La Taquería

Nos falló la democracia

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Francisco Labastida alguna vez expresó: “La gente esperaba demasiado de la democracia pero en realidad ésta sólo logra que se elija a quien la gente desea pero no desparece la pobreza, la corrupción ni la impunidad”. 

Su explicación, además de reduccionista, resulta deprimentemente reveladora de nuestro entendimiento de la democracia como un simple sistema de sufragios. 

Por supuesto que aplaudo que después de décadas de simulación electoral, hoy exista alternancia en los tres niveles de gobierno y en los puestos legislativos, sin embargo, hemos pagado un precio muy alto: las campañas electorales. 

Lamentablemente nos hemos acostumbrado a que la cercanía de las elecciones se relacione con autoridades más estrictas o hasta con agentes de tránsito mucho más rigurosos o bien, con repavimentaciones innecesarias, construcciones de monumentos o ayudas simbólicas a los más necesitados. Eso sin olvidar los desvíos de fondos públicos para financiar spots, eslóganes y anuncios irritantes o hasta el asqueroso robo de ayudas humanitarias destinadas a damnificados por desastres naturales que terminaron convertidas en dádivas intercambiables por votos. 

Sólo bajo simplificación de la democracia a la elección de gobernantes y obtención de votos se puede entender que un partido ultraconservador (PES) se alíe con un partido de izquierda (MORENA) a la vez que el principal partido de derecha (PAN) se una a la antes principal fuerza liberal del país (PRD). No es pluralismo ideológico sino la homogenización más absurda de la ambición por el poder.

Por esos mismos motivos nos proponen gente de la televisión, futbolistas, strippers y comediantes como candidatos porque nos subestiman tanto que simplifican el proceso de convencernos a utilizar la simpatía que alguien ya tiene ganada en otros rubros en lugar de empezar de cero; motivos les habremos dado.

Porque jamás nos han tomado en serio y nos siguen tratando de imbéciles. Por eso proponen aberraciones legales y humanas como cortarle la mano a los delincuentes, flagelar en plazas públicas a los corruptos o traer al Papa desde el Vaticano para que nos purifique, en lugar de ofrecer soluciones viables para depurar el sistema de administración de justicia o reducir nuestros vergonzosos índices de impunidad.  

Bajo el disfraz de enérgicos, proponen reducir nuestros derechos fundamentales al paso en que pretenden que olvidemos que son precisamente las autoridades las que con sus omisiones, deficiencias y corrupción, colaboraron en transformar la vida en muchos rincones de nuestro país en una auténtica porquería.

Que con su desvergüenza, voracidad e indiferencia, provocaron que hoy, tenerle miedo a la policía o a los militares no sea una postura paranoica sino incluso prudente al grado en que en varias zonas del país la gente, antes de acudir a ellos, ha preferido tomar las armas o linchar directa y sádicamente a los criminales.

Que estando en el poder, han actuado más como nuestros enemigos que como nuestros protectores. Que instalan cámaras en las calles para multarnos sin previo aviso o video grabar toda nuestra actividad buscando cuidarnos de nosotros mismos pero no se colocan cámaras a ellos mismos ni en sus oficinas y tampoco se toman en serio las obligaciones de transparencia. 

Todo se reduce a intentar endulzarnos el oído con artera verborrea y transmitirnos la imagen de simpáticos y/o firmes redentores nacionales, los que nos salvaran de los mismos infiernos que ellos construyeron. 

Sigo creyendo en la democracia y que, aunque no lo parezca, nuestra época no es la peor, es más, me atrevo a decir que ni siquiera es comparable con las décadas de la guerra sucia o el “orgulloso nepotismo” de López Portillo, por mencionar algunos ejemplos. 

La conquista de las candidaturas independientes, si bien ha sido aprovechada por personajes como el payaso lagrimita, sigue siendo una puerta abierta para que personas capaces comiencen a exigir seriedad en el manejo del país y frenen la burla que ha resultado nuestra democracia, esa que tanto nos costó. 

Las organizaciones ciudadanas y la presión para la aplicación de sanciones a los gobernantes, legisladores, jueces o magistrados corruptos, representan una sólida esperanza para por fin materializar la transparencia. 

Si y sólo si los ciudadanos capaces se involucran, viviremos en una verdadera democracia y dejarán de vernos como simples votos potenciales y como una bola de idiotas con crayones dentro de las casillas electorales. 

Porque esa democracia sí nos ofrece más soluciones que la que describe Francisco.