La Taquería

Abismos (Poética)

Antes de forjar el hierro, sembrar la semilla y adorar a dioses, plasmábamos la tinta. De la pintura rupestre a la poesía; de la poesía a la novela; y de la novela al ensayo, ¡qué  tanto le debemos a las letras! Es irónico: por primera vez en nuestra historia el modo de comunicación predominante es el escrito y, sin embargo, rehusamos a la literatura. Desconfiamos de su poder. Me veo obligado entonces, en lo que parece ser el ocaso de la civilización, a preguntarme: ¿cuál es el lugar de la literatura en nuestro tiempo?

Danza erótica entre el caos y el silencio; alquimia mística del fonema y el pentagrama; palabra y ritmo; comienzo y fin; rito y profanación; la literatura es el vórtice que permite la inmortalidad: reclama nuestra esencia y la regresa en tinta. El verso y la prosa: cárcel de pasiones, escombros del recuerdo. Signos que hablan, pero que callan aún más. La literatura es instante y pausa; resurrección fugaz y sucesión eterna; golpe y caricia. La tinta: bella marea negra que inunda la costa del papel; líquido fértil que da vida, a la sangre, al delirio, a lo que no fue.

Las letras son el trueno del labio; la llamarada de la lengua; la sombra del alma. Álgebra quimérica: construyen, transforman, y derrumban los minutos del tiempo cuando besan a la hoja. Se yerguen en soledad como las dunas doradas del desierto esperando sean lavadas contra el viento;  algunas como rehenes, otras, como fieles soldados del lucero y de la luna.

Voz y suspiro; bocanada y jadeo; la literatura evoca a la resurrección del recuerdo a través de los sentidos. Juego sensual entre la libido y el placer. Es fragancia y aroma. ¿De qué? Del polvo, de la flor, del rocío, de la tierra, pero sobre todo, de lágrimas: azotan al corazón desolado como las olas al puerto. Mar intranquilo; abrazo febril; paraíso del ciego; mestizaje de bondades; lengua de sol; orgasmo solitario y voz colectiva: las letras se prostituyen, se cogen, se inmolan, se someten, se asesinan, pero siempre denuncian. La página es bastión de ellas. Desde ahí, las letras observan, conocen y reconocen. Juzgan y sentencian. Si la historia es la llaga del tiempo; las letras son su bálsamo. Letras, palabras, talismanes: ¿hay acaso diferencia? Todas, incisiones en el universo que producen la distensión del tiempo.

Desde Grecia, hasta Roma, los filósofos fueron los primeros en entenderlo: somos un trance efímero en el universo. ¿Dónde estamos?; o aún con mayor terror debemos preguntarnos: ¿cuándo estamos? Las letras obligan a esas preguntas; y son, al tiempo, respuesta de las mismas. Producto de la infinitud del universo. Siempre aterra más sabernos desconocidos ante el tiempo que ante el espacio. Son, en ese sentido, enigmas sagrados. ¿Quiénes los han podido descifrar? Todos, y a la vez, nadie: Paz, Kafka, Proust, Cervantes, Virgilio, Platón, Dante, Borges, Quevedo, Poe y Whitman estuvieron cerca de lograrlo.

Lo que hoy vemos y leemos, son el espejo de su estética, de su realidad, de su carne. Y lo que ellos vieron y leyeron, son a la vez el espejo y la carne de la realidad de aquellos que los precedieron. Una cadena infinita de transmutaciones. Todos nos enseñaron a vivir; a entender el mundo; a olvidarnos que somos hijos de ese cruel padre que llamamos tiempo. Paradoja de originalidad: escribimos para innovar, pero todo escrito de un modo u otro es una réplica de algún sentimiento; de alguna experiencia; de algún pensamiento, ya propio, ya ajeno. Lo original siempre es un retorno al origen.  En ese sentido, la obra de los autores citados es aún inconclusa. Sigue en constante expansión. ¿No emula la literatura al orden del cosmos? ¿No fue la Ilíada un destello de lo que fue el Big Bang?

Antes dije que en la literatura hay cierto retorno al origen. Es cierto; escribir es volver al centro de toda la creación: al alma humana. En la literatura, encontramos aquello que nos aterra, pero también aquello que nos ata a la creación. El arte de las letras es en sí una estética, y toda estética refleja cierta filosofía.

Nuestra civilización ha abandonado el pensamiento crítico: ha instado en su lugar por devorar la información rápida, mecánica, intrascendente. En el abismo del capitalismo, de las producciones en masas, de la mecanización del hombre; hemos dejado de cuestionarnos lo importante. Me parece entonces que la literatura en nuestro tiempo es el único elixir a tan insulsa existencia. Sólo así detenemos el minutero mortal. Vicisitud del azar, juego caprichoso de los dioses, o sólo transito incidental: seamos lo que seamos, la literatura ilumina hasta los abismos más profundos de la otredad, nos salva y nos redime.