La Taquería

La delgada línea de pixeles #8: “Monitos”

Comparte este artículo:

De niño jugaba mucho con monitos, figuras de acción, como les quisieran llamar. Tenía los indispensables muñecos del Santo y Blue Demon que me regalaron en alguna piñata. A Woody y a Buzz. Un sinfín de figuras de Lego, de Star Wars, de Johnny Thunder (la versión de Indiana Jones de Lego de aquella época). A veces hasta usaba mis manos, cuando estaba aburrido en algún lugar donde no había juguetes a la mano. Recuerdo unos aliens pequeños coleccionables, y unos ninjas de colores que sólo se podían obtener en unas maquinitas dispensadoras en el Sunrise Mall en McAllen, Texas. Los monitos peleaban entre ellos, recreaban tragedias Shakespereanas y épicas griegas sin que yo entendiera todavía ninguna de esas referencias. Al final, yo estaba en control, se acababa el juego, a regañadientes, y los juguetes se enfriaban en algún cajón.

Imaginen esta situación: Yo tengo un mono azul, que me regalaron, que es el mono más valioso del mundo porque nunca ha sido derrotado. Parece invencible. Pero desde alto se cae muy fuerte; empiezo a entrenar otro mono para que lo derrote. El montaje completo sucede durante una mañana de domingo, el mono retador va derrotando a otros, muchos se le unen y luego se van, porque sólo él puede ser vencedor. Al final el mono retador, de metal, de color rojo y amarillo, se enfrenta al mono azul. Y por un pelo, pierde. O eso parece. Luego decido: es hora de que el mono azul sea derrotado. Milagrosamente, con nuevo arsenal (una espada de plástico improvisada que se rompe al primer golpe) el mono de metal rojo y amarillo regresa, y en el último segundo, con un chasquido de dedo, gana. Y así Disney, con dos monitos, se convierte en el rey del mundo.

“Avatar”, de James Cameron, es una historia técnicamente original, de ciencia ficción, que Disney obtuvo recientemente al comprar 20th Century Fox. Era la película más taquillera de la historia, en su primera semana recaudó 77 millones de dólares, para terminar con 2,790 tras un año y un reestreno. “Avengers: Endgame“, es la secuela número 22 de una serie de películas basadas en personajes de cómics, muchos de los cuales eran prácticamente desconocidos fuera del medio antes de que aparecieran en películas.  Es la película más taquillera de la historia, en su primera semana recaudo 1,200 millones de dólares, 15 veces lo que recaudó “Avatar”; suma al día de hoy 2,794 millones. Para muchos de sus fanáticos, ese triunfo es una reafirmación de la dominación del género de películas de superhéroes, un triunfo para los geeks, para los fans auténticos, los que la fueron a ver 15 o 20 veces al cine. Para otros es una señal del fin del mundo, un apocalipsis de secuelas y megacorporaciones.

Para mí es dos cosas. La primera es que vivimos simultáneamente en una época dorada de contar historias y de ambición cinematográfica, que recorre películas y medios, a la vez que vivimos en un gigantesco basurero de contenido en donde todo está basado o inspirado en algo más (eso en sí no es malo pero muchas veces resulta en historias estériles y grandes decepciones) y en donde lo auténticamente original, o lo que al menos hace el esfuerzo de serlo, se cae por la borda casi siempre.  La segunda es que en no mucho tiempo, Disney será dueño de toda propiedad intelectual bajo el sol. James Cameron trabaja en cuatro secuelas de “Avatar”, y Marvel en secuelas perpetuas a su mundo cinematográfico; además están “Star Wars” e “Indiana Jones”, y los remakes de otras películas de Fox que ya suenan, como “Home Alone“. Yo espero con ansias el remake Live-Action de “Bernardo y Bianca”.