La Taquería

#ElTalónDeAquiles: “Cátedras electorales”

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Los profesores somos como los padres: no nos gusta decir cuales son nuestros preferidos, aunque sí los tenemos. Hoy deseo hacer una excepción y recordar a los cuatro estudiantes que no olvidaré durante mi paso por México. Lo acepto, no recuerdo el nombre del primero, pero todos lo llamaban “El Tronco”. En cuanto a la segunda, María Derbéz, se trataba de una jovencita cuyo carisma rivalizaba con la de un ladrillo. Para aligerar este texto, me referiré a ella como “MADE”. Recuerdo también con afecto a Ana Yáñez (ANAYÁ), una cerebrito brillante. Y claro, ¿como podría olvidar a Amado Lobo (ÁMALO)? Ese era como el Benito Juarez de mis clases.

De todos, el más irresponsable era, sin duda, el Tronco. Se trató del típico estudiante que se pegaba un fiestón, llegaba trasnochado a clase y, para tapar su ignorancia, se posicionaba como el peacemaker que pedía abrazos para olvidar peleas. Simpático como solo él podía, cuando tomaba clases extracurriculares, era de los que juraba que las terminaría, pero desaparecía. Al final, regresaba pidiendo perdón por faltar a la mitad del semestre, solicitando una ayudita para pasar, e implorando comprensión. Una vez le pregunté cómo resolver el problema de los inmigrantes centroamericanos en México, y respondió: tratándolos bien. Otra, intentó venderme la cantinflesca idea de convertir a Chiapas en el California de México. ¿Pues como se hace eso? Si yo hubiera sido estudiante, el Tronco habría sido un amigo de fiesta, con el que me habría tomado más de una cerveza, pero con el cual jamás habría trabajado en equipo. 

MADE era una señorita de buena familia, culta y educada. Pero debo confesarlo, nunca me cayó bien. Puede ser que se tratara de alguien aburrido, pretencioso, a quien le costaba aceptar sus errores. Era el tipo de persona que, más que interrogantes, tenía siempre respuestas. También puede ser que su lineaje político no fuese de mi agrado. Su familia pertenecía al Partido Revolucionario Institucional (PRI), ese partido que hoy, en 2018, promete luchar contra la corrupción, pero que, además de casos federales como Casa Blanca, ha visto a 22 de sus gobernadores investigados en los últimos seis años por desvío de fondos (siete están presos). En fin, es posible que yo, siendo de una familia de clase media y habiendo tenido que luchar para ser lo que soy, sentí de su parte cierta desconexión con las vivencias reales de la gente como yo, y de los que están por debajo de mi categoría social. 

ANAYÁ también era de familia ricachona, pero nunca proyectó esa imagen pretenciosa. Al contrario,  siempre me atrajo su claridad intelectual. Prototipo de la nerda, sus respuestas en clase siempre fueron claras, bien estructuradas. Tenía además la capacidad de ilustrar lo abstracto con casos concretos. Pero esa podía ser su mayor debilidad, pues cansa toda persona que tenga siempre la idea correcta, el ejemplo pertinente, desarrollado en el mejor momento, con la técnica narrativa apropiada. Por así decirlo, y esto puede parecer injusto, ANAYÁ era la más brillante de todas mis alumnas, pero por ello parecía un producto sofisticado de marketing. Si hubiera entrado en política, se habría vendido como el shampoo que convertiría a México en un rubio despampanante: digno, firme, valiente, moderno, y limpio. Es decir, si tuviera que votar por el mejor PowerPoint del semestre, votaría por ANAYÁ. ¿Pero por qué tendría yo que votar por un PowerPoint?

En fin, si en mis clases hubiese alguien compatible con el universo de Roberto Gómez Bolaños, este habría sido ÁMALO. El Chavo del 8 es un niño de orígenes modestos, repleto de defectos y de falencias, pero honesto y de buen corazón. ¿Quién no lo recuerda enojado y con sus ticks, Ricky Rickín Canallín? El Chavo jamás robó, y aunque siempre fue poco claro, contradictorio, y esquivo, fue como es la mayoría de mexicanos. Ese fue el éxito de Chespirito: imaginar personajes de carácter universal, que al fin y al cabo funcionaron no solo en México, sino en el resto de América Latina. Una vez, ÁMALO se presentó a las elecciones estudiantiles para acabar con las “mafias de poder” y provocar un cambio “de verdad”. Su mensaje fue confuso, poco sofisticado, y disonante. Las familias de MADE y de ANAYÁ se sintieron amenazadas y lo atacaron. ÁMALO se enojó, a veces insultó. Pero nada lo detuvo, porque su mensaje, a pesar de todo, era fundamentalmente cierto, y su comportamiento, con todos sus errores, era natural. Sí existían mafias de poder, sí se requería de un cambio real, y el enojo sí era una reacción justificada. 

No indicaré quien ganó la elección o por quien habría votado yo de haberlo podido hacer. Pero sí indicaré, con mi ojo de extranjero pero con la experiencia de haber vivido en México por seis años, que de los cuatro alumnos que decidí recordar hoy, ÁMALO es el que más se me parece a ese país, con sus cualidades y defectos, y con sus fortalezas y debilidades. Porque no todos los mexicanos fueron presidentes de Coca-Cola ni se casaron con actrices de telenovelas. Y ÁMALO, para bien o para mal, con o sin razón, representa eso: al mexicano común y corriente, al de metro y autobús, al que llora y sufre, y al que se alegra y sí, al que también se enoja, por su país.

Fernando A. Chinchilla

Montreal (Canadá), junio de 2018