La Taquería

#HojaDeRuta: “Sueño de una tarde dominical en la elección presidencial”

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El sol se asoma por la silueta de México. La luz toma su tiempo en chorrearse, y cómo no, si hay que cubrir de arriba abajo la Sierra Madre y dibujar los ritmos de litorales cuyas aguas van cambiando de color. Hay que iluminar los valles del bajío por donde Hidalgo se imaginaba frondosos viñedos mientras leía a Molière y los altos de Chiapas donde entre nubes y niebla nace el café. 

Luz que se tira sin miedo hasta el fondo de las Barrancas del Cobre y encima del Pico de Orizaba. Sol de Monterrey que lleva en sus rayos susurros de Reyes, sol que se mece entre las palmeras de Vallarta. Sol de domingo, sí, pero no de un domingo cualquiera.

Jaranas suenan, acordeones tiemblan, trompetas saltan: la gente amanece con ganas de abrazar su destino. A fin de cuentas, es domingo para todos y hasta la fecha se desconocen planes para privatizar el sol.

Allá van, a tachar papelitos que mucho dirán. Papelitos en cajas de colores que habrá que contar. Papelitos llenos: unos de furia, muchos de ilusiones, otros tantos desilusionados, pero todas las cruces dicen algo. Cruces en la boleta, cruces en un país donde se nos apilaron tantos muertos que a muchos hasta el nombre y los huesos les perdimos.

Allá van las gentes cruzando la Alameda central. La Catrina disfruta un helado de mamey y se le ve manchado el huesudo pulgar. “La flaca llega primero a todo, hasta a votar” piensa Monsiváis a la vanguardia de un contingente gatuno que reclama entre poesía y ronroneos la plaza.

De una ventana chilena se asoma Allende, seguro alegre por su reciente cumpleaños, y le grita a una manada de estudiantes: “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

¿Cómo es que cabe tanta gente en esta plaza?, pregunta con ganas de queja una señora de alta sociedad. -“Así es México. Aquí hasta el cielo se estira: cabe más noche, se inflan las nubes” le contesta Don Gabriel Figueroa, cámara en mano.

¿Por qué en este país de robos y desaparecidos eliges cantar?, insiste la dama sin dejar de fruncir -“Porque soy mexicano”, responde Del Toro sin detenerse a saludar.

En algún lugar de una ciudad interminable, consejeros y personal del INE se derriten de aburrimiento: ningún incidente. Los mapaches regresaron a los bosques (o al menos eso se presume, pues nadie les ha visto durante la jornada). El tamaleo se dio solo en la plaza entre risas y cervezas, los balazos se quedaron enfundados sin relampaguear.

Es domingo, y en Los Pinos, Enrique hace maletas. Pero el pasado no cabe en un veliz. Sabe que la noche será del color que la gente decida, que su voz no deberá sino confirmar lo que la mayoría quiera que se vuelva realidad. Dignidad final, como una buena toma antes que rueden los créditos. Suspira.

Doña Josefa le disputa a la otra Doña una manita de póker en un café que da a la plaza ¡Apúrense, que a las seis cierra la casilla! Se escuchó rogar a Pedrito. “¡Silencio!” ordenó La Félix, “primero gano aquí, luego vamos a que gane el de allá”.

¿De veras se puede un México sin muertos? ¿Sin muertos de plomo ni muertos de hambre? -Le preguntó Doña Rosario a Don Belisario, que con la lengua bien puesta y sonriendo le dice: “por un paso hay que empezar”.

Entonces Diego Rivera despertó en el Mictlán, sus pinceles regados en un óleo a medio pintar: – “Vaya sueño”, le dijo sonriendo a Frida, – “allá es domingo, y dan ganas de unos chilaquiles después de votar”.