La creciente ruptura entre la sociedad civil y las fuerzas armadas

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No puede existir elemento más trascendental en la agenda política del gobierno entrante que la violencia que azota al país. 

La guerra que comenzó Felipe Calderón a finales del 2006 y que continuó, sin cambio alguno, Enrique Peña Nieto ha arrastrado al país a uno de los periodos más sombríos de la historia reciente. En cincuenta años los textos de historia narrarán (si es que son críticos) que del 2006 al 2018 se vivió una guerra en el país, con un saldo de más de 200 mil muertes. 

¡Así es, una guerra! No hay justificación para disminuir la gravedad de la situación que vive actualmente México. Las cosas deben ser nombradas de forma equivalente a lo que son: guerra, feminicidio, genocidio, etc.

A diferencia de lo que siempre se cree, las palabras condicionan la percepción de un fenómeno, ya que las palabras no son meras entidades semánticas, sino que se encuentran revestidas de poder. 

Si alguien se atreviera a llamar genocida a Calderón o a Peña Nieto, seguramente más de uno se exaltaría y afirmaría que el uso de dicha palabra es sólo para los grandes villanos de la historia: Mao, Stalin, Hitler, Pinochet o Pol Pot.

Sin embargo, si uno enlista los casos en los cuales los cuerpos militares o federales se enfrentaron contra sectores de la sociedad civil -Tlatlaya, Ayotzinapa, Nochixtlán, Tanhuato, Apatzingán, Palmarito y otros casos que no han salido a la luz- , teniendo consecuencias mortales para la sociedad, el término ya no resulta escandaloso. 

Es cierto que los casos de tortura, ejecución extrajudicial, desaparición forzada y detención arbitraria por parte de las fuerzas armadas pueden no ser órdenes provenientes directamente del Ejecutivo, sin embargo, el Presidente es jefe de las fuerzas armadas, lo que lo convierte en responsable, en última instancia, de las actuaciones de dicha institución. 

Es este contacto directo entre las fuerzas armadas y la sociedad civil lo que ha transformado la percepción que tiene la segunda de la primera. La militarización en múltiples municipios en los cuales la población convive cotidianamente con el Ejército o la Marina ha generado tensión entre ambos bandos. 

Sergio Aguayo señaló la semana pasada en su columna del periódico Reforma que en la masacre de Tlatelolco la sociedad civil no fue la única perdedora, también lo fue el Ejército, pues fue señalado como el gran villano. 

De esa manera, el 68′ marca una ruptura en la relación sociedad-fuerzas armadas, en el que la población da los primeros indicios de desconfianza hacia la institución responsable de la seguridad nacional. 

El desgarramiento de la relación continúa actualmente y es promovida por la política en seguridad actual. El despliegue de las fuerzas armadas para combatir frontalmente al crimen organizado -subestimando la estructura organizativa y su arraigo en distintas comunidades. fue contraproducente: la violencia se ha disparado, así como las violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas armadas. 

Y es que los soldados rasos, adiestrados al interior de la infraestructura institucional del ejército y forjados por su estructura jerárquica, se han enfrentado con una realidad distinta para lo que fueron entrenados, teniendo como consecuencia la búsqueda de la posición dominadora frente a la sociedad y subsecuentemente derivando en la objetivación de ésta. 

Su ejercicio acontece en el campo de batalla y su objetivo es la eliminación del enemigo, sin considerar los efectos colaterales. Además, por su adiestramiento, carecen de la capacidad de cuestionar y cumplen tajantemente las órdenes que provienen de arriba. 

A las fuerzas armadas no les compete la seguridad pública, sino nacional; el constante contacto con la sociedad civil puede generar efectos irreversibles en la percepción de ésta sobre aquéllas. 

El gobierno entrante debe de colocar la violencia que acaece como punto primordial a resolver: la militarización del país debe de terminar.    

Fidel: Segunda parte

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Este es la segunda parte del especial sobre Fidel Castro aquí en Altavoz. En esta parte vamos a discutir los logros de la Revolución a la luz del 2016.

La semana pasada hablábamos del régimen castrista como característico del comunismo pero especial que merecía un análisis diferente. ¿Pero en cuanto a su economía, como quedó el “escore”?

Me parece que el logro educativo y de salud que conocemos es innegable. En principio, sabemos que no hay sistema perfecto y que en general, América Latina está lejos del nivel de Suecia o Finlandia, pero Cuba no está tan lejos en algunos aspectos.

El problema de Cuba en general es económico que se traduce en un impacto tecnológico. El embargo tiene mucho que ver aquí e históricamente la derecha del continente ha negado u olvidado ese factor que influye mucho.

Alguna vez dijo Fidel, “Los mexicanos conocen más a Mickey Mouse que a Benito Juárez”, el nivel académico cubano es muy superior al mexicano y no porque en México no tengamos gente brillante, sino por la inequidad y la desigualdad social que vivimos.

Sin poner a Cuba como una panacea social, efectivamente tiene cosas que muchos países podemos envidiar. Y aquí es donde va la reflexión, en Cuba usted tiene garantizadas muchas cosas y otras en franca limitación. Es una materia de prioridades y funcionalidades. Probablemente, usted lector, pertenece a la clase media mexicana que tiene acceso a Internet y que ha tenido la posibilidad de estudiar. Usted es afortunado.




En este país tan desigual y disparejo, no todos partimos de las mismas condiciones. Nuestros pobres se hacen cada día más pobres, con pobreza de ingresos, estructural, de seguridad social, etc. Los cubanos no tendrán los ingresos ni el standard de vida de Holanda, pero algo sí le digo, un hijo de un campesino en Camagüey tiene la posibilidad de ser ingeniero, algo que un indígena en la sierra de Chiapas difícilmente pudiera imaginar.

El cubano no sale a la calle pensando si lo van a matar o asaltar como en algunas ciudades mexicanas. No tienen lugares como Apatzingán o Nueva Italia, Michoacán que comparten muchas similitudes con Iraq o Bosnia en los años 90s.

Decía Yoani Sánchez, la bloguera cubana en Nexos, que en Cuba tenía cosas impuestas, que libros leer, que cosas creer o no, que comer o no, que hacer o no. Algunas personas me debatieron el argumento que contesté que fue el siguiente: “Mientras Yoani se queja de un libro o una comida impuesta, en México, nuestros pobres no conocen ni el libro ni la comida”.

El punto aquí no es ni vanagloriar ni criticar a alguien, es valorar el logro cubano en medio del continente más desigual del mundo, donde nuestros niños mueren de hambre y el atraso en casi cualquier aspecto es enorme.

La gran asignatura pendiente del régimen cubano sin duda alguna es la libertad de expresión y de prensa. Confío en que la Revolución tiene que evolucionar en ese marco de derechos humanos; sin embargo, y sin afán justificante, el comunismo ejerce control en medios, no es algo de Castro o algo nuevo.




Aun así, por el mismo bien de Cuba y de su gente, el gobierno debe abrirse a nuevos temas y lo más importante, abrirse a nuevos debates que enriquezcan su proceso como país. Estoy francamente seguro que el pueblo cubano tiene muchas ideas por ofrecerle a su gobierno, ideas que sigan con el ideal de la Revolución, pero con miras del siglo XXI.

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