La inconsistencia de López Obrador en su crítica al neoliberalismo

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El modelo neoliberal representó una ofensiva contrarrevolucionaria por parte del ala conservadora internacional. Este programa político, económico y social levantó la antorcha de la libertad económica y convirtió al mercado en una verdad metafísica como el mejor mecanismo para la asignación eficiente de los recursos escasos. 

En el campo de la teoría económica, el marco conceptual keynesiano -sustento teórico al llamado Estado de Bienestar- fue criticado por un renovado paradigma neoclásico: un cuerpo de teorías, conceptos y postulados que veían en el intervencionismo económico el gran mal de los problemas sociales. Como dijo Ronald Reagan -el presidente neoliberal, junto a Margaret Thatcher, por antonomasia-, el gobierno no es la solución, sino el problema. 

Ante la insuficiencia conceptual del modelo keynesiano, incapaz de explicar algunos fenómenos económicos como la estanflación, las crisis económicas de los años setenta y el desmoronamiento de los países socialistas, el Estado de Bienestar parecía destinado a desaparecer. 

A partir de la crisis de la deuda de 1982, los países latinoamericanos implementaron el modelo neoliberal; ello con excepción de Chile, el cual a partir del golpe de estado de Pinochet en 1973 al régimen populista de Salvador Allende llevó a cabo políticas de corte neoliberal.

En México, la crisis de la deuda generó un cambio en la élite del poder político, una cohorte relativamente homogénea que compartía una misma visión de la que deberían ser las políticas económicas: reducción de los impuestos, solvencia fiscal, apertura comercial, libre movilidad de la inversión extranjera, desregulación del mercado laboral y privatización de las empresas paraestatales. Con ello, los economistas sentenciaban a un Estado omnicomprensivo, rector del proyecto de industrialización dictaminado en la Constitución y se volcaban a los beneficios del mercado y la libre empresa. Que no sea el Estado -paternal y omnipotente- quien emprenda el camino hacia el desarrollo, sino la función empresarial y el libre juego del mercado. 

Esta transición en el modelo económico es el que critica fuertemente López Obrador. Como bien señala Silva Herzog (Reforma 08/04/19), el presidente ve en el neoliberalismo el origen de todos los males de México. Su retórica se centra cotidianamente en las graves consecuencias que han traído las políticas económicas neoliberales, sin percatarse que en su programa político y económico no propone ninguna transformación a las bases que definen al mismo neoliberalismo. 

El término neoliberalismo ha sido tan “manoseado” por la izquierda en sus críticas como por la derecha en sus alabanzas. Actualmente, el término adquiere una dimensión peyorativa y es utilizado, como lo hace López Obrador, para denostar a los economistas que llevaron a cabo el proyecto. Tal es el grado de ignorancia del presidente que le ha adjudicado a una universidad (ITAM) como el semillero de economistas neoliberales responsables de la situación actual del país. Mira al ITAM como una entidad monolítica en pensamiento, desconociendo la diversidad de pensamiento que existe entre sus docentes y estudiantes, y reduciéndolo a una herramienta discrecional de la burguesía nacional.

Es importante señalar que el objetivo de renovación del liberalismo occidental de finales del siglo decimonónico no representó un programa homogéneo, sino el encuentro de distintas visiones de lo que el liberalismo debería ser. Actualmente, estamos lejos del denominado laisser-faire del siglo XIX, el cual proponía un Estado mínimo y la anarquía del mercado. Por el contrario, el modelo neoliberal actual se aleja del propuesto por Hayek y Friedman, y se acerca al ordoliberalismo de Rüstow y Röpke, quienes proponían que el Estado debía generar los cauces jurídicos e institucionales (políticos y de mercado) a través de los cuales pudiera discurrir el juego del mercado. 

Por otro lado, la retórica de López Obrador es contradictoria con los programas que ha implementado. Silva Herzog es capaz de verlo claramente: López Obrador posee una visión antiestatista, no una de tipo economicista promovida por los neoliberales, sino moralista. Las críticas al Estado se centran en su ineficiencia y deterioro debido a la corrupción, por lo cual propone eliminar a la incompetente burocracia y destinar la ayuda filantrópica directamente a los beneficiados.

El programa de transferencias para el cuidado de los niños es una propuesta enteramente neoliberal. Los hacedores de las políticas neoliberales sabían que la ayuda del Estado a las clases más desprotegidas era necesario, pero no proponían un aumento en el impuesto a la renta, sino transferencias de suma fija, las cuales no distorsionan el equilibrio óptimo que genera el mercado. 

López Obrador busca lo mismo que los neoliberales ultraconservadores querían: reducir al Estado en un mínimo indispensable o simplemente a una dimensión simbólica. Puede ser que incluso López Obrador lleve este objetivo a niveles extremos. Eso parece indicar su desprecio por los marcos institucionales y la certeza jurídica. Así, el presidencialismo lopezobradorista se aleja del cardenista, el cual reconocía la importancia de la construcción de instituciones.

Debo no niego, pago no tengo

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Este lunes 6 falleció en la Ciudad de México, Jesús Silva-Herzog Flores, ex secretario de Hacienda en el sexenio de López Portillo.

Emblemático hombre del priismo de los últimos 40 años, hijo del ideólogo de Lázaro Cárdenas, Jesús Silva Herzog y padre de uno de los intelectuales mexicanos más destacados de este siglo, del igual nombre, Jesús Silva-Herzog Márquez.

Don Jesús fue un político diferente en el priismo, con una personalidad más austera, sin escándalos, ni enredado con ficheras como su jefe López Portillo y otros secretarios de esos tiempos.

Le tocó devaluar la moneda en 1982, una de las devaluaciones más significativas que tuvo el país. Se recuerda aquella frase de “Debo no niego, pago no tengo” que alguna vez profirió don Jesús en un documental referente a aquel sexenio.

Silva-Herzog haciendo uso de los habilidades negociadoras y facilidad de palabra logró re-negociar la deuda, reencausar una economía en plena caída libre y aceptar el papel de “el secretario que devaluó”.




Siempre leal al partido intentó varias veces ser Presidente de la República, pero se quedó con las ganas en dos ocasiones.

En el 2000, en aquella elección que puso a Andrés Manuel López Obrador como jefe de Gobierno de la capital, Jesús Silva-Herzog logró un tercer lugar con una de las mejores votaciones que ha tenido el PRI en la ciudad.

Asimismo, como embajador en Estados Unidos en la década de los noventas, logró aquel financiamiento del gobierno de Clinton que ayudó a México a salir de la crisis del “Error de diciembre”.

Don Jesús, fue un priista diferente, de una casta distinta, de la verdadera Revolución de la que su padre fue parte. Quizás el legado más grande de Silva-Herzog será la fundación del INFONAVIT, una institución de seguridad social fundamental para este país.

Se fue un líder, uno de los últimos ideólogos históricos del PRI, de los pocos priistas que se salvan de la típica crítica contra el partido. Que en paz descanse.

Lo dicho, dicho está.




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– “Todos los puntos de vista son a título personal y no representan la opinión de Altavoz México o sus miembros.”