La Taquería

#HojaDeRuta: “¿Qué discute el presidente?”

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Por más que avanza la tecnología, la esencia permanece: es el discurso lo que da forma y sentido a lo político. Es así como se explica que una de las publicaciones con más reacciones en las redes del presidente López Obrador fue la aparecida el pasado 20 de abril, poco después de las 10:20 de la mañana:

“Callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción. No cabe duda de que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. Y perdón, pero son como sepulcros blanqueados.”

El breve párrafo generó 113 mil reacciones y 20 mil comentarios, además de haber sido compartido 20 mil veces en Facebook. AMLO es un experto polemista y un maestro del discurso público, pero eso ya se sabía. Lo interesante es el porqué de las polémicas actuales.

El presidente ha mantenido deliberadamente la retórica de la contraposición: -liberales vs. conservadores; prensa fifí vs. verdad oficial; mentirosos vs. honestos. Cierto, el conflicto es parte de la esencia de lo político, y cierto también que la tensión entre posturas liberales y conservadoras existe hasta nuestros días.

Sin embargo, el Presidente parece empeñado en atizar ciertas tensiones (por ejemplo, con la “prensa fifí”, en la que identifica a Reforma como el principal actor), mientras ignora por completo otras (su negativa constante a cuestionar, o siquiera opinar cada que Donald Trump asesta un dardo contra México o los intereses mexicanos).

¿Realmente está siendo atacado por la prensa? No más de lo que era como líder social o candidato, y ciertamente no menos de lo que se esperaría que se cuestione al titular del ejecutivo ¿Tiene sentido tener gestos como pedir a un medio que revele sus fuentes? Ninguno, y era obvio que sería interpretado como un ataque a la libertad de prensa ¿Está el presidente efectivamente atentando contra la libertad de prensa? No parece. Sería difícil encontrar otro ejemplo a nivel global de un reportero subiendo al estrado de una conferencia de prensa con un titular del ejecutivo a cuestionar datos sobre homicidios dolosos, como lo hizo hace unos días Jorge Ramos.

Si acaso, el episodio con Ramos dejó mal parados a los propios periodistas mexicanos, que quizá no han cuestionado ni presionado con suficiencia al presidente ante decisiones poco justificadas o posturas polémicas.

La polémica publicación de las “momias”, por la naturaleza de su retórica, hace pensar que el presidente mantiene su estilo de siempre: él decide el discurso, él genera el fraseo. No hay visos de que esto sea producto de una estrategia de comunicación, de un grupo profesional dedicado a definir el mensaje. La comunicación del presidente es el presidente.

Esto se vuelve aún más evidente ante una oposición sumamente debilitada (justificadamente, al ser producto de constantes decepciones, escándalos y malos resultados), que no ha podido articular un discurso creíble y se limita a reaccionar a las posturas del presidente y su partido.

Aunque su administración no ha llegado siquiera a su primer semestre, parece existir la sensación de que ha pasado más tiempo. Es cierto que López Obrador tiene un bono político tremendo: aplastó por 30 puntos a su más cercano perseguidor, consiguiendo la primera mayoría real en la era de la alternancia. Todas las encuestas serias ponen sus niveles de aceptación alrededor del 80%. Pero nada es para siempre.

Tres elecciones presidenciales en fila dan idea suficiente de cuál es la base de respaldo del presidente: 35% en 2006; 32% en 2012 y 53% en 2018. Esto indica que la base natural de AMLO oscilaría entre el 30 y 35% del electorado, es decir, más de una tercera parte de los sufragios que le dieron la presidencia vinieron de switchers: votantes que le vieron como la alternativa y/o decidieron en castigo a PAN y PRI. Lo anterior implica que esa porción del electorado podría volver a cambiar de aires si no se encuentra conforme con el desempeño del presidente.

Más que la contraposición entre liberales y conservadores, o de prensa fifí contra prensa libre, es probable que el presidente enfrente sus principales costos políticos por la naturaleza de sus posturas y la lógica de sus posiciones: nombramientos polémicos en la Suprema Corte y la Comisión Reguladora de Energía; polemizar con los conservadores en lugar de concentrarse en la empatía ante la matanza de Minatitlán; hacer de un medio en particular el enemigo de la administración, por dar algunos ejemplos.

Ni la base de votantes ni la aceptación del presidente están garantizadas, y es bien sabido que, inevitablemente, el ejercicio del poder desgasta. Conforme pasen los meses, es probable que la ciudadanía comience a poner menos atención a las confrontaciones, y más a los resultados (o la falta de ellos).