La Taquería

#ElTalónDeAquiles: “Mezcolanzas incoherentes”

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El siglo XXI inició con los atentados terroristas del World Trade Center de Nueva York. Venía de concluir el periodo presidencial de Clinton, época comparable a los años locos, los de la década 1920, conocidos por la expansión del jazz, del charlestón, del tango, la popularidad de Coco Chanel, y la aparición de las minifaldas. Cierto es, en la década 1990 la humanidad presenció terribles cosas, los genocidios en Bosnia y Ruanda entre ellas, pero también es cierto que en los años 1920s surgió el nazismo y las dictaduras de Mussolini, Salazar, y Primo de Rivera. La última década del siglo XX, que corresponde a lo que politólogo estadounidense, Francis Fukuyama, llamó el fin de la historia, es una época en donde triunfó el liberalismo: cayó el Muro de Berlín, la URSS se desplomó, Mandela pasó de ser reo a asumir la presidencia, y la Unión Europea se robusteció. El libre comercio creció, la “democracia” se expandió y el mundo se globalizó.

Pero llegaron los atentados de las torres gemelas, que justificaron lo injustificable: una guerra arbitraria. Los Estados Unidos le mintieron al mundo, los países occidentales se fracturaron, y la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyas misiones de paz, a pesar de sus límites, habían mostrado potencial años atrás, demostró su incapacidad a temperar la ansiedad de las potencias mundiales. Al-Qaeda siguió golpeando, en Bali (2002), Madrid (2004), Londres (2005), Bombay (2006), y en Irak y Afganistán, mientras que el supuesto paladín de la libertad abrió una cárcel en Guantánamo, en donde torturó a sospechosos que nunca tuvieron derecho a defenderse. Años después, surgió el Estado Islámico. Además, en 2008 la voracidad de Wall Street catapultó al mundo a la peor crisis económica después del colapso de 1929. Diez años después del inicio del siglo XXI, el miedo a la violencia irracional, la guerra antiterrorista, y el pesimismo económico, habían enterrado la euforia liberal generada por el fin de la Guerra Fría. La elección de Obama en algo contribuyó a apaciguar las congojas del progreso.

Pero la elección del premier presidente negro de la historia estadounidense quebró la historia. Por un lado, el pensamiento progresista clamó victoria y continuó su agenda multicultural. Los homosexuales tenemos derecho a casarnos y a adoptar. Las mujeres pueden y deben decidir qué hacer con su cuerpo. El racismo es malo. Cuando está enfermo y sin esperanzas de recuperación, todo ser humano tiene derecho a decidir el momento y las condiciones de su muerte. El cambio climático nos lleva a la extinción como especie. Por el otro, el conservadurismo respondió. Los homosexuales somos perversos. Hay que preservar la vida desde el estado fetal. El concepto tradicional de familia está bajo ataque. Todos tenemos derecho a nuestro entorno sin una amenaza extranjera, por lo que se justifica repeler al inmigrante. Es pecado ir contra la potestad de Dios de decidir hasta cuando vivimos, y el cambio climático es una invención de izquierdistas radicales en su desesperada lucha contra el capitalismo. 

En este siglo XXI, caracterizado por una democratización de los púlpitos, todas las opiniones valen lo mismo. Lo subjetivo se convierte en hecho objetivo en un abrir y cerrar de ojos. Nadia verifica fuentes. Y como una mentira se convierte en realidad si se repite mil veces, ya no existe diferencia entre lo real y la ficción. Trump entendió que lo importante no es decir la verdad, sino generar credibilidad, al menos entre un sector de la población. Así, hay gobiernos de “izquierda” apoyados por grupos religiosos de ultraderecha, sindicalistas que olvidaron como proteger a los trabajadores que manipulan a la ciudadanía con falsedades para beneficiar a élites emergentes, y grupos de derecha que respaldan agendas neo-mercantilistas. Lo que para unos son derechos humanos fundamentales, para otros es una ideología de género perversa y peligrosa. Unos juzgan que enfrente hay pretenciosos cosmopolitas mientras que estos creen que los otros son vulgares ignorantes. Hoy, la izquierda defiende el libre mercado y la derecha aboga por la imposición de barreras arancelarias. Y, como la tecnología lo permite, bloqueamos a todos los que piensen diferente, con lo cual el espacio deliberativo se pierde, y con ello la idea del debate democrático. El miedo, la frustración, y el enojo, valen más que la racionalidad. El siglo XXI no es un siglo de progreso. Es un siglo regresivo. Si seguimos así, esta mezcolanza incoherente pronto nos llevará al siglo XIX.

Fernando A. Chinchilla 

Montreal (Canadá), 8 de agosto de 2019