Epidemia feminicida

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“Una epidemia se produce cuando una enfermedad contagiosa se propaga rápidamente en una población determinada, afectando simultáneamente a un gran número de personas durante un periodo de tiempo concreto.” De no atenderse rápida y adecuadamente, las consecuencias de una epidemia pueden ser fatales, y México se enfrenta hoy a una de sus peores epidemias. 

La epidemia que dejó un saldo (oficial) de 861 víctimas el año pasado, está alarmantemente lejos de encontrar una cura. Las víctimas van desde los 8 años (o menos), y tienen una única característica en común: son mujeres.  

Entonces, ¿qué pasa cuando la epidemia va más allá de un virus que se puede prevenir con una vacuna, y que se puede combatir con cuarentena y antibióticos? ¿Qué pasa cuando la epidemia no es un virus, sino son hombres? Hombres que trabajan con nosotras, que van en el metro, que se ofrecen a abrirnos la puerta, que son nuestros vecinos, o que conducen nuestro taxi ¿Cómo sabemos quién está infectado, y cómo nos protegemos de una amenaza invisible, pero latente y letal? 

El día de ayer, en respuesta a las denuncias de los intentos de secuestros en el metro, y del incremento de violencia contra las mujeres, se relanzó en Ciudad de México el Código Violeta.  Esta estrategia de “combate a la violencia contra la mujer” consiste en entregar dispositivos con botones de pánico a las mujeres (clever). Una vez que el dispositivo se acciona, emite una alarma silenciosa que envía una señal con la ubicación exacta de la víctima directamente al C5. 

Aunque celebro una estrategia que va más allá de unos simples silbatos, me surgen un par de dudas sobre ésta. De entrada, hay que mencionar que, hasta el momento, se ha dicho que se entregarán los dispositivos a aquellas mujeres que ya han sido identificadas en situación de riesgo de acuerdo con las denuncias que ha recibido la procuraduría capitalina. Hasta el momento, tienen una lista de 128 mujeres que recibirán el dispositivo.  

Bajo este supuesto, el gobierno prioriza a aquellas mujeres posiblemente en situación de violencia familiar, donde el abuso es frecuente, y considera que éstas son más susceptibles de ser víctimas que una mujer que nunca ha presentado una denuncia.

Así pues ¿qué pasa con todas las demás mujeres – fuera de estas 128 privilegiadas – que nunca hemos presentado una denuncia y no estemos catalogadas por el gobierno como mujeres en situación de riesgo? ¿Es que el código asume que si yo nunca he presentado una denuncia, y no me he encontrado nunca en una situación de riesgo, el día que por fin decida subirme al metro en la noche, soy automáticamente inmune a un posible ataque, aun a pesar de que físicamente cumplo con las características del perfil de mujeres susceptibles al secuestro (jóvenes veinteañeras, de tez clara, delgadas, posiblemente estudiantes) o es que el gobierno no se ha dado cuenta de la magnitud del problema y de lo insuficiente que resulta el código violeta?

El problema con el código violeta – más allá de que no hay dispositivos suficientes que protejan a todas las niñas y mujeres del país – es que es una estrategia aislada y reactiva. Lo que me lleva a mi segunda duda. ¿Por qué no, en lugar de entregar botones de pánico a las mujeres – y culparlas más adelante por no haber usado el dispositivo lo suficientemente rápido – se diseñan programas y políticas públicas integrales capaces de brindar soluciones de fondo? ¿Por qué no, en lugar de entregarle botones de pánico a las mujeres que ya se identificaron en situación de riesgo y que ya denunciaron a un hombre, se enlista a los individuos que las han violentado y se les imparten terapias psicológicas y talleres de género y readaptación social? 

Así como el código violeta, existen un sinfín de políticas y programas reactivos – como el Protocolo Alba – que jamás serán suficientes ni capaces de resolver la epidemia, hasta que estos esfuerzos se acompañen del debido fortalecimiento de las instituciones de procuración de justicia, y de políticas integrales que, en vez de transferir la responsabilidad del cuidado de la mujer a ella misma, transfieran la responsabilidad de las agresiones a los verdaderos culpables: los agresores, y comiencen a resquebrajar la ideología machista que alimenta cada una de las diversas formas de violencia contra la mujer, porque el feminicidio es solo la punta del iceberg. 

México se encuentra hoy frente a una epidemia feminicida, y aunque los síntomas y las consecuencias son claras, la cura no lo es tanto.