La Taquería

#HojaDeRuta: “Elegía para J.M.”

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Tenías nombre. Tenías cuerpo. Aunque nadie la oyera, tuviste voz. Rostro de carboncillo: tus ojos tristes a lápiz fueron lo único que alcanzó a llegarnos. Retrato hablado de quien no pudo hablar.

Estuviste siete años en este mundo. Siete. Inimaginable lo largos que fueron hasta que tu débil cuerpecillo terminó seco y débil como la yerba amarilla del árido final.

Cada uno de los golpes que anidaron en tu inocencia me sacude de vergüenza y rabia por el país que somos. Un país que no supo cuidar tu brillo, donde a nadie le importó tu derecho a reír, abrazar, escuchar el mar. Ahora dicen que venías de Tamaulipas ¿alguna vez habrás sentido la arena en tus pies? No sé, pero imagino que aún en medio de tanta sombra, encontraste ratitos de candor, aunque se hayan perdido como las centellas de una fogata que flotan hacia la noche.

Ya pocas cosas que tengan que ver con morirse violentamente llaman la atención, pero tu partida no pasó desapercibida. Fuiste portada de diarios en incontables ciudades, ocupaste largos minutos en la imagen de los televisores, brotabas en las líneas temporales de las redes. Todo para preguntar lo que ya no podías responder: ¿quién eras?

Nadie preguntó si te gustaba la leche con chocolate, si preferías ser portero en las cascaritas de tu barrio o te emocionaban los cuentos. Tampoco si ya soñabas con ser bombero o, cuando menos, escaparte del tormento y tener espacio para hacer de tus sueños lo mínimo que debían ser: las ganas de una vida mejor.

Hoy vi un comercial que promocionaba una nueva serie de un canal de tele inglés. Imagínate: dos hombres y una mujer expertos en arte recorrieron 31 países del mundo para apreciar obras de todo tipo y tiempo, tejidas por un hilo común que nos une: la necesidad humana de crear. Me hubiera encantado que la vieras. Que cuando menos así viajaras entre exquisitos tallados africanos, hermosas geometrías árabes, alegres colores latinoamericanos. Seguro te estoy confundiendo, pero lo que quiero decirte es que tenías derecho a toda esa belleza: sentirla, apreciarla y después crear la propia.

En cambio eres un universo al que de pronto le cerraron la cortina, como la hora de dormir en un rancho cuando uno quería seguir viendo las estrellas ¿se veían muchas desde tu casa? Espero que hayas tenido algunas noches tranquilas donde pudiste disfrutarlas antes de que nos enterásemos de que existías porque un transeúnte miró tu mano pequeña ya sin vida.

Entonces te rodearon sirenas, uniformes, cintas amarillas, cámaras. Llegaron tarde para lo que importaba, que era tu vida, como tantas cosas a las que llegamos tarde últimamente.

Hace ya muchos años, un señor que escribía muy bien puso en un papel: “Según parece ya nos viene de a derecho la de malas. Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto. Nada de eso. Desde que el mundo es mundo hemos andado con el ombligo pegado al espinazo y agarrándonos del viento con las uñas. Se nos regatea hasta la sombra, y a pesar de todo así seguimos: medio aturdidos por el maldecido sol que nos cunde a diario a despedazos, siempre con la misma jeringa, como si quisiera revivir más el rescoldo. Aunque bien sabemos que ni ardiendo en brasas se nos prenderá la suerte”.

Chamaco: lo tuyo es parecido. Tenemos tanta gente pobre que acabamos por volverlos fantasmas. Rencores vivos, diría ese señor del que te contaba. Se llamaba Juan.

No pasará mucho antes que se olvide tu pelo crespo y rostro a blanco y negro. Hoy, J.M.E.T., no encuentro otra cosa que decirte más que pronuncio tu nombre, lo escribo y reconozco que exististe. Que fuiste niño mexicano, que tenías derecho a todo, aunque todo te fuese negado. Que todo daño hecho a tu pequeñez debería rompernos el alma. Ciertamente jode la mía. Que tu tragedia no es tuya nada más, sino que viene de un largo camino de pobres.

Lo escribió mejor el señor Juan, ese que te decía hace rato: “el mundo está inundado de gente como nosotros, de mucha gente como nosotros. Y alguien tiene que oírnos, alguien y algunos más, aunque les revienten o reboten nuestros gritos”.

J.M.: aunque la voz se te apagó, yo te hubiese querido oír.

(Dedicado a la memoria de J.M., niño asesinado que fue encontrado el martes 30 de enero en un baldío de la colonia La Alianza, en Monterrey)