La Taquería

#ElTalónDeAquiles: “Algoritmos traicioneros”

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El día en que cliqué sobre aquella irrelevante publicación referente a María Carey -algún frívolo chisme habrá llamado mi atención -mis redes sociales y páginas internet empezaron a mostrar reiteradas noticias de susodicho personaje. Entendí entonces lo que es un algoritmo: cada clic es información para firmas que luego envían, basados en nuestro comportamiento virtual, sólo aquello que determinan, corresponde a nuestros gustos.

La anécdota sería banal si no fuera porque, desde 2016, los algoritmos han demostrado afectar el funcionamiento del sistema democrático. Las famosas “realidades alternativas” popularizadas por Kellyanne Conway, asesora de Trump, constituyen un punto de inflexión en el tema. En aquel momento, la mayoría de los medios se burlaron de la idea. Adujeron que era imposible, al menos deshonesto, cambiar hechos por otras realidades. Formular interpretaciones tan alejadas de la “realidad” no podía ser entendido como otra cosa que no fuera una manipulación. Desde entonces, sin embargo, han emergido en otros países microcosmos paralelos, realidades alternativas, similares a la estadounidense. Quienes en ellas se encuentran, terminan reforzando sus ideas y preconcepciones sobre los más diversos temas.

Obama es un peligroso musulmán nigeriano, piensa un seguidor de Fox News; Trump es un vanidoso y fantasioso populista misógino, cree un lector del New York Times. Poco importa qué tan cierto es; cada uno refuerza involuntaria y automáticamente, por medio de sus clics en internet, su respectiva posición, leyendo fuentes que validan las ideas preconcebidas. Costa Rica está terminando uno de los peores gobiernos de su historia, según algunos; y también, Costa Rica está a punto de caer al barranco, de la mano de un pastor de retórica cantinflesca. En Colombia, el expresidente Uribe vuelve a sacar la vieja carta de la amenaza castro-chavista para desacreditar a la izquierda democrática de Gustavo Petro. De más está decirlo, esa izquierda define el uribismo como el apocalipsis de la obscena y escandalosa manipulación de los ignorantes e iletrados. Ya viene la campaña electoral en México: ¿Quién apuesta a que se repetirán estas mismas dinámicas identificadas en Colombia, Costa Rica, y Estados Unidos? 

En una reciente entrevista con David Letterman, el expresidente Barack Obama indicaba que el problema de estas burbujas no solo es que inhiben el debate democrático al romper puentes, sino que quienes en ellas se encuentran, creen que tienen razón: el universo a su alrededor así lo indica. Yo, por ejemplo, que me jacto de tener amistades de todos los horizontes ideológicos, cada vez me cuesta más cultivar la diversidad en el pensamiento, pues mis redes sociales se llenan de perspectivas similares a mi modo de pensar. Con gusto pagaría para analizar el Facebook de un puritano para ver cuál es su realidad. Otro problema, asociado al anterior, es que es imposible evitar que circulen por redes sociales información falsa, mal intencionada, destinada a deformar el debate. A pesar de la reflexión que desde 2017 se realiza para disminuir la información falsa y del esfuerzo de medios de comunicación para diferenciarla de la verdadera, cada vez existen más ciudadanos desinformados o mal informados.

Gracias a los algoritmos, basta con buscar el itinerario de un vuelo una semana antes de comprarlo, para comenzar a recibir ofertas de itinerarios hacia el lugar de destino. Así es como funciona nuestro mundo, y que bien que así sea, pues protege nuestros intereses privados al darnos acceso a más información. Pero no solo lo privado importa: también cuentan el debate público y el interés colectivo, sobre todo si es de ellos de quienes depende el sistema democrático. Si burbujas de (des)información refuerzan estereotipos y preconcepciones, sin importar si los mismos son verdaderos o falsos, entonces dejamos de aprender, y quien no aprende, no progresa. Los algoritmos traicionan el progreso y la democracia. ¿Qué es verdad y mentira? Debemos iniciar una reflexión para ver de qué forma podemos proteger las instituciones que permiten nuestra convivencia colectiva.

Fernando A. Chinchilla

Miami (Estados Unidos), marzo de 2018