Tlön, Uqbar, Mexis Tertius

“Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.”,

ha recordado Bioy Casares.

I

Las páginas de la narrativa a la que hace referencia el título aún permanecen vírgenes y frescas en mi mente. Como la flor recién cortada, el aroma que desprenden al acariciar su dorso, vuelve a agradar en nostalgias. Sorprende porque debo haber leído no menos de ocho veces la magnífica ficción de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. De todas las narrativas de Borges (ficciones y no ficciones), ninguna vive tan joven.

Ya por su complejidad en la que es narrada, ya por el idealismo verosímil, resulta una lectura distinta cada vez que paseo entre los arrabales de sus letras. De ahí que permanezcan vírgenes: cada lectura es una nueva aventura. Mas como sucede en la devota entrega del acto carnal del amor, con cada lectura, el sentido de la obra se exalta, se engrandece y se reinventa.




El relato, como es propio de la estética borgeana, funde con parsimonia géneros literarios para ofrecer una visión metafísica sobre el cosmos (y sus fisuras) a partir de la óptica idealista. La ficción gira en torno al descubrimiento que realizan los personajes –el propio Borges y Bioy Casares, debo advertir– de Uqbar, y el mundo ilusorio de Tlön; producto literario y fantástico de los habitantes de aquella región.

Al haber Casares remembrado una sentencia admirable de uno de sus heresiarcas, leída, según le permite su memoria, en una versión apócrifa de la Encyclopaedia Britannica (titulada “The Anglo-American Cyclopaedia”), deciden indagar más acerca de la extraña nación.

Al agotar la pequeña entrada sobre Uqbar, deciden visitar la Biblioteca Nacional y fatigar atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, y memorias de viajeros e historiadores. (El objetivo inevitablemente lo adivinará el lector.) En vano fue su esfuerzo. Salvo el contenido del vigésimo sexto volumen de la Anglo-American Cyclopaedia, no dieron con el menor indicio de Uqbar en otro documento.

Borges decide entonces emprender una odisea: averiguar el misterio que rodea a tan curiosa nación. Su suerte no impera hasta que encuentra un volumen del difunto Herbert Ashe (cuya suerte no relataré porque esta no es su historia, sino la de Tlön y Mictlampa y Uqbar y Mexis Tertius).

El volumen, titulado A First Encyclopedia of Tlön. Vol. XI. Hlaer to Jangr., estaba compuesto por mil y un páginas. La primera, adornada con un papel de seda, contenía estampado un ovalo azul con la inscripción: Orbis Tertius. Conoce el narrador, a través de tales páginas, sobre el ilusorio planeta de Tlön. (Producto de las fábulas fantásticas y literarias de Uqbar).

Un planeta donde la realidad existe sólo en los confines mentales del raciocinio. En Tlön, un absurdo sería hablar de disciplinas que expliquen o interpreten esa realidad. Todas las disciplinas que dominaron sus habitantes partieron de la psicología.

Gracias al Onceno Tomo, se percata Borges que la filosofía, en aquél planeta, es el equivalente a un juego dialectico. Nos dice que “las naciones de ese planeta son –congénitamente– idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje –la religión, las letras, la metafísica– presuponen el idealismo”.

 

II

 

Algo similar aconteció cuando tuve frente a mí L’Univers des Aztèques (traducida falazmente al español como El Universo de los Aztecas). Su lomo dorado, con plumaje de quetzal, e impresiones abstractas, cautivaron mis sentidos de inmediato. La primera página, en tinta náhuatl, desprendía cierto aroma a incienso y adelantaba un prefacio siniestro sobre el fin de la humanidad en una región Norte.

Una firma ilegible, y un sol estampado en cenizas, cuyo orbe leía: Mexis Tertius (el lector sagaz ya conoce el rumbo que tomarán las letras), distraían la mirada de las letras; e invitaban a ignorar dicho prefacio. Mi voluntad siguió el cauce.




Tal volumen consta de ciento ochenta y un páginas donde se resume la historia total de una nación a través de sus fábulas y literaturas fantásticas. Contiene el volumen, además: maravillas cartográficas, descripciones someras sobre su astrología y sus magias de adivinación; arte surrealista sobre su cosmología, sus ritos, y los mitos que forjaron a la nación. Por demás parecido a Uqbar, conocí sobre Méjico.

Sus habitantes parten de la premisa que el ser humano se desvive por alcanzar sueños. No quisiera descalificar tal afirmación en estas letras, pero sí precisaré que toda conjetura que emane de aquella aseveración, es debatible.

La literatura mejicana, al igual que en Uqbar, es rica e inigualable. Laberintos, páramos, murmullos, auras, y un largo etcétera, confabulan para dar vida a una de las prosas con mayor fluidez jamás vista.  Desarrollaron, afirmo así, una prosa excelsa que descree de los adjetivos; forzados ciertas veces por la pluma. Jamás por el sentimiento.

Sus ciencias trascienden hacía los astros, y se han descubierto a sí mismos a través de las estrellas. Su arquitectura fusiona un pasado prehispánico en la modernidad compleja del nuevo milenio. Sus montañas, hechas de tezontle, roca volcánica y adobe; con apenas miles de años, se yerguen hasta la luna y el sol. Como colosos en vigilia.

Sin embargo, el Méjico que describe El Universo de los Aztecas parece ser una nación en constante congoja, atrapada por la propia visión de su mundo ilusorio: Mictlampa.

En Méjico, el alba y el ocaso son indiferentes hacía las calamidades de la humanidad y las vicisitudes del destino rara vez conjuran a su favor. Subordinados a un áspero futuro; a los vendavales del Norte; y a la espera de las calumnias ajenas. Subordinados, al fin, a la región alguna vez hermana. (Básteme precisar que colinda con una nación de eruditos y magos). Dimana entonces, naturalmente, la creación de Mictlampa; cuya  existencia, narrada en fábulas fantásticas, es acaso un rudo recuerdo del Tiempo que no ha sido y que habrá de ser.

Los mictlampistas descreen de la opinión general: las masas no pueden decidir de manera certera el rumbo de la colectividad. Las colectividades, después de todo, son abominables porque multiplican el número de opiniones. Por ende, viven en soledad. (Esa idea falaz de que la opinión general suele ser la atinada ha desgarrado poco a poco a la nación mejicana. Tal vez es ello lo que se plasma.) Mas ello no se traduce en una vida infeliz.




Corrijo: no cabe tal adjetivo en Mictlampa porque han prescindido de las aspiraciones. Y de ideales. Consecuencia ha sido que no haya ciencias exactas. Resulta una nimiedad explicar científicamente un hecho. Una perspectiva puede transmutar en ley, mientras que una ley puede transmutar en opinión.

No hay premisas generales, desde luego. No lo es ni la propia realidad. Corrijo nuevamente: no existe la realidad. Al menos no como contraposición de lo fantástico. Su existencia y la conexión con el cosmos, entendida a través de sus dioses, permite que a cada uno le corresponda la suya.

No se desviven por alcanzar sueños (preciso que no son mis letras las que descalifican la afirmación, sino las de Mictlampa y Tlön y Uqbar y Mexis Tertius), puesto que el sueño es la existencia misma.

He dicho que el prefacio aborda el fin de la humanidad. Es cierto: L’Univers des Aztèques contiene la vida de toda una nación. Pero en sus últimas tres páginas, se narra el fin de toda la humanidad. Curiosa como la magia de los talismanes, esas páginas repiten infinitamente un sólo suceso: el triunfo de un heresiarca en la región hermana del norte.

Acaso al cerrar la última página, se me reveló que aquella nación ha existido, no solo en letras, sino en pensamiento, y que al efecto es lo mismo. Tan real como el vuelo del águila en Méjico.

Tlön precisa los límites de la mente humana y los extiende; Mictlampa coarta la imaginación y sucumbe el gregarismo a un telúrico deseo de vivencia….ya agotado.

“¿Auh ye nelli nemohua? Yehuaya” (¿Pero en verdad se vive?), ha sentenciado el erudito.

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