La Taquería

Clientelismo: vicio costoso

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La basura electoral no es un concepto nuevo. Desde que tenemos memoria, hemos presenciado el derroche de propaganda al menos cada tres años. Lonas, pendones, volantes, pulseras, camisetas, y la lista sigue. Cada artículo personalizable que se te pudiera ocurrir. En las calles, en la puerta de tu casa, en tu celular, está en todas partes a donde vayas.

Todos estamos hartos. Y, sin embargo, se ha definido previamente como un “mal necesario”. ¿Y por qué necesario? Porque visibiliza a las y los candidatos. Porque, aunque no tengas idea de su trayectoria, sus propuestas, o sus aptitudes, mínimo reconocerás el nombre del contendiente en la boleta electoral. Recordarás: aquella señora que dijo algo sobre los maestros antes de que empezara mi video en youtube; aquel joven con la sonrisa amable que estaba en mi parabrisas; aquella mujer que tengo en la camiseta que ahora uso de pijama.

Y esto, a pesar de funcionar en términos de rentabilidad electoral, ¿tiene fines democráticos? Esta ráfaga publicitaria banal, superficial y hasta cínica ¿contribuye en realidad al debate electoral? 

Claro. Algunos podrán decir que es nuestra responsabilidad investigar la información relevante para ejercer nuestro voto, y no conformarnos con el papel que nos repartieron. Sin embargo, se ha hecho así por tantos años, que nuestra democracia se encuentra viciada. Nuestras elecciones, periodo tras periodo, deforman el ejercicio democrático a un vil clientelismo. 

Afirmo que este es costoso, por tres razones principales: la democrática, la ambiental, y la económica. La democrática, porque nos lleva a un ciclo de paternalismo y de desinformación. Porque nos conformamos con que cada tres años, los y las candidatas visiten nuestras colonias y nos regalen su mercancía, que nada tiene que ver con propiciar un voto argumentado y sustentado.

Esto, además, se ve agravado por el contexto social mexicano. La presencia del clasismo en el clientelismo electoral es evidente. Los típicos recorridos vecinales tienen dinámicas distintas dependiendo de qué lugar está visitando el candidato. Si se visita alguna colonia popular, se limita al uso de canciones populares (cumbias, rap, reggaetón ¿qué más?), se organizan actividades populares (bailables, concursos de grafiti para los jóvenes, partidos de futbol) se mencionan propuestas populares (o más bien populistas) con poco o nada de sustento.

El problema con esto es que se reduce a alguien de cierto nivel socioeconómico a generalizaciones burdas. Se engloba en esta población un conjunto de características entre las que no se incluye el interés genuino y democrático de ejercer su voto. Así, se menosprecia a muchos de los votantes mexicanos y se concluye que se está haciendo lo suficiente al entregarles artículos promocionales.

En cuanto a la ambiental, por la enorme cantidad de artículos que terminan inmediatamente en la basura. Y, basándome en información de Benjamín Ruíz Lozoya, maestro en Ciencias Químicas de la UNAM, se utiliza material biodegradable en afán de complacer a la opinión pública. Sin embargo, esto termina siendo contraproducente y es aún más dañino para el medio ambiente, ya que al descomponerse se transforma en gases de efecto invernadero. 

Por último, el costo económico es el más sencillo de detectar. Estas elecciones el INE destinó un presupuesto de más de dos mil millones de pesos para gastos de campaña de partidos.

Lo mencionado y otros datos más, nos deberían de estar empujando a reflexionar sobre nuestra manera de hacer política. Creo que es momento de pensar en replantear las dinámicas de campaña y educarnos en el ejercicio democrático. Es difícil romper con este círculo vicioso, pero creo que vale la pena el esfuerzo.