#HojaDeRuta: “La ilusión del desarrollo”

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-La ilusión no se come -dijo ella. -No se come, pero alimenta -replicó el Coronel

-Gabriel García Márquez, El Coronel no tiene quién le escriba

Medirle el pulso a una sociedad nunca es cosa fácil. Sea por vía cualitativa o cuantitativa, los resultados siempre tendrán un cierto grado de subjetividad, y por supuesto, múltiples interpretaciones.

Recién participé en un panel organizado por Cómo Vamos Nuevo León para analizar la más reciente edición de la encuesta de percepción ciudadana Así Vamos, publicada por la plataforma y realizada por la Facultad de Economía de la UANL. 

Al reflexionar sobre la información, llegué a la conclusión de que en Monterrey vivimos una suerte de ilusión del bienestar: estamos mejor en prácticamente cualquier medición respecto a los promedios nacionales, pero eso no significa necesariamente que las personas vivan bien.

Ampliemos: los datos brindan una peculiar fotografía de la Zona Metropolitana de Monterrey dividida en las temáticas de desarrollo social y económico; desarrollo sustentable; seguridad y justicia; gobierno eficiente y confiable, y los principales problemas del gobierno.

De entrada, resulta sorprendente que en un contexto de aumento de la gasolina, encarecimiento de la canasta básica y subida del dólar, la mayoría de la ciudadanía manifieste optimismo respecto a su futuro económico. Sin embargo, el 50% de los hogares encuestados vive con menos de 10,000 pesos al mes.

En un hogar se consideran en promedio cuatro personas y, de acuerdo al costo de la canasta básica calculado por CONEVAL, en zona urbana se requieren poco más de 11,000 pesos por hogar para cubrir lo mínimo indispensable. Este es un promedio nacional, que no considera que el costo de vida cambia por ciudad, y que la nuestra es una de las más caras del país.

Lo anterior es un hallazgo que exige, antes que análisis, concientización: cuando menos la mitad de los habitantes de la ciudad viven al día y ganan menos de lo necesario para adquirir lo esencial. Un dato adicional para darle dimensión es que hace 30 años, la canasta básica costaba cinco horas de trabajo de salario mínimo; actualmente se requieren más de veinticuatro.

Sacuden también los datos de movilidad: en promedio los viajes en auto son de una hora, y en transporte público, de hora y cincuenta minutos. La mitad de las personas en la ciudad se mueven en auto. En ciertos municipios como García y Santa Catarina el tiempo que los usuarios tienen que pasar en el transporte público raya en lo inhumano. En materia de medio ambiente, el principal problema percibido es la mala calidad del aire.

De lo anterior podemos desprender interpretaciones preliminares: Monterrey es una ciudad construida desde la perspectiva de las élites para las necesidades de éstas, con desdén hacia el bienestar colectivo. Naturalmente, las mayorías aspiran a emular la vida de las élites: tener auto, vivir en ciertos lugares, asistir a otros.

¿Cómo culpar a alguien de querer comprar un auto si se reduce a la mitad el tiempo de sus viajes, y el transporte público no es una opción asequible, eficiente y atractiva?

Esto genera un círculo vicioso: una ciudad diseñada para los autos, que son la principal causa de emisiones contaminantes, donde quienes tienen auto no están dispuestos a reconocer su responsabilidad en la mala calidad del aire, con un sistema de transporte público absurdamente controlado por privados a pesar de su evidente ineficiencia.

Lo anterior abre un evidente espacio para la demagogia: evidentemente se requiere reducir el uso del auto, pero las promesas de campaña mataron la tenencia (en todos los países desarrollados tener auto es un privilegio que acarrea un costo por la infraestructura y su huella de carbono). También está el caso de la verificación, que bajo el argumento de añejas corruptelas de anteriores intentos, se rechaza, o se plantea el absurdo de que sea “gratuita”, pero la autoridad tendría que absorber su costo ¿y de dónde salen los recursos de la autoridad?

Muchos de los datos de la encuesta llevan a cuestionar la imagen de bienestar que tiene la entidad y nuestra ciudad. Por supuesto que hay mayor actividad económica, emprendimiento, salarios más altos. Pero eso no se traduce necesariamente en calidad de vida generalizada. Si algo cruza los diversos temas contenidos en la encuesta es la desigualdad y división de clases que impera en nuestra sociedad.

Que Nuevo León sea el mejor en la mayoría de las variables de desarrollo a nivel nacional, no necesariamente significa que la gente esté bien, sino muchas veces que la distancia entre unos y otros es mucha, la desigualdad impera. A veces las élites pueden caer en la ceguera de taller, o como decía un entrañable profesor: “no es que el mundo sea chico, es que la burguesía es poca”.