#HojaDeRuta: “Combatir la desmemoria”

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La memoria crítica es flamable: indaga, escarba, alumbra, incendia. Hace las preguntas incómodas, alborota el gallinero. Resulta, en una palabra, peligrosa para el establishment. De ahí que la historia muchas veces pretenda ser reducida a la inofensiva dureza del bronce o a la mesa de los best-sellers.

No hay cirugía reconstructiva, ni mucho menos estética, para las heridas históricas. La única forma de sanarlas en exponerlas al sol. Curarlas lenta y dolorosamente al observarlas, analizarlas, conversarlas, socializarlas. Visitarlas una y otra vez, escuchar a quienes las vivieron, explicarlas a quienes no, pero están marcados por ellas.

En Monterrey parece haber un sistemático miedo a la memoria: mejor barrer la suciedad bajo la alfombra. Para qué hacer escándalo, si ya lo pasado, pasado. El más reciente episodio de esta deliberada desmemoria intentada desde el poder corresponde al Ayuntamiento de Monterrey que dirige Adrián de la Garza.

Por alguna razón, el Ayuntamiento de Monterrey borró el mural dedicado a la memoria de Jorge Mercado Alonso y Javier Arredondo Verdugo, estudiantes del Tec de Monterrey asesinados por efectivos del Ejército Mexicano la noche del 19 de marzo de 2010. La obra no tenía alto valor pictórico, pero su valor social era tremendo, pues era el único vestigio público del crimen ocurrido a unos metros de ahí. Un crimen que hoy sigue impune.

Recuerdo que originalmente en ese lugar -los bajos de la joroba ubicada en el cruce de Garza Sada y Luis Elizondo- el mural estaba dedicado a los deportistas del Tec, destacando los Borregos Salvajes de futbol americano. Tras aquella fatídica noche, quedaron impactos de bala incrustados sobre el mural. La metáfora lastimaba: una de las instituciones más emblemáticas de la ciudad era quebrantada por la ola de violencia. Aunque la pregunta no fuera formulada, flotaba sobre el colectivo: si asesinan a estudiantes del Tec ¿quién podía estar seguro en esta ciudad? A las pocas semanas, los hoyos dejados por los proyectiles fueron resanados. Urgía rellenar los huecos hirientes, como si las tinieblas pudieran cubrirse con yeso.

El movimiento “Todos somos Jorge y Javier”, encabezado por las familias de los deudos y por personas de la comunidad del Tec ya envió una carta dirigida al Alcalde, donde le recuerdan (o quizá, le informan, uno ya no sabe) que el mural fue hecho por el movimiento en coordinación con las familias y el Instituto de la Juventud Regia durante la pasada administración. Lo definen como “un espacio público vivo que recuerda los grandes retos que la sociedad mexicana enfrenta en materia de derechos humanos, enviando al mismo tiempo un mensaje de esperanza y apoyo por la justicia”.

Quizá el alcalde de formación policiaca no conozca que las sociedades que atraviesan episodios oscuros solo pueden avanzar si hacen las paces con su pasado. Por eso se puede visitar el horrendo campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau en Polonia. Por eso el Estadio Nacional de Chile en Santiago recuerda los crímenes ahí cometidos durante la dictadura de Augusto Pinochet bajo el proyecto: “Estadio Nacional, Memoria Nacional”. El inmueble, donde la selección chilena juega sus partidos de local, tiene inscrito en una de sus tribunas emblemáticas: “Un pueblo sin memoria no tiene futuro”. Por eso la plaza de Tlatelolco tiene una pequeña estela que recuerda la masacre ocurrida en 1968 y sigue siendo un epicentro de la concentración sociopolítica. Por eso existen tours en los barrios de Medellín donde se cometieron las peores atrocidades durante la época más violenta de esa ciudad. Existen, alcalde, porque el intento de olvidar es estéril, como querer ignorar una infección bajo la piel.

El maestro Hobsbawm decía que la función de la historia era ser un dolor de cabeza para los mitos nacionales. Se refería a que la historia, aunque sea impuesta por vencedores y poderosos, nunca es absoluta, y que es producto de transformaciones sociales, no de los designios de nadie.

Defender la memoria pública es nuestro derecho, pero también nuestra responsabilidad. La ausencia, el fingir demencia nos ha costado muy caro. La justicia para Jorge y Javier no depende de ese muro, pero sí de lo que ese muro representa: la necesaria terquedad por exigir justicia.