acusaban de chavista bolivariano. Lo mismo a Pepe Mujica y Tabaré Vásquez, ambos mandatarios uruguayos, aunque los doce años del Frente Amplio han demostrado resultados positivos de una izquierda diferente a la venezolana. También en España, al partido Podemos, encabezado por Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, lo han tratado de ligar constantemente al país sudamericano para desacreditarlo.

En Chile, me tocó vivir las elecciones presidenciales de diciembre del año pasado y el famoso ‘Chilezuela’ fue una losa muy pesada para el candidato oficial Alejandro Guillier de la Nueva Mayoría, lo que llevó a Sebastián Piñera a ganar la presidencia por segunda ocasión. 

Así pues, en una especie de soft power invertido, mientras Venezuela no se reponga de la crisis en la que se ha sumergido, su trágico ejemplo seguirá teniendo impacto internacional, utilizándose como advertencia del apocalipsis y evitando que las opciones de izquierda o centroizquierda lleguen al poder. 

Zarismo 2.0

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Si creíamos que la época imperial había terminado el siglo pasado, Rusia nos pone otro ejemplo de que estábamos equivocados, aunque con nuevos matices donde el capitalismo, el nacionalismo y la democracia reafirman un modelo autoritario, pero eficiente. 

El domingo pasado Vladimir Vladímirovich Putin fue reelecto con el 76.66% de los votos, seguido por el candidato del Partido Comunista, Pavel Grudinin, quedando considerablemente lejos del puntero al obtener sólo el 11,77% y un tercer sitio para Vladimir Zhirinovsky del Democrático Liberal.

Putin superó el porcentaje de votos en sus elecciones anteriores y éste será su cuarto mandato, con el que extiende su poder al 2024. Espacio de tiempo suficiente para modificar la ley y presentarse para un quinto mandato dentro de seis años.

Si regresamos a los números de la elección, podemos identificar un elemento importante del país más grande del planeta. 88% de los ciudadanos rusos prefieren vivir en un sistema autoritario, es decir, 9 de cada 10 personas consideran que la democracia liberal no tiene cabida en esta región. Con la experiencia entre la época zarista, el régimen soviético que los colocó como potencia mundial, seguido por el triste desempeño de Yeltsin en los noventa y el ‘Putinato’ que ha puesto a Rusia en los grandes planos, los rusos parecen estar cómodos con el orden que establece el autoritarismo, ceden la plena libertad por la seguridad y la estabilidad. 

Con ello podemos esperar que Vladimir Putin no sólo llegue a 2024 como uno de los líderes más poderosos del planeta, si no que extienda su mandato impulsado por la ‘voluntad’ de la mayoría de los rusos. El Zarismo 2.0 parece haber regresado a las tierras de Pedro el Grande.