Ayer sacamos el cobre

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Así, sin más. Lo que para muchos ayer fue una victoria sin precedentes, para otro tanto fue una derrota absoluta. Muchos se sorprendieron y se preguntaron: ¿cómo es que se dice que ganó la democracia, si yo no me siento representado? Y este es el problema. Lo bonito que consideramos el proceso democrático cuando los resultados son los que yo quería. Democracia cuando queda el candidato que yo quería, y si no, no me interesa.

Me sorprendió profundamente la reacción de muchas personas el día de ayer. Sobre todo, porque considero que no fue una sorpresa. Cualquiera que hubiera seguido hasta superficialmente las campañas electorales, sabía de la tendencia innegable que favoreció -por mucho- durante todo el proceso a López Obrador.

Por lo tanto, fueron meses que tuvimos para meditar, para prepararnos si es que no coincidíamos con los ideales o las formas del candidato, que tenía una clara mayoría en la preferencia electoral. Hubo tiempo y, sin embargo, muchos, aferrados a un cambio drástico en la intención de voto que fuera a revertir el inminente resultado, se enteraron del desenlace y maldijeron a todos aquellos que votaron de esa manera. 

Ayer sacamos el cobre. Muchos tacharon de ignorantes, incultos, flojos y vendidos al 53% del país (o a más). En redes sociales, se le llamó indios al centro y sur del país. Como si ser indio fuera un insulto; como si en el norte del país no existiera población indígena, como si los indígenas fueran una masa homogénea que no pudo razonar su voto y por lo tanto se lo concedió a Morena. Se hicieron bromas de un Nuevo León que se independizaría (o incluso anexaría a EUA). Memes de un México del Norte y México del Sur. ¿Qué nos lleva a esto? ¿Por qué resulta tan fácil reaccionar con insultos, maldiciones, y desprecio hacia todo aquel que no piense igual que yo?

 Es imposible no darse cuenta del factor clasista y racista en estos insultos. En zonas urbanas, sobre todo en el Norte del país, prevalece esta percepción en la clase media de que los que votan por la izquierda, son aquellos que tienden la mano al gobierno para que les mantenga y les regale comida o trabajo. Por lo tanto, en una cultura orientada al trabajo y a la competencia económica, muchos se auto-otorgaron el permiso de sentirse superiores. Superiores por ser del Norte, superiores por ser de ascendencia europea, superiores por ser urbanos, por haber tenido acceso a educación, por haber nacido con privilegios y tener un medio cómodo de vida. Superiores por haber votado por la derecha. 

Y creo que, en momentos como este, es cuando te das cuenta de qué tan dividida está nuestra sociedad. Doscientos años después, como si nos hubiéramos quedado estancados ahí, divididos no por preferencias políticas, pero por clase y por raza. La reacción de intolerancia que vimos ayer no es exclusiva para el debate político. Al contrario, es un síntoma superficial del problema muy grave que tenemos y que no queremos aceptar.

Nos falta muchísima cultura democrática. Nos falta aceptar la derrota. Ser buenos perdedores si la mayoría no eligió al candidato que uno quería. Y, sobre todo, respetar a aquellos que no piensan como yo. La democracia se trata de eso: aceptar que hay muchos que no comulgan con mis ideales, pero puedo tener un diálogo sano y constructivo, porque tenemos una meta en común: el bienestar de México.

Ayer los contendientes fueron un ejemplo claro de democracia y cultura cívica. Aceptar que las tendencias no te favorecen, agradecer por la competencia respetuosa y desear éxito al candidato electo por la mayoría. Me llevo un buen sabor de boca, pero me hubiera gustado ver un poco más de esta civilidad durante todo el proceso. Al final, la democracia se trata de esto: de celebrar las diferencias en diálogos amistosos y constructivos.