La Taquería

#ContraPortada: “Los Asesinos del PRI”

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El 1 de Julio del 2018 será una fecha de pesadilla para todos los que conforman el Partido Revolucionario Institucional, el capítulo más negro en la historia de este instituto político se consumó con la rotunda derrota de su candidato a la presidencia José Antonio Meade y la llegada de Andrés Manuel López Obrador a su cita con el destino.

Los priistas perdieron en todos lados, incluso en Atlacomulco, su bastión más grande del país y cuna del presidente Enrique Peña Nieto. Lo perdieron todo, en el Congreso Federal se convirtieron en tercera fuerza, solo ganaron 15 de 300 distritos.

¿Y en el Senado? Solo ganaron 1 escaño por mayoría, leíste bien, solo un escaño para el PRI que ganó en Yucatán.

Se acabaron 80 años de priismo en Chilpancingo, tierra del dirigente nacional René Juárez. En Hidalgo la casa de Osorio Chong. A eso hay que sumarle las derrotas en Monterrey, Matamoros, Saltillo, Ciudad Victoria y Mazatlán. El PRI fue ultimado a miles de balazos en las urnas.

Es incontable, una derrota que pisa la osadía. El castigo a un gobierno que no pudo -o no quiso- entender a millones de mexicanos que vivieron un verdadero viacrucis en su último sexenio.

Los asesinos son visibles en el día como en la noche, tienen nombre y apellido. 10 gobernadores cínicos y despiadados: dos Duarte, Borge, dos Moreira, Medina y Yarrington para arrancar la lista.

El sexenio de mayor sangre en la historia de México, 90 homicidios en promedio al día, maldita sea, 90 hermanos asesinados al día. Un presidente que gobernó junto a la corrupción, convivió con ella y tuvo un romance extenso durante el sexenio: Casa Blanca y Odebrecht son los clavos principales de la tumba.

El coraje de los mexicanos reflejado en la desaparición de 43 de los nuestros, cuatro años y ni una sola respuesta.

El PRI ha sido herido de muerte, la factura que cobra la democracia no tiene retorno ni evasivas. El PRI está en la lona y han sido los mexicanos los que, a conciencia, le han propinado un severo coma. 

El dinosaurio se levanta, se reinventa y recobra síntomas de vida. Pero por un tiempo, ese dinosaurio no es bienvenido, no en un México que ya no aguanta un soplo más de silencios prolongados y de eternas preguntas sin la mínima intención de encontrar respuestas.