#HojaDeRuta: “Espectacular de elecciones”

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“Todo cambia, todo se transforma: todo sigue igual” -Monsiváis

Una sola cosa es segura en las elecciones presidenciales mexicanas: el espectáculo está garantizado. Usted o se ríe, o se sorprende, o se sulfura, o se descorazona, peligro y se desmaya, pero impasible no se queda. En este país las elecciones lo estremecen o le devolvemos su dinero (es un decir, naturalmente, ese ya está gastándose). Si no podemos confiar en la democracia, cuando menos matemos el aburrimiento, parece ser la consigna.

Apenas si van a cumplirse un par de semanas y ya tenemos candidatos acusados de lavado de dinero, páginas y carteles de campaña sucia que misteriosamente aparecen en la red y en las calles, muertos que firmaron por candidatos independientes en homenaje a la época de oro de la simulación electoral, ladrones de nuestro yo digital que operan desde Facebook, lluvias de memes, candidatos descartados y resucitados al tercer día por la autoridad electoral, Trump escupiendo fuego y soldados contra nuestra frontera.

Vivimos en el país de no pasa nada en términos de consecuencias, y sin embargo, tanto pasa que nuestra capacidad de asombro llega a límites insospechados, incluso contra nuestra propia voluntad. Cada que pensamos que como mexicanos ya nada puede sorprendernos, nuestro realismo tragicómico-mágico nos demuestra lo contrario.

Decía Monsiváis que como todos creemos en las décadas, al pasado no le queda más remedio que dividirse en diez. Pues bien, hace varias décadas que se habla de la espectacularización de la política para referirse al fenómeno surgido en Estados Unidos que básicamente parte de la imagen, el performance y el manejo del mensaje para tocar las fibras precisas del respetable.

En la sociedad del espectáculo, como diría Guy Debord, lo que importa no es lo que se tiene o lo que se es, sino lo que se percibe y lo que se aparenta ser. La política inherentemente tiene elementos teatrales, histriónicos. Existe tal cosa como la persona pública, esa versión de un individuo que se presenta a la colectividad.

La lógica no ha cambiado aunque se refinen técnicas y tecnologías. Aún estamos buscando en quien confiar, aún estamos buscando en qué y en quién creer. Aún deseamos ser entretenidos. Lo esperamos, incluso. En un país obsesionado con la sucesión presidencial, no podía ser de otra manera. Es quizá la migaja sabrosa que nos queda: “esto se va a poner bueno”.

Si también de dolor se canta cuando llorar no se puede, cómo no nos vamos a divertir. José Agustín captó parte de esa esencia al nombrar en el concepto de “Tragicomedia Mexicana”. 

Como pueblo, nunca dejaremos de reírnos de nuestra desgracia ni de bailar de cachetito con la muerte. Así somos. Pero eso no significa que estemos dispuestos a sentarnos en el hormiguero hasta ser beatificados ¿la diferencia? Dos cosas: el sentido crítico y la voluntad de participación. 

La política o se mueve, o no es. Tenemos que mover nuestros hábiles deditos digitales para buscar información fidedigna. Tenemos que mover la mente para preguntarnos si un planteamiento tiene sentido o apesta a fake news. Tenemos que mover los ojos leer sobre quiénes son las personas y qué nos están proponiendo. Tenemos que mover la boca y sacar la voz rompiendo aquella vieja máxima de que en la mesa mexicana ni de política ni de religión.

Le voy a contar un secretito: disentir no es de mal gusto, ni debatir de mala educación. Sin diálogo no hay democracia posible. Y finalmente, tenemos que mover el cuerpecito hacia las casillas el primero de julio ¿Qué el sistema tiene muchas partes podridas? Ni cómo negarlo. Pero a puro coraje interno y agitando con furia la cuchara del café no se va a arreglar. Hay que moverse.

Y si de plano la angustia le invade, recuerde que la suprema corte dio otro paso hacia legalizar la mota recreativa para cuando a la realidad se le pase la mano.