La Taquería

#ElTalónDeAquiles: “La soledad”

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En enero de 2018, Inglaterra nombró su primera ministra contra la soledad. Se reconoció así, tal vez por vez primera, la importancia de este tema en los tiempos modernos. Cifras indican que, en los países occidentales desarrollados, una de cada tres personas se siente habitual o frecuentemente, sola. En 2019, 28 % de los hogares canadienses están ocupados por una sola persona, una situación que nada tiene de excepcional. En España, por ejemplo, no solo el porcentaje es similar – 25,2% en 2016 – sino que además en 2017 una de cada diez personas dijo sentirse sola “con mucha frecuencia”. En Europa, en promedio 32,2% de la población está en dicha situación. Inglaterra no es el único país en reconocer el problema. Dinamarca creó un programa nacional para concientizar al público sobre las consecuencias de la soledad crónica. Se trata de un problema de salud pública que algunos no dudan en catalogar, no sin generar polémica, de epidemia. 

Claro, vivir solo no implica sufrir de soledad. Muchos escogen sanamente dicho estado, pues el mismo puede ser sinónimo de libertad e independencia. Además, un sentimiento transitorio u ocasional de soledad puede ser benéfico. La primera vez que viví solo tenía 23 años. Esa experiencia fue, en mi caso, como en la mayoría, muy formadora: gracias a ella me erigí como alguien autosuficiente, responsable, capaz de organizar mi vida eficazmente según mis intereses personales. Sin embargo, hay estudios que muestran que cuando es crónica, la soledad puede causar estrés, ansiedad, depresión, cardiopatías, cáncer, diabetes, suicidio, e incluso puede reducir la esperanza de vida de forma equivalente a fumar 15 cigarrillos diarios. En mi caso, la soledad actual no es necesariamente el producto de una decisión, sino el resultante, tal vez aleatorio, de una acumulación de hechos de vida. 

Ahora bien: ¿Qué hace que un sentimiento de soledad sea positivo o negativo? Al respecto, varias son las explicaciones que se pueden avanzar. Es posible afirmar que el debilitamiento de los vínculos colectivos de cohesión social (sindicatos, asociaciones civiles, comunales, etc.), un fenómeno que afecta más a los países desarrollados que a los del sur global, explica una individualización extrema que exacerba la precariedad social. Se puede también argüir que las redes sociales, en vez de crear comunidades, profundizan divisiones. Hoy, se puede tener cientos o miles de “amigos”, y ser simultáneamente incapaz de sintonizarse con alguien. Tampoco es raro ver jóvenes pasar fines de semana solos, inmersos en las redes sociales, o invirtiendo horas eternas en aplicaciones de encuentros fortuitos. El porcentaje de adolescentes estadounidenses que dice sentirse solo pasó de 26% en 2011 a 39% en 2017. En fin, hay grupos con mayor riesgo de sufrir aislamiento. Pensionados que pierden su pareja y cuyos hijos viven lejos, pueden experimentar mayor dificultad a lidiar con la soledad. En términos generales, los migrantes, las personas de la tercera edad, la comunidad LGBTQ, y las personas con algún tipo de discapacidad, entre otros, son grupos más vulnerables. 

Hace mucho tiempo decidí que la soledad no me impediría vivir una vida plena. Estoy seguro de que ser feliz es una decisión. Decidí entonces viajar adonde quisiera, cuando quisiera, ir al cine o al restaurante, pues concluí que la soledad no es excusa para alimentar la ignorancia. Pero, después de todo ese esfuerzo, cierto es que la plenitud parece más fácil alcanzar cuando se comparte. Poco importa la calidad de las amistades o la solidez de los lazos familiares, la soledad puede golpear un sábado por la noche, cuando no hay plan social, cuando se regresa de viaje sin que haya bienvenida, cuando la enfermedad no es compensada por atenciones especiales, cuando la bancarrota es posible si se pierde el empleo, o cuando se entra y se sale del hospital sin que nadie lo sepa. Y por ello es que hoy, doctores recetan horas de voluntariado, cursos de yoga, asistir a exposiciones, y otros, a aquellos que sufren de soledad. En un mundo de extremo individualismo en donde la esperanza de vida no deja de aumentar, es momento de comenzar a derribar muros para conversar sobre temas universales que nos pueden afectar a todos. Porque parece que se envejece como se vive, y si se vive solo, es probable que se envejezca solo.

Fernando A. Chinchilla

Montreal (Canadá), abril de 2019